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La Noción Bíblica del "Espíritu" Humano
Al igual que la palabra "alma" el término "espíritu"
aparece en las Escrituras con diversos significados más de 800 veces.
Aunque puede decirse que Dios "formó el espíritu dentro
del hombre"16
(cf. Zac. 12:1; Isa. 42:5) por esto no debe entenderse que el
“espíritu” humano es una "entidad [inmaterial] existente en el hombre
capaz de mantener una existencia consciente fuera del cuerpo".17
Tampoco es "una emanación del Espíritu divino" como creen
algunos. "Al igual que las demás partes constitutivas del ser humano, [el
espíritu] es producto de un acto creador".18
Tiene un origen.
El término "espíritu" (ruach en hebreo y pneuma
en el griego) "en la mayoría de los casos se traduce como 'espíritu', 'viento'
o 'aliento' (Gén. 8:1 etc.).19
Mientras que la palabra nepfesh denota individualidad, se
reconoce que la palabra ruach se refiere a la "chispa de vida
esencial para la existencia humana". Este término ha sido usado en el
Antiguo Testamento unas 377 veces.
En otros pasajes, ruach denota "genio o ira" (Juec.
8:3), "valor" (Jos. 2:11), "carácter moral" (Eze. 11:19), "vitalidad" (Juec.
15:9), "disposición" (Isa. 59:6) y hasta el asiento de las emociones (1
Sam. 1:15).
En el "sentido de soplo o aliento, el ruach de los
hombres es idéntico al ruach de los animales (Ecl. 3:19). El
ruach del hombre abandona el cuerpo al morir (Sal. 146:4) y vuelve a
Dios (Ecl. 12:7; cf. Job 34:14)".20
En la muerte, Dios "vuelve a tomar lo que le pertenece, la vida, y nos
recuerda que nuestra existencia no depende de nosotros mismos, que somos
realmente criaturas..."21
Cuando en la muerte se escapa la vida, se está entregando
en las manos de Dios el "espíritu" o la "chispa de vida" que nos dio la
existencia. Y como el fiel Esteban (Hech. 7:59) estamos seguros que "el
precioso depósito" será "fielmente guardado y devuelto" en el día de la
segunda venida de Cristo (1 Cor. 15:51-53).22
Pero debemos notar que cuando la palabra “espíritu” se ha
estudiado en el sentido de "soplo" o "aliento" no se ha expresado aun todo
su significado. Al igual que la palabra "alma" (nepfesh), "espíritu"
(ruach), es amplia en su significado.
"Pablo le daba al término 'espíritu' un sentido más
profundo cuando decía servir a Dios 'en su espíritu' (Rom. 1:9). El veía
en el espíritu la parte superior del hombre, la sede de la inteligencia,
de la razón y de la consciencia moral. A través del espíritu [o
consciencia] el hombre entra en contacto con Dios y se comunica con El (2
Tim. 4:22).
"La esencia del espíritu es la consciencia. Es a
través de la consciencia que Dios nos convence y dirige".23
Es a esta "parte superior del hombre" o "consciencia moral"
a la que el apóstol Pablo llamó "el hombre interior" (Efe. 3:16, cf.
Rom. 7:22).
Es precisamente en el sentido de "consciencia" que puede
entenderse la siguiente declaración: "Pues ¿quién conoce las cosas
profundas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él?" (1 Cor.
2:11). Y esto lo comprobamos cuando nos encontramos a solas con nosotros
mismos meditando en las cosas que hemos realizado, sean buenas o malas y
hablamos con Dios en nuestro interior o sentimos la tierna voz del
Espíritu Santo.
Cuando Dios creó al hombre, lo hizo de tal manera que El
pudiera morar en él en la persona de su Espíritu Santo.
"Desde las edades eternas había sido el propósito de Dios,
que todo ser creado, desde el resplandeciente y santo serafín hasta el
hombre, fuese un templo para que en él habitase el Creador".24
Desde el mismo principio de la creación del hombre, el
Espíritu de Dios moraba en él libremente y mantenía todas sus pasiones
bajo el control de la razón. Había plena y total armonía ente Dios y el
hombre, pues el amor ágape de Dios reinaba supremo. La vida del
hombre era un reflejo de la vida santa de Dios. El hombre era puro y
perfecto. Reflejaba plenamente la imagen divina. Su "consciencia" o "espíritu"
estaba vivificado y bajo el control absoluto de Dios. El hombre y la mujer
eran felices.
