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El análisis de lo que constituyen las palabras “alma” y “espíritu” como lo
presentan las Sagradas Escrituras es sumamente interesante. Aunque mucho
se ha escrito al respecto, vale la pena dar una nueva mirada a este
inquietante tema. La realidad o no de si el hombre posee un “alma” es de
gran importancia todavía para muchas personas. De igual manera, la idea de
nuestro origen y destino como seres humanos es aun inquietante. Recuerdo
haber preguntado a un ateo cuál era su opinión sobre el destino del hombre
al morir, y él me contestó: “Prefiero no hablar de eso”. En realidad lo
que quería saber era que tan cierto es el hecho de que él no creía en nada
sobrenatural. Porque si me contestaba esta pregunta se iba a descubrir en
él a un hombre con ciertas creencias, por lo menos eso. Desde entonces no
lo he vuelto ver.
Obviamente “algo” creen los hombres y mujeres que habitan
este mundo. Unos una cosa y otros, algo diferente. Nadie puede escapar de
esta realidad. Claro, como es natural, siempre aparecen quienes prefieren
ocultarlo para no ser burlados. Esto en caso de que crean que profesar
alguna fe religiosa los descalifica como personas “normales”.
Sin embargo, no es tan importante tan solo creer “algo”.
Más importante es saber a ciencia cierta que lo que hemos decidido
sostener es la verdad. Y que no es otro “invento” más de tantos que ha
creado el hombre en su afán por encontrar el significado de su existencia.
Pero bien, ¿tiene el hombre o la mujer un “alma” o ser
etéreo interior que sale de su cuerpo cuando estos mueren? ¿Dónde va
cuando abandona el cuerpo? ¿De dónde proviene esta creencia? ¿Sostienen
las Sagradas Escrituras semejante doctrina?
La Inmortalidad del Alma en la Historia
Según Heródoto - considerado el padre de la historia -, los
egipcios fueron los primeros que crearon una “doctrina de la inmortalidad
del alma, aun cuando el arqueólogo Wooley sostiene que siglos antes que
existiera alguna civilización en el valle del Nilo, ya los Sumerios
manifestaban creer lo mismo”.1
Los egipcios creían que cuando la persona moría salía o se
escapaba del interior de “su cuerpo otro cuerpo impalpable llamado el
doble o el alma”. Esta “alma” o “cuerpo impalpable” continuaba viviendo
mientras el cuerpo físico no entraba en la descomposición, razón por la
cual tomaban “precauciones” para embalsamar los cuerpos para preservarlos
por más tiempo transformándolos en momia. “En efecto, los egipcios creían
que después de un tiempo más o menos largo el alma, cansada de permanecer
en la tumba, emprendía el largo viaje hacia las tierras felices donde
moraba Osiris”.2
Si las almas eran muy malas al momento de morir eran
entregadas a los “demonios vengadores” los cuales las sumergían en
“ardientes estanques”, después eran sometidas a nuevas pruebas para que
fueran purificadas en el transcurso de “otras existencias”. Las almas que
cometían faltas “remisibles” eran sometidas a un “purgatorio” para que
después que lograran restablecerse tomaran lugar en las “Moradas Celestes”.
“Pero después de tres mil años de bienaventuranzas, volvían a este mundo a
vivir de nuevo con su cuerpo momificado o revestir cualquier otra forma
que deseara. Al final de ciclos análogos, muchas veces repetidos, se
absorbía en la pura esencia divina y llegaba a la perfección absoluta”.3
Por otro lado, los Sumerios (o Súmeros) “acostumbraban a
enterrar a los reyes con sus mujeres, con sus cortesanos, su guardia y su
servidumbre... Todos estos hombres, mujeres y animales eran envenenados y
enterrados muertos o semivivos en el ritual fúnebre a fin de que sus
espíritus acompañasen al difunto rey en el más allá, y lo sirvieran como
en esta vida”.4
En realidad, algunas ideas de los Sumerios eran muy parecidas a la de los
egipcios.
De los Babilonios y Asirios se sabe muy poco de sus
creencias sobre la inmortalidad del alma. “En realidad, - según se observa
- no se sabe casi nada...”
