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El Terremoto de Lisboa

   
 

Por: E. P. Mansell

   
 

Cierto sábado de mañana asistir a una de las congregaciones más grandes de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en Norteamérica. El predicador era un personaje muy distinguido. El tema que trató fue sobre las señales de la segunda venida de Jesús. Esa mañana él quiso probar a la congregación que las señales mencionadas por Jesús en Mateo 24 no se relacionaban con nuestro tiempo ni con la proximidad de su venida.

Esta novedosa forma de analizar los textos que hablan de las señales de la segunda venida está muy en boga entre nuestros miembros, y su creciente popularidad trae confusión y frustración a algunos de nuestros buenos evangelistas.

En vista de esta tendencia, y deseando mostrar el otro lado de esta enseñanza fundamental y tan vital de la Biblia para nosotros los adventistas, hemos debido revisar en la Revista del Anciano algunos artículos escritos por predicadores muy bien dotados y profesores del pasado. Es nuestra oración que la verdad, y solamente la verdad, sea la base de nuestra fe - La Redacción de la Revista del Anciano. 

          Para muchos, el terremoto que destruyó gran parte de la ciudad de Lisboa fue un juicio directo de Dios, como testifican los historiadores y otros escritores.

En lo que respecta a la maldad de la ciudad de Lisboa en el momento del terremoto, un historiador famoso dice, casi en términos bíblicos: “Para muchos, Dios estaba juzgando, condenando y castigando a Lisboa, como en los días de Sodoma y Gomorra” (Oliveira Martins, Historia de Portugal, tomo 2, p. 74).

Se dice que un consagrado y piadoso sacerdote caminaba de un extremo a otro por las calles de la ciudad poco antes del desastre, señalando y condenando su maldad. El advirtió al pueblo y a la corte acerca de los juicios venideros de Dios. Escribió un folleto con este tema, y fue llamado a testificar por las declaraciones contenidas en él poco antes de la catástrofe. El folleto se encuentra en la Biblioteca Nacional de Lisboa. Debido a su forma directa de hablar, antes y después del terremoto, fue sentenciado a muerte en un Auto de Fe, el 20 de septiembre de 1761.

En ese tiempo Lisboa tenía una población aproximada de 260,000 habitantes. Al parecer, existe una diferencia de opinión en la cifra de muertos, pero tanto la Enciclopedia Británica, en su duodécima edición, como el libro Historia de Portugal, tomo 7, pág. 44, escrito por Fernandes Mendes, estiman que el número de victimas no es inferior a los 40,000. El número exacto, sin embargo, nunca se sabrá antes del gran día del juicio. Miles fueron aplastados por los escombros de gigantescos edificios que se desplomaron cuando la tierra se abrió y la descomunal ola marina sepultó la parte baja de la ciudad. Otros miles fueron succionados cuando las aguas se replegaron por el ancho río Tajo.

“A las 9:40 de la mañana del 1ro. de noviembre de 1755, ocurrió el devastador terremoto de Lisboa jamás olvidado. Ha quedado registrado en la historia como el más violento y destructivo de todos. Tuvo tres fases marcadamente distintivas... La primera duró un minuto y medio. El tiempo entre el primer y el segundo impacto fue de seis segundos. El segundo impacto duró sesenta segundos. El tercer impacto duró tres minutos. La superficie de la tierra parecía moverse como las olas del mar azotadas por una terrible tempestad... Todos salían de sus casas pálidos y despavoridos. Muchos creyeron que el día del juicio final y el fin del mundo había llegado... Todos los que se encontraban en los templos murieron aplastados... El Tribunal de la Inquisición estaba localizado en la esquina donde actualmente se encuentra el teatro nacional, en el famoso Rocío que una vez fuera el palacio del Rey Juan III, y más tarde se convirtió en el Santo Oficio en 1571” (Biblioteca Nacional, Lisboa, tomo 3, p. 579).

Un poco al este de dicho edificio, pero dentro de la misma área, estaba el famoso antiguo convento de Santo Domingo, que fue uno de los primeros en derrumbarse. Aquí era donde muchos “autos de fe” se llevaban a cabo. Estos hechos eran ocasiones solemnes en Portugal. Los altos dignatarios de la iglesia, así como los oficiales de la corte, casi siempre estaban presentes en los mismos.

