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¿Qué puede hacer la verdad de la cruz por alguien cuya vida se arrastró
entre una y otra catástrofe? Encontramos aquí el caso de una mujer tan
trágicamente degradada, que la Biblia la presenta como poseída y a merced
de "siete demonios". Marcos 16:9.
"Estando él en Betania, sentado a la mesa en casa de Simón el leproso,
vino una mujer con un vaso de alabastro de perfume de nardo puro de mucho
valor; y quebrando el vaso de alabastro, se lo derramó sobre su cabeza.
Entonces algunos se enojaron dentro de sí y dijeron: –¿Para qué se ha
hecho este desperdicio de perfume?, pues podía haberse vendido por más de
trescientos denarios y haberse dado a los pobres. Y murmuraban contra
ella. Pero Jesús dijo: –Dejadla, ¿por qué la molestáis? Buena obra me ha
hecho. Siempre tendréis a los pobres con vosotros y cuando queráis les
podréis hacer bien; pero a mí no siempre me tendréis. Esta ha hecho lo que
podía, porque se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura. De
cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el
mundo, también se contará lo que esta ha hecho, para memoria de ella"
(Mar. 14:3-9).
Cuando María rompió el frasco de alabastro de precioso perfume para ungir
a Jesús, estaba dando al mundo una expresión no premeditada de ese mismo
espíritu de amor y sacrificio que la vida y muerte de Jesús
ejemplificaron. El acto de María adquiere con ello un significado
especial, como ilustración de la verdad de la cruz.
Ese hecho acontecido en Betania es lo más bello y conmovedor que un
pecador arrepentido haya hecho jamás. Proveyó la mayor evidencia, ante
Jesús y ante el universo expectante, de que la humanidad es ciertamente
capaz de apreciar de todo corazón el sacrificio hecho por Jesús. María no
poseía justicia por ella misma, pero le había sido verdaderamente
impartida la justicia de su Salvador.
¡Imagina hasta qué punto su noble acto debió alentar el corazón de Jesús
en sus horas más tenebrosas! Ningún poderoso ángel celestial hubiera
podido darle el consuelo que le trajo la memoria de aquel sincero y
conmovedor acto de María. El amor sacrificial que ella manifestó a Jesús,
proporcionó al Salvador una vislumbre de su gozo final. El fruto de la
aflicción de su alma habría por fin de quedar satisfecho, cuando
contemplase a muchos, hechos justos mediante "la fe que obra por el amor"
(Isa. 53:11; Gál. 5:6). La evocación de ese amor penitente conmueve
corazones y cambia vidas. Sin duda, ¡ese el fin que ha de lograr el
sacrificio del Salvador!
En deuda con María
El mundo puede deber a María algo que nunca ha reconocido, por animar de
ese modo al Cristo tentado, en su momento de mayor necesidad. Seguramente
la tibieza de los Doce no le supuso el consuelo que le dio María
Magdalena, a quien ellos despreciaron.
Sin embargo, María no sabía por qué se había sentido motivada a ofrecer
esa extraña y pródiga ofrenda. Informada sólo por la inescrutable pero
infalible razón del amor, lo dio todo para adquirir ese precioso perfume,
y ungió de antemano el cuerpo de Cristo para la sepultura.
Era tan completamente incapaz de defender su acción ante el reproche de
los discípulos, que Jesús mismo hubo de salir en su defensa. Respaldándola
ante la obtusa insensibilidad de los Doce, transformó el incidente en una
lección sobre el significado de la cruz, algo que la iglesia de nuestros
días necesita desesperadamente comprender.
De hecho, de las palabras de Jesús se desprende que es imprescindible una
cierta clase de aprecio en consonancia con el misterioso acto de María, a
fin de comprender el evangelio mismo. Jesús pronunció sobre el acto de
ella el mayor de los cumplidos jamás dirigido a cualquiera de sus
seguidores: "De cierto os digo que dondequiera que se predique este
evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que esta ha hecho, para
memoria de ella". ¡Incomparablemente mejor que la inscripción sobre mármol
que honra la memoria de un emperador romano!
Y razón más que suficiente para que prestemos cuidadosa atención a María.
¿Por qué esa vehemencia en la ponderación de María?
