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Dolor sin Sentido: Génesis 3 y 4

   
 

Por: Benjamín Clausen

   
 

En varias ocasiones he trabajado con la Dra. Goncharova, física teórica nuclear en la Universidad Estatal de Moscú. Durante una de nuestras conversaciones, la Dra. Goncharova me preguntó sobre el problema del sufrimiento. Yo estaba listo para decirle que Dios desea criaturas libres que lo amen, y acerca del resultado de las malas decisiones. Sin embargo, ella había asistido a la iglesia adventista local, así que antes que yo comenzara, me dijo: "Ya he oído acerca del ángel caído". Inmediatamente supe que mi cuidadosa respuesta teórica no se­ría suficiente para satisfacer su necesidad personal.

Ella había vivido muchos años bajo la opresión comunista. Precisamente en esos días luchaba por cuidar a su esposo, quien había sufrido un ataque cardiaco innecesariamente. Los médicos estaban al tanto del riesgo, pero sólo podían ingresarlo legalmente al hospital para tratarlo después de haber tenido el infarto. ¡Cuánto sufrimiento sin sentido! Desde aquella ocasión he pensado y leído mucho sobre el problema del mal, y he experimentado algunas de sus consecuencias. Pasé más de tres años, primero con mi madre y luego con mi padre, en una batalla, contra los destrozos del cáncer, que finalmente perdieron. Quizá ahora habría podido responder un poco mejor a la pregunta de la doctora rusa.

Mientras que Génesis 2 describe un mundo perfecto, Génesis 3 señala su ruptura. Ambos capítulos comienzan con un jardín ideal y un árbol de la vida, pero el tercer capítulo concluye con la expulsión de la primera pa­reja para que no comiese del árbol de la vida. Dios creó a la primera pareja para que estableciera relaciones, pero ellos las quebrantaron todas. En Génesis 4 la ruptura se extiende a Caín y Lamec.

La tentación

La gente ha luchado durante siglos para entender cómo pudo entrar el mal y destruir un mundo perfecto. A menudo fundamentan su comprensión del tema en el relato de Génesis 3. Cuando C. S. Lewis intentó describir la tentación de una pareja perfecta, contó la historia de un rey y una reina recién creados que vivían en las islas flotantes del planeta Perelandra. Su creador les había permitido visitar la Tierra Firme, pero les había prohibido dormir allí. Los dos se separaron al quedarse accidentalmente en dos islas separadas.

Un agente humano del mal vino de la tierra y tentó a la reina con la idea de disfrutar de la certeza de vivir sobre Tierra Firme. Esta tentación a buscar la certeza creció hasta convertirse en un fuerte deseo de llegar a ser propietaria y obtener suficiente control para repetir experiencias placenteras. En su conversación con la reina el agente del mal hace declaraciones que son casi totalmente veraces.

Otro ser humano, un hombre llamado Ransom, ayuda a la mujer a resistir la tentación y al hacerlo recibe una herida en el calcañar. Le explica a la mujer que en otros asuntos, la obediencia involucra aquello que pa­rece razonable. Pero la reina sólo puede disfrutar el gozo genuino de la obediencia si rechaza la tentación de vivir en Tierra Firme, porque aquí está la única razón de obedecer, porque son los deseos de su creador. Al responder a los argumentos del maligno, Ransom siente a menudo que decir la verdad sería fatal, pero aun así, "sólo la verdad sirve". El relato de Lewis tiene un final más feliz que Génesis 3.

La historia de Frankenstein, por otra parte, no tiene un final feliz. Víctor Frankenstein intenta descubrir los secretos físicos de la naturaleza y desea ser el primero en buscar "nuevas maneras, explorar poderes des­conocidos y revelar ante el mundo los misterios más profundos de la creación".[1] Después de sucumbir al encanto de la ciencia, aconseja a otros a "evitar la ambición, aunque se trate de la ambición aparentemente inocente de distinguirse en la ciencia y los descubrimientos".[2]

Todos estos relatos no son más que ecos del relato de Génesis 3. Vayamos a las Escrituras.

La serpiente

El tema del engañador es común en la literatura mundial, incluyendo los relatos bíblicos del engaño de Abraham, Raquel y Jacob. El Antiguo Testamento no intenta explicar la serpiente tramposa de Génesis 3, pero Jesús se refirió al diablo como el padre de mentira (Juan ,8:44), y Apocalipsis compara la serpiente antigua con el diablo y Satanás (Apocalipsis 12:9). 

