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Podemos hallarles sentido a los chascos y tristezas que nos depara la
vida? ¿Podemos responder de una manera valiente y creativa ante nuestras
pérdidas? A veces la respuesta es clara y a veces no lo es.1
Hace años, el presidente de una compañía para la cual yo trabajaba, me
prometió un cargo que era mejor que cualquier cosa que yo hubiera
esperado. Pero cuando llegó su carta oficial varias semanas más tarde,
decía que las cosas habían cambiado y que en cambio se me asignaría otro
lugar. Me chasqueé amargamente. Me preguntaba por qué Dios me había
decepcionado así. Sin embargo, pocos meses después, comprendí que mi
nueva situación era mejor que lo que yo había esperado. Lo que parecía
ser un revés se convirtió en una bendición, y me sentí agradecido por la
manera en que Dios había dirigido mi vida. Experiencias como ésta
respaldan la convicción de que hay un propósito detrás de las aparentes
tragedias que nos sobrevienen. Como dice Pablo, “todas las cosas les
ayudan a bien” (Romanos 8:28).*
Por otra parte, hay casos de sufrimiento que resisten este patrón
tranquilizador. Por ejemplo, durante los últimos tres años un amigo mío
de tiempos estudiantiles perdió a su hijo en un accidente de aviación,
la hija de otro amigo fue asesinada brutalmente, una colega de enseñanza
murió de cáncer dejando a su esposo con dos niños pequeños, y un
adolescente a quien conozco quedó parapléjico cuando un accidente de
automóvil le quebró la nuca. Podemos ver la mano de Dios en los chascos
menores de la vida, ¿pero qué diremos del sufrimiento incalculable, o de
“los males horrendos”, como los llama un escritor? En casos como estos,
la pérdida es catastrófica; excede a cualquier bien posible que podría
derivarse de ellos. Por lo tanto, ¿dónde está Dios cuando la adversidad
realmente causa dolor? ¿Por qué no nos protege de daños y nos libra del
mal?
La pregunta es tan antigua como el tiempo y tan actual como los
titulares del periódico de esta mañana. Nada es más penetrante que el
sufrimiento. Tarde o temprano le llega a todos, y siempre plantea
preguntas perturbadoras. En su éxito de librería sobre el tema, el
rabino Harold Kushner afirma: “Hay una sola pregunta que realmente
interesa: ¿Por qué les ocurren cosas malas a los buenos? Toda otra
disquisición teológica es un desvío intelectual”.2
Es un hecho curioso que el sufrimiento parece tomarnos por sorpresa.
Nada es más obvio que el hecho de que todos sufren. Sin embargo, nada
parece más incomprensible que nuestro propio sufrimiento. El escritor
William Saroyan dijo supuestamente: “Sabía que todos mueren. Sin embargo
en mi caso pensé que habría una excepción”. La sobria realidad es que no
hay excepciones. Ni para la gente buena. Ni aun para los cristianos.
Tarde o temprano todos tenemos que sufrir.
Y la gente reacciona ante el sufrimiento en formas sorprendentemente
diferentes. Para algunos, el sufrimiento es un desafío tremendo para la
fe. Para los filósofos, el sufrimiento es la mayor dificultad que tiene
que enfrentar la religión. Alguien dice que es el único argumento
ateísta que merece ser considerado seriamente. Otro dice que el
sufrimiento inmerecido es un obstáculo para la fe, mayor que todas las
objeciones teóricas puestas juntas que jamás se hayan ideado. El
sufrimiento inmerecido es la “roca sobre la cual descansa el ateísmo”.
Al mismo tiempo, a veces el sufrimiento tiene un efecto positivo sobre
la creencia religiosa. Muchos descubren que se acercan a Dios cuando
sufren. Alguien que pasó durante seis años trabajando en un hospicio
dijo que nadie muere como ateo. Todas los que conoció hicieron las paces
con Dios en sus últimos momentos.
La majestad de Dios y la realidad de la vida
El sufrimiento es un problema particular para nosotros los cristianos
debido a nuestra creencia en Dios. ¿Qué actitud tendremos ante la
discrepancia aparente entre la majestad de Dios y las realidades de la
vida? Si Dios es supremamente poderoso y supremamente bueno, ¿por qué
todo el mundo sufre? Un Ser perfecto podría crear cualquier clase de
mundo que desease. Si existiera un ser tal, ¿no eliminaría el
sufrimiento, o lo prevendría, o al menos lo limitaría?