Acerca e los Griegos no se puede decir lo mismo. El
filósofo pagano Platón creía que el hombre no se puede considerar feliz
“aun colmado de todos los dones, en tanto que no ha obtenido sepultura”. ¿Por
qué? Porque según sus ideas sólo allí, se estará “seguro de que su sombra
(o alma) no anda errante, [e] inquieta...” Platón veía al cuerpo humano
como una “cárcel” en la que estaba encerrada el alma mientras el hombre
vivía.
Sobre Platón se sabe que fue “discípulo de Sócrates,
maestro de Aristóteles y condiscípulo de Alcibíades”.5
Hay una creencia platónica sobre “el destino del alma” narrada en su
“relato a Armenio Her” que guarda relación con la de los egipcios, y es
aquella que sostiene que el alma “pasa por diversas reencarnaciones y
decide su propia suerte, eligiendo su vida futura”.6
Platón propuso la idea de la transmigración de las almas y “futuras
uniones” en caso de que el alma no obtuviera en esta vida la purificación
perfecta.
Resulta interesante saber la manera en la que Sócrates
(maestro de Platón) llegó a su conclusión sobre la inmortalidad el alma:
“Este es el método - dice Sócrates - que yo adopté: Primero
asumí algún principio que yo juzgué que era el más fuerte, luego afirmé
como verdadera cualquier cosa que pareciera concordar con ese principio,
ya sea que se relacionara con la causa o con cualquier otra cosa; y lo que
no concordaba, lo consideré como falso...
Sobre la base de esta suposición, Sócrates razonó que
‘cuando la muerte ataca a un hombre, se puede suponer que la parte mortal
de él muere; pero la inmortal sale del camino de la muerte y es preservada
segura y sana’ ”.7
Ahora bien, esto es lo que sostenían algunas civilizaciones
antiguas y los filósofos griegos paganos con sus complicados conceptos.
Conceptos, basados en “suposiciones” como ya pudimos ver. Sin embargo,
queremos saber qué dicen las Sagradas Escrituras sobre este interesante
tópico.
En la actualidad se sostienen ideas similares y a veces
idénticas a estas por diferentes grupos religiosos. Unos enfatizan que
cuando el hombre muere, si vivió una vida ordenada su “alma” irá al
paraíso a disfrutar por siempre la dicha de la eternidad. Mientras que si
vivió una vida desordenada irá a parar al “infierno de fuego” o lugar de
tormento para retorcerse allí por los siglos de la eternidad, no importa
que su vida aquí en la tierra halla sido de 20, 30 o 70 años de
comportamiento equivocado. Este es el pago. Así presentan a Dios como un
tirano peor que los dioses paganos de las civilizaciones antiguas, o peor
aun que el mismo Hitler.8
Otros siguen sosteniendo el complicado concepto de la
“transmigración” o reencarnación de las almas que sostuvieron los egipcios
y el filósofo Platón. Hay quienes creen en que millones de reencarnaciones
pueden sucederse en la vida de una persona, pudiendo esta reencarnar hasta
en “animales” e “insectos” como un medio de purgar su “karma” en esta vida
por los errores cometidos en vidas anteriores. Esta extraña creencia
encierra así a los hombres en un ciclo interminable de muertes y
reencarnaciones como un medio de alcanzar la perfección o la fusión con la
divinidad.
Lo peor de todo, es que, en el colmo de su extravío quienes
sostienen esta doctrina pretenden hacernos creer que cuando la Biblia
habla sobre la “resurrección del cuerpo” está hablando de la
“reencarnación del alma”. Y mal interpretan algunos pasajes bíblicos
sacándolos fuera del contexto en el que se encuentran para probar sus
concepciones.
Actualmente, dentro de un sector del cristianismo son menos
los eruditos que están sosteniendo la cuestionable doctrina de la
inmortalidad del alma, gracias a los persistentes esfuerzos de la Iglesia
Adventista del 7mo. Día en esta área. Ella presenta una exposición clara y
sólidamente bíblica sobre el particular.9
Veamos ahora un análisis del significado bíblico de la
palabra “alma” y “espíritu”.