La verdad

La serpiente parlante que sedujo a Eva sabía mentir sutilmente. En El paraíso perdido, el elocuente discurso de la serpiente dejó asombrada a la mujer, haciéndola pensar que la fruta le produciría aun más beneficios (ver también Patriarcas y profetas, pp. 36,37). El tentador comenzó con una pregunta engañosa: "¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?" Ansiosamente, la mujer saltó a la defensa de Dios y celo­samente respondió que no podían ni siquiera tocar la fruta prohibida (Génesis 3:3; Patriarcas y Profetas, p. 37), con lo que expandió la prohibición de Dios.

El primer gran engaño fue una media verdad, no una falsedad total. El mal no tiene existencia independiente; siempre se trata de una distorsión del bien. Como tal, nos amonesta a decir "la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad" en el estudio de los orígenes. Muchos creacionistas experimentan la constante tentación de exagerar los datos científicos y caracterizar falsamente a sus oponentes. Ian Plimer presenta gráficamente esta percepción de los creacionistas en su libro Telling Lies for God (Mentir en el Nombre de Dios).[3] 

La atracción

Todos los árboles que Dios creó eran buenos para comer y agradables a la vista (Génesis 2:9), pero Eva creyó que la fruta prohibida también podía hacerla sabia (Génesis 3:6). La fruta tenía un triple atractivo para las necesida­des prácticas, las necesidades estéticas y el deseo de control y poder: "los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida" según 1 Juan 2:16. El pecado toma las necesidades físicas normales y las pervierte hasta convertirlas en un deseo de obtener gratificación instantánea. Trans­forma el disfrute de la belleza en un deseo insaciable de lujos. Y altera nuestra responsabilidad como mayordomos de Dios y la transforma en un deseo invencible de dominio y control.

Jesús, el segundo Adán, enfrentó las mismas tres tentaciones en el de­sierto: pan para comer, un vistoso espectáculo en el templo, y la adquisi­ción ilícita de poder y dominio sobre el mundo. En vez de escoger el cami­no del sufrimiento, Jesús fue tentado a ser el Mesías esperado por los ju­díos o, como lo resume Dostoievski, uno que emplearía milagros, misterios y autoridad. Satanás le sugirió a Jesús que él: 

1. Podía proveer milagrosamente para las necesidades físicas de los judíos. Pero "no se puede esclavizar a un hombre por un milagro y hacerle desear una fe que se le otorga libremente".

2. Podía fortalecer la vida espiritual del pueblo con un anuncio misterioso y espectacular de su misión dado en el templo.

3.  Podía conquistar con autoridad a sus enemigos y resolver los problemas del mundo durante su vida terrenal; pero él se resistió a ofrecer todas las respuestas, a demostrar irrefutablemente quién era, y a impulsarlos a creer silenciando a todos los escépticos.[4] 

En la actualidad a nosotros también nos gustaría mejorar los métodos de Cristo tomando prestadas las herramientas de la manipulación perfeccionadas por los políticos, los vendedores y los publicistas.[5] Nos gustaría un milagro que explicara innegablemente el origen de la vida y la materia. Los cristianos modernos se encuentran atraídos por la ventaja de tener información privilegiada y el poder que tal conocimiento proporciona. El deseo de tener un conocimiento omniabarcante del "bien y del mal" nos tienta a todos, pero aquel que se consideró tan sabio como Dios perdió su lugar en el cielo (Ezequiel 28:6, 12-16). 

Malos resultados para los organismos vivos

Ahora examinaremos algunos de los efectos que ocasionó el pecado en el mundo que nos rodea. En este capítulo hablaremos sobre los organismos vivos y en el que sigue nos referiremos al mundo físico. El pez gato candirú, por ejemplo, se introduce en la uretra de un nadador y extiende sus espinas de manera que causa un dolor tan acuciante que sólo puede calmarse cuando se extrae la criatura quirúrgicamente. Una pequeña mosca, la mosca cecidomyan, a veces se reproduce asexualmente antes de tiempo y su prole la devora desde su interior. [6] La depredación y el parasitismo ofrecen innumerables ejemplos. En 1803, el abuelo de Darwin, Erasmus Darwin, observó que estas cosas convierten a la naturaleza en "un gran matadero".

El mismo Charles Darwin encontró difícil creer que un Dios benévolo fuese el autor del parasitismo, de la muerte de su hijo por la fiebre tifoidea, o el castigo eterno "descrito claramente" por la Biblia. Sentía que la ley natural, indiferente a la crueldad y el dolor de la naturaleza y a la miseria hu­mana, proveía una respuesta mejor que echarle la culpa de tales cosas a Dios. En una carta escrita en 1860, Darwin dijo: "No puedo persuadirme de que un Dios bondadoso y omnipotente haya creado el parásito ichneumonidae con la intención expresa de que se alimente de los cuerpos vivos de las orugas, ni que haya ordenado que el gato juegue con el ratón".

