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Ruth es inteligente, hermosa, joven y compasiva. Ella fue a la
universidad, tiene un buen trabajo, y para su edad sorprende a los demás
con su espiritualidad. ¿Espiritualidad en una era secularizada que está
tan profundamente atrincherada con la magia de la tecnología?
No te sorprendas. Ruth encontró un nuevo tipo de “espiritualidad”.
Mientras ella pueda usar los avances tecnológicos como un asunto
rutinario, no se sentirá obligada para con la ciencia y su magia. De esa
magia ha saltado a un misterio. El misterio del misticismo, del mundo
fascinante de las religiones orientales, donde el “yo” puede lograr su
máximo potencial sin la ayuda de la razón, de Dios, ni de la Biblia.
Ruth hizo un salto cuántico. Como hija de la Postmodernidad, ella niega la
historia, el tiempo, el Dios del universo, y el significado último de la
Cruz. Pero ella no es mala, en términos de moral o de ética. Ahora abrazó
los valores de la Nueva Era. El salto es sutil, sugestivo, y a menudo
parece satisfactorio. Ella es feliz.
Y también lo es Satanás.
Ruth no está sola. Durante los últimos años, miles como ella, hijos de la
Postmodernidad, se han convertido en seguidores de la Nueva Era. Fueron
criados como metodistas, católicos, e incluso adventistas del séptimo día.
El hecho es que la Nueva Era se ha convertido en un fenómeno religioso de
amplio espectro que atrae a miles de seguidores cansados y desarraigados
del tradicional cristianismo.
Este artículo intentará abordar cuatro preguntas: ¿Qué es el
Postmodernismo? ¿Qué es, espiritualmente, la Nueva Era? ¿Hay alguna
relación entre ambos? ¿Qué precauciones deberíamos tomar contra estos
sutiles peligros?
¿Qué es el Postmodernismo?
El pensamiento postmoderno no constituye, propiamente hablando, una
concepción del mundo, sino una multiplicidad de ellas.1
Según Fredric Jameson, profesor de Cornell University (USA), un signo
típico de que se está ante un pensamiento de corte postmodernista es la
cuestión de la “sordera histórica”. Este rasgo se constituye en un
elemento clave a la hora de conceptualizarlo. El hombre postmoderno ha
olvidado cómo se piensa históricamente, y esto produce grandes
dificultades al intentar medir la temperatura de algo que ni siquiera
podemos asegurar que sea una “época”.2
Un síntoma clave del pensamiento postmoderno es la negación del tiempo
como una dimensión explicativa de los hechos. Por el contrario, en las
Sagradas Escrituras se presenta a los eventos históricos unidos
teleológicamente, siguiendo un curso definido, con significado y
propósito. La visión bíblica del tiempo está gobernada por una filosofía
de la historia cuyo tema central es el conflicto cósmico entre Cristo y
Satanás. Esta visión del tiempo tiene hitos reconocibles: la creación, la
caída, el pacto, Cristo, la obra de la redención, el juicio investigador,
y la segunda venida de Cristo con su consecuente retribución de castigos y
recompensas, la seguridad de un fin y de un nuevo comienzo. Esta “sordera
histórica” padecida por el Postmodernismo niega la relevancia de la línea
histórica bíblica y la veracidad de sus eventos principales. Así, si la
historia ya no tiene valor, tampoco los hechos que la determinan.
El pensamiento postmoderno está demasiado preocupado con el presente, sin
sentir ninguna necesidad de raíces históricas o de un destino atrayente.
Esta irrelevancia de la historia y del destino produce una superficialidad
que permea la cultura postmoderna a partir de sus principales notas: un
culto de la imagen y del simulacro, el ordenamiento de una vida que gira
en torno a la tecnología, se entreteje a partir de una retórica del
mercado y que ha impuesto su lógica del consumo frenético, un nuevo suelo
emocional, directa consecuencia de un galopante irracionalismo gestado a
partir de la negación de la Modernidad y sus productos. El resultado es lo
que Jean F. Lyotard3
llama una negación de las “narrativas maestras” —programas racionales “que
cantaban las esperanzas y la fe en la liberación de la humanidad”.4
Así, mientras el Postmodernismo puede haber sufrido una pérdida radical en
lo que éste ha rechazado, ha establecido para sí mismo otros grandiosos
proyectos socioculturales, apoyados sobre una fuerte base
político-religiosa.