El “Alma” Humana en la Concepción Bíblica
Al usar el término “alma” posiblemente nos llegue a la
mente la expresión “alma inmortal”. Pero es bueno saber rápidamente que
esta tendenciosa expresión no tiene nada que ver con lo que las Escrituras
quieren expresar al usar la incisiva palabra “alma”, por la sencilla razón
de que la idea de un “alma inmortal” que habita en el hombre es totalmente
ajena a la concepción bíblica de la naturaleza del hombre. De hecho, la
expresión “alma inmortal” no aparece en las Escrituras.
Ahora bien, debemos cuidarnos de mal entender los términos
“alma” y “espíritu” o dar una explicación poco satisfactoria de los mismos,
por atacar la cuestionable doctrina de la inmortalidad del alma. Las
Escrituras presentan una idea amplia del significado de estas palabras. Es
probable que en nuestro idioma esta palabra no refleje una idea clara,
pero no sucede así en el idioma original bíblico, sea en el hebreo del
Antiguo Testamento o en el griego del Nuevo Testamento.
La palabra original hebrea de donde nos viene el término
"alma" en el Antiguo Testamento es nepfesh. Su palabra griega
equivalente en el Nuevo Testamento es psuche.
En uno de los pasajes donde primero encontramos esta
palabra es en Gén. 2:7. Este pasaje revela que el hombre llegó a la
existencia cuando Dios "sopló" en él "aliento (neshamah) de vida",
entonces llegó a ser un "alma (nepfesh) viviente" (VRV 1979
cf. Job 33:4).
Este pasaje no enseña que Dios puso en el hombre un
alma, sino que él es un "alma viviente". La VRV 1969 y otras
versiones traducen: "ser viviente", y la versión DHH vierte este
pasaje así: "...el hombre comenzó a vivir". No hay en este pasaje nada que
sugiera que en el hombre existe una entidad inmaterial capaz de vivir
separada del cuerpo o que él posea tal cosa. El apóstol Pablo confirma
esto cuando dice: "el primer hombre, Adán, llegó a ser alma viviente..." (1
Cor. 15:45 RVA, "un ser viviente" NRV 2000).
En otros pasajes de las Escrituras la palabra nepfesh
tiene el significado de "persona". Un buen ejemplo de ello es Gen. 46:27.
Según la VRV 1979 Jacob entró a Egipto con setenta "almas". Pero
cuando leemos la VRV 1960 y NRV 2000 descubrimos que dicen:
"todas las personas... que entraron en Egipto, fueron setenta" (cf.
Gén. 12:7; 36:6; Ex. 16:31; Lev. 4:2; Deut. 10:22).
Un caso interesante es Sal. 3:2, donde dice: "Muchos son
los que dicen de mi: no hay para él salvación en Dios". La primera parte
de este vers. Dice literalmente: “dicen de mi nepfesh...” En este
caso, la palabra nepfesh se refiere a la persona completa. Por esto,
no es coherente decir que el alma es una parte independiente del hombre.
Es la persona misma.
"Nepfesh tiene todas la características de un ser
humano normal y completo. Un nepfesh puede tener hambre y sed
(Deut. 12:15; 14:26; 1 Sam. 2:16; Sal. 107:5,9; Prov. 6:30). Además, puede
desear poseer objetos físicos como ganado y vino (Deut. 14:26), tener
relaciones sexuales (Gén. 34:3,8; Cant. 3:1-4), la presencia de otra
persona (1 Sam. 18:1,3) y, en el caso de una mujer estéril, un hijo (1
Sam. 1:15).
"Por lo general cuando pensamos en un alma, lo hacemos en
el contexto de cosas espirituales, y nepfesh tiene intereses e
impulsos religiosos (Sal. 19:8; 23:3; 65:6; 132:2; Jer. 31:25). Además del
aspecto espiritual de la vida, nepfesh puede indicar el asiento
humano de las emociones y experiencias. Puede estar triste (Deut. 28:65;
Sal. 42:6; 119:28), puede sentir pena (Job 30:25), puede sentir dolor
(Sal. 13:3), o llorar (Jer. 13:17). En otras palabras, lo que imaginemos
que es capaz un ser humano, también lo es nepfesh. La vida puede
estresarlo (Gén. 42:21), amargarlo (Job 3:20; 7:10; Isa. 38:15), o
perturbarlo de muchas maneras (Isa. 15:4). Un nepfesh puede
desplegar cualquiera emoción humana, como odio (2 Sam. 5:8; Sal. 11:5), o
gozo (Sal. 35:9; Isa. 61:10). Uno puede alegrar al nepfesh (Sal.
