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En el calor del día, un joven cazador se
arrodilló para beber de una fuente. Al inclinarse, se sorprendió al ver en el
agua el reflejo de una inmensa ave blanca que nunca había visto
antes. Instantáneamente, miró hacia todos lados, pero el ave
había desaparecido.
A partir de ese momento, no pudo hallar
descanso. Creía haber visto más que sólo el reflejo del ave. Así
que una mañana abandonó su lugar de nacimiento para buscar el
ave.
Su viaje duró tanto tiempo y lo llevó tan
lejos que ya era anciano cuando arribó a una gran montaña. Allí
le contaron que el ave tenía su nido en las alturas.
Ya débil, escaló lentamente la montaña y,
hacia el fin del largo día, mientras superaba la última de las
muchas falsas cimas, se enfrentó al último risco que sabía que
no podía escalar. Ya casi sin fuerzas, se preparó para enfrentar
el fin.
Pero entonces le pareció escuchar una voz
interior que le ordenaba mirar a la cima prohibida. Al hacerlo
notó, en la luz del ocaso, una pluma blanca que lo sobrevolaba.
Extendió su mano, tomó la pluma y --afirma el que cuenta el
relato-- murió contento.
Cuando se les preguntó a las personas qué
nombre tenía la gran ave blanca, contestaron: "Esa ave ha
recibido muchos nombres, pero creemos que es el Ave de la
Verdad". 1
¿Es tan ilusoria la verdad?
¿Es tan ilusoria la verdad como dice el
relato? En cierto sentido lo es, pero en otro, no. De cualquier
manera, nuestro tiempo se caracteriza por rechazar la idea de
que exista una verdad definible y normativa. Y entonces están
los que se sienten miembros de una élite que escaló el pico
prohibido, y capturó y enjauló la Gran Ave Blanca.
Pero entre estos extremos se encuentra la
mayoría de nosotros que tenemos el deseo de descifrar el código
del misterioso significado de la vida. Es un rompecabezas
continuo. Y no resulta extraño que en nuestra búsqueda del Ave
de la Verdad, nos hayamos topado con varias de esas "cimas
falsas" que nos han vuelto sumamente escépticos, mientras que,
al mismo tiempo, al igual que Pilatos, seguimos preguntándonos:
¿Qué es la verdad?
En parte, nuestra lucha se debe al hecho de
que hemos sido testigos de tantas mentiras, de tantos proyectos
degradados y truncados, que desconfiamos de cualquier alegato de
verdad.
En una encuesta realizada hace varios años,
se les preguntó a un grupo de adolescentes de Canadá: "¿Qué es
lo que más desean en sus vidas?" La respuesta más frecuente fue:
"Alguien en quien confiar".2
En su vida de periodista, Malcolm Muggeridge
fue testigo de tanta hipocresía y manipulación presentadas como
verdaderas que se volvió cínico. Más tarde, escribió un libro
acerca de su tardía transformación del cinismo a la certeza,
donde expresa el valor de ver y adoptar verdades verificables.
Con candor devastador, dice: "Considero que la verdad es muy
hermosa; más todavía que la búsqueda actual de la justicia, que
fácilmente adopta un rostro falso. En mis casi siete décadas de
vida, en el mundo han abundado los derramamientos de sangre y
las explosiones sin pausa...por supuestas causas justas. La
búsqueda de la justicia continúa, mientras se apilan las armas y
el odio; pero la verdad fue una víctima temprana.... ¡Las
mentiras de la publicidad, de las noticias, de los vendedores,
de los políticos! ¡Las mentiras del clérigo desde el púlpito,
del profesor en su estrado, del periodista en su máquina de
escribir!"
Muggeridge finaliza su poderosa diatriba con
esta declaración asombrosa: "¡Es la verdad la que ha muerto, no
Dios!" 3
Hoy en día, la verdad está a la disposición
del usuario. Pareciera que estamos perpetuamente atrapados en
encrucijadas, mientras disimulamos nuestra desorientación y
contemplamos con desasosiego las millones de señales
contradictorias que apuntan en todas direcciones. No es de
extrañar que muchos de nosotros hayamos llegado a creer que "la
verdad es lo que yo creo que es".
La verdad pura
La mayoría de las personas piensa que la
verdad es proposicional: una selección de las normas más
productivas, las enseñanzas y la filosofía más verificables, la
cosmovisión más dominante.
Los que tienen una orientación cristiana
tradicional consideran la verdad como una fe, una religión, un
cuerpo doctrinal, como el enfoque que más se acerca a la Biblia.
Todo esto tiene su lugar. Pero es sólo parte del aspecto
exterior de la verdad. No conforma su interior sagrado, donde
mora la verdad viviente.
Teniendo en cuenta esto, acaso la diferencia
más radical entre la fe del Antiguo Testamento y la del Nuevo es
la siguiente: El Antiguo expresa la verdad en términos de seguir
una enseñanza, un código formulado, escrito, y un estilo de vida
y conducta que sin duda alguna proviene de Dios, y que es santo,
justo, bueno y eterno en su alcance y autoridad, pero que está
allí para anticipar algo que vendrá.
En contraste, el Nuevo Testamento, con la
llegada de Jesús, expresa la verdad en términos de una Realidad
viva, de carne y hueso. Jesús es visible, el objeto del
conocimiento, el que creó y administró la ley e inspiró a los
profetas del Antiguo Testamento. En sí mismo, él es la
definición misma de la verdad, y vino con el expreso propósito
de que lo conozcamos. Él es la Verdad (Juan 14:6-10),
con "V" mayúscula.