El radical desprestigio en que caen los proyectos utópicos durante la
Postmodernidad ve cumplida su complementación, por un lado, en la
imposición de proyectos socioculturales —efectivamente “reales”—
insuflados por fuertes fundamentalismos político-religiosos y, por otro
lado, proyectos globalizantes, también marcadamente ideológicos (por más
que la idea del “fin de la historia” pretenda negar la existencia de las
ideologías predicando su muerte), y sosteniéndose en el espacio central
que ha adquirido la economía en el mundo. Este último tipo de proyecto,
más comúnmente conocido como el “Nuevo Orden Mundial”, se presenta como
democrático y pluralista en materia de religión, pero de alguna manera se
las ha rebuscado para fundirse en un único y hegemónico movimiento de
ideas cuya arista cultural-religiosa no es otra que la Nueva Era.
A estos elementos centrales que hemos consignado como constituyentes de la
Postmodernidad cabe agregar algunos otros, de índole antropológica y
social. La mentalidad vigente en la sociedad postindustrial se configura
por su visión fragmentada de la realidad, una orientación
pragmático-operacional, antropocentrismo y relativismo, atomismo social y
una fuerte tendencia hedonista, caracterizada por la constante búsqueda
del placer, el fin de la “ética del deber”,5
una renuncia al compromiso y la responsabilidad y el “desenganche
institucional a todos los niveles: político, ideológico, religioso,
familiar, etc.”6
En su celo por atacar el secularismo y el frío racionalismo que trajo la
Modernidad, la Postmodernidad resalta el rol de las emociones, los
sentimientos y la imaginación. Los efectos sociales y culturales de la
Modernidad se tornan claramente evidentes: un medio ambiente natural que
muere, seres humanos alienados, privados de libertad real, un galopante
incremento de la pobreza y la delincuencia, la carencia de identidad
individual y nacional como efecto de la política mundial de bloques. Ante
esto, ¿qué tiene para ofrecer el Postmodernismo? Un movimiento
contracultural que va en busca de gratificaciones inmediatas y no
diferidas, una irracionalidad puesta de manifiesto en nuevas formas de
conocimiento, liberación sexual7
y la anarquía como norma social.
Mientras tanto, la ciencia también cambia su paradigma y abandona el
modelo empirio-racionalista que aspiraba a la universalidad y a la
objetividad absoluta del conocimiento. Como resultado, adquiere un
carácter probabilístico y pasa a depender más que nunca del ojo del
observador. La ciencia actual, luego de la desmitologización
epistemológica, ya no es aquel terreno firme y seguro de antaño. Todo esto
lleva al científico a encontrarse tal como el hombre de la calle frente al
misterio de la realidad, situación epistemológica que favorece la apertura
de la conciencia hacia otras dimensiones y las cuestiones últimas.
Pensemos por un momento en el impacto que tales ideas pudieron ocasionar
en el origen de los conceptos pseudocientíficos que integran la Nueva Era,
tales como las medicinas alternativas y la astrología, por ejemplo. En
este sentido, la relación entre Postmodernismo y Nueva Era se establece
especialmente a partir de la vulgarización de las ideas postmodernas.
Parte de éstas han ocasionado en el mundo, que en definitiva no se rige
intelectualmente, tendencias que confluyeron y se plasmaron en una nueva
(vieja) religiosidad.
Así, en la contracultura postmoderna, el movimiento de la Nueva Era
encuentra un suelo favorable para echar raíces y crecer.
¿Qué es la Nueva Era?
