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"El último mensaje de clemencia que ha de darse al mundo es una revelación
de su carácter de amor" (E. White). ¿Conducirá el arrepentimiento
corporativo a una iglesia eficazmente comprometida?
"Dios es amor", por lo tanto, amor es poder. Si es que la manifestación
final del Espíritu Santo ha de demostrar al mundo el poder del amor de
Dios, primero debe darse en la iglesia una nueva comprensión del mismo:
"El mundo está envuelto por las tinieblas de la falsa concepción de Dios.
Los hombres están perdiendo el conocimiento de su carácter, el cual ha
sido mal entendido y mal interpretado. En este tiempo, ha de proclamarse
un mensaje de Dios, un mensaje que ilumine con su influencia y salve con
su poder. Su carácter ha de ser dado a conocer…
Los últimos rayos de luz misericordiosa, el último mensaje de clemencia
que ha de darse al mundo, es una revelación de su carácter de amor. Los
hijos de Dios han de manifestar su gloria. En su vida y carácter han de
revelar lo que la gracia de Dios ha hecho por ellos" (Palabras de vida
del gran Maestro, p. 342).
La mayoría de nosotros estaremos de acuerdo en que el cumplimiento de lo
anterior está situado en el futuro. ¡Ojalá lo veamos pronto finalmente
realizado!
El amor como fuego consumidor y purificador
El amor ágape nada tiene que ver con el frágil sentimentalismo. El
mismo Dios que es ágape, es también "fuego consumidor" (Heb. 12:29).
Ese fuego significa muerte al egoísmo, sensualidad, amor al mundo, orgullo
y arrogancia. Significa también muerte a la tibieza. Por extraño que pueda
sonar a oídos legalistas, es imposible que una iglesia permanezca débil y
enfermiza, cuando ese amor es comprendido y aceptado.
Cuando inflame a la iglesia como el fuego hace entrar en combustión al
carbón, ésta se volverá supereficiente en la ganancia de almas. Cada
congregación vendrá a ser lo que Cristo la haría ser, de encontrarse en la
carne en medio de ella. Purificada en el fuego consumidor (que consume el
pecado), purificada en ese fuego que es el amor ágape, la iglesia
vendrá a ser la extensión del poder de Cristo para redimir a los perdidos.
Entonces el Espíritu Santo hará por fin su obra culminante en los
corazones humanos. La razón es que los miembros del cuerpo habrán recibido
"la mente de Cristo". A uno se le acelera el pulso con sólo pensar en
ello:
"Se realizarán milagros, los enfermos sanarán y signos y prodigios
seguirán a los creyentes… los rayos de luz penetrarán por todas partes, y
la verdad aparecerá en toda su claridad, y los sinceros hijos de Dios
romperán las ligaduras que los tenían sujetos… un sinnúmero de personas se
alistará en las filas del Señor" (El Conflicto de los siglos,
p. 670).
¿Qué otra cosa podrían ser esos "rayos de luz", si no es el amor de Dios
manifestado en su pueblo? Imaginemos el gozo desbordante que fluirá como
río saliendo de su cauce, cuando las Buenas Nuevas del Señor avancen en su
pureza, gloria y poder. ¡Cuántos corazones que están ahora en tinieblas
encontrarán a Cristo y saciarán en Él los anhelos de su alma!
Mientras tanto, las congregaciones pueden dar con demasiada facilidad la
impresión de ser un club religioso confortable, exclusivo; siendo que –por
el contrario– el Señor ha declarado que "casa de oración será llamada de
todos los pueblos". Eso debe incluir a "pecadores" en los que no habíamos
pensado mucho hasta ahora. El Señor se dirige a su verdadero pueblo
esparcido todavía en "Babilonia", como "pueblo mío" (Apoc. 18:4). Pero
pueden resultar no ser la gente "bien" que esperábamos que se uniese a
nuestro club. ¿Estamos deseosos de que gente "mala" salga de Babilonia,
para unirse con nosotros?
