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No recuerdo haber oído ningún
sermón sobre la Trinidad cuando era niño. Y no fue hasta el
último año de estudios en el Seminario en que escuché una
exposición sustancial sobre el tema. En una asignatura sobre la
doctrina de Dios, mi profesor hizo un comentario detallado de la
historia y la base bíblica de la doctrina de la Trinidad. Debo
confesar que el tema me resultó un tanto misterioso e impráctico.
Sin embargo, mi trayectoria teológica iba a llevarme a
desarrollar un interés profundo en el tema, que finalmente se
convirtió en una pasión. Mi indiferencia se ha transformado en
la convicción inamovible de que la doctrina de la Trinidad es la
expresión teológica central del pensamiento y práctica
cristianos. En efecto, lejos de ser un misterio irrelevante, da
expresión al núcleo central de lo que los cristianos profesan
creer sobre la naturaleza de Dios y su plan para la felicidad
humana.
Pensar la teología implica dos
pasos indispensables. Primero, el “qué” de una doctrina. Esta
etapa del “qué” a su vez contiene dos facetas: (1) expresar
claramente la doctrina, y (2) evaluar la base bíblica para
enseñarla. El segundo paso es reflexionar sobre el “y entonces
qué”. Esta etapa busca dejar en claro asuntos tales como las
implicaciones teológicas y prácticas de la doctrina,
especialmente su coherencia respecto de otras enseñanzas
cristianas y la cuestión de la salvación personal, o
reconciliación con Dios.
El “qué” de la
Trinidad
La creencia fundamental No. 2 de
los adventistas del séptimo día explicita: “Hay un solo Dios,
que es una unidad de tres Personas coeternas”.1
Con respecto a esta declaración, tanto la iglesia cristiana en
general como el movimiento adventista del séptimo día en
particular han tenido que lidiar con desafíos cruciales. La
cuestión de Dios como Padre nunca ha sido controvertida debido a
una larga tradición de enseñanza cristiana ortodoxa.
Si bien la vasta mayoría de los
cristianos han afirmado siempre la eterna deidad del Padre, ha
habido controversia sobre otras cuestiones: la plena y eterna
deidad del Hijo, la personalidad divina del Espíritu Santo, y la
profunda unidad del trío de Personas divinas. El espacio aquí no
permite una presentación detallada de los elementos de prueba
bíblicos que establecen la unidad trina y una de Dios. Pero si
podemos dejar sentadas la plena deidad del Hijo y del Espíritu
Santo, es simplemente lógico que haya también una profunda
unidad de estas Personas con el Padre. Por tanto los cristianos
siempre han profesado su fe en un único Dios (monoteísmo), que
se manifiesta como una unidad tripersonal (no como tres dioses,
o triteísmo) íntimamente ligada por amor.
La plena deidad
del Hijo
Son tres los tipos de evidencias
bíblicas de que Jesús era inherentemente divino y poseía la
misma naturaleza y sustancia que el Padre.2
1. A Jesús se lo llama
explícitamente Dios en el Nuevo Testamento. Hebreos 1
contrasta a Jesús con los ángeles. En los versículos 7 y 8 el
autor asevera que Dios hizo a los ángeles “espíritus”, mientras
que del Hijo dice: “Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo”
(1:8, RVR). Este versículo es uno de los siete que en el Nuevo
Testamento aplican el término griego que significa Dios (theos)
directamente a Jesús. Los otros seis son Juan 1:1, 18; 20:28;
Romanos 9:5; Tito 2:13; y 2 Pedro 1:1. Dejemos bien en claro lo
que el autor de Hebreos y los otros autores del Nuevo Testamento
están diciendo en estos versículos: se refieren a Jesús como
“Dios” y en Hebreos el escritor está interpretando un versículo
del Antiguo Testamento, aplicando a Jesús el Salmo 45:6, que
originalmente se dirigía al Dios del Antiguo Testamento.