Después de luchar con este terrible interrogante, Darwin desarrolló un mecanismo para el origen de las especies basado en la ley natural. Declaró que a raíz de la superproducción de descendientes, sólo los más aptos sobreviven por la selección natural en la lucha por la existencia. Tennyson le dio forma poética al concepto en su poema In Memoriam cuando habló de la "Naturaleza, roja de dientes y garras". 

El darwinismo social [Vea el artículo 1844: Punto de Encuentro de dos Alternativas]

Estos conceptos finalmente llevaron a la teoría del darwinismo social, que introduce la idea del progreso por medio de la lucha en las ciencias políticas y socioeconómicas. Aunque la idea de la lucha precede por mucho a Darwin, él proveyó un argumento de la naturaleza para demostrar que era algo natural y bueno. Si bien Darwin mismo no apoyó el darwinismo social, el título completo de su famoso libro fue Origen de las especies por medio de la selección natural, o por la conservación de las razas favo­recidas en la lucha de la existencia (según la traducción de Enrique Godínez; Madrid: Biblioteca Perojo, 1877).

Antes de Darwin, los biólogos racistas habían apoyado la esclavitud, el colonialismo y la guerra contra los indios americanos, pero el darwinismo social les dio nuevas municiones para sus teorías. El biólogo alemán Ernst Haeckel desarrolló las ideas de Darwin hasta llegar al concepto de una raza superior, y sus escritos fueron uno de los muchos factores que llevaron a las dos guerras mundiales del siglo XX. El concepto de la competencia era parte del título del libro de Hitler, Mein Kampf, que significa "Mi lucha"; y Mao Tse-tung consideraba el darwinismo alemán como el fundamento del socialismo científico de los chinos.

Como vemos, la teoría darwinista ha tenido una poderosa influencia sobre la historia mundial. Karl Marx, cuyos escritos forman la base del so­cialismo y el comunismo, vio en la teoría de la competencia y la evolución en la naturaleza la base de su propia teoría de la lucha de clases y el desarrollo histórico entre los seres humanos. Gran parte del comercio mundial de hoy se basa en el capitalismo, la forma económica de la lucha y la supervivencia del más apto.

La eugenesia, la selección artificial de los seres humanos, se convirtió en un movimiento en el norte de Europa y los Estados Unidos durante la primera parte del siglo veinte. Se basaba en la obra del primo de Darwin, Francis Galton. Convencidos de que la herencia jugaba una función muy importante en las enfermedades, la pobreza, la imbecilidad, la criminalidad y la inmoralidad, algunos países instituyeron la esterilización forzada de tales personas. Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial, estas ideas perdieron su popularidad. 

La muerte

La muerte es parte integral de la naturaleza, pero aun así tenemos dificultades para relacionarnos con sus misterios. Algunos la tratan con buen humor, mientras que otros la consideran como una transición a otra existencia.

Pero, ¿qué es la muerte y qué quiere decir la Biblia cuando dice: "La muerte vino por el pecado" (Romanos 5:12)? Las definiciones científicas de la muerte no son siempre equivalentes a las de los escritores bíblicos. Es claro que el libro de Romanos no tiene en cuenta la muerte del tejido de las plantas, puesto que Dios le dio a la primera pareja frutas para comer, y la digestión destruye las células de las plantas.

La muerte celular, o apoptosis, está programada en los organismos y es esencial para la vida.[7] En el desarrollo del feto humano, las células de la mano mueren para separar los dedos. La capa interna del sistema digestivo muere y desaparece regularmente. La capa externa de la piel está formada por células muertas que forman una barrera de protección para el resto del cuerpo. Las células del cuerpo cambian con frecuencia, pero un mecanismo interno de vigilancia les ordena a tales células que mueran. Cuando ese sistema no funciona el resultado es el cáncer. La muerte parece ser una par­te necesaria del ecosistema, e incluso el dolor juega un papel importante en la supervivencia.

