| |
1.
Las Sagradas Escrituras.
Las Sagradas Escrituras,
que abarcan el Antiguo y
el Nuevo Testamento,
constituyen la Palabra
escrita de Dios,
transmitida por
inspiración divina
mediante santos hombres
de Dios que hablaron y
escribieron siendo
impulsados por el
Espíritu Santo. Por
medio de esta palabra,
Dios ha comunicado a los
seres humanos el
conocimiento necesario
para alcanzar la
salvación. Las Sagradas
Escrituras son la
infalible revelación de
la voluntad divina. Son
la norma del carácter,
el criterio para evaluar
la experiencia, la
revelación autorizada de
las doctrinas, y un
registro fidedigno de
los actos de Dios
realizados en el curso
de la historia (2 Pedro
1:20-21; 2 Timoteo
3:16-17; Salmos 119:105;
Proverbios 30:5-6;
Isaías 8:20; Juan 17:17;
1 Tesalonicenses 2:13;
Hebreos 4:12)
2.
La Trinidad.
Hay un solo Dios, que es
una unidad de tres
personas coeternas:
Padre, Hijo y Espíritu
Santo. Este Dios uno y
trino es inmortal,
todopoderoso,
omnisapiente, superior a
todos y omnipresente. Es
infinito y escapa a la
comprensión humana, no
obstante lo cual se le
puede conocer mediante
la propia revelación que
ha efectuado de sí
mismo. Es eternamente
digno de reverencia,
adoración y servicio por
parte de toda la
creación(Deuteronomio 6:4; Mateo
28:19; 2 Corintios
13:14; Efesios 4:4-6; 1
Pedro 1:2; 1 Timoteo
1:17; Apocalipsis 14:7).
3.
EI Padre.
Dios el Padre Eterno, es
el Creador, Origen,
Sustentador y Soberano
de toda la creación. Es
justo, santo,
misericordioso y
clemente, tardo para la
ira y abundante en amor
y fidelidad. Las
cualidades y las
facultades del Padre se
manifiestan también en
el Hijo y el Espíritu
Santo
(Génesis 1:1;
Apocalipsis 4:11; 1
Corintios 15:28; Juan
3:16; 1 Juan 4:8; 1
Timoteo 1:17; Éxodo
34:6-7; Juan 14:9).
4. El Hijo.
Dios el Hijo Eterno es
uno con el Padre. Por
medio de él fueron
creadas todas las cosas;
EI revela el carácter de
Dios, Ileva a cabo la
salvación de la
humanidad y juzga al
mundo. Aunque es
verdaderamente Dios,
sempiterno, también
llegó a ser
verdaderamente hombre,
Jesús el Cristo. Fue
concebido por el
Espíritu Santo y nació
de la virgen María.
Vivió y experimentó
tentaciones como ser
humano, pero ejemplificó
perfectamente la
justicia y el amor de
Dios. Mediante sus
milagros manifestó el
poder de Dios y éstos
dieron testimonio de que
era el prometido Mesías
de Dios. Sufrió y murió
voluntariamente en la
cruz por nuestros
pecados y en nuestro
lugar, resucitó de entre
las muertos y ascendió
al Padre para ministrar
en el santuario
celestial en nuestro
favor. Volverá otra vez
con poder y gloria para
liberar definitivamente
a su pueblo y restaurar
todas las cosas
(Juan 1:1-3, 14;
Colosenses 1:15-19; Juan
10:30; 14:9; Romanos
6:23; 2 Corintios
5:17-19; Juan 5:22;
Lucas 1:35; Filipenses.
2:5-11; 1 Corintios
15:3-4; Hebreos 2:9-18;
8:1-2; Juan 14:1-3).
5.
El Espíritu Santo.
Dios el Espíritu Eterno
estuvo activo con el
Padre y el Hijo en la
creación, la encarnación
y la redención. Inspiró
a los autores de las
Escrituras. Infundió
poder a la vida de
Cristo. Atrae y convence
a los seres humanos; y a
los que responden,
renueva y transforma a
la imagen de Dios.
Enviado por el Padre y
el Hijo está siempre con
sus hijos, distribuye
dones espirituales a la
iglesia, la capacita
para dar testimonio en
favor de Cristo, y en
armonía con las
Escrituras la conduce a
toda verdad (Génesis
1:1-2; Lucas 1:35; 4:18;
Hechos 10:38; 2 Pedro
1:21; 2 Corintios 3:18;
Efesios 4:11-12; Hechos
1:8; Juan 14:16-18, 26;
15:26-27; 16:7-13).
