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¿Cómo pudo Cristo recibir el "bautismo de
arrepentimiento" de parte de Juan, sin haber conocido jamás una
experiencia de arrepentimiento? ¿Podría una Persona impecable
experimentar el arrepentimiento?
Tanto la Biblia como el Espíritu de Profecía dejan claro
que Jesucristo experimentó el arrepentimiento. Pero parece casi
disparatado considerar el cómo o el porqué puede una persona sin pecado
experimentar el arrepentimiento.
Desde luego, no significa que Él experimentase el pecado,
ya que no cedió jamás a él en pensamiento, palabra ni acción. Pedro
afirma que "no hizo pecado; ni fue hallado engaño en su boca" (1 Ped. 2:22).
Ahora bien, "Juan [el Bautista] bautizó con bautismo de
arrepentimiento" (Hech. 19:4), ese era el único bautismo que él conocía,
y el único que pudo administrar a Jesús. Tal bautismo implicaba, de la
parte del impecable Candidato, una experiencia de arrepentimiento. De
otra forma, tal bautismo habría constituido una farsa, y tanto Juan como
Jesús habrían podido ser acusados de hipocresía. Nada más lejos de la
realidad.
¿Pero cómo pudo Cristo experimentar arrepentimiento sin
haber pecado nunca? Asumimos de forma natural que solamente los malos
necesitan –o pueden– arrepentirse. Al hombre natural le resulta
sorprendente la idea de que alguien bondadoso pueda arrepentirse, e
inconcebible el que lo pueda hacer alguien Perfecto.
Pero si Jesús fue bautizado "con bautismo de
arrepentimiento" es porque experimentó tal cosa. Ahora bien, la única
clase de arrepentimiento que una Persona inmaculada puede experimentar
es el arrepentimiento corporativo. Así, el arrepentimiento de Jesús
constituye un modelo o ejemplo del arrepentimiento que Él espera de
Laodicea. Tiene especial significado para nosotros que vivimos hoy,
porque su ministerio en el Día de la expiación ha de preparar un pueblo
que reciba la semejanza de su carácter.
¿Por qué bautizó Juan al inmaculado Jesús?
Ocasionalmente sucede que personas como el buen ladrón
sobre la cruz no pueden bautizarse por imperativos de tipo físico. ¿Fue
el bautismo de Jesús una provisión legal, un depósito de mérito
dispuesto a ser administrado sustitutoriamente en situaciones de
emergencia como la citada? Así lo hemos creído, en general, en virtud de
la siguiente teoría: (a) Uno debe haber sido bautizado, para poder
entrar en el Paraíso; (b) el pobre ladrón clavado en la cruz no podía
recibir el bautismo; (c) el bautismo de Jesús le fue entonces
acreditado, como el beneficio de un crédito en una operación bancaria;
(d) fue colocado el "depósito" apropiado en la cuenta del ladrón no
bautizado; (e) pudo así ser salvo. ¿Es tal el propósito del bautismo de
Cristo? Muchos lo han creído así, pero tales subterfugios legales son
ajenos al plan de la salvación.
Si es que hay algún elemento válido en esa treta legal,
la idea nos deja fríos, ya que la mayor parte de la gente ha tenido
oportunidad de bautizarse, y los que han creído así lo han hecho. Podría
ser motivo de ánimo para los pocos que no pueden bautizarse, pero ¿qué
significaría entonces el bautismo de Jesús para todos los demás?
Otra teoría pretende que Juan bautizó a Jesús para
demostrar el método físico apropiado de administrar la ordenanza, un
ejemplo físico aplicado por el Maestro. Tampoco eso es motivo de
especial entusiasmo, no más del que producen las formas.
Jesús fue sincero al pedir a Juan ser bautizado de él.
Juan fue igualmente sincero al resistirse a hacerlo. Pero Jesús le
explicó por qué quería ser bautizado de él. Ante la objeción del
profeta, Jesús respondió, "porque así nos conviene cumplir toda
justicia" (Mat. 3:15).