Históricamente, la gente ha respondido a este problema de dos maneras
principales. Una, es la de trasladar el sufrimiento fuera de la voluntad
de Dios, sostener que Dios no es responsable del sufrimiento. La versión
más popular de este enfoque apela al libre albedrío. Dios dotó a sus
criaturas con la capacidad de obedecer o desobedecer. Ellas
desobedecieron y ahora el mundo sufre las consecuencias. Por lo tanto,
es la rebelión de las criaturas lo que en última instancia da razón de
las tristezas del mundo. Dios no las causó o las quiso. Nunca fue el
plan de Dios que sufriéramos.
La respuesta contrastante es colocar el
sufrimiento
dentro
de la voluntad de Dios. Las cosas pueden estar
aparentemente fuera de
control, sostiene esta línea de pensamiento, pero no obstante Dios está
completamente a cargo de la situación, y todo lo que ocurre tiene su
lugar en su plan. Quizás no comprendamos por qué Dios hace lo que hace,
pero podemos tener la seguridad de que todo es para bien. Todo aquello
por lo que pasamos, aun los capítulos más oscuros de nuestra vida, es
precisamente lo que necesitamos. A su debido tiempo, veremos que el
camino de Dios es perfecto.
Cada respuesta suscita preguntas, y
cada réplica levanta aun más preguntas en un ciclo interminable de punto
y contrapunto filosófico. Tales discusiones cumplen un propósito, pero
su valor para ayudarnos cuando enfrentamos nuestro propio sufrimiento es
limitado. Cada teoría filosófica naufraga en los bajíos del sufrimiento
humano concreto. Como lo vio Dostoievsky, todas las teorías del mundo se
desmoronan ante la miseria de un solo sufriente. En
Los
Hermanos Karamazov, el
escéptico Iván le arroja este desafío a su hermano Aloysha, un alma
tierna que se ha convertido en un monje novicio: “Imagínate que estás
construyendo el edificio del destino humano con el objeto de hacer feliz
a la gente en la etapa final de su vida, de darles paz y descanso al
final, pero para ello debes inevitable e ineludiblemente torturar tan
sólo a una pequeña criatura, —levantar [el universo] sobre el fundamento
de sus lágrimas no correspondidas—; ¿estarías de acuerdo en ser el
arquitecto sobre tales condiciones? Dime la verdad”. Después de una
larga pausa, Aloysha dijo finalmente: “No, no estaría de acuerdo”.3
Y tampoco nosotros lo estaríamos. Ninguna explicación hace que el
sufrimiento sea inteligible.
En realidad, hay ocasiones en que la religión empeora las cosas. Los
creyentes tienen todo tipo de preguntas de por qué yo, y por qué Dios.
Se preguntan qué ha ido mal. Los incrédulos tienen menos expectativas,
de modo que están menos inclinados a sentir que la vida los ha
chasqueado.
Cuando no estamos obteniendo buenas respuestas a nuestras preguntas, el
problema no siempre radica en las respuestas. Puede hallarse en las
preguntas que formulamos. El sufrimiento no es meramente un acertijo
teológico y filosófico. Es el mayor desafío que una persona tiene que
enfrentar. Y a menos que encontremos una manera de enfrentarlo a un
nivel personal, nuestras teorías sobre el sufrimiento no valdrán de
mucho.
La historia cristiana
La cruz y la resurrección de Jesús constituyen el centro de la historia
cristiana, y son básicas para una respuesta cristiana al sufrimiento. De
acuerdo con los Evangelios, Jesús se acercó a la cruz con temor y
aprehensión. La noche anterior a la crucifixión, oró fervientemente para
que Dios lo librase de tomar la amarga copa que le aguardaba. De
cualquier modo tuvo que soportar la cruz, y su clamor de desolación:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, revela la angustia
que extinguió su vida. Con su resurrección, por supuesto, Jesús
quebrantó el poder de la muerte, anuló la condenación de la cruz y se
reunificó con el Padre.
La cruz señala la inevitabilidad del sufrimiento en este mundo. Jesús no
evitó el sufrimiento. Tampoco nosotros podemos hacerlo. La angustia de
Jesús también confirma nuestra intuición básica de que el sufrimiento es
algo que está mal. Hay una trágica anormalidad en nuestra existencia.