86:4; 94:19). Puede bendecir al Señor (Sal. 132:1,22; 104:1,35) o amar (1
Sam. 18:1,3; Cant. 1:7; 3;1-4). Y nepfesh puede pensar y recordar
(Sal. 103:2; Lam. 3:20). Un nepfesh y un ser humano son, por lo
general, indistinto en el Antiguo Testamento".10
También este término se traduce como "vida" (cf. Gén.
9:4,5; Job 2:4,6; Sal. 31:13; 1 Rey. 17:21; 2 Sam. 18:13). Con este
significado a sido traducida más de 100 veces de la 755 que se menciona en
el Antiguo Testamento según la Versión del Rey Jacobo.
Es imposible que la palabra nepfesh se refiera a
alguna parte inmaterial e independiente del hombre, pues la sangre es
vital para su existencia, como lo es para la persona. En Gén. 9:5 se habla
de la "sangre de vuestra vida [nepfesh]". La nepfesh tiene
sangre. De manera similar Deut. 12:23 dice: "la sangre es la vida [nepfesh]".
A pesar de toda esta evidencia, hay dos pasajes del Antiguo
Testamento que han sido usados tenazmente para insistir en la existencia
del alma separada del cuerpo. El primero es Gén. 35:18 que habla de la
muerte de Raquel de la siguiente manera: "al salírsele el alma (pues murió)..."
Nótese como traduce este pasaje la RVA: "pero sucedió que al dar el
último suspiro (pues murió)..." Este versículo sencillamente contiene la
declaración de que Raquel antes de morir, con su "último suspiro", su
último hálito de fuerza le puso nombre a su hijo. La versión DHH
vierte así este pasaje: "en sus últimos suspiros llamó Benoni al niño".
El otro pasaje es 1 Rey. 17:21,22 donde se dice que Elías
oró al Señor para que hiciera "volver el alma" del niño de la viuda de
Serepta. "Te ruego que el alma del niño vuelva a su cuerpo. Jehovah
escuchó la voz de Elías, y el alma del niño volvió a su cuerpo, y revivió"
(RVA). Nótese como traducen otras versiones de las Escrituras este
pasaje: "te ruego que vuelvas la vida a este niño... la vida del niño
volvió a él" (NRV 2000). "Te ruego que devuelvas la vida a este
niño! El Señor atendió los ruegos de Elías e hizo que el niño reviviera" (DHH).
Este es otro de los tantos pasajes en el que nepfesh o alma tiene
el significado de "vida".
Es interesante saber que dentro de los múltiples
significados nepfesh se traduce como "cadáver" (Hag. 2:13; Núm.
19:11 VRV 1995); "muerto" (Núm. 5:2; 9:6,7 VRV 1995);
"persona muerta" (Núm. 6:6 VRV 1995). Todo esto significa lo mismo.
"A menudo nepfesh se refiere a los deseos, los
apetitos o las pasiones (Deut. 23:24, literalmente 'saciar tu nepfesh';
Prov. 23:2, literalmente 'si eres nepfesh dado al apetito'; Ecl.
6:7, literalmente 'el deseo de su nepfesh no se saciará'). Se puede
referir a la sede de sus afectos (Gén. 34:3; Cant. 1:7; etc.), y a veces
representa la parte volutiva del hombre (Deut. 23:24, 'hasta tu nepfesh';
Sal. 105:22, 'como su nepfesh lo quisieres'; Jer. 34:16).11
"Por otra parte, las expresiones tales como 'mi alma', 'tu
alma, 'su alma' etc., son por lo general modismos que reemplazan los
pronombres personales 'yo', 'tu', 'él' etc. (véase Gén. 12:13; Lev.
11:43,44; 19:8; Jos. 23:11; Sal. 3:2; Jer. 7:9, etc.".12
Veamos algunos pasajes ahora que reflejan de una manera más
directa que el alma no es inmortal y que está sujeta a la muerte. En Juec.
16:30 nepfesh se traduce como "yo" y muere. De igual manera, en Núm.
