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Era un atardecer lluvioso, en la hora de más tráfico. Ante el semáforo
verde, aceleré a 60 km. por hora. De pronto, el conductor delante de mí
viró bruscamente hacia la derecha. Quedé más perplejo como alarmado, pero
cuando levanté el pie del acelerador, ya era tarde. Delante de mí había
dos vehículos detrás de un tercero, parado. Intenté virar mientras
aplicaba los frenos, pero no logré esquivar el extremo trasero derecho del
automóvil que estaba inmediatamente delante de mí. Entonces detuve mi auto
averiado en el carril de emergencia.
Me lamenté por mi Mazda 626 abollado, aunque agradecí no haber sufrido
ninguna herida. Miré hacia el tráfico detenido. Una mujer treintañera,
junto a su vehículo, levantaba los brazos y con lágrimas que se deslizaban
por sus mejillas, exclamaba: “¡Gracias, Señor, gracias!” Me encaminé hacia
ella, pensando que también era víctima de la colisión, pero rápidamente
subió en su vehículo, murmuró que llegaba tarde a una cita y desapareció a
toda velocidad. Quedé un tanto confuso y sólo entonces me di cuenta que no
le había pasado nada.
Pero, ¿qué decir de la pareja cuyo automóvil choqué? ¿Y yo? Bueno, tuve
que vérmelas con la policía caminera, los representantes del seguro, la
agencia de alquiler de automóviles y el taller mecánico. ¿Por qué Jesús no
nos libró del accidente a todos?
¿Es justo el sufrimiento?
Mi pequeño sufrimiento me hizo pensar en algo más profundo, a saber, algo
que ha atormentado la fe cristiana por siglos. ¿Cómo un Dios de amor puede
permitir el sufrimiento? La distribución y el grado de sufrimiento son
injustos y parecen depender del azar. ¿No era yo tan digno de salvarme
como la mujer que se alejó sin un rasguño?
Pero mi contratiempo era trivial en comparación con lo que ha presenciado
nuestra época. Millones perecieron en los campos de exterminio, los gulags
y las matanzas. Las purgas étnicas, el genocidio tribal y los horrores del
11 de septiembre nos mueven a preguntarnos: ¿Por qué Dios no lo impidió?
Las imágenes que muestran a miles de personas sepultadas por los
terremotos nos inducen a exclamar: ¿Por qué Dios no se interesa en
nosotros?
En medio de la tragedia y el sufrimiento humanos, ¿cómo es posible que un
ser racional crea que servimos a un Dios amante?
Y, aunque vaya en mi detrimento, me permito formular otra pregunta: “¿Es
posible que Dios tolere algunos males a corto plazo en beneficio de bienes
a largo plazo, algo que como ser finito no puedo comprender?”.
El sufrimiento: ¿un bien a largo plazo?
Peter Kreeft, un profesor de filosofía, presenta una analogía de un dolor
a corto plazo que conduce a un bien a largo plazo: “Imaginemos a un oso
atrapado y un cazador que desea liberarlo. Trata de ganar su confianza
pero no lo logra, por lo tanto, no tiene más remedio que dispararle dardos
con drogas. Sin embargo, el oso considera que el cazador lo ataca y que lo
quiere matar. No entiende que lo hace por compasión. “Entonces, para
liberar al oso de la trampa, el cazador debe empujarlo aún más para
entonces aflojar el resorte. Si el oso estuviera consciente, estaría aún
más convencido que el cazador es un enemigo que desea causarle sufrimiento
y dolor. Pero estaría equivocado. El oso llega a una conclusión incorrecta
porque no es humano”.1
¿Podría ser ésta una analogía de Dios y nosotros?
La pregunta permanece: “¿Cómo puede un Dios todopoderoso, omnisciente y
amante, tolerar un mal tan difundido, persistente e incomprensible?”
Reflexionemos en lo que afirma Kreeft. Dios nos ha mostrado cómo funciona
este principio. Nos ha demostrado que el peor suceso de la historia humana
produjo el mejor suceso de la historia, a saber, la muerte de Cristo en la
cruz. En su momento, nadie pensó que traería un buen resultado. Pero Dios
conocía el resultado glorioso que ningún humano fue capaz de predecir. Y
si pasó allí, ¿por qué no podría suceder también en nuestras vidas?
Paul Kreeft ilustra este concepto de la siguiente manera. “Supongamos que
tú eres el diablo. Eres enemigo de Dios y quieres matarlo, pero no puedes.