2. Jesús se aplicó a sí mismo
títulos y prerrogativas divinos. El ejemplo más claro se
encuentra en Juan 8:58: “Jesús les dijo: De cierto, de cierto os
digo: Antes de que Abraham fuese, yo soy”. Con toda sencillez,
lo que Jesús está diciendo aquí es que él es el Dios del Éxodo,
aplicándose a sí mismo Éxodo 3:14: “Y respondió Dios a Moisés,
YO SOY EL QUE SOY”.
Además, este Dios que habla en
Éxodo 3:14 deja en claro su identidad como “Jehová, el Dios de
vuestros padres, Dios de Abrahán, Isaac y Jacob” (v. 15). En
otras palabras, Jesús no sólo aseveró ser el Dios del Éxodo,
sino también el Jehová de los patriarcas. No de balde, entonces,
los incrédulos fariseos “tomaron entonces piedras para
arrojárselas” (Juan 8:59), que era el castigo de la blasfemia en
el Antiguo Testamento (ver Juan 5:17, donde Jesús hace una
aseveración similar).
3. Los escritores del Nuevo
Testamento aplican nombres divinos a Jesús. En Hebreos
1:10-12 la inspiración aplica a Jesús el título supremo del
Antiguo Testamento para Dios (YHWH o Jehová). El autor
de Hebreos le aplica el Salmo 102:25-27. No era desacostumbrado
para los autores del Nuevo Testamento hacer este tipo de
aplicación, pero lo que es llamativo en este caso es que este
Salmo estaba dirigido originalmente al Jehová del Antiguo
Testamento. Por tanto, el autor neotestamentario se sentía
cómodo al aplicar a Jesús pasajes que originalmente se referían
al Dios eterno de Israel. Esto implica claramente que Jesús es
Jehová, el Señor del Antiguo Testamento. Apocalipsis 1:17 cita
palabras de Jesús refiriéndose a sí mismo como eterno, “el
primero y el último”.
La plena deidad
del Espíritu Santo
Las Escrituras proveen numerosas
líneas de evidencia que atestiguan la naturaleza divina del
Espíritu. La más representativa viene del libro de los Hechos,
en la historia trágica de Ananías y Safira. Estos esposos
denegaron privadamente el voto sagrado que habían hecho a Dios.
Cuando vinieron a depositar públicamente sus ofrendas parciales
a los pies de los apóstoles, cayeron muertos. Instantes antes,
Pedro había preguntado a Ananías: “¿Por qué llenó Satanás tu
corazón para que mintieses al Espíritu Santo?”. A esto sigue la
sorprendente revelación “No has mentido a los hombres, sino a
Dios” (Hechos 5:3, 4). La implicación más obvia es que el
Espíritu Santo es un ser divino.
Otras evidencias aparecen en los
muchos pasajes que describen la obra del Espíritu como algo que
es exclusivo de Dios. El ejemplo más claro está en 1 Corintios
2:9-11. Pablo declara que sus lectores pueden tener un
conocimiento completo de las cosas “que Dios ha preparado para
aquellos que le aman” (v. 9). ¿Y cómo es posible tal
conocimiento? Porque “Dios nos las reveló a nosotros por el
Espíritu” (v. 10). “Porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo
profundo de Dios. Porque, ¿quién de los hombres sabe las cosas
del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así
también nadie conoció lo que es de Dios, sino el Espíritu de
Dios” (vv. 10, 11). Lo que el pasaje enseña es esto: Para
conocer lo que es verdaderamente “del hombre” uno debe obtener
tal información de un ser humano. De manera paralela, sólo un
ser divino puede conocer en verdad lo que está en la mente y el
corazón de otro ser divino.
El “y entonces
qué” de la Trinidad
¿Cuáles son los “y entonces qué”
de la plena deidad tanto del Hijo como del Espíritu? Antes de
abordar estas importantes preguntas necesitamos tratar un asunto
que inquieta a muchos: La aparente falta de lógica de creer que
tres equivalen a uno. Tales cuestiones inquietan especialmente a
las mentes racionalistas de muchos universitarios y a nuestros
amigos monoteístas musulmanes.
La objeción lógica.