Jesús no estaba sugiriendo a Juan la conveniencia de
llevar a cabo una representación. La esencia de la "justicia" es
sinceridad y honestidad. Nuestro Ejemplo divino jamás podría haber
consentido en la práctica de una ceremonia hueca sin la apropiada
experiencia del corazón. Una representación teatral no puede jamás
"cumplir toda justicia". Si Cristo se hubiese sometido al bautismo sin
la correspondiente experiencia, habría sido de hecho como dar un ejemplo
de hipocresía, ¡lo último que Jesús quiere de nosotros! Él jamás espera
de nadie que experimente el acto del bautismo sin verdadero
arrepentimiento.
Evidentemente, Juan el Bautista no había comprendido el
principio de la culpabilidad y arrepentimiento corporativos. Al
comprender esa verdad, el bautismo de Jesús cobra significado.
¿Cuán cerca de nosotros vino Jesús?
Jesús pidió el bautismo porque se identificó genuinamente
a sí mismo con los pecadores. Si Adán representa a la totalidad de la
raza humana, Jesús se constituyó en el "postrer Adán", tomando sobre sí
la culpabilidad del pecado de la humanidad (ver 1 Cor. 15:45). No que Él
hubiese pecado, sino que sintió como siente el pecador culpable. Se puso
a sí mismo enteramente en nuestro lugar. Nos rodeó con sus brazos al
arrodillarse junto a nosotros con sus ropas aún empapadas, en la ribera
del Jordán, rogando a su Padre que pudiese ser el Cordero de Dios. Su
sumisión al bautismo da fe de que "Jehová cargó en él el pecado de todos
nosotros". Su bautismo significa así una inyección de arrepentimiento
salvífico, en beneficio del cuerpo de la humanidad. Pedro afirma que su
identidad con nuestros pecados fue profunda, no superficial, ya que
"llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero"
(Isa. 53:6; 1 Ped. 2:24).
Cristo no llevó nuestros pecados de la manera en la que
un hombre carga con una mochila en su espalda. Los llevó "en su cuerpo",
en su alma, en su sistema nervioso, en su conciencia. Sintió el peso
aplastante de nuestra culpa. Vino tan cerca de nosotros que sintió como
si nuestros pecados fueran los suyos. Su agonía en Getsemaní y en
Calvario fue auténtica.
E. White describe el profundo arrepentimiento de Cristo
en estas iluminadoras declaraciones:
"Después que Cristo hubo dado los pasos necesarios de
arrepentimiento, conversión y fe en beneficio de la raza humana, fue a
Juan para ser bautizado por él en el Jordán" (General Conference
Bulletin, 1901, p. 36).
"Juan había oído acerca del carácter impecable y la
pureza inmaculada de Cristo… [Juan] no podía entender por qué el único
ser sin pecado en la tierra querría solicitar una ordenanza que
implicaba culpabilidad, confesando virtualmente, mediante el símbolo del
bautismo, polución de la que ser lavado…
Cristo vino, no confesando sus propios pecados; sino que
la culpabilidad le fue imputada como sustituto del pecador. Vino, no a
arrepentirse por sí mismo, sino en favor del pecador. …Como su
sustituto, toma sobre sí sus pecados, contándose con los transgresores,
dando los pasos que le son requeridos al pecador; y haciendo la obra que
el pecador debe hacer" (Review and Herald, 21 enero 1873).
Hay aquí profunda verdad:
(a) Aunque sin pecado, Cristo experimentó el
arrepentimiento en su propia alma. Existe apoyo bíblico para esas
repetidas declaraciones.
(b) Su bautismo demuestra que Él conoce la forma en la
que se siente todo pecador arrepentido. En nuestra justicia propia,
nosotros somos incapaces de sentir tal simpatía por "todo pecador
arrepentido". ¡Esa es una de las principales razones por las que ganamos
tan pocas almas! Solo Uno perfecto puede experimentar un arrepentimiento
perfecto y completo como ese. Pero nos es dado ser participantes de la
naturaleza divina.