No por causa de ella, sino por causa de "este evangelio", es necesario que
la fragancia de su acción alcance al mundo entero. Esta es la clave para
despejar toda perplejidad que pueda despertar la extraña conducta de
María: estaba predicando un sermón.
Su acto ilumina el evangelio y pone de relieve sus principios de amor,
sacrificio y magnificencia.
De igual forma, la disposición a buscar faltas manifestada por los
discípulos expone nuestra reacción humana natural, ante el tierno amor
revelado en la cruz.
Si hubiéramos estado presentes en aquella ocasión, habríamos encontrado
extremadamente difícil no tomar partido con Judas y los otros discípulos.
María había hecho algo que por toda apariencia era irracional e
injustificado, por despilfarrador. Trescientos denarios, el precio del
perfume, venía a ser la totalidad de lo que ganaba un obrero a lo largo de
un año de trabajo, siendo un denario el sueldo habitual de un día (Mat.
20:22). Una suma como esa habría probablemente bastado para dar de comer a
unos cinco mil hombres, "sin contar las mujeres y los niños", de acuerdo
con la cautelosa estimación de Felipe (Juan 6:7; Mat. 14:21).
Si no fuese porque conocemos el desenlace del drama acontecido en Betania,
¿qué habríamos pensado de ese, en apariencia, insensato despilfarro?
¿Cuantos administradores y miembros de un consejo habrían dado su
aprobación a un gasto como ese? ¿Quién de nosotros no habría simpatizado
decididamente con los discípulos en su indignación? ¡El desequilibrio
emocional manifestado por aquella mujer era digno de reproche!
Nuestros corazones habrían estado más que dispuestos a secundar la "sabia"
moción de Judas: "¿Por qué se ha hecho este desperdicio de perfume?, pues
podía haberse vendido por más de trescientos denarios y haberse dado a los
pobres".
Jesús mismo asumió la defensa de María
Según nuestro juicio natural, habríamos estado prestos a dar la razón a
Judas. ¿No habría sido un acto de devoción más sobrio y práctico, el
derramar unas gotas del precioso perfume para ungir su cabeza, y vender el
resto en beneficio de los pobres? Difícilmente podemos reprimir una
expresión de alivio por no tener muchos "fanáticos" como María, entre la
membresía de nuestra iglesia.
Sin embargo, es aún más sorprendente la forma aparentemente exagerada en
la que Jesús defendió el acto de María. Habríamos esperado que le
dirigiera alguna expresión de agradecimiento por su devota actitud, junto
con una amable y mesurada censura por lo descomedido e irreflexivo de su
acción. Podría haber confortado a María, al mismo tiempo que procuraba
aplacar la indignación de los Doce.
¡Pero no! Mientras que la desdichada María intenta pasar tan desapercibida
como puede, llena de vergüenza y confusión, temiendo que su hermana Marta
y hasta el propio Jesús la tengan por inoportuna e insensata, Jesús eleva
su voz por sobre las murmuraciones de los discípulos: "Dejadla, ¿por qué
la molestáis? Buena obra me ha hecho". Lejos de alabar el aparente interés
de los discípulos por los pobres, reconoce una motivación enteramente
diferente en la conducta de María. Se trataba de una caridad infinitamente
más auténtica. Su acto había sido una parábola del amor divino, un
vehículo para proclamar el evangelio. Jesús, al defenderla, estaba
defendiendo su propia cruz. Impartió al hecho un significado y simbolismo
que ella misma ignoraba.
· En el frasco de alabastro, roto a sus pies, Jesús vio su propio cuerpo
herido y quebrantado por nosotros.
· En el precioso perfume, derramándose abundantemente hasta la tierra,
contempló su propia sangre "derramada por muchos para remisión de los
pecados", y sin embargo, rechazada y despreciada por la mayoría de ellos.
· En la motivación de María –en su corazón arrepentido, contrito y lleno
de amor hacia él– Jesús pudo ver el bello reflejo de su amor por nosotros.
· En el sacrificio de María para adquirir el costoso perfume, Jesús se vio
a sí mismo anonadado, vaciado de sí mismo en el papel de Amante divino de
nuestras almas.