Millard Erickson ha sugerido que la razón humana no puede
tolerar una matemática trinitaria donde “3 = 1”. Si uno va al
supermercado, elige tres panes, y entonces trata de convencer a
la cajera de que los tres son realmente uno, de modo que no
necesita pagar más que uno, es seguro que la cajera llamará de
inmediato a un guardia de seguridad.3
La primera respuesta a la lógica
del pensamiento trinitario es admitir que estamos tratando con
el más profundo de los misterios. De hecho, en las relaciones
amorosas se produce una profunda unidad social o emocional. ¿Hemos
de decir entonces que las relaciones amorosas son totalmente
ilógicas e incoherentes? Creemos que no. Y parece que esta es la
mejor manera de dar cuenta coherentemente del misterio de la
Trinidad y su unidad plural.
Erickson señala sabiamente el
camino a una respuesta: “Proponemos, por tanto, pensar de la
Trinidad como una sociedad de personas que constituye, sin
embargo, un único ser. Si bien esta sociedad de personas tiene
dimensiones en sus relaciones interpersonales que no se
encuentran entre los humanos, hay paralelos esclarecedores. El
amor es la relación vinculante dentro de la Deidad que une a
cada Persona con las otras”.4
Erickson apela directamente a 1
Juan 4:8, 16: “Dios es amor”. ¿Comprendemos de veras la
profundidad de esta declaración inspirada tan cautivante en su
sencillez? Estas tres significativas palabras nos ayudan a
comprender a un Dios que ha existido eternamente en un estado de
unidad trinitaria. “La declaración ‘Dios es amor’ no es una
definición de Dios, ni tampoco meramente de uno de sus múltiples
atributos. Es una caracterización esencial de Dios”.5
Para los cristianos trinitarios,
la cuestión clave acerca de Dios se relaciona con su amor. Dios
es “amor” en la esencia misma de su ser y es su característica
fundamental. Y si Dios es verdaderamente el Dios de “amor” (Juan
3:16 y 1 Juan 4:8), necesitamos considerar las siguientes
implicancias:
¿Puede realmente Aquel que existe
desde la eternidad —y que nos hizo a su imagen—, puede este Dios
ser llamado “amor” si existía como ser único y solitario? ¿No es
acaso el amor, y especialmente el amor divino, posible sólo si
Aquel que hizo nuestro universo era un ser plural, que ejercía
amor dentro de su pluralidad trinitaria desde la eternidad? ¿Acaso
no es verdad que el amor real, desinteresado, es posible
solamente si procede de ese Dios quien, por su propia naturaleza,
era y es y será por siempre un Dios de amor, como una trinidad
de seres en sociedad?
Nos sentimos impulsados a afirmar
que Dios es una trinidad de amor y que este amor ha encontrado
su revelación más profunda en la obra de creación, encarnación,
vida, muerte, y resurrección del divino Hijo de Dios. La unidad
trinitaria de Dios, en última instancia, no es ilógica. De hecho,
es la fuente de la única lógica que tiene real sentido: un amor
abnegado, en mutua sumisión, y que se manifiesta en la gracia de
su poder creador y redentor.
Tal amor infinito debe ser
comunicado en forma práctica a los seres limitados y pecaminosos.
Y aquí es donde el “¿y entonces qué?” de la plena deidad del
Hijo y del Espíritu se proyecta en el drama de la creación y
redención.
La deidad de
Cristo: Implicaciones
En primer lugar, antes de que la
Trinidad pudiera hacer valer la eficacia salvadora de la vida y
muerte de Cristo para la redención de los pecadores, existía la
necesidad urgente de revelar a seres humanos enajenados por el
pecado acerca de cómo es en realidad Dios. El único ser que
podía ofrecer una revelación auténtica de la naturaleza divina
era Dios mismo. Esta habría de ser la misión primaria de Jesús,
el divino Hijo de Dios. Y al hacer provisión para la salvación
de los seres humanos en rebelión, mediante su muerte expiatoria,
sólo Aquel que es igual al Padre en su naturaleza divina podía
ofrecer un sacrificio capaz de satisfacer plenamente la justicia
de Dios. Sólo un Cristo plenamente divino, por medio del
Espíritu Santo, era lo suficientemente poderoso como para re-crear
a seres dañados por el pecado en la imagen del carácter divino.