Entre los primeros en abrazar la Nueva Era hay figuras estelares de
múltiples y variadas disciplinas, como Abraham Maslow, Gregory Bateson,
Margaret Mead, Carl Rogers, Aldous Huxley, Paul Tillich, y Shirley
MacLaine, entre otros. Una de sus principales plumas, Marilyn Ferguson,
verdadera arquitecta de la Nueva Era,8
anunció en su libro
La Conspiración
de Acuario que había llegado la hora de abandonar la “Era de
Piscis” y de entrar en una “nueva era” astronómica gobernada por una
conciencia universal y diferente. La Nueva Era asimila la cosmovisión
oriental en su propio contexto sociocultural. En un momento de la historia
marcado por angustias espirituales,9
la Nueva Era ofrece mística religiosa en un vestido encantador:
horóscopos, meditaciones, cristales, y misticismo oriental.10
En su médula, la Nueva Era integra una religiosidad que mezcla
sugestiones, magia, reverencia por la naturaleza, y una búsqueda por lo
nuevo y lo anómalo, ofreciendo su pretendida “auténtica” experiencia
espiritual.
Pero, ¿cuáles son algunas de las características primarias de este
fenómeno de la Nueva Era? Primero, es extremadamente diverso. Incluye
aspectos tan amplios como el espiritismo, la teosofía, el ocultismo, la
astrología, el trascendentalismo y la curación mental.
Segundo, incluye tendencias de movimientos sociológicos contemporáneos,
como el anarquismo y el hedonismo de los ‘60, la filosofía Zen, el
romanticismo naturalista y el misticismo oriental. En gran parte, este
ambiente nuevaerista fue preparado por el movimiento contracultural
beatnik de la posguerra
americana, cuyo espíritu anarquista y rebelde influyó en la aparición, en
la década de los ‘60, de los
hippies, cuyos slogans predicaban pacifismo, hedonismo,
misticismo, orientalismo, romanticismo naturalista, uso y abuso de drogas,
y que se expresó como una utopía mundial cuyas consignas manifiestas eran
peace and love.11
Tercero, la Nueva Era ha revertido la tendencia rebelde y contestataria de
los ‘60 para presentarse como una experiencia significativa e integrada
que afirma el potencial del individuo, permite un estilo de vida burgués,
y provee un disfraz religioso para tales actividades.
Cuarto, la Nueva Era es religiosa en sus pretensiones. Pero la religión
existe en un ambiente relativista en el cual nadie presume tener toda la
verdad. Es la religión de los buenos deseos y el amor, que pide pocas
exigencias y sólo ofrece recompensas. No hay en ésta lugar alguno para la
Cruz, para la gracia divina, ni para la responsabilidad humana, elementos
primordiales del cristianismo bíblico.12
Quinto, la Nueva Era, alineándose con la posición antihistoricista del
Postmodernismo, es desestructurante de la realidad. Lo logra por medio de
dos conceptos: el
karma
y la reencarnación. En la base del
karma yace “la convicción inamovible de que no hay felicidad
ni miseria inmerecidas, que cada hombre da forma a su propia fortuna hasta
el más mínimo detalle”.13
Todo lo que sucede es debido al
karma; es la fuerza que gobierna la vida. La reencarnación,
otro principio de la Nueva Era, niega la realidad de la muerte y afirma la
inmortalidad del alma. La vida humana nunca muere, sino que se mueve de
existencia en existencia, en diferentes formas y niveles de conciencia,
hasta alcanzar una última etapa en la que se llega a ser una misma cosa
con Dios. Las buenas obras son la clave para la progresión ascendente en
la reencarnación.
Postmodernismo y Nueva Era
Habiendo repasado algunas de las notas básicas que caracterizan al
Postmodernismo y a la Nueva Era, y luego de haber examinado cómo el
primero proveyó el suelo nutricio en el cual la última cimentó su raíz,
ahora estamos listos para analizar algunas conexiones entre ambas. No son
pocas.
Primero, aunque cada una está anclada en su propia cosmovisión, ambas
comparten un anti-racionalismo que niega la relevancia de la historia
teleológica y afirma la supremacía del presente.14
Este “irracionalismo metódico” es, quizás, la base para otros elementos
que conforman los paradigmas de la Postmodernidad y de la Nueva Era.