· En aquel aparente derroche vio la magnificencia de la ofrenda celestial,
derramada en medida suficiente como para salvar al mundo, y sin embargo
aceptada sólo por una pequeña parte de sus habitantes.
Así fue como Jesús hubo de defender su maravillosa cruz, ante aquellos
cuyos corazones debieron haber estado prestos a apreciar su valor
incalculable.
Simón, los Doce y nosotros
Para el más puro y santo amor que la eternidad haya conocido, Judas sólo
tuvo desdén. Lo único que supo hacer el frío, duro y desagradecido corazón
de los discípulos, fue adherirse a la crítica egoísta de Judas. ¿Nos
creemos mejores que ellos?
¡Un engaño agradable! Haremos bien en recordar que María estaba
respondiendo a los misteriosos impulsos del Espíritu Santo, una motivación
que no se detiene a explicar sus razones. Sólo un corazón contrito y
humillado puede dar cabida a una inspiración tal.
Los discípulos no eran conscientes de tan elevados impulsos, a pesar de
haber recibido en privado más clara instrucción que María, sobre lo
cercana de la hora de la muerte de Jesús. Debieron haber sido más
receptivos que ella a la cruz. Sin embargo, una mujer de corazón
penitente, carente de preparación, predicó un sermón sobre la cruz más
elocuente aún que el de Pedro en Pentecostés, un sermón que hasta el día
de hoy toca el corazón de aquel que se detiene a estudiar su significado.
Vemos aquí que el conocimiento de los detalles históricos de la
crucifixión es nada, comparado con un corazón que verdaderamente la
aprecie. Si la carne y la sangre son incapaces de comprender la doctrina
de la persona de Cristo, tal como afirmó el Salvador en Cesárea de Filipos,
otro tanto sucede con la doctrina de la cruz.
Una ilustración del sacrificio de Cristo
Considera la motivación de María. No fue por esperanza alguna de
recompensa, ni por deseo de reconocimiento personal por lo que realizó su
espontánea acción. Anhelaba pasar desapercibida, lo que resultó imposible
al ser traicionada por la fragancia del perfume extendiéndose por toda la
pieza. Sólo el amor era el principio que la motivaba. Un amor que era el
reflejo del amor que Jesús tiene hacia los pecadores.
¿Cuál fue la motivación que llevó a Jesús a la cruz? Los teólogos pueden
escribir extensos tratados al efecto, sólo para concluir finalmente que no
hay razón que pueda esgrimirse para un acto tan singular: sólo el amor
puede motivar algo así.
¡Cuán reconfortante debió ser para Jesús el ver reflejada en María la
imagen de su propio carácter! ¿En una pecadora, te preguntas? Sí, en "una
mujer de la ciudad, que era pecadora" (Luc. 7:37). En ella pudo contemplar
el maravilloso reflejo de sí mismo. Con la fidelidad con la que un
negativo reproduce los detalles del positivo, Jesús vio en el amor de
María la impronta y semejanza de su propio amor modélico. "El escarnio ha
quebrantado mi corazón y estoy acongojado", diría él (Sal. 69:20). El
arrepentimiento había quebrantado ahora el corazón de María, mediante el
ministerio del propio corazón quebrantado de Jesús.
¡Maravillaos, oh cielos, y sorpréndete, oh tierra! ¡El plan de la
salvación triunfa! Aunque por lo que respecta al endurecido corazón de los
Doce todavía está por ver la justificación del riesgo divino asumido en el
Calvario, resulta ser ya un éxito rotundo en la hija de Betania. El
sacrificio de Dios en Cristo ha despertado en el corazón de ella el
"sacrificio" que le es complemento y consecuencia: el "corazón contrito y
humillado" que Dios, a diferencia de los discípulos, "no desprecia" (Sal.
51:17).
El sacrificio de María
Brilla más intensamente al verlo a la luz del sacrificio de Jesús,
ofreciéndose a sí mismo por nosotros. Alabando la acción de ella, Jesús
dijo: "ha hecho lo que podía", en el sentido de que hizo todo cuanto
estaba a su alcance. Ciertamente, Jesús hizo todo "lo que podía".