Al menos en parte, eso es lo que dice el
magnífico pasaje de Juan 1:1-3, 14 (lee también Hebreos 1:1-4).
La verdad tiene su origen y expresión más alta y completa en
este Verbo que se hizo carne, que en el comienzo estaba con
Dios, y era (es) Dios. Lo que Jesús dijo, hizo y fue, es la
suma infinita de la verdad. Cuando el "eso" de la verdad se
transforma en "él", el rostro de la verdad cambia radicalmente y
tal Verdad se torna claramente conocible (1 Juan 1:1-4).
Hallar la verdad a la manera de Zaqueo
En la búsqueda de la verdad, considera a
Zaqueo, ese extraño ser de pequeña estatura. Zaqueo era
codicioso, egoísta y abusador. Pero tenemos que reconocer que
sabía qué hacer, porque fue en busca de una persona, y no de una
mera enseñanza. "Procuraba ver quién era Jesús" (Lucas 19:3).
Lucas destaca que Zaqueo no se conformó con sólo mirar a Jesús.
Este hombrezuelo llevó a cabo una búsqueda
apasionada. Lucas destaca dos acciones de la búsqueda de Zaqueo:
Primero, corrió adelante; luego, trepó a un árbol. Estas
acciones representan actos de suma prioridad. El hecho de que
haya corrido adelante de la multitud dice muchísimo de la
calidad de su búsqueda. El hecho de que haya trepado a un árbol
al final de su corrida confirma su pasión ajena a todo lo demás.
La búsqueda de Zaqueo también requirió hacer
cálculos y planes. Corrió y trepó porque Jesús "había de pasar
por allí" (Lucas 19:4). Observó la trayectoria de la Verdad y
amoldó su camino de acuerdo con ella. Realizó un cálculo preciso
del trayecto de Jesús y se dio cuenta que si éste continuaba en
esa dirección, pasaría bajo la rama que había elegido para
encaramarse.
Finalmente, Zaqueo sólo atinó a esperar la
llegada de la Verdad. No puede existir otra manera. La
manipulación humana no funciona. La verdad auténtica se torna
esquiva en el mismo instante en que tratamos de controlarla.
Inclusive parecería desaparecer de nuestra vista para dar lugar
a la incertidumbre y la especulación. Pero en realidad la Verdad
no se evapora, sino que evade las manos irrespetuosas,
posesivas, que insisten en que sea o actúe de determinada
manera.
Sin embargo, aunque Jesús avanzaba en esa
dirección, y Zaqueo estaba en el lugar y en el momento
correctos, es Jesús quien realiza el magnífico acto. Se detiene
justo en el lugar donde Zaqueo necesita que se detenga, porque
Dios y su verdad tienen una manera característica de llegar a
los que realmente anhelan y buscan la verdad.
En una gran descripción, Lucas dice que
Jesús "llegó a aquel lugar" (Lucas 19:5). Entonces, para asombro
de todos, Jesús levantó la vista y miró a Zaqueo. Toda su vida
éste había elevado su vista para ver a los demás, para tratar de
esconder su deformidad, su inferioridad. Trataba de aparentar
que todo estaba bien. Ahora, al descender del árbol y pararse
frente a Jesús, se da cuenta de que ya no es más así.
El hallar y abrazar la verdad última tiene
mucho que ver con quien creamos que tiene autoridad en la
concepción y proclamación de esa verdad, así como con nuestra
capacidad de ver y aprehender quién es en realidad el que nos
presenta una revelación potencial de la misma.
Conclusión
Recuerdo una ocasión en que mi hermana mayor
y yo teníamos que lavar la loza. Esto pasaba a menudo cuando era
pequeño, pero en esa ocasión particular yo tenía otras cosas en
mente. Había decidido que esa era una tarea femenina. Por
supuesto, a mi hermana no le agradó mi falta de cooperación, y
me dijo claramente que tenía que ayudarla, a lo que añadió:
"Papá me dijo que te diga que me ayudes". Como era de esperar,
eso no me afectó en lo más mínimo, y la pelea continuó.
En ese momento, noté, consternado, que mi
padre entraba en la cocina. Me miró y me dijo: "Will, por favor,
ayuda a tu hermana a lavar los platos".
¿Cuál fue mi respuesta?
"¡Sí, señor!"
¿Qué hizo que las palabras se hicieran
carne? Fue el hecho de ver al padre y oírle pronunciar esas
palabras. Eso es, exactamente, lo que hizo el Padre cuando nos
envió a su Hijo.
¡Oh Dios, danos oídos para oír lo que el
Espíritu nos dice! (Apocalipsis 2:7, 11, 17, 29; 3:6, 13, 22).
Willmore Eva (D.Min., Andrews University)
es director asociado de la Asociación Ministerial de la
Asociación General y redactor de la revista
Ministry.
Su dirección electrónica es: evaw@gc.adventist.org
Notas y
Referencias:
1. Adaptado de Laurens van der
Post, Feather Fall, an Anthology (New York: William
Morrow Inc., 1994), p. 1.
2. Ravi Zacharias,
Can Man
Live Without God? (Dallas: Word Publishing, 1994) p. 94.
3. Malcolm Muggeridge,
The
Green Stick: A Chronicle of Wasted Years (Glasgow: William
Collins & Sons, 1972), pp. 16, 17.
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