¡El Señor sí lo está! ¿Por qué hace brillar el sol, y caer la lluvia
"sobre justos e injustos", incluso sobre sus enemigos? La respuesta: Su
amor no es el tipo de amor que poseemos de forma natural. Si estuviese en
nuestro poder el manipular las fuerzas de la naturaleza, ¿nos parece que
sería nuestra discriminación entre gente buena y mala más eficiente en
persuadir a los malos a que se hicieran buenos, que el proceder de Dios al
otorgar bendiciones a ambas partes?
Dios considera como suyos a muchos de los que hoy tenemos por casos
perdidos. Hay María Magdalenas y buenos ladrones en la cruz. En el momento
en el que comenzamos a ser selectivos en nuestro amor, perdemos el vínculo
con el Espíritu Santo. Tenemos la misma facilidad para murmurar que la
demostrada por los fariseos y escribas. Nos escandalizamos rápidamente al
ver que Cristo "recibe a los pecadores" (Luc. 15:1,2). Pero cuanto mayor
es la maldad del pecador, mayor la gloria de Dios al redimirlo:
"El Maestro divino soporta a los que yerran, a pesar de toda su
perversidad. Su amor no se enfría; sus esfuerzos por conquistarlos no
cesan. Espera con los brazos abiertos para dar repetidas veces la
bienvenida al extraviado, al rebelde y hasta al apóstata… Aunque todos son
preciosos a su vista, los caracteres toscos, sombríos, testarudos, atraen
más fuertemente su amor y simpatía, porque ve de la causa al efecto. Aquel
que es más fácilmente tentado y más inclinado a errar es objeto especial
de su solicitud" (La Educación, p. 294).
El arrepentimiento pone en marcha el proceso
¿Cómo podemos aprender un amor así? Hay un solo método que funciona: ver a
Cristo tal como Él es. Era perfectamente impecable; sin embargo, amó a los
pecadores. Su arrepentimiento "en favor de los pecados del mundo" le
enseñó cuán débil era, de no contar con la fuerza de su Padre. Sabía que
podía caer. Nació en el mismo río que nos arrastra al pecado con la fuerza
de su corriente, pero se mantuvo firme en la roca de la fe en su Padre.
Resistió exitosamente esa corriente, incluso cuando todas las evidencias
le indicaban que había sido abandonado.
El Padre envió a su Hijo "en semejanza de carne de pecado". Es
verdaderamente nuestro "hermano". Llevó la culpabilidad de todo pecador.
Cuando aprendamos a mirarle a Él en esa luz, experimentaremos un
sentimiento de unidad con Él. Sentiremos hacia Él una atracción del
corazón que barrerá las seducciones del mundo y la preocupación por el yo.
La profecía de Zacarías sobre la "casa de David" que mira a Cristo "a
quien traspasaron", es una promesa explícita del don del arrepentimiento.
El arrepentimiento corporativo en correspondencia con la culpabilidad
corporativa, hará posible la recepción y el ejercicio de ese amor
desbordante. La habilidad para sentir y amar a todo pecador es la única
forma en la que el agape de Cristo pudo ser fiel a sí mismo. Su
expresión fue el resultado directo de su experiencia de arrepentimiento
corporativo, en nuestra carne. Se colocó verdaderamente en el lugar de
"todo hombre" por el que "gustó la muerte". Nos invita a que también
nosotros aprendamos a amar como Él nos amó y nos ama.
La justicia por la fe lleva al arrepentimiento
Solamente un arrepentimiento así puede dar significado a la expresión
"Jehová, justicia nuestra" (Jer. 23:6). Aquel que siente que tiene por
naturaleza al menos una cierta justicia procedente de sí mismo,
lógicamente percibirá que en esa misma medida es mejor que algún otro.
Sintiendo de esa manera, Cristo será un extraño para él. Y en
consecuencia, el pecador le resultará también un extraño.
