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En esta obra, el muy admirado teólogo adventista Arnold
Wallenkampf, trata acerca de la pregunta que ha estado preocupando a sus
correligionarios durante los últimos 150 años. ¿Por qué no ha regresado
Jesús aún? Hace tiempo se nos dijo que nosotros mismos, en cierta forma,
somos responsables por su tardanza; que si hubiéramos sido fieles en
perfeccionar un carácter semejante al de Cristo y hubiéramos sido
persistentes en la predicación del mensaje, Jesús ya hubiera venido. El
Dr. Wallenkampf nos consuela diciéndonos que la tardanza es sólo
“aparente”. No existe una tardanza real porque nuestro soberano Dios mismo
ha asignado el tiempo de su retomo y no hay nada que podamos hacer para
apresurarlo o retrasarlo. El autor ofrece una solución que en cierto modo
nos tranquiliza, pero que nos induce a preguntarnos si ésta es
verdaderamente una solución bíblica. ¿Nos presentan las Escrituras una
proposición que nos obliga a escoger entre la soberanía divina y los
principios de la libertad humana y de la responsabilidad? ¿O más bien nos
indica que Dios, sin renunciar a su soberanía, nos ha dotado de poder de
usufructuar el ejercicio de una decisión moral de la cual nosotros tenemos
que ser completamente responsables? Aparentemente, el apóstol Pablo no
consideró que hubiera conflicto alguno en esto. Defendió vigorosamente el
concepto de la soberanía divina (ver Romanos 9:1-21) mientras que, al
mismo tiempo, insistió con igual vehemencia en la responsabilidad humana
(ver Romanos 1:18-20). Tampoco Elena White halló contradicción alguna en
este tema. Ella escribió: “Como las estrellas en su amplio circuito de sus
trayectorias establecidas, el propósito de Dios no conoce apresuramientos
ni tardanzas”. Sin embargo, ella declaró categóricamente también: “Al
entregar el Evangelio al mundo tenemos el poder para apresurar el retomo
del Señor”.
En otra parte de su estudio, Wallenkampf nos dice que no hay
un atraso real porque Dios mora en un estado donde el tiempo no existe.
Los que sostienen esta idea, debieran preguntarse si éste pensamiento está
arraigado en la teología bíblica o en la filosofía griega. ¿Han
considerado ellos que sin la noción de tiempo tampoco pueden existir ni el
espacio ni la materia? Platón comprendió esta y construyó su idealismo
sobre el concepto de que las ideas —la única realidad— no existen ni en el
tiempo ni en el espacio. El alma, decía, está temporalmente atrapada en la
materia (el cuerpo) y condenada por un tiempo a marchar a través del
tiempo y el espacio antes de ser misericordiosamente liberada por la
muerte para retomar a su estado preexistente sin espacio ni tiempo. Al
rechazar los adventistas la antropología de Platón, también deberían
rechazar una teología que está basada en sus ideas. Oscar Cullman ha
señalada la naturaleza concreta de la teología bíblica como opuesta a las
conjeturas nebulosas de los filósofos griegos.
Wallenkampf trata un tema muy difícil, el cual sin duda atraerá aún más la
atención al acercarnos hacia el fin del siglo. Podemos concordar de todo
corazón en su defensa de la soberanía de Dios sin que esto nos distraiga
del énfasis en nuestra responsabilidad para “no sólo ansiar sino apresurar
la venida del día de Dios”.
Loron Wade
(Ph.D., Andrews University)
enseña teología en la Universidad de Montemorelos, México. |