Pero, "a causa del pecado, la humanidad había dejado de ser
templo de Dios. Ensombrecido y contaminado por el pecado, el corazón del
hombre no revelaba la gloria del ser divino".25 "Por la desobediencia" las
facultades del hombre se "pervirtieron y el egoísmo suplantó el amor. Su
naturaleza quedó tan debilitada por la transgresión que ya no pudo, por su
propia fuerza, resistir el poder del mal".26
Siendo que bajo la nueva condición, el poder dominante en
el corazón del hombre es el "egoísmo", el amor centrado en uno mismo, es
evidente que el hombre no puede ser un templo "limpio" donde Dios puede
gozarse en morar.
El apóstol Pablo presenta la realidad de esta condición en
la que reina el egoísmo de la siguiente manera: "el pecado que mora en
mi", "en mi carne, no mora el bien", "el mal está presente en mi", "veo en
mis miembros una ley diferente que combate contra la ley de mi mente", "este
cuerpo de muerte" (Rom. 7:14-23). La idea de una "ley" o "principio"
pecaminoso que mora en la carne o naturaleza humana de todos los seres
humanos es expresado con mayor fuerza en la siguiente declaración: "La ley
del pecado que está en mis miembros" (v. 23 up.). Esta "ley" que "lleva
cautivo" al ser humano a una vida centrada en sí mismo, según el mismo
Apóstol, ha sido vencida y subyugada por Cristo en su humanidad bajo el
poder del amor ágape de Dios que "no busca lo suyo" (1 Cor. 13:5).
El expresa esta verdad con gran fuerza en la siguiente declaración: "La
ley del Espíritu de vida en Cristo [el principio del amor de Dios], me ha
librado de la ley del pecado y de la muerte... Dios [lo] hizo... enviando
a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado,
condenó el pecado en la carne" (Rom. 8:2,3). La "fuerza" o "impulso" que
genera la "ley del pecado" ha sido vencida por Dios en la misma "carne y
sangre" que nos es común a todos los hombres (Heb. 2:14). Nótese lo que se
nos dice:
“Dios fue manifestado en carne para condenar al pecado en
la carne, manifestando una perfecta obediencia a toda la Ley de Dios.
Cristo no pecó, ni fue hallado engaño en su boca. No corrompió la
naturaleza humana (con la desobediencia), y aunque en la carne, no
transgredió la Ley de Dios en ningún particular... Este testimonio
concerniente a Cristo muestra llanamente que condenó el pecado en la
carne”.27
Ahora bien, ¿cuándo experimenta el hombre la libertad o el
dominio sobre esta "fuerza" o "impulso" que lo esclaviza? Cuando la
experiencia del nuevo nacimiento que ya mencionamos toma lugar (Juan
3:3-8, cf. 8:32,36). Es esta experiencia la que permite a Dios
tomar nuevamente el control de la "consciencia" o "espíritu" del hombre.
"Por la encarnación del Hijo de Dios, se cumple el
propósito del Cielo. Dios mora en la humanidad, y mediante la gracia
salvadora, el corazón del hombre vuelve a ser su templo".28
Es el Espíritu Santo que obra en cada hombre la renovación
por medio del Evangelio y la Palabra (Efe. 4:23; Rom. 12:2; 1 Ped. 1:23;
Sant. 1:18). “Una vez regenerado, el espíritu [o la consciencia] deja
sentir su efectos sobre el alma [la mente, el yo]. Liberada del yugo de
las pasiones y purificada por la Palabra de Dios, el alma a su vez ejerce
una influencia sobre el cuerpo".29
El nuevo nacimiento es la oportunidad de Dios para vivificar
espiritualmente al ser humano que ha estado "muerto en delitos y pecados"
(Efe. 2:1; Col. 2:13). En realidad, la experiencia del nuevo nacimiento
consiste en la vivificación de las facultades espirituales del hombre que
estaban muertas por el pecado. Es la resurrección de una vida de pecado e
injusticia a una vida de obediencia y justicia.