Sabemos que somos susceptibles al sufrimiento y a la muerte; también
sentimos que no fuimos hechos para experimentarlos.
La cruz indica además el hecho de que Jesús se solidariza con nuestros
sufrimientos. Nos recuerda que nunca estamos solos, no importa cuán
oscura y opresiva pueda ser nuestra situación. Debido a que Jesús
soportó la cruz, nada puede ocurrirnos por lo que él no haya pasado
—dolor físico y penurias, separación de la familia y los amigos, pérdida
de bienes materiales y de la reputación, la animosidad de aquellos a
quienes tratamos de ayudar, incluso el aislamiento espiritual—. El lo
conoció todo.
Si la cruz nos recuerda que el sufrimiento es inevitable, la
resurrección nos asegura que el sufrimiento nunca tiene la última
palabra. Jesús no pudo evitar la cruz a causa de su consagración a la
misión de rescatar a la humanidad, pero no fue aprisionado por ella. La
tumba vacía es nuestra garantía de que el sufrimiento es temporario.
Desde la perspectiva de la esperanza cristiana, vendrá el tiempo cuando
el sufrimiento será un asunto del pasado.
La cruz y la resurrección son inseparables. Sin la resurrección, la cruz
sería el último capítulo triste de una vida noble. La muerte de Jesús
meramente ilustraría el hecho sombrío de que a menudo los buenos mueren
jóvenes, con sus sueños rotos y sus esperanzas frustradas. Sin embargo,
a la luz de la resurrección, la cruz es una gran victoria, el acto
central de la respuesta de Dios al problema del sufrimiento. Por lo
tanto, la resurrección transforma la cruz. Transforma la tragedia en un
triunfo.
Inversamente, la resurrección necesita
de la cruz. Vista ella sola, la resurrección parece ofrecer una salida
fácil de los rigores de este mundo. Nos conduciría a buscar un rodeo
para evitar las dificultades de la vida. Si Dios tiene el poder de
resucitar a los muertos, seguramente podría aislarnos respecto al dolor
y la tristeza y evitarnos el sufrimiento. Pero antes de la resurrección
viene la cruz. Y esto nos obliga a reconocer que a menudo Dios nos
conduce
a través
de peligros, en vez de guiarnos en torno a ellos. El no promete
elevarnos dramática y milagrosamente para que estemos libres de
peligros. Así como Jesús tuvo que llevar su cruz, de la misma manera sus
seguidores tendrán que llevar la suya (ver Mateo 16:24). Su promesa de
estar con nosotros en
nuestros
sufrimientos también demanda que estemos con él en
sus
sufrimientos.
Enfrentando con franqueza el sufrimiento
El hacer del sufrimiento de Jesús el centro de nuestra respuesta al
sufrimiento nos conduce a varias conclusiones importantes. Nos recuerda
que el sufrimiento es real y que no formaba parte del plan original de
Dios. El sufrimiento es la pérdida de las cosas buenas. A veces es el
resultado de nuestras propias elecciones. Nuestra respuesta instintiva
al sufrimiento es: “Oh, no. Esto no está bien. ¡No se supone que esto me
ocurra a mí!” Debiéramos afirmar este sentimiento: No hemos nacido para
sufrir.
Esta percepción excluye algunas de las cosas familiares que la gente les
dice a los que sufren: “En comparación con los problemas de otras
personas, los tuyos no son tan malos”. “Tus dificultades tienen el mejor
propósito. Algún día entenderás”. “Todo ocurre por una razón. Dios
quiere enseñarte una lección importante”.
Es verdad que a veces las cosas resultan para bien, pero otras veces no
es así. A veces son malas y continúan siendo de esa manera. El libro de
Salmos expresa plenamente las profundidades de la aflicción humana. En
realidad, más de la mitad de los Salmos tienen que ver con “el paisaje
helado del corazón”, como lo expresa un escritor.
El historiador eclesiástico Martin Marty describe cómo perdió a su
esposa por el cáncer después de casi treinta años de matrimonio. Durante
los meses de su hospitalización final, se turnaban leyendo un salmo a la
hora de la medicación que tenía lugar a la medianoche. El leía los
salmos pares y ella, los impares.