A la naturaleza humana le resulta muy natural aborrecer la genuina verdad
de la justicia de Cristo. Nos resulta hostil la contrición que implica ver
en Cristo la totalidad de nuestra justicia. Retrocedemos ante la idea de
ponernos en el lugar del alcohólico, el drogadicto, el criminal, la
prostituta, el rebelde, el indigente. Nuestro corazón se inclina muy
fácilmente a pensar ‘sería incapaz de hundirme hasta ese punto’.
Mientras ese siga siendo nuestro sentimiento, aquejaremos una incapacidad
para pronunciar palabras de auténtica ayuda, como lo fueron las de Cristo.
El amor por las almas está congelado. Restringido y conducido de forma
egoísta, deja de ser agape. Es una desgracia fatal que rehusemos
entrar en el reino de los cielos por no permitir que el Espíritu Santo
subyugue nuestros corazones profundamente endurecidos. Pero es aún peor el
que cerremos materialmente las puertas del reino, de forma que las María
Magdalenas o los buenos ladrones en la cruz no puedan entrar.
Mejor le fuera atarse una piedra de molino al cuello, y arrojarse a lo
profundo de la mar, dijo Jesús, que afrontar en el juicio los resultados
de una vida desprovista de amor. "Mejor sería no existir, que vivir cada
día vacíos de ese amor que Cristo demanda de sus hijos" (Counsels to
Teachers, p. 266). Ha llegado el tiempo de que comprendamos que la
culpabilidad de los pecados de todo el mundo, la frustrada enemistad hacia
Dios, la desesperación, la rebelión, serían mi parte, de no ser por la
gracia de Dios. Si Cristo retirase de mí esa gracia, encarnaría la
plenitud de la maldad, ya que "en mí (es a saber, en mi carne) no mora el
bien" (Rom. 7:18). Hasta que apreciemos plenamente esa verdad, no podremos
comprender plenamente la justicia impartida de Cristo.
Es por ello que el arrepentimiento que Cristo nos ruega que aceptemos nos
lleva hasta el Calvario. Es imposible arrepentirse verdaderamente de
pecados menores, sin arrepentirse del pecado mayor que está en la base de
todo otro pecado. Es por ello que tiene que darse un borramiento del
pecado, tanto como un perdón del mismo. El Sumo Sacerdote celestial no
está entregado a la obra de podar ramitas de los árboles malos. En el Día
de la expiación, pondrá su hacha a la raíz, o bien dejará el árbol. Una
conversión superficial que quizá pueda haber sido apropiada en épocas
pasadas, no lo es hoy en absoluto. El concepto que está en la base del
mensaje de la justicia de Cristo es que no poseo ni una sola fibra de
justicia propia, y es solamente reconociendo eso como puedo apreciar el
don de la justicia de Cristo.
La medida de nuestra receptividad es "Conforme a vuestra fe os sea hecho".
Mediante el verdadero arrepentimiento, aceptamos el don de la contrición y
el perdón de todo pecado del que seamos potencialmente capaces, no
meramente de los pocos pecados que creemos haber cometido personalmente.
Cristo puede entonces imputar e impartir justicia igual a su propia
perfección, mucho más allá de nuestra capacidad. Mucho más abundante que
la potencial culpabilidad que podamos sentir en favor de los pecados del
mundo.
El poder del amor que obra milagros
Compartiendo la naturaleza divina del mismo Señor, el penitente se deleita
en la misericordia. Descubre su mayor placer en encontrar material
aparentemente inservible, y ayudar a que pueda beneficiarse de la gracia
de Dios:
"Decid a los pobres desalentados que se han descarriado, que no necesitan
desesperar. Aunque han errado, y no han edificado un carácter recto, Dios
puede devolverles el gozo, aun el gozo de su salvación. Se deleita en
tomar material aparentemente sin esperanza, aquellos por quienes Satanás
ha obrado, y hacerlos objetos de su gracia… Decidles que hay sanidad,
limpieza para cada alma. Hay lugar para ellos en la mesa del Señor" (Palabras
de vida del gran Maestro, p. 234).