Segundo, ambas comparten una atracción pseudo-religiosa. La verdad,
siempre tan
light, de
la Nueva Era es una aliada perfecta de la ética postmoderna, parafraseando
a Lipovetsky, demasiado “débil”. Esta nueva espiritualidad de nuestro
tiempo ofrece a sus adherentes la seguridad de la religión y la libertad
de la Postmodernidad. La combinación de ambas rechaza todos los legados
del pasado y todos los sistemas normativos de valores. Sin ninguna
pretensión de permanencia, se pierden en todas las culturas, sembrando la
desconfianza hacia cualquier cosa que sea básica y fundamental para la
vida humana. Esta desconfianza es percibida política y socialmente como
una fuerte predominancia del disenso que reemplaza al “moderno” consenso
anterior. Una sociedad gobernada por el disenso se torna rápidamente
caótica e insegura. Si todo vale, entonces ¿qué es lo justo? ¿Qué es lo
ético? ¿Cuál es la norma correcta?
En tercer lugar, está el nexo del humanismo y la religión. La Nueva Era y
el Postmodernismo ofrecen una visión humanística de la verdad y la vida
que toma en cuenta cualquier pensamiento religioso y cultural para lograr
una armonía universal. Mientras que no asimila la orientación cristiana de
ver la vida desde la perspectiva de una gran controversia, buscando un
fundamento más elevado a partir de un estilo de vida basado en la Cruz y
la redención, la Nueva Era no vacila en citar la Biblia y usar sus
ilustraciones; hasta en algunos contextos parece casi cristiana. Tampoco
vacila en tomar conceptos prestados de otras religiones que colaboran en
su búsqueda de atractivos universales y su oferta religiosa de “paz
interior”.
Cuarto, la Nueva Era, funcionando en el mundo de la Postmodernidad,
trabaja incesantemente hacia un consenso cuya base es distintiva y
señaladamente permisiva, cuyos contenidos apuntan definidamente hacia la
divinización de la humanidad, la santidad de la naturaleza y la
supervivencia eterna del alma. Así puede ser caracterizada como una utopía
del presente—una aspiración que el humanismo moderno no ha logrado, pero
que le gustaría hacerlo. Esta glorificación de lo humano, tan central para
la Nueva Era, completa el círculo iniciado por el naturalismo y el
secularismo, cuyas raíces se hunden en el Renacimiento y el mundo
postmedieval.
Quinto, tanto la Postmodernidad como la Nueva Era vagan entre la herencia
agnóstica del ateísmo precedente y el neopanteísmo místico oriental. Es
agnóstica, porque posee un barniz de tolerancia religiosa que se asienta
en la indiferencia hacia la verdadera experiencia cristiana. Es panteísta,
porque encuentra lo sagrado en la deificación de la humanidad y la
naturaleza. Ambas posturas están entremezcladas, y en esa mezcla mística
los adherentes de la Nueva Era parecen encontrar su satisfacción.
Los valores de la Postmodernidad están anclados en una inmanencia
absoluta. Esta versión postmoderna del agnosticismo intenta reemplazar el
fracaso en el conocimiento de lo divino con una búsqueda de lo sagrado en
la propia interioridad: “Seréis como Dios”, dijo la serpiente en el jardín
del Edén; el Postmodernismo y la Nueva Era parecen decir: “Tú eres dios”.
Quienes están enrolados en el movimiento de la Nueva Era, o simplemente
simpatizan con él, objetarán que, por el contrario, nuestra época está
signada por un retorno a la religiosidad, una religiosidad originaria,
superadora de las formas conocidas, que produce una vuelta del hombre a
Dios y a la naturaleza. No nos engañemos, la Nueva Era no representa
novedad alguna en este mundo, es lisa y llanamente un neopanteísmo, que
condujo al hombre a su autodivinización.
Cristianos, ¡cuidado!
Luego de ver los argumentos, los atractivos, y los postulados del
Postmodernismo y de la Nueva Era, ¿qué podemos hacer como cristianos?
Cuidarnos es un buen punto de partida. Los peligros son tan reales y tan
atrayentes como los que hubo en el jardín del Edén. Hay al menos cuatro
puntos significativos para recordar:
1. En la Nueva Era todo es válido. Lo que más importa es la realización
máxima del potencial humano y la unión íntima del hombre con la totalidad
de la naturaleza.
2. La Nueva Era rechaza todo lo que es básico para el verdadero
cristianismo. Ignora la realidad de la condición humana: el problema del
pecado. Como tal, no tiene aplicación para las grandes verdades del
cristianismo, tales como la necesidad de la reconciliación del hombre con
Dios, la encarnación de Cristo y su sacrificio en la Cruz.