Ignoramos si María fue recompensada por los largos días de trabajo que
dedicó a la compra del perfume, pero ¡Oh, si Aquel que se despojó hasta lo
sumo, el que "se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte,
y muerte de cruz" (Fil. 2:8) pudiera recibir amplia recompensa por su
sacrificio! ¿Podremos finalmente nosotros, aún sin frascos de alabastro
para ungir su cabeza, encontrar las lágrimas con las que lavar sus pies
atravesados por nuestros pecados? Jesús, ¿no podrías tú encontrar en
nosotros "siete demonios" que expulsar, a fin de que podamos aprender a
amarte como hizo María?
La grandeza de su acción
Los discípulos razonaron:
"¿por
qué no emplear una pequeña dosis de perfume? ¿Por qué ese derroche de algo
tan costoso? ¡Está desperdiciándose por el suelo! ¡Trescientos denarios
convertidos en nada! ¡María, habrían bastado unas pocas gotas derramadas
sobre su cabeza!".
Así habríamos razonado también nosotros.
Hasta el día de hoy el corazón humano que no es receptivo a la
inspiración, es incapaz de apreciar la magnificencia del sacrificio del
Calvario.
· ¿Por qué dar su vida "en rescate por muchos", cuando sólo unos pocos
habrían de responder?
· ¿Por qué ese derroche de amor sacrificial a raudales, siendo que
resultaría en una gran parte aparentemente desaprovechado?
· El sacrificio efectuado fue suficiente para redimir a todo pecador, y a
los millones de ellos que jamás hayan poblado la tierra; ¿por qué pagar un
precio tal, cuando sólo una pequeña parte habría de responder?
· ¿Por qué habría de llenarse de congoja y lágrimas el Ser divino, ante
tantas "Jerusalén" despreocupadas, que no conocen el tiempo de su
visitación?
· ¿Por qué no limitar el amor y su expresión a los pocos que irían a
responder a su llamado, en lugar de derramar el don infinito sin medida,
con aparente pérdida de una gran parte del mismo?
Tal debía ser el razonamiento de los discípulos a propósito de la
magnificencia de María; y así razonan aún hoy muchos sobre Aquel cuyo amor
reflejó María fielmente.
En respuesta cabe decir que el amor no es amor genuino a menos que sea
pródigo, sobreabundante. El amor no escatima jamás, no calcula. El
"preciosísimo" frasco de alabastro de María no era una ganga adquirida en
una rebaja. Pagó el elevado costo por lo mejor que le fue posible
encontrar, sin pararse a pensar en la conveniencia de ahorrar alguna
parte. Podemos imaginarla dialogando con el proveedor del perfume. Éste,
viendo en ella una pobre paisana, debió proponerle un producto a bajo
coste.
'¿No tiene algo mejor?', pregunta María.
–'Sí, ¡pero cuesta cien denarios!'
'¿Y algo aún mejor?', insiste María.
–'Tengo lo mejor de lo mejor, pero es también lo más caro, es digno sólo
de un rey o emperador, y además, ¡tu no puedes permitírtelo, María!'
'Lo quiero', replica ella sin dudarlo. Su motivación de amor no le permite
nada menos que eso.
¿Podía Dios, quien es amor, hacer menos que eso? No se detuvo a pensar
cómo podría efectuar la salvación de los redimidos al menor coste posible
para sí mismo. El cielo, su excelsa morada, la devoción de miríadas de
ángeles, los tronos de un universo infinito, la vida eterna, la preciosa
comunión con su Padre, todo, lo sacrificó Cristo generosamente en la
dádiva de sí mismo. ¡Todo un océano de aguas de vida, pródigamente
regaladas, sólo para obtener a cambio unos pocos vasos de barro, llenos
con humanas lágrimas de amor! ¡Cuán infinitamente preciosas deben ser esas
lágrimas para él! (Sal. 56:8). "Espere Israel en Jehová, porque en Jehová
hay misericordia y abundante redención con él" (Sal. 130:7). Sí.
Sobreabundante.
Simón
Su fría reacción resulta inquietante. El huésped –Simón, el leproso– había
sido un testigo silencioso de la acción de María. A diferencia de los
Doce, parecía no importarle el asunto del derroche. Suposiciones aún más
oscuras hallaban libre curso en su pensamiento, sincero como él era.
