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Una Postura Clara Respecto
del Servicio Militar

   
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  En cierto sentido, soy hijo de la Segunda Guerra Mundial. Cuando era muchacho, pude ver la terrible devastación de esos años: vidas arruinadas, familias diezmadas y gran cantidad de sublevaciones de la sociedad. Mi familia se había trasladado al campo, y durante los cinco años de la guerra vivimos en un antiguo edificio escolar, en la vivienda asignada al cuidador. Los salones de clase habían sido transformados en residencias que albergaban a más de trescientos soldados alemanes.

Recuerdo que un día hacia el final de la guerra le pregunté a mi madre: “¿Por qué están llorando los soldados alemanes?” Podía oírlos sollozar en sus habitaciones. Mi madre respondió: “Son solo muchachos. Extrañan su casa; extrañan a sus mamás y sus papás. No entienden por qué tienen que estar aquí en el norte helado, en Noruega. No entienden por qué tienen que ser parte de todo esto”. Eran jóvenes que habían sido privados de la oportunidad de crecer y experimentar una juventud diferente.

Hoy día, más de sesenta años después de ese momento, el mundo ha experimentado profundos cambios políticos, económicos y tecnológicos. Sin embargo, el papel que juegan las fuerzas militares en la vida de muchos países y en las disputas entre naciones alrededor del mundo continúa presentándonos un importante dilema moral y espiritual: ¿Qué actitud debería tener un cristiano —un cristiano adventista del séptimo día— hacia las fuerzas militares? Y al enfrentar la opción de servir en las fuerzas armadas —ya sea como combatiente o en otra función— ¿cuáles deberían ser los principios guiadores?

Principios guiadores
Todos nos sentimos identificados —un sentimiento de solidaridad— con nuestro propio país. El poseer ciudadanía de una determinada nación requiere a su vez un sentido de lealtad y de participación tanto de las luchas como de los gozos de nuestro pueblo. No hay virtud en aislarnos de nuestras comunidades. Es natural sentir orgullo cívico, y es saludable participar en la vida de la nación a la que pertenecemos. Sin embargo, ¿cómo debería ser expresado este sentido de solidaridad en el ámbito de las fuerzas armadas, cuando nuestro supremo deber hacia Dios produce tensiones que no siempre son fáciles de conciliar?

Creo que todo análisis de este tema tiene que descansar sobre dos fundamentos esenciales.

En primer lugar, la iglesia es llamada a defender principios inequívocos.

La guerra, la paz y la participación en las fuerzas armadas no son asuntos moralmente neutrales. Las Escrituras no pasan por alto el tema, y la iglesia, en su interpretación y expresión de los principios bíblicos, tiene que tener una voz de autoridad e influencia moral. Ésta no es una responsabilidad “opcional” que podamos dejar de lado si se tornara incómoda o ajena a lo que siente la mayoría. Si nos callamos, fallamos en nuestro deber hacia Dios y la humanidad.

En segundo lugar, la iglesia es el agente divino de la gracia.

Ésta es también una responsabilidad fundamental. Todo ser humano —no importa cuáles sean sus decisiones— es de infinito valor ante Dios. Cuando la iglesia se pronuncia sobre este tema y ofrece consejo a sus miembros y a la sociedad en general, jamás debe permitirse olvidar este hecho inmutable: el Dios al que servimos es quien nos sana y nos salva. Esas son también las dos tareas primordiales de la iglesia. Cuando los individuos luchan con estos interrogantes (y quizá toman decisiones que, en retrospectiva, desearían no haber tomado), la iglesia tiene que reflejar constantemente el amor infinito y sanador de Dios.

Con esto en mente, me gustaría reflexionar sobre dos preguntas relacionadas con la actitud de la iglesia hacia el servicio militar, tanto en el pasado como en la actualidad. Estos interrogantes —que representan áreas generales de interés— han aparecido vez tras vez en los últimos años, al dialogar con laicos y líderes de la iglesia en muchas partes del mundo. 

1. ¿Una pérdida de claridad?
La posición histórica de nuestra iglesia respecto al servicio en las fuerzas armadas fue expresada con claridad hace unos 150 años, bien al comienzo de nuestra historia y con el trasfondo de la Guerra de Secesión norteamericana. El consenso, expresado en artículos y documentos de la época y en una resolución de la Asociación General en 1867, no dejaba lugar a dudas: “. . . La portación de armas o la participación en la guerra es una violación directa de las enseñanzas de nuestro Salvador y del espíritu y la letra de la ley divina” (1867, Quinto Congreso Anual de la Asociación General). En términos generales, nuestro principio guiador ha sido: Cuando alguien porta armas da a entender que está dispuesto a usarlas para quitar la vida de otra persona; quitar la vida a uno de los hijos de Dios, aun la de nuestro “enemigo”, es inconsecuente con lo que creemos es sagrado y correcto.

A lo largo de los años, este principio ha guiado la conducta de los adventistas tanto en tiempos de paz como de conflicto. Muchos han elegido participar dentro de las fuerzas armadas en tareas médicas. Participan curando a los demás, y de esa manera dicen a su nación: “No puedo actuar quitando la vida de otra persona, porque me destruiría como individuo, pero puedo ayudar a los heridos por el conflicto. Puedo actuar como cristiano si participo en la curación de otras personas”.