6.
La creación.
Dios es el Creador de
todas las cosas, y ha
revelado por medio de
las Escrituras un
registro auténtico de su
actividad creadora. El
Señor hizo en seis días
"los cielos y la tierra"
y todo ser viviente que
la habita, y reposó el
séptimo día de la
primera semana. De ese
modo estableció el
sábado como un monumento
perpetuo de la
finalización de su obra
creadora. El primer
hombre y la primera
mujer fueron hechos a
imagen de Dios como una
corona de la creación;
se les dio dominio sobre
el mundo y la
responsabilidad de
cuidar de él. Cuando el
mundo quedó terminado
era "bueno en gran
manera", porque
declaraba la gloria de
Dios
(Génesis 1:2; Éxodo
20:8-11; Salmos 19:1-6;
33:6, 9; 104; Hebreos
11:3).
7.
La naturaleza del
hombre.
El hombre y la mujer
fueron hechos a imagen
de Dios, con
individualidad propia y
con la facultad y la
libertad de pensar y
obrar por su cuenta.
Aunque fueron creados
como seres libres, cada
uno es una unidad
indivisible de cuerpo,
mente y espíritu que
depende de Dios para la
vida, el aliento y todo
lo demás. Cuando
nuestros primeros padres
desobedecieron a Dios,
negaron su dependencia
de él y cayeron de la
elevada posición que
ocupaban bajo el
gobierno de Dios. La
imagen de Dios se
desfiguró en ellos y
quedaron sujetos a la
muerte. Sus
descendientes participan
de esta naturaleza
degradada y de sus
consecuencias. Nacen con
debilidades y tendencias
hacia el mal. Pero Dios,
en Cristo, reconcilió al
mundo consigo mismo, y
por medio de su Espíritu
restaura en los mortales
penitentes la imagen de
su Hacedor. Creados para
gloria de Dios, se los
invita a amar al Señor y
a amarse mutuamente, y a
cuidar el ambiente que
los rodea (Génesis
1:26-28; 2:7; Salmos
8:4-8; Hechos 17:24-28;
Génesis 3; Salmos 51:5;
Romanos 5:12-17; 2
Corintios 5:19-20;
Salmos 51:10; 1 Juan
4:7-8, 11, 20; Génesis
2:15).
8. El gran conflicto.
La humanidad entera se
encuentra envuelta en un
conflicto de
proporciones
extraordinarias entre
Cristo y Satanás en
torno al carácter de
Dios, su ley y su
soberanía sobre el
universo. Este conflicto
se originó en el cielo
cuando un ser creado,
dotado de libre
albedrío, se exaltó a sí
mismo y se convirtió en
Satanás, el adversario
de Dios, e instigó a
rebelarse a una porción
de las Ángeles. Él
introdujo el espíritu de
rebelión en este mundo
cuando indujo a pecar a
Adán y a Eva. El pecado
produjo como resultado
la distorsión de la
imagen de Dios en la
humanidad, el trastorno
del mundo creado y
posteriormente su
completa devastación en
ocasión del diluvio
universal. Observado por
toda la creación, este
mundo se convirtió en el
campo de batalla del
conflicto universal, a
cuyo término el Dios de
amor quedará finalmente
vindicado. Para ayudar a
su pueblo en este
conflicto, Cristo envía
al Espíritu Santo y a
los ángeles leales para
que lo guíen, lo
protejan y lo sustenten
en el camino de la
salvación
(Apocalipsis 12:4-9;
Isaías 14:12-14;
Ezequiel 28:12-18;
Génesis 3; Romanos
1:19-32; 5:12-21;
8:19-22; Génesis 6-8; 2
Pedro 3:6; 1 Corintios
4:9; Hebreos 1:14.
9.
La vida, muerte y
resurrección de Cristo.