Hemos observado que en el hombre no convertido, el alma, el
verdadero yo del hombre, con su vida egocéntrica es el principio dominante
que rige su vida (Jud. 18,19). A los que viven dominados por sus pasiones
el apóstol Pablo los llama "hombres carnales" u "hombres naturales" (1 Cor.
2:14). Y a los que son guiados por el Espíritu de Dios y que han sido
regenerados se los llama "espirituales" u "hombres espirituales" (v. 15;
Gál. 6:1). Pero a los cristianos que han pasado por la experiencia del
nuevo nacimiento y que se han dejado esclavizar nuevamente de las bajas
pasiones de la carne se los llama "carnales" y "niños en Cristo" (1 Cor.
3:1-4).
Si bien es cierto que Dios mora en nuestro "espíritu" o "consciencia"
en la persona del Espíritu Santo, y que quiere ejecutar su voluntad a
través de nuestro cuerpo (Rom. 6:12,13), El no puede hacerlo sin nuestra
entrega y consentimiento. La mente o el alma deben consentir, ya que en
ella está el "centro de la voluntad", es allí donde reside "el poder de
elegir y tomar decisiones".
Dios desea manifestar su amor sin egoísmo a través de
nuestra carne pecaminosa, de la misma manera que lo hizo a través de
Cristo (Rom. 8:3; 1 Ped. 4:1). La "ley del espíritu de vida en Cristo"
debe ser el principio rector y poder dominante en la vida de los creyentes
que han experimentado el nuevo nacimiento.
La Unidad de la Naturaleza Humana
Cuando las Escrituras caracterizan al hombre como una
unidad de "cuerpo" y "alma" (Mat. 10:28) y como "cuerpo" y "espíritu" (1
Cor. 7:34, cf. 5:5) se debe a que en ocasiones, "el alma y el
espíritu se usan en forma intercambiable".30
La Biblia sostiene uniformemente que "la naturaleza humana
del hombre es una unidad indivisible”. Por esto define "en forma precisa
la relación que existe entre el cuerpo, el alma y el espíritu".31
Esta es la razón por la que cuando el espíritu o la
consciencia es renovado deja sentir sus efectos sobre la mente o el alma y
esta a su vez ejerce su influencia sobre el cuerpo.
Cuando el diablo trata de seducir o inducir al hombre a
pecar lo hace desde afuera hacia dentro, apelando a los deseos inmoderados
de la carne y trata de extraer una decisión de la mente, un consentimiento.
De manera similar, en la persona convertida, Dios que esta entronizado en
el espíritu o consciencia del hombre mantiene en jaque los deseos de la
carne. Su influencia se hace sentir desde adentro hacia fuera. Desde esta
perspectiva produce justicia en nosotros, pero no una justicia forzada
sino voluntaria, pues surge de un libre ejercicio de la voluntad al elegir
lo que es correcto. El Espíritu que mora en nosotros no trabaja por "compulsión",
trabaja haciendo sentir su influencia y nos anima a elegir correctamente
lo que es para nuestro bien y para la gloria de Dios. Es con el libre
consentimiento de nuestra voluntad que el Espíritu nos imputa e
imparte la justicia de Cristo.
El apóstol Pablo habla de la unidad de la naturaleza humana
en los siguientes términos: "Todo vuestro ser: espíritu alma y cuerpo, sea
guardado sin culpa para la manifestación de nuestro Señor Jesucristo" (1
Tes. 5:23). Nótese que en este pasaje no se dice que los seres humanos
están compuestos por partes independientes una de otras. ¡No! "espíritu,
alma y cuerpo" constituyen "todo vuestro ser", por eso dice "sea", no "sean".
Estos tres aspectos del hombre componen una unidad indivisible. La
concepción "dualista" del pensamiento griego es totalmente ajena a las
Escrituras inspiradas.
El Peor de los Engaños Satánicos
Cuando la idea de la inmortalidad natural del alma es
entendida plenamente, resulta patética, y se hace evidente que los
proponentes de esta concepción filosófica no saben que es lo que realmente
están enseñando. Creer en la inmortalidad inherente del alma humana es
negar la verdad de la cruz de Cristo. Es negar la verdad del “Evangelio
eterno” (Apoc. 14:6,7; cf. Gál. 1:6-9).