(c) Su dar "los pasos que le son requeridos al pecador"
subraya su identidad con nosotros. Verdaderamente, no podemos contemplar
"el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" sin experimentar
unión con Él. Por eso es vital contemplar a Jesús. La tibieza inveterada
se origina, o bien por no verlo claramente, o por rechazarlo. Una visión
más de cerca del "Cordero de Dios" nos capacita para identificar nuestro
pecado profundo, en necesidad de ser quitado por el Cordero de Dios.
Jesús poseía en su ministerio un extraordinario poder
para ganar los corazones humanos. ¿Por qué? En el "arrepentimiento,
conversión y fe" que precedieron a su bautismo, conoció "lo que había en
el hombre", de forma que "no tenía necesidad que alguien le diese
testimonio del hombre" (Juan 2:25). Eso le permitió hablar como "jamás
hombre alguno habló" (Juan 7:46). Sólo mediante esas experiencias pudo
romper el hechizo del encantamiento mundanal, y decir a los que Él
quería, "Sígueme", no despreciando a ningún hombre como desprovisto de
valor, infundiendo "esperanza en los más rudos y en los que menos
prometían". "A cualquiera de ellos, desanimado, enfermo, tentado, caído,
Jesús le dirigía las palabras de la más tierna compasión, las palabras
que necesitaba y que podía entender" (El Ministerio de Curación, p. 16).
Podemos comenzar a comprender que no podremos manifestar ese poder de
atracción hacia los demás hasta que participemos de ese tipo de
arrepentimiento que Cristo experimentó en nuestro beneficio.
La perfecta compasión de Jesús hacia toda alma humana
tenía origen en su perfecto arrepentimiento en favor de él, o de ella.
Vino como segundo Adán, participando del cuerpo, haciéndose uno con
nosotros, aceptándonos sin avergonzarse de nosotros, "en todo semejante
a los hermanos" (Heb. 2:17).
Una iglesia eficaz
En nuestro papel de iglesia comprometida, reconocemos
nuestra necesidad de ese amor semejante al de Cristo, genuino, sin
sombra de variación. Pero podemos estar mil años predicando sobre él, y
no ir nunca más allá de lo que las técnicas psicológicas pueden ofrecer,
a menos que desarrollemos la fe madura que caracterizará el
arrepentimiento final de Laodicea. Una fe tal, valora positivamente el
carácter de Cristo, contemplándolo con más nitidez a través de ojos
arrepentidos. El arrepentimiento de Cristo representa un aspecto vital
del carácter inmaculado de Emmanuel.
Uniéndonos con Él por la fe, venimos a formar parte
corporativa de la humanidad en Él. ¿No sería egoísmo descarado el querer
apropiarnos de Cristo, sin apropiarnos de su amor por los pecadores?
¿Cómo podemos recibirle, sin recibir ese amor que está "en Él"?
En verdad, tenemos mucha más razón para sentirnos
identificados con los pecadores de la que tenía nuestro inmaculado
Señor, ya que nosotros mismos somos pecadores; pero nuestro orgullo
humano nos mantiene alejados de la cálida empatía de la que Cristo
estaba lleno. ¿Cómo experimentar esa proximidad? Tal es el propósito del
verdadero arrepentimiento.
El primer paso debe ser reconocer nuestra implicación
corporativa en el pecado de todo el mundo. Aunque no estuvimos
físicamente presentes en los eventos del Calvario, hace dos mil años, la
totalidad de la raza humana estaba allí "en Adán". Todos estamos en el
pecado de Adán.
Supongamos que no hubiésemos tenido un Salvador. Si a
cualquiera de nosotros se nos permitiera desarrollar hasta su clímax la
plenitud de la maldad latente en nuestra alma, si fuésemos tentados
hasta el máximo, como otros lo han sido, acabaríamos cometiendo con toda
seguridad el mismo pecado que ellos, con sólo disponer del tiempo y las
circunstancias adecuadas. Eso suponiendo que no hubiese Salvador para
salvarnos de nosotros mismos.