“Pero después del ataque de un día particularmente miserable que demolió
su cuerpo y mi propia alma
—escribe él—, no me sentía con ánimo de leer un salmo particularmente
sombrío, de modo que lo pasé por alto.
—¿Qué pasó con el Salmo 88? —preguntó ella—. ¿Por qué te lo salteaste?
—No pensé que podrías aguantarlo esta noche. Ni yo estoy seguro de que
yo podría. En realidad, estoy seguro que no podría.
—Por favor, léemelo —pidió ella.
—Está bien:
Día y
noche clamo delante de ti. Porque mi alma está hastiada de males. Me has
puesto en el hoyo profundo, en tinieblas, en lugares profundos.
—Gracias —dijo ella—. Necesito sobre todo ese tipo de salmos.
Después de esa conversación, continuamos hablando lenta y calladamente
—recuerda Marty—, en la desolación de la medianoche, pero en la calidez
de la presencia mutua y estando conscientes de la Presencia. Concordamos
en que a menudo los pasajes más severos eran la señal más fidedigna de
la Presencia y llegaban en el peor momento. Cuando la vida se reduce a
lo básico, por supuesto, uno anhela palabras de consuelo, dichos
reconfortantes, las voces de esperanza preservadas en las páginas
impresas. Pero sólo tienen sentido contra un fondo de palabras oscuras”.4
Las personas tienen el derecho a enfrentar abiertamente el sufrimiento.
Necesitan saber que Dios conoce y comprende sus pruebas. En un libro
escrito en respuesta a la pérdida de su hijo, el filósofo Nicholas
Wolterstorff describe la lucha para “admitir” su dolor, que expresó así:
“La práctica del Occidente moderno es negar el dolor de uno, superarlo,
dejarlo atrás, seguir adelante con la vida, excluirlo de la mente,
asegurarse de que no llega a ser parte de la identidad de uno”. Para ver
su punto sólo tenemos que pensar en la manera fácil en que los
periodistas hablan de “sanamiento” y “conclusión” apenas horas después
de que ha ocurrido una tragedia terrible. “Mi lucha —decía Wolterstorff—
era reconocer [mi dolor], hacerlo parte de mi identidad; si usted quiere
saber quién soy yo, debe saber que soy aquel cuyo hijo murió”.5
Sufrimiento trascendente
Mientras es importante reconocer que el sufrimiento es real y que el
sufrimiento está mal, es igualmente importante negarse a darle al
sufrimiento la última palabra. El sufrimiento puede ser una parte
ineludible de nuestra historia, pero no es toda nuestra historia.
Podemos ser más grandes que nuestros sufrimientos.
La gente trasciende sus sufrimientos de
diferentes maneras. Una es negándose valientemente a permitir que el
sufrimiento la domine. Este es el punto central del libro bien conocido
de Victor Frankl,
Man’s Search for Meaning.
Cuando se nos arrebatan todas las libertades, siempre permanece una, la
libertad de elegir nuestra respuesta. Cuando no podemos cambiar nuestra
situación, se nos desafía a transformarnos a nosotros mismos. Y por
supuesto, cuanto mayor el desafío, mayor debe ser nuestro valor. No
importa cuán desesperada sea nuestra situación, podemos superarla
negándonos a permitir que la misma defina nuestra significación. Podemos
ser más grandes que nuestros sufrimientos.
Esto requiere que el valor se apoye sobre la convicción de que el
sufrimiento no reduce nuestro valor como seres humanos, lo que es
sumamente importante que recordemos si dependemos del éxito para tener
un sentido de significación personal. Cuando mi suegro fue sometido a
una cirugía de derivación coronaria, una de sus quejas postoperatorias
era el temor de no seguir siendo útil. Si no podía ser productivo,
consideraba él, la vida no era digna de vivirse.
También trascendemos nuestros
sufrimientos cuando comprendemos que no sufrimos solos. Dios está con
nosotros en nuestros sufrimientos. De acuerdo con la fe cristiana, la
historia de Jesús es la propia historia de Dios, y su gran clímax es la
crucifixión, un momento de agonía y de aislamiento. Algunas personas
creen que Cristo sufrió para que nosotros no tengamos que sufrir. Pero
la cruz representa no sólo solidaridad sino también sustitución. Cristo
no sólo sufre
por
nosotros; Cristo sufre
con
nosotros.