Mediante la vida de
Cristo, de perfecta
obediencia a la voluntad
de Dios, sus
sufrimientos, su muerte
y su resurrección, Dios
proveyó el único medio
válido para expiar el
pecado de la humanidad,
de manera que los que
por fe acepten esta
expiación puedan tener
acceso a la vida eterna,
y toda la creación pueda
comprender mejor el
infinito y santo amor
del Creador. Esta
expiación perfecta
vindica la justicia de
la ley de Dios y la
benignidad de su
carácter, porque condena
nuestro pecado y al
mismo tiempo hace
provisión para nuestro
perdón. La muerte de
Cristo es vicaria y
expiatoria,
reconciliadora y
transformadora. La
resurrección de Cristo
proclama el triunfo de
Dios sobre las fuerzas
del mal, y a los que
aceptan la expiación les
asegura la victoria
final sobre el pecado y
la muerte. Declara el
señorío de Jesucristo,
ante quien se doblará
toda rodilla en el cielo
y en la tierra (Juan
3:16; Isaías 53; 1 Pedro
2:21-22; 1 Corintios
15:3-4, 20-22; 2
Corintios 5:14-15,
19-21; Romanos 1:4;
3:25; 4:25; 8:3-4; 1
Juan 2:2; 4:10; Gálatas
2:15; Filipenses 2:6-11).
10. La experiencia de la
salvación.
Con amor y misericordia
infinitos Dios hizo que
Cristo, que no conoció
pecado, fuera hecho
pecado por nosotros,
para que nosotros
pudiésemos ser hechos
justicia de Dios en él.
Guiados por el Espíritu
Santo sentimos nuestra
necesidad, reconocemos
nuestra pecaminosidad,
nos arrepentimos de
nuestras transgresiones,
y ejercemos fe en Jesús
como Señor y Cristo,
como Sustituto y
Ejemplo. Esta fe que
recibe salvación nos
llega por medio del
poder divino de la
Palabra y es un don de
la gracia de Dios.
Mediante Cristo somos
justificados, adoptados
como hijos e hijas de
Dios y librados del
señorío del pecado. Por
medio del Espíritu
nacemos de nuevo y somos
santificados; el
Espíritu renueva
nuestras mentes, graba
la ley de amor de Dios
en nuestros corazones y
nos da poder para vivir
una vida santa. Al
permanecer en él somos
participantes de la
naturaleza divina y
tenemos la seguridad de
la salvación ahora y en
ocasión del juicio (2
Corintios 5:17-21; Juan
3:16; Gálatas 1:4;
4:4-7; Tito 3:3-7; Juan
16:8; Gálatas 3:13-14; 1
Pedro 2:21-22; Romanos
10:17; Lucas 17:5;
Marcos 9:23-24; Efesios
2:5-10; Romanos 3:21-26:
Colosenses 1:13-14;
Romanos 8:14-17; Gálatas
3:26; Juan 3:3-8; 1
Pedro 1:23; Romanos
12:2; Hebreos 8:7-12;
Ezequiel 36:25-27; 2
Pedro 1:3-4; Romanos
8:1-4; 5:6-10).
11.
Crecimiento en Cristo. Nueva creencia
fundamental aprobada en
04 de julio de 2005, en
la 58ª Asamblea de la
Asociación General de
los Adventistas del
Séptimo Día.
Por su muerte en la cruz
Jesús triunfó sobre las
fuerzas del mal. El
subyugó los espíritus de
demonios durante Su
ministerio terrestre y
quebró su poder y tornó
cierto su destino final.
La victoria de Jesús nos
da victoria sobre las
fuerzas del mal que
continúan procurando
controlarnos, mientras
caminamos con El en paz,
alegría, y con la
certeza de Su amor.
Ahora el Espíritu Santo
vive con nosotros y nos
da poder. Continuamente
comprometidos con Jesús
como nuestro Salvador y
Señor, somos libres del
fardo de nuestros hechos
pasados. No más
viviremos en la
oscuridad, con miedo de
los poderes del mal,
ignorancia, y la falta
de sentido de nuestro
antiguo modo de vida. En
esa nueva libertad en
Jesús, somos llamados a
creces en semejanza a Su
carácter, comulgando con
El diariamente en
oración, alimentándonos
de Su Palabra, meditando
en eso y en Su
providencia, cantando
sus alabanzas,
reuniéndonos juntos en
adoración, y
participando en la
misión de la Iglesia. A
medida que nos
entreguemos al servicio
de amor a aquellos a
nuestro alrededor y al
testimonio de Su
salvación, Su constante
presencia con nosotros a
través del Espíritu
transforma cada momento
y toda tarea en una
experiencia espiritual
(Salmos 1:1, 2; 23:4;
77:11, 12; Colosenses
1:13, 14; 2:6, 14, 15;
San Lucas 10:17-20;
Efesios 5:19, 20;
6:12-18; I
Tesalonicenses 5:23; II
San Pedro 2:9; 3:18; II
Corintios 3:17, 18;
Filipenses. 3:7-14; I
Tesalonicenses 5:16-18;
San Mateo 20:25-28; San
Juan 20:21; Gálatas
5:22-25; Romanos 8:38,
39; I San Juan 4:4;
Hebreos 10:25.