Supongamos que Hitler hubiese vivido tantos años como
Matusalem. Nadie se atreverá a decir que ‘yo nunca hubiese podido hacer
lo que otros han hecho’.
El apóstol Juan dice que es solamente confesando nuestro
pecado como podemos experimentar el "fiel" perdón de Cristo, y ser
limpios "de toda maldad" (1 Juan 1:9). Pero confesar un pecado sin
sentir su realidad es un acto formalista, peligrosamente próximo a la
hipocresía. La confesión y arrepentimiento profundos y sinceros traen el
amor y la devoción profundos y sinceros. Jesús enseña el principio de
que debemos comprender que se nos ha perdonado mucho, antes de poder
aprender a ‘amar mucho’. A María Magdalena le fue perdonado mucho, ya
que había sido poseída por siete demonios (ver Luc. 7:47; 8:2). ¿Debemos
llegar también nosotros a la posesión diabólica, para ‘amar mucho’, tras
haber sido perdonados? No, hay otra forma mejor: ¡reconocer que
estaríamos poseídos por siete demonios, de no ser por la gracia del
Salvador!
Cuando Pablo dijo "con Cristo estoy juntamente
crucificado" (Gál. 2:20), significaba que él se identificaba a sí mismo
con Cristo. De la misma manera, nos identificamos con el arrepentimiento
de Cristo en favor de la raza humana. Las huellas de Cristo son el
camino al arrepentimiento corporativo.
A la luz de la cruz de Cristo, las verdaderas dimensiones
de nuestro pecado comienzan a tomar contornos definidos. Obsérvese la
forma en la que un comentario inspirado revela la realidad de nuestro
pecado último, del que debemos arrepentirnos individualmente:
"En el día del juicio final, cada alma perdida
comprenderá la naturaleza de su propio rechazamiento de la verdad. Se
presentará la cruz y toda mente que fue cegada por la transgresión verá
su verdadero significado. Ante la visión del Calvario con su Víctima
misteriosa, los pecadores quedarán condenados. Toda excusa mentirosa
quedará anulada. La apostasía humana aparecerá en su odioso carácter"
(El Deseado de todas las gentes, p. 40).
"Recordemos todos que todavía estamos en un mundo donde
Jesús, el Hijo de Dios, fue rechazado y crucificado… A menos que
individualmente nos arrepintamos ante Dios de la transgresión de su ley,
y ejerzamos fe en nuestro Señor Jesucristo, a quien el mundo ha
rechazado, estaremos bajo la plena condenación merecida por aquellos que
eligieron a Barrabás en lugar de Jesús. El mundo entero está acusado hoy
de rechazo y asesinato deliberados del Hijo de Dios. La Palabra guarda
registro de que judíos y gentiles, reyes, gobernadores, ministros,
sacerdotes y pueblo –todas las clases y sectas que revelan el mismo
espíritu de envidia, odio, prejuicio, odio e incredulidad manifestados
por aquellos que entregaron a la muerte al Hijo de Dios– reeditarían la
misma actuación si se les presentara la oportunidad que tuvieron los
judíos y el pueblo del tiempo de Cristo. Serían participantes del mismo
espíritu que exigió la muerte del Hijo de Dios" (Testimonios para los
ministros, p. 38,39).
Observemos:
(a) Hasta los "ministros" y miembros de iglesia comparten
la culpabilidad por crucificar a Cristo. De no ser por la gracia de
Dios, manifestada en el arrepentimiento personal, todo pecador la
comparte.
(b) Sin esa gracia, todo pecador repetiría el pecado de
los asesinos de Cristo, si dispusiese del tiempo y oportunidad
propicios.
(c) El pecado del Calvario es la manifestación de la
enemistad del hombre hacia Dios, de la que no somos conscientes excepto
por la iluminación del Espíritu Santo. En el Calvario desaparecen todas
las máscaras.
(d) En un sentido real, todos estuvimos en el Calvario,
no mediante pre-existencia o pre-encarnación, sino por identidad
corporativa "en Adán". Adán comparte hoy esa culpabilidad con nosotros.
