| |
Si queremos estudiar un problema profundo, fijemos nuestra mente en la
cosa más maravillosa que jamás sucedió en la tierra o en el cielo: la
encarnación del Hijo de Dios” (Manuscrito 76, 1903). Este artículo lo
constituyen simplísimas reflexiones sobre el tema más profundo jamás
tratado. Centraremos nuestro estudio en la interesante afirmación que
aparece en el Evangelio de Juan: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y
habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del
Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan. 1:14).
El Verbo es Dios:
El elemento principal de todo el texto
es el Verbo (gr. logos).
Todo cuanto se afirma allí se refiere a él. En realidad casi todo el
primer capítulo de Juan habla del Verbo. Al inicio del Evangelio se nos
dice que “en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el
Verbo era Dios” (Juan. 1:1). Cualquier hecho que atribuyamos al
Verbo debe de partir de la gran verdad de que el Verbo es Dios y siempre
ha sido Dios. “Cristo era esencialmente Dios y en el sentido más
elevado. Era uno con Dios desde toda la eternidad, Dios sobre todo,
bendito para siempre...existió desde la eternidad como una persona
distinta, y sin embargo era uno con el Padre” (Mensajes Selectos,
Tomo 1, pp. 290, 291).
El Verbo y la Carne
El texto nos dice que “el verbo (logos)
fue hecho carne (sarx)”.
En esta afirmación se unen dos conceptos: el Verbo y la Carne. Tomando
en cuenta que la palabra carne refiere al hombre en tanto que material y
perecedero (Juan 3:6; 6:63; 8:15; Rom. 8:3) el mensaje primario sería
que Dios se hizo hombre en Cristo.
Sin embargo para determinadas
corrientes del pensamiento griego en boga en tiempos del Apóstol estas
eran dos ideas contradictorias. El logos
se identificaba con lo bueno, racional, incorruptible y divino mientras
que la carne (sarx)
representaba lo malo, pecaminoso y corruptible. Era como si se dijera
que “lo absolutamente bueno se hizo susceptible a lo malo”. “Al que no
conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos
hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21)
Para un lector judío la palabra logos
guardaba una significación especial. El Verbo o logos era equivalente a
la Dabar
o Palabra de Dios. Mediante la
Dabar Dios se comunicaba con el
hombre. Esta Palabra “venía” sobre los profetas y los hacía recipientes
del mensaje divino (Isa. 38:4; Jer. 1:11) Así la expresión “el verbo se
hizo carne” significaba que lo que antes constituía el instrumento de
comunicación (la Palabra) sería ahora el objeto de la comunicación (la
carne). Es decir se salvaría la distancia entre Dios y el hombre pues
Dios hablaría con el hombre desde la misma carne, a partir de un hombre,
Cristo Jesús. “El trato entre el cielo y la tierra se había realizado
por medio de Cristo; pero ahora que Jesús había venido 'en semejanza de
carne de pecado,' el Padre mismo habló. Antes se había comunicado con la
humanidad por medio de Cristo; ahora se comunicaba con la humanidad en
Cristo” (El Deseado de Todas las Gentes, p. 91).
Algunos han asociado el concepto de
logos
no solo con la palabra Dabar
sino también con Debir
otra palabra derivada de la raíz común dbr.
La palabra Debir
puede ser traducida como “sala interior” y es traducida oscuramente en
la versión Reina Valera en relación con el lugar santísimo (2 Sam 16:23;
1 Rey. 6:5,16,19; 8:6; Sal. 28:2). Debir
se refiere a la palabra o veredicto divino revelado en la sala interior
o lugar santísimo donde se manifestaba la gloria divina o santa Shekinah.
Si esto es así, entonces la afirmación de que “el verbo se hizo carne”
significa que el mensaje oculto, la gloria velada para los ojos comunes,
se hizo visible en Cristo. “Él era la palabra de Dios: el pensamiento de
Dios hecho audible” (Ibíd., p. 11). “Su divinidad fue cubierta de
humanidad, la gloria invisible tomó forma humana visible” (Ibíd., p. 14).
El Verbo fue Hecho Carne
Debe notarse que el evangelista no dice que el Verbo se transformó en
carne ni que la sustancia del Verbo se transmutó en la carne como
podrían haber pensado los griegos. Dice simplemente que el Verbo “fue
hecho” carne. El era realmente “carne” aunque sin dejar de ser “el
Verbo”. La humanidad de Cristo era real. “Nuestro Salvador tomó la
humanidad con todo su pasivo” (Ibíd., p. 92) “Cristo no tomó la
naturaleza humana en forma aparente. La tomó de verdad.” (Mensajes
Selectos,
tomo 1, p. 290).
Es interesante observar que la frase
“fue hecho” (gr. Egueneto)
es utilizada con otros objetos en el mismo capítulo 1 de Juan. En el
versículo 3 se nos dice que “todas las cosas” fueron hechas (egueneto)
por el Verbo. Y el versículo 6 dice enfáticamente que “el mundo por él
fue hecho” (egueneto).
El Verbo es el Creador, lo demás es hecho (egueneto)
por él.
Sin embargo el texto dice que el “Verbo
fue hecho (egueneto)
carne”. El Hacedor “fue hecho” no en tanto que Verbo sino en tanto que
carne. El sujeto se convirtió en objeto. El Creador se convirtió en
criatura. “Aunque no podamos entenderlo, podemos creer que Aquel que
hizo los mundos, por causa de nosotros se convirtió en un niño
indefenso. (Mensajes Selectos, tomo 3, pp. 143-144).