Podríamos aceptar la muerte de células y frutas antes del pecado, pero no la de seres humanos. Entre estos dos extremos existe un nivel ascendente de fealdad, sufrimiento y muerte que se aplica a los restos de las frutas y su deterioro, los tejidos de las plantas como las flores y las hojas, plantas completas como los vegetales, seres invertebrados como las hormigas, y seres vertebrados como los peces y los primates. No existe una respuesta clara respecto de qué tipo de muerte introdujo el pecado en el mundo, por lo tanto, es razonable que se tengan diversas opiniones.[8]

Pero la muerte humana es un asunto muy importante para todos. Un verano, mientras trabajaba para una compañía petrolera, un colega cristiano me preguntó acerca de la posición adventista sobre el tema de la muerte. Cuando me dediqué al estudio de la Biblia, no sólo comencé a entender mejor la posición adventista, sino cuan razonables son otras posiciones cristianas. Mi amigo me recordó que Jesús le dijo a Marta: "Todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente" (Juan 11:26). También me dijo que el Predicador se encontraba en un estado depresivo cuando escribió Eclesiastés y advirtió que no se debía interpretar cada pasaje suyo literalmente, incluyendo Eclesiastés 9:5. Ambos aprendimos de nuestro estudio de la Biblia. Él reconoció que los fuegos del infierno no arden eternamente, y yo advertí que incluso los temas de importancia crucial en la vida no pueden probarse como si fuesen problemas de geometría. 

Malos resultados para los seres humanos

La decisión equivocada de Adán y Eva en Génesis 3 provocó la pérdida de las bendiciones otorgadas en Génesis 2. Sus relaciones se quebrantaron. Escuchar a una de las criaturas le costó a la pareja la pérdida de la supremacía sobre toda la creación. El privilegio del hombre de labrar la tierra se convirtió en una tarea pesada, y finalmente los seres humanos regresarían al polvo. El gozo de la mujer de llevar frutos y multiplicarse ahora implicaría dolor y sujeción a su esposo. El compañerismo y la intimidad que se le dieron a la pareja en Génesis 2 se degradaron hasta convertirse en extraña­miento y vergüenza. La comunión libre con Dios que gozaba la humani­dad se transformó en temor a su presencia.

Para Adán y Eva la libertad genuina significaba el privilegio de vivir con las consecuencias de sus elecciones, ya fuesen buenas o malas, y la digni­dad humana requería la aceptación de la responsabilidad. 

Hacer frente al problema del mal

La teodicea, que se define como "una vindicación de la bondad y la justi­cia de Dios ante la existencia del mal", intenta explicar lógicamente las atrocidades que vemos a nuestro alrededor. Si existe un Dios que es perfectamente bueno y omnipotente, uno esperaría que no existiera el mal. Pero debido a que el mal existe, muchos concluyen que: o Dios no existe, o no es perfectamente bueno, o no es todopoderoso.[9]

Muchos ateos rechazan a Dios porque quieren creer desesperadamente en una deidad solícita y personal, y el mundo muestra inconsistencias con respecto a ese cuadro.[10] Weinberg quisiera encontrar evidencias de un Crea­dor solícito en la naturaleza, pero encuentra "tristeza al dudar que se logre tal cosa".[11] Carl Sagan parece buscar significado en su libro Contacto, algo que trascienda al naturalismo. Según se percibe en su obra, el mal presenta un problema para los ateos también. ¿Cómo puede existir el mal si el cos­mos carece de una estructura moral?[12]

Se ha escrito mucho sobre el problema del mal. Quizá el libro que bos­queja mejor los temas es Making Sense Out of Suffering (Para encontrarle sentido al sufrimiento), de Peter Kreeft.[13] Comienza por señalar algunas respuestas fáciles que no funcionan: la negación de la realidad de Dios (el ateísmo, la desmitificación, el psicologismo), la negación del poder de Dios (el politeísmo, el dualismo de Zoroastro), la negación de la bondad de Dios (el satanismo, el panteísmo, el deísmo), o la negación del mal (el budismo, la ciencia cristiana, la teosofía).

Kreeft indica que el sufrimiento no es un problema que se resuelve con respuestas, sino un misterio al que uno se acerca con la ayuda de pistas respecto de su significado supremo, y con una actitud básica de humildad. La inspiración provee una pista sobre la caída de Lucifer, simbolizada por medio de la conducta de los antiguos gobernantes de Babilonia y Tiro (Isaías 14:4-20; Ezequiel 28:2-19). Sin embargo, en última instancia, el mal no tiene explicación, explicarlo sería excusarlo.