(e) Los que son justos en sus propios ojos, incluyendo a
los "ministros" y "sacerdotes" de "todas las clases y sectas", debe
incluir por supuesto a los de nuestra denominación, excepto por la
gracia del arrepentimiento.
La lección de la historia es que la diminuta bellota de
nuestra "mente carnal" necesita sólo tiempo suficiente y adecuada
oportunidad para convertirse en el inmenso roble del pecado del
Calvario. Pero aquel que recibe "la mente de Cristo" debe necesariamente
recibir también el arrepentimiento de Cristo, el amor de Cristo. Por lo
tanto, cuanto más se acerque a Él, más se identificará con cada pecador
que pueble la tierra, mediante el arrepentimiento corporativo.
El apóstol Pablo articuló esa brillante idea por primera
vez. Cuando la reconocemos, comenzamos a comprender que nosotros también
somos deudores "a griegos y a bárbaros, a sabios y a no sabios" (Rom. 1:14).
Puesto que venimos a unirnos orgánicamente con Cristo por la fe, sus
preocupaciones vienen a ser las nuestras, lo mismo que los problemas de
un órgano del cuerpo vienen a ser preocupación común de todo el resto de
los miembros. Cada miembro creyente del cuerpo anhela cumplir el
designio de la Cabeza, del mismo modo que los dedos del violinista
"desean" ejecutar con maestría la melodía de la mente que los dirige. En
el corazón y en la vida de aquel que cree el evangelio tiene lugar el
milagro de los milagros: ¡comienza a amar como Cristo ama!
¿Por qué es "fácil" el yugo de Cristo, y "ligera" su
carga?
Esa experiencia resuelve mil penosas batallas con la
tentación. Mediante la unión corporativa con Cristo, sentimos
sinceramente que no poseemos nada por derecho propio. Todas nuestras
luchas con el materialismo, amor al mundo, obsesión por el dinero y
demás objetos mundanos, sensualidad e indulgencia propia, son superadas
finalmente por la nueva compulsión de esa liberadora unión de mente con
Cristo. La idea paulina de "ser deudor", abre el camino a ese nuevo amor
por los demás.
En el terreno de lo práctico, podemos preguntarnos: ¿Cómo
amó Cristo a los pecadores? Si Él viniese personalmente hoy a nuestras
iglesias, fácilmente nos escandalizaríamos: "No admitía distinción
alguna de nacionalidad, jerarquía social, ni credo". "Vino para derribar
toda valla divisoria".
"La vida de Cristo fundó una religión sin castas; en la
que judíos y gentiles, libres y esclavos, unidos por los lazos de
fraternidad, son iguales ante Dios. Nada hubo de artificioso en sus
movimientos. Ninguna diferencia hacía entre vecinos y extraños, amigos y
enemigos… Nunca despreció a nadie por inútil, sino que procuraba aplicar
a toda alma su remedio curativo… Cada descuido o insulto del hombre para
con el hombre le hacía sentir tanto más la necesidad que la humanidad
tenía de su simpatía divina y humana. Procuraba infundir esperanza en
los más rudos y en los que menos prometían" (El Ministerio de Curación,
pp. 15,16).
El arrepentimiento produce ese amor práctico en los
corazones humanos. No tiene por qué continuar nuestra ineficacia en
ganar a otros cuyas malas acciones no comprendemos, ni enorgullecernos
por no haberlas cometido nosotros. Queda establecido el puente que
elimina esa brecha que nos aislaba de ellos.
Cristo no puede ejercer su ministerio sanador entre
aquellos cuyo corazón está congelado en la insensibilidad impenitente.
Aunque jamás pecó, sin embargo conoció el arrepentimiento, por lo tanto,
nosotros podemos también sentir una genuina compasión en favor de otros
cuyos pecados podemos no haber cometido personalmente, porque ahora
comprendemos que nuestra pretendida bondad no era en realidad más que
una falta de "oportunidad", o una falta de tentación de la misma
intensidad. Nuestra obra por ellos resulta ahora algo sincero y vívido;
nuestros esfuerzos se vuelven efectivos.