Sin embargo, él comete el ridículo error de crear y amar a seres humanos,
los que están a tu alcance. ¡Ahora tienes rehenes! Así que vienes al
mundo, los corrompes y te llevas a algunos al infierno. Cuando Dios envía
profetas para iluminarlos, tú los matas. “Entonces, Dios hace lo más
insensato que se pueda concebir, pues envía a su propio Hijo y sigue las
reglas del mundo. Tú dices: ‘¡No puedo creer que sea tan tonto! ¡El amor
le obnibuló el cerebro! Todo lo que tengo que hacer es inspirar a algunos
de mis agentes (Herodes, Pilato, Caifás, los soldados romanos) y
crucificarlo’. Y eso es lo que haces. “Así que pende de la cruz, olvidado
de los hombres, y aparentemente de Dios, desangrándose y clamando: ‘¡Dios
mío, Dios mío! ¿Por qué me has desamparado?’ ¿Qué sientes ahora como
maligno? ¡Te sientes triunfante y vindicado! Pero, por supuesto, no
podrías estar más equivocado. Ésta es su victoria suprema y tu derrota
suprema. Él puso su calcañar en tu boca y lo mordiste y esa sangre te
destruyó”.2
Ahora, este suceso acaso nos señale que cuando sufrimos y sangramos, Dios
está derrotando a Satanás una vez más. La mayor parte de los cristianos a
lo largo de la historia parece decir que cuando más sufrieron, más se
acercaron a Dios. El apóstol Pablo afirmó: “Porque nosotros que vivimos,
siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús… De manera que la
muerte actúa en nosotros, y en vosotros” (2 Corintios 4:11,12).
¿Nos aleja de Dios el sufrimiento?
Pero, ¿es posible terminar olvidando a Dios por su aparente ambivalencia
ante nuestro sufrimiento? Elie Wiesel describe cómo perdió la fe cuando,
como prisionero en Buna a los 15 años, presenció la muerte en la horca de
un niño holandés que rehusó revelar lo que sabía acerca de unas armas
encontradas en la barraca de su capataz. El escaso peso del niño prolongó
su agonía por más de media hora mientras colgaba de la cuerda. Wiesel y
miles de otros fueron obligados a marchar frente al niño y a observar su
sufrimiento mientras luchaba entre la vida y la muerte.3
Wiesel perdió la fe, pero el relato contiene la respuesta al interrogante
que hemos formulado en este artículo. Dios estaba allí en Buna con el
muchachito holandés de la misma forma en que estuvo en el Calvario con
Jesús, su Hijo, mientras también agonizaba entre la vida y la muerte en la
cruz. ¿Dónde está Dios, entonces? ¿Existe una respuesta para este
interrogante? No, no hay una respuesta, pero hay Alguien que es la
respuesta.
Alguien es la respuesta
Peter Kreeft lo resume así: “La respuesta es Jesús. No un grupo de
palabras. Es
la
Palabra. No es un intrincado argumento filosófico; es una persona.
La persona. La respuesta al
sufrimiento no está dada por un argumento abstracto, porque el sufrimiento
no es abstracto sino personal y requiere de una respuesta personal. La
respuesta tiene que estar en alguien, no en algo, porque el tema involucró
a alguien: ¿Dios, dónde estás? “Jesús está allí, sentado a nuestro lado en
los lugares más bajos de nuestras vidas. ¿Estamos quebrantados? Él también
fue quebrantado por nosotros. ¿Somos rechazados? Él también lo fue.
¿Clamamos porque ya no soportamos más? Él fue varón de dolores y conoció
la pena. ¿Nos traicionan? A él también lo traicionaron. ¿Se quiebran
nuestras relaciones más íntimas? Él también amó y fue rechazado. ¿Nos
esquiva la gente? También de él se escondieron como de un leproso.
“¿Desciende a todos nuestros infiernos? Sí, lo hace… No sólo se levantó de
los muertos, sino que cambió el significado de la muerte y por lo tanto de
todas las muertes… Cada lágrima que derramamos llega a ser su lágrima.
Puede ser que todavía no las enjugue, pero lo hará”.4
El sufrimiento: Dios está allí
¿Está distante mi Dios? ¿Se halla sobre mí como un déspota que demanda mi
rendición a su voluntad? ¿Se encierra en enclaves de serenidad para rara
vez contemplar mi angustia? Si éste fuera el caso, no podría creer en él.
Si no fuera por la cruz, mi fe fluctuaría entre los mitos y el
agnosticismo. Pero en el Calvario, mi Salvador, solo, olvidado, sufriente,
sangrante, quebrantado y sediento clamó en agonía para que fuera
perdonado. ¡Ése es un Dios para mí!
Entonces, cuando nos preguntamos cómo un Dios amante puede permitir el
dolor y el sufrimiento en este mundo, yo me inclino a quitar el arco iris,
construir un símbolo con dos maderos y plantar la cruz de Cristo en su
punto más alto.
Steve Grimsley
es director de planes de salud de la prestadora Adventist Risk Management,
Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día. Su dirección
electrónica:
sgrimsley@adventistrisk.org
Notas:
1. En Lee Strobel, The Case for Faith (Grand Rapids, Michigan: Zondervan
Publishing House, 2000), p. 32.
2. Ibíd., pp. 39,40.
3. Elie Wiesel, Night (New York: Avon Books, 1969), pp. 75, 76.
4.
Strobel, pp.
51,52.
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