El 1ro. de noviembre de 1755 era el día de Todos los Santos, y la festividad cayó en sábado. Se habían enviado anuncios a todos los distritos cercanos y miles de fieles abarrotaron las catedrales y las iglesias. En días festivos como éstos todos los buenos ciudadanos cerraban sus puertas y asistían a misa. El ambiente era absolutamente propicio para uno de los peores desastres de las perturbaciones de la tierra registrados hasta el día de hoy. Portugal se había resistido a abandonar la práctica de la Inquisición la cual había durado más de dos siglos, y todavía duraría por otros setenta y cinco años más, antes de que fuera abolida finalmente.

El pueblo portugués idólatra fue lento en aprender la lección. Siglos de adoración a las imágenes, la práctica de la misa, la confesión, el Santo Oficio y la unión de la iglesia y el estado prepararon al populacho para volverse hacia los santos, en lugar de a Dios, en busca de protección y ayuda.

“Poco después del terremoto —solo a seis meses de lo ocurrido—, fue enviada una petición al Vaticano por medio del ministro portugués, solicitando al Santo Padre, como una bendición espiritual, la concesión de un santo patrono como mediador y protector contra los terremotos... El Papa Benedicto XIV concedió tal petición en un Omnipotens Rerum, ofrecido en Roma el 24 de mayo de l756 y sellado con el sello del pescador” (J. M. Latino Coelho, o Marques de Pombal, edic. popular).

Un ciudadano portugués llamado Francisco Xavier d’Oliveira era caballero de la Orden de Cristo. Evidentemente, había viajado a Inglaterra y se había convertido al protestantismo. Al año de haber ocurrido el terremoto publicó un libro en francés, y más tarde en inglés, cuyo contenido trataba del terremoto de Lisboa, en el que emitió su opinión acerca de la verdadera causa del desastre. El libro fue dedicado a su rey José I. Cuando el libro cayó en manos de los inquisidores de la capital, el autor fue llamado a dar cuenta ante el Santo Oficio.

“Este caballero, Francisco d’Oliveira, habiendo sido educado en la superstición de la pobreza, se convenció de sus errores después de leer las Sagradas Escrituras y abandonó su país nativo para disfrutar de la libertad de conciencia que le había sido negada en su hogar” (W. Sandby, Authentic Memoria Concerning the Portuguese Inquisition Never Before Published [Memoria auténtica concerniente a la Inquisición portuguesa no publicada anteriormente], p. 178).

La siguiente cita pertenece a un historiador católico de mucha credibilidad: “Francisco Xavier d’Oliveira, caballero de la Orden de Cristo... abandonó el catolicismo estando en Inglaterra, donde vivió par muchos años. La Inquisición tomó acción contra él en un proceso legal en 1756, siendo acusado de haber escrito un libro saturado de herejía luterana. El libro se titulaba “Discurso sobre el tema de las calamidades acaecidas en Portugal, dirigido a mis compatriotas y en particular a su majestad, el muy fiel José I, rey de Portugal, por el caballero d’Olftie Wa, en Londres, 1756”.

En él alegó que el terremoto de 1755 fue un castigo divino debido a los pecados públicos de la nación, los cuales eran practicados como una flagrante idolatría cometida a través del culto a las imágenes, y también debido a que la nación aprobó y sustentó el Tribunal del Santo Oficio. También atacó la doctrina católica del purgatorio y defendió el uso de la Biblia en el idioma del pueblo. Acusó a los pontífices de adúlteros, sodomitas y negociantes de santas indulgencias. Este caballero era d’Oliveira. Fue condenado y quemado en efigie en el Auto de Fe que se celebró en Lisboa, en el claustro del convento de Santo Domingo, el 20 de septiembre de 1761 (Historia da Igreja en Portugal, T4- U, p4.43).

“Los conventos de Ordenes religiosas fueron destruidos casi en su totalidad. El convento de Santo Domingo fue el primero en ser devorado par el fuego” (Eranciso Lutz Pereira Souza, o terremoto de Lisboa, 1 de nov., 1775; tomo 3, p. 541 [Santo Domingo fue restaurado parcialmente en el año 61).

De acuerdo con los registros, el mismo día que Francisco d’Oliveira fue quemado en efigie, el piadoso sacerdote y profeta de la destrucción murió en la hoguera. 

   
 
E. P. Mansell era director de la Misión de Munguluni en Angola, Africa Oriental, cuando escribió este artículo.