¿Qué es lo queremos decir con esta declaración que puede
resultar alarmante para algunos cristianos? Sencillamente que, tener un
entendimiento equivocado de la obra salvadora de Cristo a favor del hombre
lleva inevitablemente (y esto sucederá tarde o temprano) a tener una idea
errónea sobre la antropología bíblica.
Según las Escrituras, para salvar al hombre de la maldición
del pecado, la muerte, Cristo tuvo que ser hecho “maldición por nosotros”
(Gál. 3:13). Y para tener una vislumbre de “la muerte” de la que Cristo
nos libró debemos ver ahora brevemente lo que enseña la Biblia al respecto.
La Palabra de Dios nos habla de dos muertes. La primera se
denomina “dormir” por lo que es comparado con el “sueño” (Juan 11:11-14;
Luc. 8:49-56). Esta muerte bien puede llamarse “primera muerte” y es la
experiencia común de todos los seres humanos, no importa la clase social o
étnica que pertenezcan. Esta es la que se describe como un estado de
inconsciencia entre la muerte y la resurrección. Y de este tipo de muerte,
todos, absolutamente todos los que la halla experimentados volverán a
vivir. Habrá resurrección de los muertos (Juan 5:28,29). Esta
“primera muerte” no constituye “la paga del pecado” (Rom. 6:23).
Pero la Biblia nos habla también de una “segunda muerte” (Apoc.
20:6). Esta sí constituye “la paga del pecado” (Rom. 6:23). Esta les quita
la existencia a los hombres para siempre; los separa de Dios que es la
Fuente de vida eternamente. Esta muerte será experimentada finalmente por
el Diablo, sus ángeles y todos los que rechazaron el don del salvación en
Cristo, eligiendo así la destrucción (Juan 3:16,36; Apoc. 20:9; Mal.
4:1-3). Si la “primera muerte” constituye un estado de inconsciencia entre
la muerte y la resurrección del cuerpo, la “segunda muerte” constituye un
estado de inconsciencia eterno.
Esta “segunda muerte” es la que Cristo como humano enfrentó
y “gustó” en la cruz “por todos” nosotros (Heb. 2:9; Rom. 6:10). Esta es
la razón por la que ella - según las escrituras - “no tiene potestad”
sobre los que participan en la “resurrección de vida” para vivir para
siempre con Dios (Apoc. 20:6; 1 Tes. 4:13-17). En verdad Él gustó la hiel
por amor a nosotros (Heb. 12:2; Isa. 53: 3-6,10).
Ahora bien, es precisamente aquí donde entra la verdad del
Evangelio en contraposición a la controversial doctrina de la inmortalidad
natural del alma. Si la muerte no es un estado de inconsciencia eterno (como
en el caso de la “segunda muerte”) que amenaza con separar a todos los
hombres de la compañía de Dios, sino que es el paso de una forma de vida a
otra, entonces Cristo no murió realmente. Su muerte fue una falsa. En
lugar de morir realmente, Él se tomó unas vacaciones de tres días.
No hay una mentira más dañina que esta. Cuando el Diablo
induce a los hombres a torcer la verdad o a creer y enseñar el error
abiertamente es para destruir la influencia del poder del Dios, que es el
Evangelio y el mensaje de la cruz de Cristo (Rom. 1:16:1 Cor. 1:18). No
hay otra razón más fuerte para rechazar esta desastrosa y patética
doctrina que esta. Pero el Diablo la ha disfrazado con manto de luz y esto
hace que muchos cristianos no puedan ver en toda su magnitud la realidad
de una enseñanza tal.
Conclusión
Aunque hemos notado que los significados de las palabras "almas"
y "espíritu" son bastante amplios, nunca se le da en las Escrituras la
capacidad de sostener una existencia separada del cuerpo. En la mentalidad
hebrea, influenciada por la inspiración divina, cuando muere el cuerpo,
cesan todas las funciones de los demás aspectos de "ser entero" (cf.
Ecl. 9:5,6,10; Sal. 115:17; Juan 11:11-14; Luc. 8:51,52; Job 14:14,21).
El testimonio del las Escrituras es diverso y muy claro
sobre el significado de las incisivas palabras “alma” y “espíritu”. Por lo
que no hay razón para extraviarnos. Dios puede proveernos conducción, y de
hecho está dispuesto a ayudarnos a entender cualquiera verdad de su
Palabra. Esto será una realidad si el orgullo personal (y denominacional)
no se lo impide.