La inspiración indica claramente que Dios no es la fuente del mal. La competencia, la supervivencia del más apto, la regla del colmillo y las ga­rras, el sufrimiento y la muerte no pueden ser parte de su plan ideal para el desarrollo de su creación. Él puede emplear tales métodos por necesi­dad (Romanos 8:28), pero si los empleara como plan preferido entraría en conflicto con la manera en que las Escrituras representan su forma de obrar (Isaías 11:6; 65:25; Mateo 6:25-33; 10:29). Los largos períodos de sufrimiento por causa del desarrollo evolutivo en el pasado, se verían lógicamente relacionados con largos períodos futuros de sufrimiento en el infierno. Según dijera Provonsha: "Atribuirle a Dios los rasgos más destacados de la teoría de la evolución daría como resultado un tipo equi­vocado de Dios". [14]

El libre albedrío da la opción de escoger y, por lo tanto, abre la puerta a la posibilidad del mal. Para evitar o prevenir todo el mal tendría que eliminarse toda la libertad. Los relatos de ciencia ficción, como The Matríx, se basan en el control total de los seres humanos, pero no es un escenario muy atractivo. El libre albedrío genuino incluye la libertad para experimentar las consecuencias de la libre elección. Dios permite, entonces, que las consecuencias sigan su curso. Aunque él no elimina las consecuencias cuando tomamos una mala decisión, su gracia hace posible una segunda oportunidad de hacer buenas elecciones para enderezar los resultados. Por causa de la mala elección de Simeón y Leví en Siquem (Génesis 34:25-30), sus descendientes fueron condenados a vivir dispersos entre las tribus de Israel (Génesis 49:7). Sin embargo, cuando los levitas decidieron protestar contra la apostasía en el Sinaí (Éxodo 32:26-29), la dispersión se convirtió en una bendición cuando se los transformó en sacerdotes para todo el territorio de Israel (Patriarcas y profetas, pp. 239, 240, 333, 334, 362).

La felicidad no es sinónimo de ausencia de sufrimiento. Implica bondad y significado, no sólo placer. El amor de Dios por nosotros es demasiado sabio para proveer únicamente felicidad; el amor demanda el perfec­cionamiento del ser amado.[15]

Las explicaciones anteriores referentes al libre albedrío y los beneficios del sufrimiento pueden responder algunos interrogantes, pero no resuelven el tema de la justicia. ¿Por qué muchas generaciones se benefician o perju­dican por las decisiones pasadas de otros, especialmente el pecado original de Adán (Romanos 5:12; Éxodo 20:5, 6? Una vez más Kreeft nos da algunas pis­tas. No sólo nos recuerda que no somos muy justos nosotros mismos (Isaías 64:6; Jeremías 13:23), sino que también nos obliga a considerar algo que olvidamos fácilmente en nuestra sociedad individualista. Cada persona es solidaria con el resto de la familia humana, al igual que el miembro individual de la iglesia es parte del cuerpo de Cristo. Aunque yo no gané las becas ganadas por mi hija, estoy orgulloso de ellas y me beneficio por ellas. Y aunque ella no es responsable por mis chistes insípidos, de todas maneras se siente avergonzada delante de sus amigas. Participamos del pecado original de Adán, al igual que podemos participar de la expiación vicaria de Cristo (Romanos 5:15).

Aunque sufrimos por causa del pecado de Adán, como miembros que comparten la suerte de la humanidad, todavía nos preguntamos por qué Dios no cambia las reglas en vez de castigarnos a nosotros. El problema con esta solución es que hay diferentes tipos de leyes. Las leyes humanas son mudables. Las leyes físicas pueden ser ignoradas por Dios cuando hace un milagro. Sin embargo, hay algunas leyes lógicas, matemáticas y metafísicas de causa y efecto que ni siquiera Dios puede cambiar. Además, ¿quién querría que Hitler se saliera con la suya?

Como seres humanos finitos consideramos el problema del mal dentro de las limitaciones del tiempo, pero la verdadera solución todavía se encuentra en el futuro. La vida presente es sólo por un momento (Salmo 30:5; 2 Corintios 4:17), y es el dolor de parto de una eternidad de dicha. El sufrimiento no es meramente un escándalo sin propósito, porque hay algo más allá de este mundo.

En última instancia, ninguna de estas explicaciones es totalmente satis­factoria, porque la respuesta al sufrimiento es Alguien, no algo. Al final del libro de Job, Dios se le reveló al patriarca sufriente, antes que darle una res­puesta bien pensada, pero el siervo de Dios quedó satisfecho. El cielo es una Persona más que un lugar, y es Alguien que podemos experimentar aquí. No necesitamos saber por qué ocurren las cosas, sino, más bien, que alguien se preocupa por nosotros y comprende nuestros sufrimientos. El amor busca más la intimidad que la felicidad, por eso Dios no se aleja de nuestro dolor (La Educación, p. 263).