31:19 nepfesh se traduce como "persona" y también muere (cf.
Eze. 18:4,20). “La
muerte, que afecta al cuerpo del hombre (disolución del organismo), afecta
también a su alma (desintegración de la personalidad) Job 33:18; Jer.
40:14”.13
Es en este contexto que pueden entenderse las siguientes
expresiones: "Jehovah redime el alma de sus siervos", "la Ley de
Jehovah es perfecta, que convierte el alma" (Sal. 34:22; 19:7
las cursivas son nuestras).
Veamos ahora un poco más de cerca de esta interesante
palabra. Se reconoce que aun cuando se ha expresado "la noción de la vida
física" no se ha agotado aun "el contenido de la palabra 'alma' ".
"El alma es esa actividad capaz de pensar... ese yo que
cada uno de nosotros es".14
"La nepfesh al constituir el fondo de la
personalidad es lo que resulta ser objeto del amor que el hombre siente
por sí mismo... Todos los movimientos espontáneos que sirven de expresión
de los instintos naturales del hombre, se originan en la nepfesh.
"El lugar y la esencia de la personalidad del hombre se
encuentran en el alma, donde habitan las facultades de la mente (Job
7:15), la voluntad (Prov. 2:10,19), nuestro conocimiento (2 Sam. 5:8; Job
10:1; Juan 12:27), y las emociones.
"Puesto que el alma es el lugar de nuestra personalidad,
es el lugar del verdadero 'yo'...
Por lo tanto, nuestro 'yo' es nuestra alma".15
Siendo que el alma constituye el "yo" del hombre, la vida
natural del alma no convertida que se expresa a través del cuerpo es una
vida egocéntrica, centrada en sí misma; el alma produce naturalmente "las
obras de la carne" (Gál. 5:19-21). Y aun cuando las obras del alma no
regenerada parecen ser buenas, son obras de justicia propia y tales
acciones en el juicio serán condenadas como "obras de iniquidad", porque
son en realidad "trapos de inmundicia" (Mat. 7:21-23; Isa. 64:6). El
origen de dichas obras siempre fue el "yo", el yo egocéntrico y
pecaminoso.
En este contexto, no resulta difícil comprender porque el
único tipo de vida que el alma puede vivir es la vida de "la carne" (Rom.
8:4). Y lo peor de todo es que el hombre en su estado natural de enemistad
contra Dios no puede aunque quiera librarse de esa forma de vida (Rom.
7:14; 8:7). Este estado de justicia propia y "presente mundo de maldad" (Gál.
1:4) no puede ser cambiado por la "educación o la cultura", únicamente
cambia cuando el hombre pasa por la experiencia del nuevo nacimiento
y recibe en su interior el amor ágape de Dios, un amor que "no
busca lo suyo" pues no es egocéntrico (Juan 3:1-5; 1 Cor. 13:5).
Aun la educación o la cultura lo más que pueden lograr es
un cambio o mejora en la conducta externa de los hombres y mujeres. Pero
sólo el poder transformador de Cristo puede mantener sujeto todo tipo de
pasiones desordenadas bajo el dominio de la razón y el control del
Espíritu Santo (Jud. 24; 2 Cor. 1:5).
Para poder vivir una vida diferente a la vida de "la
carne", el alma (la persona y su ego) debe ser "redimida" y "convertida"
por el poder de Dios. De ahí que el objetivo de la experiencia del nuevo
nacimiento es hacer que el hombre se vuelva de sí mismo, a Dios. De una
vida egocéntrica a una vida cristocéntrica (Fil. 1:23). Bajo la "nueva
creación" (2 Cor. 5:17) de la que es objeto el individuo que cree el
Evangelio de la gracia, el cuerpo es el "instrumento de justicia" a través
del cual se manifiesta la vida de Cristo. Esta vida santa se expresa con
la misma plenitud que antes se manifestaba el pecado en "nuestros miembros"
usándolo como "instrumentos de iniquidad" (Rom. 6:11-13,18,19). De la
manera que reinó plenamente el pecado, ahora, gracias a la experiencia del
nuevo nacimiento, reina la justicia de Cristo.
De esto volveremos a hablaremos más adelante. Veamos ahora
el significado de la palabra "espíritu".
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