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El Método Evangelístico que Funcionará es...

   
 

Por: Héctor A. Delgado

   
 

¿Cómo puede obtenerse la eficiencia necesaria para hacer la obra que Dios nos ha encomendado como pueblo? En la época de los apóstoles el mundo fue “iluminado” con la gloria del mensaje de Dios. Y al analizar el Nuevo Testamento nos damos cuenta que el fundamento de la predicación apostólica era “la cruz de Cristo” (Vea 1 Cor. 1:18; 2: 1-2).

Habiendo recibido el Espíritu Santo prometido, la predicación del mensaje de la cruz por parte de los apóstoles alcanzó en poco tiempo “a toda criatura” que vivía debajo del Cielo, “a  todo el mundo” de aquel entonces (Col. 1:5,23). Este glorioso éxito está representado en el Apocalipsis como “un caballo blanco” que “salió triunfante” (cap. 6:2, Versión Dios Habla Hoy)

Dios no necesitó mucho tiempo para alcanzar “a toda criatura” con las Buenas Nuevas del Evangelio eterno en aquella época. Tampoco lo necesita hoy. Pero sí necesita hombres y mujeres que mueran al yo y al mundo para iluminar otra vez la Tierra con su gloria (Apoc. 18:1).

Hoy como en el pasado, “en todas partes hay corazones que claman por algo que no poseen. Suspiran por una fuerza que les dé dominio sobre el pecado, una fuerza que los libre de la esclavitud del mal, una fuerza que les dé salud, vida y paz” (Ministerio de Curación, p. 102).

La cruz de Cristo es esa “fuerza” que necesitan conocer y experimentar. “El mensaje de la cruz...es poder de Dios” (1 Cor. 1:18). Es por esto que el mundo “necesita hoy lo mismo que mil novecientos años atrás,... una revelación de Cristo” (Ibíd., énfasis suplido).

Esto nos obliga  a predicar todas nuestras doctrinas distintivas en el contexto de la cruz de Cristo. Pero el equilibrio no se logra presentando a Cristo ocasionalmente en nuestros sermones. Ni mucho menos presentando temas que despiertan intereses egocéntricos en las personas, o el temor a  estar perdido. De hecho, ninguna verdad bíblica se entenderá correctamente mientras no sea  estudiada  y  proclamada a la luz del mensaje de la cruz de Cristo.

Meditemos en la siguiente cita del Espíritu de Profecía: “El sacrificio de Cristo [en la cruz] como expiación por el pecado es la gran verdad en derredor de la cual se agrupan todas las otras verdades. A fin de ser comprendidas y apreciadas debidamente, cada verdad de la Palabra de Dios, desde Génesis hasta el Apocalipsis, debe ser estudiada a la luz que fluye de la cruz del Calvario... Tal ha de ser el fundamento de todo discurso pronunciado por nuestros ministros” (El Evangelismo, p. 142, énfasis suplido).

Nótese, que aunque la “expiación” realizada por Cristo no es la única verdad para ser proclamada, sí es la única “en derredor de la cual se agrupan todas las otras verdades”. “Toda” y “cada” verdad. 

Además, el hecho de que ha pasado tanto tiempo desde la muerte de Cristo y vivimos en el mismo tiempo del fin, no es motivo para aminorar esta preciosa verdad. “Los siglos y las edades - dice el Espíritu de Profecía - nunca pueden aminorar la eficacia de este sacrificio expiatorio” (Ibíd., p. 143). Recuerde, el Evangelio es “eterno” (Apoc. 14:6).

La eficiencia para lograr el éxito en la predicación no está escondido en los “métodos” y “programas” que puedan crearse, más bien, es el resultado de descubrir la esencia del mensaje de la cruz y aplicarlo a nuestras vidas. “Ningún programa de trabajo puede terminar el trabajo de Dios”. El Trabajo o la obra de Dios es “que creamos en Aquel que Él envió por nosotros”. ¡Si tan solo creyéramos como Dios pide que creamos!

El mensaje presentado a este pueblo en 1888 ofrece la solución que durante años de peregrinación por el desierto hemos estado buscando, porque es un mensaje arraigado en la eficacia de la cruz. Es un mensaje Cristocéntrico.

E. J. Waggoner en su libro Carta a los Romanos dijo: “Cuando tengamos a Cristo, lo tendremos todo, y conoceremos el poder que hay en El y el poder se apoderará de nosotros, y la palabra que predicamos irá con poder y el fuerte pregón del mensaje del tercer ángel habrá venido”.

El mismo Espíritu de Profecía nos dice: “Cuando no se presenta el don gratuito de la justicia de Cristo, los discursos resultan secos e insípidos;... No debe presentarse un sólo sermón a menos que una porción de ese discurso se dedique especialmente a hacer claro el camino por el que los pecadores pueden acudir a Jesús y ser salvos” (Ibíd., p. 141, énfasis es mío).

Pero  lamentablemente la Iglesia se considera “rica” en su experiencia y doctrina, y no ve los errores que comete ante los ojos de Dios. Está autoengañada. Esta es la verdad que el Testigo fiel revela de ella en el mensaje a Laodicea (Apoc. 3:14-21). Pero la realidad es  que la iglesia ha perpetuado el antiguo pecado de Israel: la incredulidad. Debemos volvernos de nuestros propios caminos y transitar por los de Dios, que son caminos de justicia, y aprender de Cristo a no hacer nuestra propia voluntad, sino la de Dios. Esta es la orden del apóstol Pablo en Rom. 6:12-14,16-19,22.

No puede haber valor para hacer lo que Dios ordena si el individuo no está saturado de la fe bíblica. En la opinión del mensaje de 1888 “la fe verdadera imparte un coraje que no  teme a la mayoría, o al poder que ellos puedan ejercer. Conduce a portar la cruz”.

Hasta que no nos volvamos de nuestros malos caminos y miremos la cruz de Cristo para poder vivir, nuestra esperanza de vida eterna se esfuma. Pero si cambiamos de actitud y dejamos que Dios obre en nosotros “el querer como el hacer” sometiéndonos a Él, todo está asegurado.