En algunos países los jóvenes están sujetos a un período de servicio militar obligatorio. Afortunadamente, en la mayoría de los casos se ofrece un servicio alternativo que no requiere que la persona reciba entrenamiento con armas de fuego. Esto puede implicar pasar un año o más, construyendo caminos o colaborando en algún otro proyecto cívico.

En algunos países sin embargo, el servicio militar impide que la persona pueda comportarse como adventista. No es posible guardar el sábado; no hay otra opción aparte de la portación de armas. En tales circunstancias hay que enfrentar una elección muy difícil, ya que para permanecer fiel al Señor y a las convicciones propias la única solución posible es aceptar los resultados de disentir; esto puede significar inclusive la prisión.

¿Hay alguna confusión hoy día respecto de la posición de la iglesia? ¿Hemos articulado estos principios de manera correcta? Está claro que estas preguntas tendrán diferentes respuestas en los diversos países que integran la iglesia mundial. Y sin embargo, al hablar con los feligreses de los países que visito, a veces he sentido una cierta ambivalencia hacia nuestra posición histórica; acaso sea el sentimiento de que “así era antes, pero ahora es diferente”. Aun así, no logro entender la razón de este cambio.  

2. ¿Una falta de guía moral?
Esto me lleva a una segunda pregunta. ¿Ofrecemos un apoyo adecuado en nuestras escuelas e iglesias a los jóvenes que deben enfrentar elecciones difíciles respecto al servicio militar? ¿No hemos a veces descuidado nuestra función como brújula moral en este tema? En ausencia del apoyo de la iglesia, ¿será que algunos jóvenes ven que las fuerzas armadas son “tan solo otra opción vocacional”, antes que una compleja decisión moral con consecuencias para su vida espiritual, potencial-mente de largo alcance y acaso imprevistas?

No es difícil entender las fuerzas que pueden llevar a algunos a considerar una carrera militar. Su elección puede estar motivada por el deseo de servir a la patria, o porque el servicio militar podría ofrecerles oportunidades educacionales y profesionales únicas. Puede ser que los jóvenes lo vean como una opción a corto plazo, un paso muy necesario para alcanzar otros objetivos. Puede ser también que lo vean como “un mal necesario”; como un camino hacia un futuro que, por falta de recursos financieros u otras oportunidades, debe ser tomado a fin de poder alcanzar todo el potencial personal.

En algunos casos, sin embargo, enrolarse voluntariamente en las fuerzas armadas es sacrificar la opción de no portar armas o de solicitar permiso para guardar el sábado. Es una elección de renuncia a estos derechos. En ese caso pregunto: “Como joven, ¿has analizado realmente este tema? ¿Has pensado en las consecuencias para tu relación con Cristo y tus convicciones más profundas?”

Algunos pueden medir los riesgos y decir: “Aunque técnicamente no puedo elegir portar o no armas, tengo una probabilidad de nueve en diez de no encontrarme en una situación de combate donde tendré que utilizarlas”.

Pero más allá de tener que entrar en combate o no, se ha tomado una decisión respecto de ciertos valores básicos y se la ha declarado públicamente. Se ha aceptado la posibilidad de ir por ese camino, y

eso afectará inevitablemente a la persona involucrada. Es una decisión que cambia y modifica a las personas. Al dar el paso de colocarse en una posición donde se podría requerir que porte armas o en la cual se le haría difícil guardar el sábado, creo que el individuo pone en serio peligro sus fundamentos espirituales y morales.

Entonces, cuando los reclutadores militares van a nuestras universidades o aun a nuestros colegios secundarios y muestran a los estudiantes las oportunidades que presentan las fuerzas armadas, ¿está brindando la iglesia un claro mensaje alternativo? Habrá alguien que pregunte: ¿Has medido las consecuencias? ¿Has pensado lo que podría costarte? ¿Has pensado en el precio que deberás pagar en relación a tus valores personales? El departamento de Capellanía de la Asociación General está llevando a cabo algunas iniciativas específicas para ayudar a brindar esta orientación y consejos tan necesarios para nuestros colegios e iglesias, y creo que esto es algo muy positivo.

Me preocupan especialmente quienes han decidido tomar el “riesgo calculado” y luego tienen que estar en situaciones de combate, justo en la posición que quisieron evitar. No ven cómo salir de esa situación. ¿Qué debería decirles la iglesia? “¿Te lo dije?” “¿Qué vergüenza?” ¡No! La iglesia es una comunidad creada para servir, sanar y salvar. Es en ese momento cuando un joven, más allá de sus malas decisiones o elecciones equivocadas, necesita sentir el apoyo de su iglesia.

Conclusión
Este no es un tema simple, y tampoco está “completo”; es solo un aspecto de la problemática de la guerra, la paz y la responsabilidad cristiana. Y las preguntas que he presentado no se prestan a respuestas prefabricadas y fáciles. Son interrogantes que generan fuertes sentimientos a veces de intensidad extrema. Llegan hasta el alma de nuestra identidad como ciudadanos de una nación y miembros de la familia de Dios. En gran medida, nuestras respuestas dependen de nuestra propia experiencia y cultura, y de la devoción por nuestra nación y el deseo de ser parte de su historia y futuro.

Si bien éstos son temas difíciles, no por eso pueden ser dejados de lado. Por eso, analicémoslos juntos en nuestros hogares, iglesias y colegios, y hagámoslo con corazones abiertos y espíritu de humildad.  

   
 

Cortesía de: http://spanish.adventistworld.org

   
 

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