12. La iglesia. La
iglesia es la comunidad
de creyentes que
confiesa que Jesucristo
es Señor y Salvador.
Como continuadores del
pueblo de Dios del
Antiguo Testamento, se
nos invita a salir del
mundo; y nos reunimos
para adorar y estar en
comunión unos con otros,
para recibir instrucción
el la Palabra, celebrar
la Cena del Señor, para
servir a toda la
humanidad y proclamar el
evangelio en todo el
mundo. La iglesia deriva
su autoridad de Cristo,
que es el Verbo
encarnado, y de las
Escrituras que son la
Palabra escrita. La
iglesia es la familia de
Dios: somos adoptados
por él como hijos y
vivimos sobre la base
del nuevo pacto. La
iglesia es el cuerpo de
Cristo, una comunidad de
fe de la cual Cristo
mismo es la cabeza. La
iglesia es la esposa por
la cual Cristo murió
para poder santificarla
y purificarla. Cuando
regrese en triunfo, se
la presentará como una
iglesia gloriosa, es a
saber, los fieles de
todas las edades,
adquiridos por su
sangre, sin mancha ni
arruga, santos e
inmaculados
(Génesis 12:3; Hechos
7:38; Efesios 4:11-15;
3:8-11; Mateo 28:19-20;
16:13-20; 18:18; Efesios
2:19-22; 1:22-23;
5:23-27; Colosenses
1:17-18).
13. El remanente y su
misión.
La iglesia universal
está compuesta por todos
los que creen
verdaderamente en
Cristo, pero en los
últimos días, una época
de apostasía
generalizada, se ha
llamado a un remanente
para que guarde los
mandamientos de Dios y
la fe de Jesús. Este
remanente anuncia la
hora del juicio,
proclama la salvación
por medio de Cristo y
anuncia la proximidad de
su segunda venida. Esta
proclamación está
simbolizada por los tres
ángeles de Apocalipsis
14; coincide con la hora
del juicio en el cielo y
da como resultado una
obra de arrepentimiento
y reforma en la tierra.
Todo creyente recibe la
invitación a participar
personalmente en este
testimonio mundial
(Apocalipsis 12:17;
14:6-12; 18:1-4; 2
Corintios 5:10; Judas 3,
14; 1 Pedro 1:16-19; 2
Pedro 3:10-14;
Apocalipsis 21:1-14).
14. La unidad del cuerpo
de Cristo.
La iglesia es un cuerpo
constituido por muchos
miembros que proceden de
toda nación, raza,
lengua y pueblo. En
Cristo somos una nueva
creación; las
diferencias de raza,
cultura, educación y
nacionalidad, entre
encumbrados y humildes,
ricos y pobres, hombres
y mujeres, no debemos
causar divisiones entre
nosotros. Todas somos
iguales en Cristo, quien
por un mismo Espíritu
nos ha unido en comunión
con él y los unos con
los otros. Debemos
servir y ser servidos
sin parcialidad ni
reservas. Por medio de
la revelación de
Jesucristo en las
Escrituras participamos
de la misma fe y la
misma esperanza, y
salimos para dar a todos
el mismo testimonio.
Esta unidad tiene sus
orígenes en la unicidad
del Dios trino, que nos
ha adoptado como sus
hijos
(Romanos 12:4-5; 1
Corintios 12:12-14;
Mateo 28:19-20; Salmos
133:1: 2 Corintios
5:16-17; Hechos
17:26-27; Gálatas 3:27,
29; Colosenses 3:10-15;
Efesios 4:14-16; 4:1-6;
Juan 17:20-23).