3. La Nueva Era es una pseudoreligión. Mientras que rechaza las verdades
fundamentales de la Palabra de Dios, intenta establecer una nueva
religiosidad universal en la que hombres y mujeres puedan lograr su
potencial completo sin Dios. La clave es el poder humano y el potencial
interior. Desde su posición filosófica lanza consignas como éstas: ¡Fuera
con toda noción de que “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de
Dios” (Romanos 3:23)! ¡Abajo con la verdad de que todos necesitan el poder
y la gracia de Dios para ser libres del pecado!
4. El poder seductor de la Nueva Era y de formas similares de falsa
espiritualidad se incrementará en el futuro, y la única seguridad yace en
confiar firmemente en Dios y en su Palabra. No hay sustituto. Los
cristianos
light son
presa fácil para la Nueva Era.
Como cristianos, tenemos una responsabilidad para con nosotros, para con
el mundo creado por Dios, y para con nuestro prójimo. Quedan como
problemas a resolver, como cristianos que vivimos en este mundo y que
aspiramos a la vida eterna en otro renovado, cuestiones tales como los
reclamos de la crítica postmoderna de un planeta que fenece; la
consecuencia del uso indiscriminado de una técnica y una política que
dejaron de estar al servicio del hombre y que están matando la naturaleza
creada por Dios; una vida burocratizada, vigilada y planificada por los
incontrolables mecanismos de poder a cuyo servicio se colocan los
mass media; un ser humano
alienado económica, social y culturalmente, que ha perdido la única
referencia válida que podía tener de sí mismo: la constante comunicación,
cara a cara, con el Dios Creador, personal y trascendente, quien nos
motiva a servir a otros inspirados por su amor. El vive y porque él vive,
nosotros viviremos también.
Fernando Aranda Fraga
es profesor y licenciado en Filosofía. Actualmente cursa estudios
doctorales y se desempeña como docente y Secretario Asociado de
Investigación de la Universidad Adventista del Plata, Argentina. Su
dirección: 25 de Mayo 99; (3103) Libertador San Martín, Entre Ríos,
Argentina. E-mail:
uap@uap.satlink.net.
Notas y Referencias:
1. José Rubio Carracedo,
Educación
moral, postmodernidad y democracia: Más allá del liberalismo y del
comunitarismo (Madrid: Trotta, 1996), p. 91. Ver también “El
desafío del postmodernismo”,
Diálogo Universitario 8:1 (1996), pp. 5-8.
2. Fredric Jameson,
Teoría de la
Postmodernidad (Madrid: Trotta, 1996), pp. 9, 11.
3. Jean F. Lyotard,
Le Posmoderne
expliqué aux enfants (Paris: Éditions Galilée, 1986), pp.
29-31.
4. Manuel Fernández del Riesgo, “La posmodernidad y la crisis de los
valores religiosos,” en Gianni Vattimo
et al, En torno a la posmodernidad
(Barcelona: Anthropos, 1994), p. 89.
5. Ver Gilles Lipovetsky,
Le
crepúscule du devoir: L’ éthique indolore des nouveaux temps démocratiques
(Paris: Gallimard, 1992)
6. Fernández del Riesgo, p. 89.
7. Ver Gianni Vattimo,
Credere di
credere (Milan: Garzanti, 1996)
8. Ver
Russell Chandler,
Understanding the
New Age (Dallas: Word Publishing, 1988)
9. Ver Jean-Claude Guillebaud,
La
trahison des Lumières: Enquête sur le désarroi contemporain
(Paris: Éditions du Seuil, 1995)
10. Fernández del Riesgo, p. 90.
11. Roberto Bosca,
New Age: La
utopía religiosa de fin de siglo (Buenos Aires: Atlántida,
1993), pp. 37-41.
12.
Bosca, p. 46.
13.
James Hastings, ed.,
Encyclopedia
of Religion and Ethics, (1980), vol. xii, p. 435.
14. Ver Humberto M. Rasi, “Combatiendo en dos frentes”,
Diálogo Universitario 3:1
(1991), pp. 4-7, 22-23.
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