Mi amiga física teórica de Moscú necesitaba el toque personal de otro que sufría como ella. Necesitaba conocer al Cristo que puede "compadecerse de nuestras debilidades" (ver Hebreos 4:15). 

Los antediluvianos

Génesis 4 y 5 nos dan una breve vislumbre entre la caída y el diluvio, entre los resultados del mal y la promesa de restauración. El capítulo 4 ofrece elementos paralelos al capítulo anterior. Así como Adán y Eva experimentaron conflictos conyugales, la relación entre Caín y Abel degeneró en una rivalidad entre hermanos. Y del mismo modo que Dios interrogó a Adán, confrontó a Caín. La tierra llega a ser parte de una maldición, tanto en el capítulo 3 como en el capítulo 4; y así como Adán y Eva fueron expulsados, lo mismo le ocurrió a Caín.

El libro de John Steinbeck, Al Este del Edén, sitúa la rivalidad prototípica de los hermanos Caín y Abel en un contexto moderno. El Adán de Steinbeck desea un Jardín del Edén para su esposa en el centro de California. Considera llamar a sus hijos Caín y Abel, pero finalmente los llama Aarón (Aron) y Caleb (Cal). La rivalidad entre hermanos no se hace esperar. Aron tiene un buen corazón y acude al fervor religioso para escapar a la corrupción del mundo. Cal, por su parte, se vuelve celoso por el favoritismo que cree se le manifiesta a Aron. Cuando Cal se entera que su madre es una prostituta, cree que la maldad de ella se le ha transferido a él. Teme el rechazo y su ira lo lleva a buscar venganza contándole a Aron la verdad sobre su madre. Aron queda abrumado por la noticia, se une al ejército y muere en la Primera Guerra Mundial, lo que hace que Cal quede "marcado por la culpa". Su desesperación queda contrarrestada cuando la familia lee Génesis 4. La criada de Adán destaca la palabra hebrea timshel en el versículo 7 y señala que esta palabra brinda la posibilidad de escoger. "Usted puede conquistar el pecado", le dice. Cada persona puede escoger su propio destino moral aparte del legado de sus padres. Finalmente, en su lecho de muerte, Adán advierte que no debe aplastar a su hijo con la injusticia del rechazo, así que bendice a Cal con una sola palabra: "¡Timshel!"

De ratones y hombres, también de John Steinbeck, se refiere a la maldi­ción de Caín en términos de obreros agrícolas migratorios en el centro de California. Los dos personajes principales se manifiestan solicitud filial mutua, a diferencia de la mayoría de los obreros inmigrantes que se niegan a ser "guarda de su hermano" y prefieren vagar solos como Caín. Del mismo modo que Caín fue condenado a nunca beneficiarse del fruto de sus la­bores, los obreros inmigrantes vivían una miserable existencia económica. Querían reconquistar un paraíso perdido, pero finalmente fracasaron. Sin embargo, incluso el vagabundo puede encontrar la paz, porque, como oró San Agustín: "Nos has hecho para ti, y nuestros corazones no tendrán paz hasta que encuentren reposo en tí".

Génesis 4 continúa el registro divino de la historia humana después de la expulsión de Caín con el desarrollo de innovaciones culturales: la edifi­cación de una ciudad, la crianza de animales, la música de arpas y flautas, la metalurgia del bronce y el hierro, e incluso la poesía de Lamec. Aquellos que se comprometen con Dios encuentran que no son los únicos que han sido bendecidos con talentos. La gracia común los beneficia a todos, por­que Dios "hace salir su sol sobre malos y buenos" (Mateo 5:45). Esto refuta la falacia maniquea acerca de dos grupos distintos de los cuales únicamen­te los justos tienen la verdad.[16]

Desgraciadamente, en la película Amadeus, Antonio Salieri aprende esto en su relación con Wolfgang Mozart. Salieri es el músico de la corte dedicado a componer la música religiosa, pero el frívolo Mozart es quien ha reci­bido el don del genio musical. Dios emplea instrumentos imperfectos para adelantar su causa: emplea a los babilonios para castigar a Israel, a Darwin para reconocer las variaciones en la naturaleza, la geología para buscar el petróleo, y a usted y a mí para testificar de él.