Al ver la desgracia ajena, sentimos sinceramente que tal
sería nuestro caso, de no ser por la gracia de Dios. Nuestro prójimo no
tardará en percibir la realidad de nuestra identidad con él, de la misma
forma en que los pecadores sentían la identidad de Cristo con ellos.
Comenzarán a oír en nuestra voz los ecos de la voz de Jesús.
Solamente alguien perfecto puede experimentar el perfecto
arrepentimiento
Cuanto más cristiana es una persona, más fuertes son sus
tentaciones, y más profundo su arrepentimiento. Así, Cristo es el
perfecto Ejemplo de arrepentimiento corporativo. Nunca antes en la
historia humana, y nunca después de entonces, ha ofrecido nadie a Dios
una ofrenda tal de contrición por el pecado humano. Merced a su perfecta
inocencia e impecabilidad, sólo Cristo puede sentir perfectamente el
peso de toda la culpabilidad humana.
He aquí una bella expresión de esa verdad:
"El hombre se había distanciado tanto de Dios al
transgredir su ley, que no podía humillarse a sí mismo ante Dios de una
manera proporcional a la gravedad de su pecado. El Hijo de Dios podía
entender plenamente los provocativos pecados del transgresor, y sólo Él,
en su carácter impecable, podía efectuar una expiación aceptable para el
hombre al sentir la sensación angustiosa del desagrado de su Padre. El
dolor y la angustia del Hijo de Dios por los pecados del mundo
estuvieron en proporción con su excelsitud y pureza divinas, tanto como
con la magnitud de la falta" (Mensajes Selectos, vol. I, p. 333).
Dios se goza sabiendo que tendrá un pueblo del que se
podrá decir que es "sin mácula delante del trono de Dios" (Apoc. 14:5).
Aunque pecadores por naturaleza, se aferrarán por fin al perfecto
ejemplo de arrepentimiento de Cristo.
"En cada paso que demos en la vida cristiana, se ahondará
nuestro arrepentimiento. A aquellos a quienes el Señor ha perdonado y a
quienes reconoce como su pueblo, Él les dice: ‘Os acordaréis de vuestros
malos caminos, y de vuestras obras que no fueron buenas; y os
avergonzaréis de vosotros mismos por vuestras iniquidades’" [Eze. 36:31]
(Palabras de vida del gran Maestro, p. 125).
E. White reconoció las profundas implicaciones de una
experiencia tal:
"Cuando vemos almas alejadas de Cristo debemos ponernos
en su lugar y sentir arrepentimiento en su favor delante de Dios, y no
descansar hasta que las llevemos al arrepentimiento. Si hacemos todo lo
que podamos y sin embargo no se arrepienten, el pecado está a la puerta
de ellas; pero todavía debemos sentir dolor de corazón debido a su
condición, mostrándoles cómo arrepentirse y tratando de guiarlas paso a
paso a Jesucristo" (E.G.W. Comentario Bíblico Adventista, vol. VII,
p. 971).
Aunque sea solamente un débil reflejo, nuestro
arrepentimiento en favor de los demás debe estar basado en el
arrepentimiento de Cristo "en beneficio de la raza humana". Sería
imposible para cualquiera de nosotros sentir tal preocupación y pesar en
favor de otros, si Él no las hubiese sentido primero en favor nuestro.
Si "nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero",
podemos arrepentirnos, solamente porque Él se arrepintió primero en
favor nuestro. Porque uno es nuestro Maestro, el Cristo.
Nota:
(N. del
T.):
Material
complementario sobre el particular en: La Maravillosa Gracia, p. 164; A
fin de Conocerle, p. 33; Exaltad a Jesús, p. 73; El Deseado de Todas las
Gentes, p. 85-87,91; Mensajes Selectos, vol. I, pp. 314,318,320; Youth
Instructor, febrero 1874; marzo 1874, pp. 54; 55'.
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