15. El bautismo.
Por medio del bautismo
confesamos nuestra fe en
la muerte y resurrección
de Jesucristo, y damos
testimonio de nuestra
muerte al pecado y de
nuestro propósito de
andar en novedad de
vida. De este modo
reconocemos a Cristo
como nuestro Señor y
Salvador, llegamos a ser
su pueblo y somos
recibidos como miembros
de su iglesia. El
bautismo es un símbolo
de nuestra unión con
Cristo, del perdón de
nuestros pecados y de
nuestra recepción del
Espíritu Santo. Se
realiza por inmersión en
agua, y está íntimamente
vinculado con una
afirmación de fe en
Jesús y con evidencias
de arrepentimiento del
pecado. Sigue a la
instrucción en las
Sagradas Escrituras y a
la aceptación de sus
enseñanzas (Romanos
6:1-6; Colosenses
2:12-13; Hechos
16:30-33; 22:16; 2:38;
Mateo 28:19-20).
16. La Cena del Señor.
La Cena del Señor es una
participación en los
emblemas del cuerpo y la
sangre de Jesús como
expresión de fe en él,
nuestro Señor y
Salvador. En esta
experiencia de comunión
Cristo está presente
para encontrarse con su
pueblo y fortalecerlo.
Al participar en ella,
proclamamos gozosamente
la muerte del Señor
hasta que venga. La
preparación para la Cena
incluye un examen de
conciencia,
arrepentimiento y
confesión. El Maestro
ordenó el servicio de
lavamiento de los pies
para manifestar una
renovada purificación,
expresar disposición a
servirnos mutuamente y
con humildad cristiana,
y unir nuestros
corazones en amor. Todos
los creyentes cristianos
pueden participar del
servicio de comunión (1
Corintios 10:16-17;
11:23-30; Mateo
26:17-30; Apocalipsis
3:20; Juan 6:48-63;
13:1-17).
17. Los dones y
ministerios
espirituales.
Dios concede a todos los
miembros de su iglesia
en todas las edades
dones espirituales para
que cada uno las emplee
en amante ministerio por
el bien común de la
iglesia y la humanidad.
Concedidos mediante la
operación del Espíritu
Santo, quien los
distribuye entre cada
miembro según su
voluntad, los dones
proveen todos los
ministerios y
habilidades necesarios
para que la iglesia
cumpla su función
divinamente ordenada. De
acuerdo con las
Escrituras estos dones
incluyen ministerios
tales como fe, sanidad,
profecía, predicación,
enseñanza,
administración,
reconciliación,
compasión y servicio
abnegado y caridad para
ayudar y animar a
nuestros semejantes.
Algunos miembros son
llamados por Dios y
dotados por el Espíritu
para cumplir funciones
reconocidas por la
iglesia en los
ministerios pastoral, de
evangelización,
apostólico y de
enseñanza,
particularmente
necesarios a fin de
equipar a los miembros
para el servicio,
edificar a la iglesia de
modo que alcance madurez
espiritual, y promover
la unidad de la fe y el
conocimiento de Dios.
Cuando los miembros
emplean estos dones
espirituales como fieles
mayordomos de las
numerosas gracias de
Dios, la iglesia es
protegida de la
influencia destructora
de las falsas doctrinas,
crece gracias a un
desarrollo que procede
de Dios, y es edificada
en la fe y el amor
(Romanos 12:4-8; 1
Corintios 12:9-11,
27-28; Efesios 4:8,
11-16; Hechos 6:1-7; 1
Timoteo 3:1-13; 1 Pedro
4:10-11).
18. El don de profecía.
Uno de los dones del
Espíritu Santo es el de
profecía. Este don es
una de las
características
distintivas de la
iglesia remanente y se
manifestó en el
ministerio de Elena G.
de White. Como mensajera
del Señor, sus escritos
son una permanente y
autorizada fuente de
verdad, y proveen
consuelo, dirección,
instrucción y corrección
a la iglesia. También
establecen con claridad
que la Biblia es la
norma por la cual deben
ser evaluadas toda
enseñanza y toda
experiencia (Joel
2:28-29; Hechos 2:14-21;
Hebreos 1:1-3;
Apocalipsis 12:17;
19:10).
19. La ley de Dios.
Los grandes principios
de la ley de Dios están
incorporados en los Diez
Mandamientos y
ejemplificados en la
vida de Cristo. Expresan
el amor, la voluntad y
el propósito de Dios con
respecto a la conducta y
las relaciones humanas,
y están en vigencia para
todos los seres humanos
de todas las épocas.