Génesis 4 concluye con Set, quien provee un nuevo comienzo. The Song of Eve (El Canto de Eva), de June Strong, brinda una percepción de lo que pudo haber sido la vida antediluviana.[17] Los justos vivían en las montañas lejos de las tierras de los impíos. Uno de los "hijos de Dios" se ha casado con una de las "hijas de los hombres", pero todavía recuerda sus raíces. La pareja tiene una hija que visita las puertas del Jardín del Edén para adorar, allí escucha la triste canción de Eva y decide seguir a Dios. Va a vivir a las montañas con los justos y con el tiempo se convierte en la madre de la esposa de Noé. Es un relato triste y hermoso. 

La restauración

Los seres humanos tenemos la sensación innata de que debe haber algo mejor, que algo se ha perdido. Reconocemos una ley que debemos practicar pero no practicamos.[18] Por desgracia, ni siquiera podemos vivir a la altura de nuestras propias normas.

Según una perspectiva materialista, la esperanza de una mejora se realiza por medio de la lucha de clases, hasta alcanzarse la utopía socialista (George Bernard Shaw), el progreso evolutivo y la iluminación (H. G. Wells), o la libertad de la represión y el cautiverio del inconsciente (Sigmund Freud).[19] Pero Weinberg no cree que "la ciencia provea alguna vez el consuelo provisto por la religión para enfrentar la muerte".[20]

Pero en vez del progreso continuo, la perspectiva bíblica describe una triada: creación, caída y restauración.[21] El primer Adán fue creado perfecto, pero poseía una naturaleza caída después del pecado. El segundo Adán hizo posible una nueva naturaleza. El cielo y la tierra, con el árbol de la vida, fueron creados perfectos hasta que el pecado los echó a perder. La caída en el pecado hizo que finalmente fueran destruidos (2 Pedro 3:10-13), pero Dios hará después nuevas todas las cosas y restaurará el árbol de la vida en la Tierra Nueva (Apocalipsis 22:2).

Génesis 3:15 promete la victoria sobre el mal, y desde allí, hasta Apocalipsis 22, encontramos el objetivo de Dios: "Restaurar en el hombre la imagen de su Hacedor, devolverlo a la perfección con que había sido creado" (La Educación, pp. 15, 16; ver también El Deseado de Todas las Gentes, p. 28).

El Santuario nos da una expresión tangible de que Dios está haciendo algo respecto del mal. La naturaleza muestra la esperanza de una nueva vida cada primavera, y que incluso los horrores de Antietam y Dachau pueden ser cubiertos por la tierra y la vegetación. Quizá no digamos "O felix culpa" (Oh, culpa afortunada), porque lo que hemos perdido es algo real, pero la caída y sus consecuencias resultarán en una unidad cada vez más íntima con Dios (El Deseado de Todas las Gentes, p. 17).

La mañana siguiente a la muerte de mi padre me pasaron por la mente muchos versículos acerca de la esperanza. Mientras me preparaba para escribir este capítulo, hojeé un libro que le había regalado hace tiempo: The Jesús I Never Knew (El Jesús que Nunca Conocí). En la última página había escrito "Leído el 23 de enero de 2000". Mi padre murió el 5 de febrero. Esa última página describía el funeral de una abuela enterrada en un cementerio de Luisiana. "Según las instrucciones de la abuela, sólo aparece una palabra en su lápida: 'Esperando'". [22] 

Una perspectiva teológica de Caín y Abel

Los que estudian el relato de Caín y Abel generalmente notan el contraste entre la manera en que cada hermano adoraba a Dios. Por lo ge­neral, consideramos a Abel como ejemplo de alguien que reconoce su necesidad de un Salvador, y Caín percibe la religión a través de las obras y los esfuerzos humanos. Suponemos que Abel coloca su dependencia en Dios y Caín en sí mismo. Pero la diferencia entre ambos es mucho más que eso.

La palabra hebrea para las dos ofrendas está relacionada íntimamente con la ofrenda de granos de Levítico 2 y designa las ofrendas de los her­manos en términos de "dones". Al parecer ambos trajeron sus "dones" para expresar su gratitud a Dios. Pero Caín no tenía una gratitud genuina en el corazón. Génesis 4:4,5 declara: "Miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya". La ofrenda reflejaba al dador. Por lo tanto, el problema no radicaba en la ofrenda de Caín, sino en Caín mismo. El relato bíblico no nos dice explícitamente cuál era su problema, sino, más bien, nos permite contemplarlo en acción para que, como resultado de su conducta, lo deduzcamos nosotros mismos. Caín asesinó a su hermano. El asesinato es quitar la vida, algo que pertenece únicamente a Dios. Siguiendo las huellas de sus padres, Caín quería ser como Dios. Pero aquellos que quieren ser dioses son egoístas. A diferencia del Dios verdadero, no se preocupan por los demás. Y ese era el problema fundamental de Caín.