La doctrina que Pablo enunció, debe encontrar amplia expresión al fin. La
semilla sembrada hace casi dos mil años debe comenzar a rendir ese bendito
fruto por el que toda la creación ha estado gimiendo con las fatigas del
parto, y esperando verlo al fin.
El Espíritu Santo está comenzando a obrar
El arrepentimiento al que Cristo llama está comenzando a ser comprendido.
Cuando un miembro de una congregación cae en el pecado, un poco de
reflexión puede convencer a muchos otros miembros de que compartimos con
él la culpa. Si hubiésemos estado más alerta, si le hubiésemos dedicado
mayor y más tierna atención, si hubiésemos sido más solícitos en "saber
hablar en sazón palabra al cansado", si hubiésemos sido más eficaces en
comunicar la pura y poderosa verdad del evangelio, podríamos haber salvado
de caer al miembro errado. Con la debida atención pastoral, está al
alcance de toda iglesia el sentir al menos un cierto grado de esa
preocupación corporativa.
Es por lo tanto animador creer que en esta, nuestra generación, podemos
esperar que se despierte un profundo sentimiento de amante preocupación
solidaria a escala mundial. Cuando eso se produzca (y se producirá si no
lo impedimos), habrá una unidad de corazón entre razas, nacionalidades y
culturas económicas y sociales, como nunca hemos visto hasta ahora. Grupos
con tendencias teológicas divergentes se humillarán a los pies de la cruz.
El cumplimiento del ideal de Cristo se verá realizado a todos los niveles.
El invierno de las heladas inhibiciones y temores dará paso a la gloriosa
primavera en donde el amor y simpatía que Dios ha implantado en nuestras
almas encontrarán la más verdadera y pura expresión de corazón a corazón.
Resultará imposible el sentimiento de superioridad o afán de dominio hacia
aquellos cuya raza, nacionalidad, cultura o teología sean diferentes a la
nuestra. "La mente de Cristo" establece lazos de simpatía y compañerismo
"en Él". La gracia va a obrar esos milagros.
Eso le costará al pueblo de Dios dar un paso más allá
No estará limitado a un arrepentimiento compartido en favor de nuestra
generación de vivientes contemporáneos, sino que alcanzará igualmente a
las generaciones pasadas. La idea que expresó Pablo, "de la manera que el
cuerpo es uno, y tiene muchos miembros… así también Cristo", se
comprenderá abarcando también al cuerpo de Cristo en el pasado. Así,
cobrará significado el mandato de Moisés de arrepentirse por los pecados
de generaciones previas (Lev. 26:40). La "expiación final" se convierte en
una realidad, y el juicio previo al advenimiento puede entonces concluir.
Si bien habrá un zarandeo, y algunos –quizá muchos– que rehusen la
bendición abandonarán la iglesia, la palabra inspirada implica que quedará
un verdadero remanente de creyentes en Cristo. No todo son malas nuevas en
el zarandeo del árbol o de sus ramas. Nos ofrece las buenas nuevas de que
"quedarán en él rebuscos, como cuando sacuden el aceituno, dos o tres
granos en la punta del ramo, cuatro o cinco en sus ramas fructíferas" (ver
Isa. 17:6; 24:13). Los que permanezcan, "alzarán su voz, cantarán gozosos
en la grandeza de Jehová" (14). Los que caigan en el zarandeo, no harán
sino manifestar la realidad de "que todos no son de nosotros". La obra de
Dios avanzará imperturbable de fortaleza en fortaleza.
En esa hora de acontecimientos sin precedente, la iglesia estará unida y
coordinada como un cuerpo humano que recuperó la salud. Las calumnias, las
malas sospechas, los chismes, hasta incluso la negligencia del deber ante
las necesidades de otros, serán vencidos. El oído atento, sintonizado para
escuchar el llamamiento del Espíritu Santo, se pondrá a la obra bajo la
convicción del deber.