Desde la perspectiva cristiana, este es un testimonio de que Dios está
con nosotros en nuestros sufrimientos, que todo lo que nos sucede le
afecta a él. La epístola de Pablo a los Romanos contiene la resonante
certeza de que nada puede separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús.
Ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni gobernantes, ni lo presente, ni
lo porvenir, ni potestades, ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna otra cosa
en toda la creación, nada puede separarnos de él (Romanos 8:35-39).
Ninguna de estas cosas pueden separarnos de Dios, no sólo porque él
estará con nosotros cuando terminen, sino porque él está con nosotros
cuando ocurren. Como lo expresa el salmista: “No temeré peligro alguno,
porque tú, Señor, estás conmigo” (Salmo 23:4, V. Popular).
La respuesta de la esperanza
El sufrimiento no tiene la última palabra para quienes confían en el
futuro, por lo tanto una respuesta efectiva al sufrimiento debe incluir
siempre la esperanza. Una manifestación de esperanza es el deseo
poderoso de hacer que el sufrimiento sirva para un propósito digno, usar
la tragedia para algún propósito bueno. Cuando Nicholas Green, un
muchacho norteamericano, fue asesinado en un intento de robo en una
supercarretera en Italia hace varios años, sus padres decidieron donar
los órganos de su precioso hijo en beneficio de otros. Su decisión salvó
varias vidas y transformó la actitud de la nación hacia la donación de
órganos. Deseamos que nuestras pérdidas sirvan para algo. No podemos
permitir que abran agujeros en la tela de la vida. De alguna manera
debemos componerlas, aprender de ellas, crecer y sobreponernos a ellas.
Y la fe cristiana respalda esta esperanza con la seguridad de que en
todas las cosas Dios obra para bien (Romanos 8:28).
La esperanza cristiana también nos
dirige a un futuro más allá de la muerte, a un tiempo cuando el
sufrimiento será un asunto del pasado. Como Pablo la describe, la muerte
es un
enemigo,
no es parte de lo que se planeó que existiese. Pero es un enemigo
vencido, su poder ha sido
quebrantado y algún día llegará a su fin (1 Corintios 15:26). La
resurrección de Jesús es la promesa de Dios de que la muerte no tiene la
última palabra. Nos asegura que el amor de Dios es suficientemente
fuerte como para vencer la muerte y erradicar el sufrimiento.
Al relacionar todo esto recibimos una
respuesta para nuestra pregunta inicial. Si preguntamos: ¿Cuál es el
significado del sufrimiento?, no hay una respuesta, porque el
sufrimiento en sí no tiene significado. Pero si preguntamos: ¿Podemos
hallarle sentido al sufrimiento?, la respuesta es un resonante
¡Sí!
Con fe en Dios, podemos encontrar sentido
en el
sufrimiento, a través del sufrimiento y a pesar
del
sufrimiento.
* Todas las citas bíblicas de este artículo proceden de la Versión
Reina-Valera, revisión de 1960, a no ser que se indique de otra manera
Richard Rice
(Ph.D., University of Chicago Divinity School) es profesor de religión
en la Universidad de Loma Linda. Ha escrito cuatro libros, incluyendo
The Openness of God
y
Reign of God,
y muchos artículos. Su dirección: Loma Linda University; Loma Linda,
California 92350; E.U.A. E-mail:
rrice@rel.llu.edu
Notas y Referencias:
1.
Una versión inicial de este artículo apareció en el número de
primavera de 1999 de Update, una publicación del Centro de Bioética
Cristiana, Universidad de Loma Linda.
2. Harold Kushner: When Bad Things Happen to Good People (Nueva York:
Schocken, 1981), p. 6.
3. Dostoievsky, Feodor M.: The Brothers Karamazov, libro 5, cap. 4, “Rebellion”.
4. Martin P. Marty: A Cry of Absence: Reflections for the Winter of
the Heart, 2a. ed. (San Francisco: Harper SanFrancisco, 1993) pp. xi-xii.
5.
Nicholas Wolterstorff: “The Grace That Shaped My Life”, en
Philosophers Who Believe: The Spiritual Journeys of Eleven Leading
Thinkers, ed. por Kelly James Clark (Downers Grove, Illinois:
InterVarsity, 1993), pp. 273-275.
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