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¿Cómo puede obtenerse la eficiencia necesaria para hacer la
obra que Dios nos ha encomendado como pueblo? En la época de los apóstoles
el mundo fue “iluminado” con la gloria del mensaje de Dios. Y al analizar
el Nuevo Testamento nos damos cuenta que el fundamento de la predicación
apostólica era “la cruz de Cristo” (Vea 1 Cor. 1:18; 2: 1-2).
Habiendo recibido el Espíritu Santo prometido, la
predicación del mensaje de la cruz por parte de los apóstoles alcanzó en
poco tiempo “a toda criatura” que vivía debajo del Cielo, “a todo el
mundo” de aquel entonces (Col. 1:5,23). Este glorioso éxito está
representado en el Apocalipsis como “un caballo blanco” que “salió
triunfante” (cap. 6:2, Versión Dios Habla Hoy)
Dios no necesitó mucho tiempo para alcanzar “a toda
criatura” con las Buenas Nuevas del Evangelio eterno en aquella época.
Tampoco lo necesita hoy. Pero sí necesita hombres y mujeres que mueran al
yo y al mundo para iluminar otra vez la Tierra con su gloria (Apoc. 18:1).
Hoy como en el pasado, “en todas partes hay corazones que
claman por algo que no poseen. Suspiran por una fuerza que les dé dominio
sobre el pecado, una fuerza que los libre de la esclavitud del mal, una
fuerza que les dé salud, vida y paz” (Ministerio de Curación, p.
102).
La cruz de Cristo es esa “fuerza” que necesitan conocer y
experimentar. “El mensaje de la cruz...es poder de Dios” (1 Cor. 1:18). Es
por esto que el mundo “necesita hoy lo mismo que mil novecientos años
atrás,... una revelación de Cristo” (Ibíd., énfasis suplido).
Esto nos obliga a predicar todas nuestras doctrinas
distintivas en el contexto de la cruz de Cristo. Pero el equilibrio no se
logra presentando a Cristo ocasionalmente en nuestros sermones. Ni mucho
menos presentando temas que despiertan intereses egocéntricos en las
personas, o el temor a estar perdido. De hecho, ninguna verdad bíblica se
entenderá correctamente mientras no sea estudiada y proclamada a la luz
del mensaje de la cruz de Cristo.
Meditemos en la siguiente cita del Espíritu de Profecía:
“El sacrificio de Cristo [en la cruz] como expiación por el pecado es la
gran verdad en derredor de la cual se agrupan todas las otras verdades.
A fin de ser comprendidas y apreciadas debidamente, cada verdad de la
Palabra de Dios, desde Génesis hasta el Apocalipsis, debe ser
estudiada a la luz que fluye de la cruz del Calvario... Tal ha de ser el
fundamento de todo discurso pronunciado por nuestros ministros” (El
Evangelismo, p. 142, énfasis suplido).
Nótese, que aunque la “expiación” realizada por Cristo no
es la única verdad para ser proclamada, sí es la única “en derredor de la
cual se agrupan todas las otras verdades”. “Toda” y “cada” verdad.
Además, el hecho de que ha pasado tanto tiempo desde la
muerte de Cristo y vivimos en el mismo tiempo del fin, no es motivo para
aminorar esta preciosa verdad. “Los siglos y las edades - dice el Espíritu
de Profecía - nunca pueden aminorar la eficacia de este sacrificio
expiatorio” (Ibíd., p. 143). Recuerde, el Evangelio es “eterno” (Apoc.
14:6).
La eficiencia para lograr el éxito en la predicación no
está escondido en los “métodos” y “programas” que puedan crearse, más
bien, es el resultado de descubrir la esencia del mensaje de la cruz y
aplicarlo a nuestras vidas. “Ningún programa de trabajo puede terminar el
trabajo de Dios”. El Trabajo o la obra de Dios es “que creamos en Aquel
que Él envió por nosotros”. ¡Si tan solo creyéramos como Dios pide que
creamos!
El mensaje presentado a este pueblo en 1888 ofrece la
solución que durante años de peregrinación por el desierto hemos estado
buscando, porque es un mensaje arraigado en la eficacia de la cruz. Es un
mensaje Cristocéntrico.
E. J. Waggoner en su libro Carta a los Romanos dijo:
“Cuando tengamos a Cristo, lo tendremos todo, y conoceremos el poder que
hay en El y el poder se apoderará de nosotros, y la palabra que predicamos
irá con poder y el fuerte pregón del mensaje del tercer ángel habrá
venido”.
El mismo Espíritu de Profecía nos dice: “Cuando no se
presenta el don gratuito de la justicia de Cristo, los discursos resultan
secos e insípidos;... No debe presentarse un sólo sermón a menos que
una porción de ese discurso se dedique especialmente a hacer claro el
camino por el que los pecadores pueden acudir a Jesús y ser salvos”
(Ibíd., p. 141, énfasis es mío).
Pero lamentablemente la Iglesia se considera “rica” en su
experiencia y doctrina, y no ve los errores que comete ante los ojos de
Dios. Está autoengañada. Esta es la verdad que el Testigo fiel revela de
ella en el mensaje a Laodicea (Apoc. 3:14-21). Pero la realidad es que la
iglesia ha perpetuado el antiguo pecado de Israel: la incredulidad.
Debemos volvernos de nuestros propios caminos y transitar por los de Dios,
que son caminos de justicia, y aprender de Cristo a no hacer nuestra
propia voluntad, sino la de Dios. Esta es la orden del apóstol Pablo en
Rom. 6:12-14,16-19,22.
No puede haber valor para hacer lo que Dios ordena si el
individuo no está saturado de la fe bíblica. En la opinión del mensaje de
1888 “la fe verdadera imparte un coraje que no teme a la mayoría, o al
poder que ellos puedan ejercer. Conduce a portar la cruz”.
Hasta que no nos volvamos de nuestros malos caminos y
miremos la cruz de Cristo para poder vivir, nuestra esperanza de vida
eterna se esfuma. Pero si cambiamos de actitud y dejamos que Dios obre en
nosotros “el querer como el hacer” sometiéndonos a Él, todo está
asegurado. |