Esos preceptos
constituyen la base del
pacto de Dios con su
pueblo y la norma del
juicio divino. Por medio
de la obra del Espíritu
Santo señalan el pecado
y avivan la necesidad de
un Salvador. La
salvación es sólo por
gracia y no por obras,
pero su fruto es la
obediencia a los
mandamientos. Esta
obediencia desarrolla el
carácter cristiano y da
como resultado una
sensación de bienestar.
Es una evidencia de
nuestro amor al Señor y
preocupación por
nuestros semejantes. La
obediencia por fe
demuestra el poder de
Cristo para transformar
vidas y por lo tanto
fortalece el testimonio
cristiano (Éxodo
20:1-17; Salmos 40:7-8;
Mateo 22:36-40;
Deuteronomio 28:1-14;
Mateo 5:17-20; Hebreos
8:8-10; Juan 15:7-10;
Efesios 2:8-10; 1 Juan
5:3; Romanos 8:3-4;
Salmos 19:7-14).
20. El sábado.
El benéfico Creador
descansó el séptimo día
después de los seis días
de la creación, e
instituyó el sábado para
todos los hombres como
un monumento de su obra
creadora. El cuarto
mandamiento de la
inmutable ley de Dios
requiere la observancia
del séptimo día como día
de reposo, adoración y
ministerio, en armonía
con las enseñanzas y la
práctica de Jesús, el
Señor del sábado. El
sábado es un día de
agradable comunión con
Dios y con nuestros
hermanos. Es un símbolo
de nuestra redención en
Cristo, una señal de
santificación, una
demostración de nuestra
lealtad y una
anticipación de nuestro
futuro eterno en el
reino de Dios. El sábado
es la señal perpetua de
Dios del pacto eterno
entre él y su pueblo. La
gozosa observancia de
este tiempo sagrado de
tarde a tarde, de puesta
de sol a puesta de sol,
es una celebración de la
obra creadora y
redentora de Dios
(Génesis 2:1-3; Éxodo
20:8-11; Lucas 4:16;
Isaías 56:5-6; 58:13-14;
Mateo 12:1-12; Éxodo
31:13-17; Ezequiel
20:12, 20; Hebreos
4:1-11; Deuteronomio
5:12-15; Levíticos
23:32; Marcos 1:32).
21. La mayordomía.
Somos mayordomos de
Dios, a quienes él ha
confiado tiempo y
oportunidades,
capacidades y
posesiones, y las
bendiciones de la tierra
y sus recursos. Somos
responsables ante él por
su empleo adecuado.
Reconocemos que Dios es
dueño de todo mediante
nuestro fiel servicio a
él y a nuestros
semejantes, y mediante
la devolución de los
diezmos y las ofrendas
para la proclamación de
su evangelio y para el
sostén y desarrollo de
su iglesia. La
mayordomía es un
privilegio que Dios nos
ha concedido para que
crezcamos en amor y para
que logremos la victoria
sobre el egoísmo y la
codicia. El mayordomo
fiel se regocija por las
bendiciones que reciben
los demás como fruto de
su fidelidad (Génesis
1:26-28; 2:15; 1
Crónicas 29:14; Hageo
1:3-11; Malaquías
3:8-12; 1 Corintios
9:9-14; Mateo 23:23; 2
Corintios 8:1-15;
Romanos 15:26-27).
22. Conducta cristiana.
Se nos invita a ser
gente piadosa que
piense, sienta y actúe
en armonía con los
principios del cielo.
Para que el Espíritu
vuelva a crear en
nosotros el carácter de
nuestro Señor,
participamos solamente
de lo que produce
pureza, salud y gozo
cristiano en nuestra
vida. Esto significa que
nuestras recreaciones y
entretenimientos estarán
en armonía con las más
elevadas normas de gusto
y belleza cristianos. Si
bien reconocemos las
diferencias culturales,
nuestra vestimenta
debiera ser sencilla,
modesta y pulcra como
corresponde a aquellos
cuya verdadera belleza
no consiste en el adorno
exterior, sino en el
inmarcesible ornamento
de un espíritu apacible
y tranquilo. Significa
también que puesto que
nuestros cuerpos son el
templo del Espíritu
Santo, debemos cuidarlos
inteligentemente. Junto
con la práctica adecuada
del ejercicio y el
descanso, debemos
adoptar un régimen
alimentario lo más
saludable posible, y
abstenernos de alimentos
impuros identificados
como tales en las
Escrituras. Puesto que
las bebidas alcohólicas,
el tabaco, y el empleo
irresponsable de drogas
y narcóticos son dañinos
para nuestros cuerpos,
también nos abstendremos
de ellos. En cambio, nos
dedicaremos a todo lo
que ponga nuestros
pensamientos y cuerpos
en armonía con la
disciplina de Cristo,
quien quiere que gocemos
de salud, de alegría y
de todo lo bueno
(Romanos 12:1-2; 1 Juan
2:6; Efesios 5:1-21;
Filipenses 4:8; 2
Corintios 10:5; 6:14 -
7:1; 1 Pedro 3:1-4; 1
Corintios 6:19-20;
10:31; Levíticos
11:1-47; 3 Juan 2).