Observamos este egoísmo y arrogancia en su respuesta a Dios cuando le preguntó: "¿Dónde está Abel tu hermano?" (Génesis 4:9). Caín repuso: "No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?" (verso 9). El primer asesino no era, ciertamente, el guarda de su hermano, aunque debió haberlo sido. En vez de aceptar a su hermano y encontrar en la relación de Abel con Dios un mo­delo de las relaciones entre Dios y los hombres, Caín permitió que su ira y su rivalidad se convirtieran en una bestia salvaje que dominó completamente su vida.

Dios creó a los seres humanos para cuidar unos de otros, así como él cuida de toda la creación. Pero el pecado siempre coloca cuñas entre las personas. Esas cuñas o barreras pueden estar formadas de celos, odio, culpa o una lista infinita de otros problemas y motivaciones.

Caín no era en verdad el guarda de su hermano. Pensaba que no necesi­taba a nadie. Incluso su relación con Dios era superficial en el mejor de los casos. Pero cuando el Señor le dijo que el castigo por el asesinato de su her­mano sería vagar hasta el fin de sus días, Caín advirtió su necesidad de co­munión con otros seres, incluyendo a Dios. Lo asaltaron dos temores abrumadores: el temor a otros seres humanos, y el horror de verse apartado para siempre de la presencia de Dios (versos 13, 14). Aunque se había apar­tado de los seres humanos y de Dios durante gran parte de su vida, no ha­bía advertido esta necesidad hasta ese momento. Pero esa comprensión no lo cambió, según observamos en los versículos 23 y 24. Habiendo abando­nado "la presencia de Dios" (versículo 16), en más de un sentido, todavía no había aprendido lo que significaba, verdaderamente, ser guarda de su hermano. 

Notas y Referencias:
[1] Mary Shelley, Frankestein; or the Modern Prometheus, [Frankestein o el Prometeo moderno] (1818); p. 42
[2] Ibíd., p. 192
[3] lan Plimer, Telling Lies for God: Reason vs Creationism [Mintiendo en nombre de Dios: La razón frente al creacionismo], (Australia: Random House, 1994)
[4] Philip Yancey, The Jesús I Never Knew [El Jesús que nunca conocí], (Grand Rapids: Zondervan, 1995); pp. 69-80
[5] Ibíd.,p.81
[6] Stephen lay Gould, Ever Since Darwin: Reflections in Natural History [Desde Darwin hasta el presente: Meditaciones sobre la historia natural], (Norton, 1992); pp. 91-96
[7] Claire Ainsworth, et al.; “Life’s Greatests Inventions” [“Las grandes soluciones de la vida”) [New Cientist, 9 de abril de 2005); p. 32
[8] Leonard Brand, "What are the Limits of Death in Paradise?" ["¿Cuáles son los límites de la muerte en el paraíso?"), Journal Adv. Theo. Soc. (tomo 14, Nº 1, primavera 2003); p. 79
[9] C. S. Lewis, El problema del dolor, (Madrid: Rialp, 1994), p. 23
[10] Madeleine L'Engle, Walking on Water: Reflections on Faith and Art [Caminar sobre el agua: reflexiones sobre la fe y el arte], (WaterBrook Press, 1980); p. 19
[11] Weinberg, pp. 255, 256
[12] Richard N. Ostling, "Protestant philosopher at Notre Dame carves out intellectual room for God and miracles" [Filósofo protestante en Notre Dame deja lugar para Dios y los milagros), (Associated Press, 23 de marzo, 2005)
[13] Peter Kreeft, Making Sense Out of Suffering [Para comprender el sufrimiento), (Ann Arbor, Mich.: Servant Books, 1986)
[14] Jack W. Provonsha; A Remnant in Crisis [Un remanente en crisis], (Hagerstown, Md.,: Review and Herald Pub. Assn.; 1993), p. 75.
[15] Lewis, pp. 37-43
[16] Mark A. Noll, p. 52, The Scandal of the Envangelical Mind [El escandalo de la mente evangélica], (Grand RApids: Eerdmans, 1994), p. 52
[17] June Strong, Song of Eve [El canto de Eva]; (Hagerstown; Md.,: Review and Herald Pub. Assn.); 1987.
[18] C. S. Lewis, Mero cristianismo. Madrid: Rialp, 2001, pp. 22, 23
[19] Yancey, Soul Survivor, p. 57
[20] Weinberg, p. 260
[21] Edwards, p. 13
[22] Yancey, The Jesus I Never Knew, p. 275.