Dice el Salmista: “El testimonio del señor es fiel, que da
sabiduría al sencillo... el precepto del Señor es puro, que alumbra los
ojos” (Sal. 19:7,8). Sólo los ojos del sencillo verán el camino de la
verdad y será librado del error.
La idea de la vida inmediata a la muerte no es bíblica, y
por más que se quiera forzar esta premisa no resultará victoriosa. La
verdad, y sólo la verdad es lo que permanece al fin.
De igual manera, no es bueno pasar por alto el hecho de que
es valioso estudiar este tema a la luz que fluye de la cruz del Calvario.
Sólo estudiándolo en el contexto del Evangelio de la gracia de Cristo
tiene significado toda doctrina bíblica. Así nos libraremos de esta
fatídica enseñanza que oscurece el supremo sacrificio de Cristo en la cruz
del Calvario.
Dios nos ayude a estudiar su Palabra con una mente
dispuesta y un espíritu libre de prejuicio. Que nuestro corazón anhele
encontrar la verdad y que sólo ella nos sea preciosa. Una vez encontrada,
podamos comprarla y no venderla.
Notas y
Referencias:
Lorenzo J. Baun, La Mayor Conquista de la Vida, El origen del Hombre
y su Destino, pp. 91,92.
Luís Bordeau, El problema de la Muerte, p. 184.
Joaquín Balaguer, Grecia
Eterna, p. 150.
Roberto Leo Odom, ¿Es el Alma Inmortal?, p. 97.
Las
Escrituras revelan que cada uno de los seres humanos será
recompensado “conforme a sus obras” (Mat. 16:27, Apoc. 22:12). Esta
verdad bíblica por sí sola derrumba todo el aparato de la desastrosa
doctrina de un infierno de fuego que arderá por la eternidad. Como
nadie ha vivido eternamente en la práctica del pecado, de igual
manera nadie será puesto a arder eternamente. Enseñar lo contrario
es distorsionar el carácter justo de Dios. Las Escrituras son claras
en cuanto al destino final de los réprobos. El siguiente pasaje de
Luc. 12:47-48 desarrolla la verdad de Mateo y Apocalipsis en las
siguientes palabras: “Aquel siervo que conociendo la voluntad de su
señor, no se preparó, ni hizo conforme a su voluntad, recibirá
muchos azotes. Más el que sin conocer la voluntad de Dios hizo cosas
dignas de azotes, será azotado poco; porque a todo aquel que se le
haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que se le halla
confiado mucho, mucho se le demandará”.
Entonces, no todos los impíos, aunque vayan a
parar al lago de fuego y azufre para ser destruidos, serán
atormentados por el mismo tiempo. Pero todos finalmente serán
destruidos (Apoc. 20: 9; 21:1; 22:1-5;
Mal. 4:1-3).
Los esfuerzos persistentes de los estudiosos de las Escrituras en
este particular han empezado a surtir efectos. Sin ser muy
optimistas se puede decir que cada vez son más los cristianos que
comienzan a tener una idea clara de esta importante doctrina bíblica.
Al fin y al cabo sólo la verdad es lo que importa.
Gerald, Wheeler, Mas Allá de Esta Vida, p. 48. Las cursivas son
nuestras
Diccionario bíblico
adventista, p. 37, las cursivas son nuestras.
Creencias Fundamentales, p.
94.
A. F. Vaucher, La Historia de la Salvación, p. 123.
Diccionario Bíblico
Adventista, p. 37, las cursivas son nuestras.
Ibíd., p. 37, las cursivas
son nuestras.
A. F. Vaucher, La Historia de la Salvación, p. 128.
Creencia Fundamentales, p.
95.
Diccionario Bíblico
Adventista, p. 404.
Creencia Fundamentales, p.
95
------, Ibíd., las cursivas son nuestras
Elena de White, El Deseado de Todas las Gentes, p. 132.
-------, El Camino a Cristo, p. 27.
-------, Sings of the Times,
16-1-1896.
-------, El Deseado de Todas las Gentes, p. 132.
Creencia Fundamentales, p.
96
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