Aún no había aceptado a Jesús como al Salvador, si bien había acariciado
la esperanza de que pudiera demostrar que era verdaderamente el Mesías.
Impresionado, tras haber experimentado una curación milagrosa de manos de
Jesús, condescendía ahora a invitar al Galileo y a sus rudos seguidores a
ese encuentro social, con el fin de demostrar su gratitud. Pero siempre
manteniendo a Jesús en un peldaño inferior de honor y dignidad, con
respecto a los del que invitaba a la fiesta. No le dio beso de bienvenida,
no le ungió con aceite, ni siquiera le ofreció agua para lavar sus pies,
la mínima cortesía al uso en el Oriente Medio de aquellos días.
Contemplando el sublime espectáculo de un pecador arrepentido secando con
sus cabellos los pies bañados por lágrimas del Salvador del mundo, Simón
se hacía el oscuro razonamiento: "Si este fuera profeta, conocería quién y
qué clase de mujer es la que lo toca, porque es pecadora" (Luc. 7:39).
¡Gran dificultad, la que tiene el corazón lleno de justicia propia, para
discernir las credenciales de la divinidad!
En la parábola mediante la cual quiso dar luz al pobre Simón, Jesús revela
la lección de la gloria de la cruz que alumbra a todo corazón sincero que
se detenga ante la magna escena:
"Un acreedor tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el
otro, cincuenta. No teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di,
pues, ¿cuál de ellos le amará más? Respondiendo Simón, dijo: Pienso que
aquel a quien perdonó más. Él le dijo: Rectamente has juzgado" (Luc.
7:41-43).
Siendo que Simón había inducido originalmente a María al pecado, era él
quien debía los "quinientos denarios", no los cincuenta. Poniendo en
contraste la fría carencia de amor en Simón, con la ferviente devoción de
María, Jesús reveló con tacto a su mente y corazón oscurecidos la
sorprendente constatación de que el amor penitente de María debió ser con
mucha mayor razón el suyo, siendo que "aquel a quien perdonó más" debe
amar más.
¡Más de siete diablos habían estado atormentando a Simón! Él, el confiado
de sí mismo, era poseído también por un octavo, el "demonio" de la
justicia propia que escondía la presencia de los otros siete. Pero la luz
que emanaba ahora de la cruz alumbró el corazón de Simón y le desveló su
casi desesperada condición como pecador. Sólo la infinita compasión de
Jesús lo salvó de una ruina final aún más estrepitosa que aquella de la
que había salvado a María. Lo mismo que ella, pudo haber cantado el himno
"Cristo es mi amante Salvador". ¿Puedes tú cantarlo?
¿Cuál es la razón...
...por la que algunos aman mucho, y otros poco? La parábola que Jesús
presentó no tenía por objeto demostrar que los diferentes pecadores
deberían sentir diferentes grados de obligación. Tanto Simón como María
tenían una deuda infinita y eterna con el divino Acreedor. El amor de
María, sin embargo, se debía al simple hecho de que ella se sabía pecadora
y se sabía grandemente perdonada. A Simón se le había perdonado "poco"
porque él pensaba que había pecado poco.
¿Se sentirá alguien en la tierra nueva superior a los demás? '¡Nunca
cometí los errores de la gente común!' 'Yo venía de una buena familia, y
siempre estuve del lado correcto.' 'Los que me rodeaban sí que eran unos
perdidos, de moral relajada, hasta incluso entregados a las drogas.' 'Yo
siempre tuve una bondad natural, todo cuanto necesité fue un pequeño
empujón de parte de Cristo, para entrar en el reino.'
¿Acaso no sería esa más bien la mentalidad de los que se lamenten "fuera"?
Si Pablo pudo llamarse a sí mismo el "principal de los pecadores",
¿podemos nosotros hacer menos? ¡Cuánta luz puede arrojar la doctrina de la
cruz al insensible corazón de Laodicea, la última de las siete grandes
iglesias de toda la historia!
"Santos" tibios, llenos de justicia propia, van por detrás de publicanos y
prostitutas que, como María, se arrepienten con lágrimas. "Muchos primeros
serán últimos, y los últimos, primeros" (Mat. 19:30). [¡Solemne verdad!]. |