23. El matrimonio y la
familia.
El matrimonio fue
establecido por Dios en
el Edén y confirmado por
Jesús, para que fuera
una unión por toda la
vida entre un hombre y
una mujer en amante
compañerismo. Para el
cristiano el matrimonio
es un compromiso a la
vez con Dios y con su
cónyuge, y este paso
debieran darlo sólo
personas que participan
de la misma fe. El amor
mutuo, el honor, el
respeto y la
responsabilidad, son la
trama y la urdimbre de
esta relación, que
debiera reflejar el
amor, la santidad, la
intimidad y la
perdurabilidad de la
relación que existen
entre Cristo y su
iglesia. Con respecto al
divorcio, Jesús enseñó
que la persona que se
divorcia, a menos que
sea por causa de
fornicación y se casa
con otra, comete
adulterio. Aunque
algunas relaciones
familiares estén lejos
de ser ideales, los
socios en la relación
matrimonial que se
consagran plenamente el
uno al otro en Cristo
pueden lograr una
amorosa unidad gracias a
la dirección del
Espíritu y al amante
cuidado de la Iglesia.
Dios bendice la familia
y es su propósito que
sus miembros se ayuden
mutuamente hasta
alcanzar la plena
madurez. Los padres
deben criar a sus hijos
para que amen y
obedezcan al Señor.
Mediante el precepto y
el ejemplo debieran
enseñarles que Cristo
disciplina amorosamente,
que siempre es tierno y
que se preocupa por sus
criaturas, y que quiere
que lleguen a ser
miembros de su cuerpo,
la familia de Dios. Una
creciente intimidad
familiar es uno de los
rasgos característicos
del último mensaje
evangélico (Génesis
2:18-25; Mateo 19:3-9;
Juan 2:1-11; 2 Corintios
6:14; Efesios 5:21-33;
Mateo 5:31-32; Marcos
10:11-12; Lucas 16:18; 1
Corintios 7:10-11; Éxodo
20:12; Efesios 6:1-4;
Deuteronomio 6:5-9;
Proverbios 22:6;
Malaquías 4:5, 6).
24. El ministerio de
Cristo en el santuario
celestial.
Hay un santuario en el
cielo, el verdadero
tabernáculo que el Señor
erigió y no el hombre.
En él Cristo ministra en
nuestro favor, para
poner a disposición de
los creyentes los
beneficios de su
sacrificio expiatorio
ofrecido una vez y para
siempre en la cruz.
Llegó a ser nuestro gran
Sumo Sacerdote y comenzó
su ministerio intercesor
en ocasión de su
ascensión. En 1844, al
concluir el período
profético de los 2.300
días, entró en la
segunda y última fase de
su ministerio
expiatorio. Esta obra es
un juicio investigador
que forma parte de la
eliminación definitiva
del pecado, tipificada
por la purificación del
antiguo santuario hebreo
en el día de la
expiación. En el
servicio simbólico el
santuario se purificaba
mediante la sangre de
los sacrificios de
animales, pero las cosas
celestiales se
purificaban mediante el
perfecto sacrificio de
la sangre de Jesús. El
juicio investigador pone
de manifiesto frente a
las inteligencias
celestiales quiénes de
entre los muertos
duermen en Cristo y por
lo tanto se los
considerará dignos, en
él, de participar de la
primera resurrección.
También aclara quiénes
entre los vivientes
están morando en Cristo,
guardando los
mandamientos de Dios y
la fe de Jesús, y en éI,
por lo tanto estarán
listos para ser
trasladados a su reino
eterno. Este juicio
vindica la justicia de
Dios al salvar a los que
creen en Jesús. Declara
que los que
permanecieron leales a
Dios recibirán el reino.