Cuando el Espíritu diga –como dijo a Felipe– "Llégate, y júntate a este
carro", la obediente respuesta será inmediata. Se ganarán las almas, tal
como sucedió con el diácono y aquel eunuco de la corte real de Candace. La
"Cabeza" habrá por fin encontrado la respuesta perfecta de un "cuerpo"
junto a quien morar, y alegrándose con cantos sobre su pueblo, el Señor
añadirá gozoso a la membresía de su iglesia todo ese pueblo que se
encuentra aún disperso en Babilonia. Desde el momento en que atraviesen la
puerta, esas almas de corazón sincero sentirán la presencia del agape
de Cristo; ese amor que conmueve el corazón, que es "fuego consumidor". ¡Oh,
si pudiésemos imaginar los goces que esa contrición va a posibilitar!
Se producirán milagros de restauración del corazón, como si Cristo mismo
estuviese presente en la carne. Se construirán puentes sobre las simas de
separación. Las disensiones matrimoniales encontrarán la solución que
había escapado a los mejores esfuerzos de consejeros y psicólogos. Hogares
que se habían roto se cementarán en lazos de amor, fruto de la profunda
contrición de corazones creyentes. Arpas que guardan ahora silencio,
vibrarán entonces melodiosamente, cuando sus cuerdas sean pulsadas por
aquellas manos que llevan aún las cicatrices del Calvario.
Jóvenes confundidos y frustrados verán una revelación de Cristo como nunca
antes percibieron. La fascinación satánica de las drogas, el alcohol, la
inmoralidad y la rebelión perderá todo su poder, y en su lugar se verá una
pura y santa manifestación de devoción juvenil por Cristo, para gloria de
su gracia. "Sobre ti nacerá Jehová, y sobre ti será vista su gloria. Y
andarán las gentes a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento"
(Isa. 60:2,3).
Los resultados serán maravillosos, una vez que la iglesia haya aprendido a
sentir por el mundo de la forma como Cristo siente por él. La "Cabeza" no
puede decir a los pies "no tengo necesidad de vosotros" (1 Cor. 12:21).
Esa es la razón por la que "puso Dios en la iglesia" los diversos dones de
su Espíritu. La iglesia viene a ser un "cuerpo" eficiente en manifestar a
Dios al mundo, de la misma manera en que una persona sana expresa mediante
sus miembros físicos los pensamientos e intenciones de la mente. Todos los
dones conducirán al "camino más excelente" que es el agape.
El mundo y el vasto universo del más allá, contemplarán estupefactos. La
demostración final de los frutos del sacrificio de Cristo llevará el
conflicto de los siglos a una gloriosa y triunfante culminación. En el
sentido más profundo, acariciado, soñado, pero difícilmente imaginado por
nuestros pioneros, se efectuará en los corazones del pueblo de Dios una
obra paralela y consistente con la purificación del santuario celestial.
Será así "purificado", justificado, vindicado o restaurado ante el
universo.
La certeza del triunfo de Cristo
Esa experiencia transformará a la iglesia en un generador de amor. El plan
de Dios es que no haya bancos suficientes en ninguna iglesia, para todos
los pecadores que, convertidos, acudan a ellas. Arrepentimiento
corporativo y denominacional significa toda la iglesia experimentando el
amor y la empatía de Cristo hacia todos aquellos por quienes Él murió.
Desde luego, no todos en el mundo responderán. De hecho, muchos rechazarán
su proclamación final. Pero responderán gozosos muchos más de los que
habíamos imaginado.
Guardémonos de la pecaminosa incredulidad que significa el poner en duda
la bondad de las Buenas Nuevas. Los que piensan, ‘¡Es demasiado bueno para
ser cierto!’, deberían prestar atención a una lección poco conocida de las
Escrituras. En los días de Eliseo, Samaria fue azotada por un hambre
terrible, al ser sitiada por la armada Siria:
"Y hubo grande hambre en Samaria, teniendo ellos cerco sobre ella; tanto,
que la cabeza de un asno era vendida por ochocientas piezas de plata, y la
cuarta de un cabo de estiércol de palomas por cinco piezas de plata… y él
[el rey de Israel] dijo: ‘Así me haga Dios, y así me añada, si la cabeza
de Eliseo hijo de Saphat quedare sobre él hoy’.