Sólo el divino Hijo podía efectuar la conversión o el nuevo
nacimiento y transformar el carácter humano para que refleje la
imagen divina. En resumen, sólo el Hijo que es amor encarnado
puede manifestar y hacer efectivo tal amor transformador.
La plena deidad
del Espíritu
Como en el caso de la deidad del
Hijo, las implicaciones teológicas de la deidad del Espíritu
surgen de las cuestiones relacionadas con la intención divina de
redimir a la humanidad manchada por el pecado. Por cierto, si
sólo Aquel igual en naturaleza y carácter al Padre podía ofrecer
un sacrificio eficaz por el pecado; por igual razón, sólo aquel
Espíritu que es plenamente divino podía comunicar con eficacia
el beneficio de este sacrificio a los seres humanos pecadores.
Era necesario un Espíritu plenamente divino para revelar al
pecador la obra del plenamente divino Hijo de Dios (1 Corintios
2:7-12).
Sólo el Espíritu tendría el poder
de persuadir a la humanidad caída acerca del gran amor de Dios.
Sólo Aquel que está eternamente ligado al corazón de amor
abnegado del Padre y el Hijo puede comunicar con eficacia tal
amor. Sólo Aquel que ha actuado con el Hijo en la creación está
equipado para realizar la nueva creación dentro de almas
arrasadas por las fuerzas destructivas de Satanás y el pecado (Romanos
8:10, 11). Sólo Aquel que está en plena sintonía con el corazón
del ministerio encarnado de Jesucristo, y al mismo tiempo es
capaz de estar en todas partes al mismo tiempo con la
omnipresencia de Dios tiene la capacidad de presentar la
presencia personal y redentora de Cristo al mundo entero. El
único Ser que puede hacer tales cosas es el Espíritu Santo,
personal y omnipresente.
Una exhortación
Quiero invitar a cada lector a
sopesar con cuidado y oración la doctrina de la Trinidad y su
profunda implicación para la vida y el destino que el Dios de la
Biblia nos ofrece a cada uno de nosotros. Esta doctrina
satisface la demanda moderna de una solución racional a la
problemática del hombre en rebelión contra Dios, y al mismo
tiempo ofrece un misterio atractivo para los gustos de los
posmodernos, más afectos a lo relacional. Además, el pensamiento
trinitario ofrece una visión de la vida en relaciones de amor
que refleja la más profunda realidad ofrecida por Aquel que ha
hecho el mundo con amor y está tratando de redimirlo del pecado,
que es la mayor antítesis del amor divino.
Además, no se me ocurre ningún
argumento mejor al relacionarnos con las preocupaciones
monoteístas de nuestros amigos musulmanes. Si el amor abnegado
de Jesús —el Hombre de avanzada de la Trinidad— no puede
rescatarnos de nuestra situación, no hay nada que lo pueda
lograr. Los recursos del amor que fluye del Padre, hechos carne
en Jesucristo y comunicados por la plenamente divina Persona del
Espíritu Santo nos ofrecen la visión teológica más rica que se
pueda imaginar para el destino de un mundo caído.
Woodrow W. Whidden (Ph.D., Drew University) es
profesor de religión en Andrews University, Berrien Springs,
Michigan, EE.UU. Email: whiddenw@andrews.edu.
Notas y
Referencias:
1.
Creencias de los
adventistas del séptimo día: Una exposición bíblica de 27
doctrinas fundamentales,
edición revisada (Boise, Idaho: Publicaciones Interamericanas,
1988), p. 24.
2. Para una presentación más abarcante de la evidencia, ver
mis capítulos en la Sección Uno de
The Trinity: Understanding
God’s Love, His Plan of Salvation and Christian Relationships
(Hagerstown, Maryland: Review and Herald Publ. Assn., 2002),
pp. 16-119.
3. Millard Erickson,
Making Sense of the Trinity: Three Crucial Questions
(Grand Rapids, Michigan: Baker Book House, 2000), pp. 43, 44.
4. Ibid., p. 58.
5. Ibid.
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