La conclusión de este
ministerio de Cristo
señalará el fin del
tiempo de prueba
otorgado a los seres
humanos antes de su
segunda venida
(Hebreos 8:1-5; 4:1416;
9:11-28; 10:19-22; 1:3;
2:16, 17; Daniel 7:9-27;
8:13-14; 9:24-27;
Números 14:34; Ezequiel
4:6; Levíticos 16;
Apocalipsis 14:6-7;
20:12: 14:12; 22:12).
25. La segunda venida de
Cristo.
La segunda venida de
Cristo es la
bienaventurada esperanza
de la iglesia, la gran
culminación del
evangelio. La venida del
Salvador será literal,
personal, visible y de
alcance mundial. Cuando
regrese, los justos
muertos resucitarán y
junto con los justos
vivos serán glorificados
y llevados al cielo,
pero los impíos morirán.
El hecho de que la mayor
parte de las profecías
esté alcanzando su pleno
cumplimiento, unido a
las actuales condiciones
del mundo, nos indica
que la venida de Cristo
es inminente. El momento
cuando ocurrirá este
acontecimiento no ha
sido revelado, y por lo
tanto se nos exhorta a
estar preparados en todo
tiempo
(Tito 2:13; Hebreos
9:28; Juan 14:1-3;
Hechos 1:9-11; Mateo
24:14; Apocalipsis 1:7;
Mateo 24:43-44; 1
Tesalonicenses 4:13-18;
1 Corintios 15:51-54; 2
Tesalonicenses 1:7-10;
2:8; Apocalipsis
14:14-20; 19:11-21;
Mateo 24; Marcos 13;
Lucas 21; 2 Timoteo
3:1-5; 1 Tesalonicenses
5:1-6).
26. La muerte y la
resurrección.
La paga del pecado es
muerte. Pero Dios, el
único que es inmortal,
otorgará vida eterna a
sus redimidos. Hasta ese
día, la muerte
constituye un estado de
inconsciencia para todos
los que hayan fallecido.
Cuando Cristo, que es
nuestra vida, aparezca,
los justos resucitados y
los justos vivos serán
glorificados y todos
juntos serán arrebatados
para salir al encuentro
de su Señor. La segunda
resurrección, la
resurrección de los
impíos, ocurrirá mil
años después (Romanos
6:23; 1 Timoteo 6:15-16;
Eclesiastés 9:5-6;
Salmos 146:3-4; Juan
11:11-14; Colosenses
3:4; 1 Corintios
15:51-54; 1
Tesalonicenses 4:13-17;
Juan 5:28-29;
Apocalipsis 20:1-10).
27. El milenio y el fin
del pecado.
El milenio es el reino
de mil años de Cristo
con sus santos en el
cielo que se extiende
entre la primera y la
segunda resurrección.
Durante ese tiempo serán
juzgados los impíos; la
tierra estará
completamente desolada,
sin habitantes humanos,
pero sí ocupada por
Satanás y sus ángeles.
Al terminar ese período
Cristo y sus santos,
junto con la Santa
Ciudad, descenderán del
cielo a la tierra. Los
impíos muertos
resucitarán entonces, y
junto con Satanás y sus
ángeles rodearán la
ciudad; pero el fuego de
Dios los consumirá y
purificará la tierra. De
ese modo el universo
será librado del pecado
y de los pecadores para
siempre (Apocalipsis 20;
1 Corintios 6:2-3;
Jeremías 4:23-26;
Apocalipsis 21:1-5;
Malaquías 4:1; Ezequiel
28:18-19).
28. La tierra nueva.
En la tierra nueva,
donde morarán los
justos, Dios
proporcionará un hogar
eterno para los
redimidos y un ambiente
perfecto para la vida,
el amor y el gozo sin
fin, y para aprender
junto a su presencia.
Porque allí Dios mismo
morará con su pueblo, y
el sufrimiento y la
muerte terminarán para
siempre. El gran
conflicto habrá
terminado y el pecado no
existirá más. Todas las
cosas, animadas e
inanimadas, declararán
que Dios es amor, y él
reinará para siempre
jamás. Amén (2 Pedro
3:13; Isaías 35;
65:17-25; Mateo 5:5;
Apocalipsis 21:1-7;
22:1-5; 11:15. |