Dijo entonces Eliseo:… ‘Mañana a estas horas valdrá el seah de flor de
harina un siclo, y dos seah de cebada un siclo [una pieza de plata]’.
Y un príncipe sobre cuya mano el rey se apoyaba, respondió al varón de
Dios y dijo: ‘Si Jehová hiciese ahora ventanas en el cielo, ¿sería esto
así?’.
Y él [Eliseo] dijo: ‘He aquí tú lo verás con tus ojos, mas no comerás de
ello’ ". (2 Rey. 6:25-7:20).
Todos hemos sido educados en una incredulidad que hace que para nosotros
sea fácil simpatizar con la visión "realista" de aquel príncipe. ¿Cómo
podía aliviarse aquella terrible hambre en tan sólo 24 horas? El mensaje
de Eliseo constituía el Espíritu de Profecía contemporáneo, y el príncipe,
sencillamente, no creía en el don.
El Señor aterrorizó a los invasores Sirios, y estos abandonaron sus
colosales acopios de víveres, que quedaron a la libre disposición de los
exhaustos Israelitas:
"Y el rey puso a la puerta a aquel príncipe sobre cuya mano él se apoyaba:
y atropellóle el pueblo a la entrada, y murió, conforme a lo que había
dicho el varón de Dios… Y vínole así; porque el pueblo le atropelló a la
entrada, y murió" (2 Rey. 7:17,20).
La incredulidad en este "tiempo de la lluvia tardía", hará que quedemos
excluidos de la gloriosa experiencia que el Señor anuncia para su pueblo.
Declaraciones inspiradas confirman la visión de "toda la iglesia" en la
historia experimentando una bendición tal, sin duda alguna tras haber sido
purificada:
"El Espíritu Santo debe animar e impregnar toda la iglesia, purificando
los corazones y uniéndolos unos a otros" (Joyas de los Testimonios,
vol. III, p. 289).
"Ha llegado la hora de hacer una reforma completa. Cuando ella principie,
el espíritu de oración animará a cada creyente, y el espíritu de discordia
y de revolución será desterrado de la iglesia… todos estarán en armonía
con el pensamiento del Espíritu" (Id., p. 254,255).
"En visiones de la noche pasó delante de mí un gran movimiento de reforma
en el seno del pueblo de Dios. …Se advertía un espíritu de intercesión*
como lo hubo antes del gran día de Pentecostés… Los corazones eran
convencidos por el poder del Espíritu Santo, y se manifestaba un espíritu
de sincera conversión. En todos los sitios las puertas se abrían de par en
par para la proclamación de la verdad. El mundo parecía iluminado por la
influencia divina… parecía una reforma análoga a la del año 1844.
Sin embargo, algunos rehusaban convertirse… Esas personas avarientas se
separaron de la compañía de los creyentes" (Id., p. 345, *:
Traducción revisada en este punto. Original: "A spirit of intercession
was seen…").
Es aquí donde quitamos las sandalias de nuestros pies, ya que estamos
pisando sobre terreno sagrado. Este modesto volumen ha intentado explorar
el solemne llamado de Cristo al arrepentimiento, presentado al ángel de su
iglesia. Oremos para que el Espíritu de Dios pueda emplear muchas voces
que se hagan eco del llamamiento. La "Cabeza" ha puesto su dependencia en
nosotros como miembros del "cuerpo" de Él, para expresar su voluntad. Que
ningún cristiano humilde menosprecie la importancia de su respuesta
individual. Quizá todo cuanto necesita el Señor es encontrar una persona
en algún lugar, que haya sido bautizada, crucificada y resucitada "con
Cristo", y que comparta entonces su experiencia de arrepentimiento.
Que la preciosa levadura de la verdad pueda leudar todo el cuerpo.
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