Habitó Entre Nosotros
Al principio del capítulo se nos había dicho que el Verbo “estaba con
Dios” (Juan 1:1). Ahora nos dice que este Verbo que “era en el principio
con Dios” (Juan 1:2) dejó su lugar privilegiado al lado del Padre y
quiso humillarse a vivir “entre nosotros”. Como un autentico Hijo
prodigo dejó a su Padre y se fue a vivir entre los cerdos. Pero a
diferencia del otro hijo prodigo no tenía de qué arrepentirse, por eso
fijó su destino eterno con nosotros. Al final de los tiempos también el
Padre vendrá a vivir “entre nosotros” (Apoc. 21:2).
La palabra traducida como “habitó” (gr.
Eskenosen)
deriva del sustantivo Skene
que se refiere al tabernáculo o lugar de encuentro de Dios con el hombre
(Heb. 8:2; Apoc. 15:5). La idea recuerda el mandato de Dios a Moisés en
relación con la construcción del tabernáculo israelita. “Me harán un
santuario y yo habitaré en medio de ellos” (Exo.
25:8). Los nómadas del desierto andaban con sus tiendas o carpas a las
espaldas y las desmontaban en el lugar que encontraban propicio para
descansar. Al expresar su deseo de que se le construyera un tabernáculo
Dios se presenta como alguien quien realmente desea tomarse un descanso
a nuestro lado. Dios le llama al tabernáculo el lugar de su “reposo” (2
Cron. 6:41; Sal. 132:8,14; Isa. 66:1) Cuando el Evangelista nos dice que
Cristo “habitó entre nosotros” lo está presentando como un forastero
errante que ha decidido descansar y colocar su carpa junto a la nuestra.
“Así Cristo levantó su tabernáculo en medio de nuestro campamento
humano. Hincó su tienda al lado de la tienda de los hombres, a fin de
morar entre nosotros y familiarizarnos con su vida y carácter divinos.”
(El Deseado de Todas las Gentes, p.14) Pero a diferencia del nómada del
desierto, Jesús no habita con nosotros de manera temporal. El vino a
quedarse con nosotros para siempre. “Al tomar nuestra naturaleza, el
Salvador se vinculó con la humanidad por un vínculo que nunca se ha de
romper. A través de las edades eternas, queda ligado con nosotros” (Ibíd.,,
p. 17).
Jesús es el verdadero “tabernáculo” de Dios. Él es el punto de encuentro
entre el hombre y Dios. “En Cristo, la familia de la tierra y la familia
del cielo están ligadas” (Ibíd.,
p. 17).
¡Qué maravilla! Dios está a nuestro lado. “Desde que Jesús vino a morar
con nosotros, sabemos que Dios conoce nuestras pruebas y simpatiza con
nuestros pesares” (Ibíd.,
p. 15).
Y Vimos su Gloria
De nada valía que los israelitas construyeran un santuario. Lo
importante era que Dios aceptara colocar su gloria sobre este. “Allí me
reuniré con los hijos de Israel; y el lugar será santificado con mi
gloria.” (Exo. 29:43) Había una serie de requisitos para asegurar que la
gloria de Dios se manifestara en el tabernáculo. “Entonces Moisés dijo:
Esto es lo que mandó Jehová; hacedlo, y la gloria de Jehová se os
aparecerá” (Lev. 9:6). Los sacrificios que aseguraban el perdón y la
aceptación eran ofrecidos sobre el tabernáculo en el cual reposaba la
gloria de Dios. Un tabernáculo “lleno de gracia”. Un tabernáculo donde
los hombres pueden encontrar el perdón. Como el israelita que corría al
tabernáculo con su sacrificio antes que la gloria de Dios se retirara
del mismo, así nosotros “al ver su gloria”, la gloria que reposa sobre
Cristo, corremos al trono de la gracia “para alcanzar misericordia y...
gracia en el oportuno socorro” (Heb. 4:16).
Lleno de Gracia y de Verdad
Se nos dice que el Verbo que habitó entre nosotros estaba “lleno de
gracia y de verdad” (Juan. 1:14). Ya hemos visto cómo la gracia provista
en el santuario dependía de la permanencia de la gloria divina en él.
Aquí se nos habla de un tabernáculo lleno de gracia, es decir de la
gloria divina. Esto recuerda algunos episodios ocurridos en el santuario
israelita. Cuando Moisés terminó de construir el santuario (Exo.
40:33) “una nube cubrió el tabernáculo de reunión, y la gloria de Jehová
llenó el tabernáculo” (Exo.
40:34). Lo mismo ocurrió en el momento en que Salomón terminó las
palabras de dedicación del templo. “Cuando Salomón acabó de orar,
descendió fuego de los cielos, y consumió el holocausto y las víctimas;
y la gloria de Jehová llenó la casa” (2 Cron. 7:1).
A diferencia de los demás pueblos, los israelitas no limitaban a Dios
exclusivamente a sus lugares de culto. Cuando Salomón construyó el
templo, preguntó: “Pero ¿es verdad que Dios morará sobre la tierra? He
aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener;
¿cuánto menos esta casa que yo he edificado?”
(1 Rey. 8:27. cf. 2 Cron. 2:6; Isa. 66:1).
Sin embargo, los israelitas eran conscientes de la promesa “me harán un
santuario y yo habitaré en medio de ellos” (Éxo. 25:8). Esta presencia
divina no era limitada. No era una parte de Dios la que llenaba el
santuario, era la plenitud de Dios. No obstante eso, misteriosamente
Dios podía simultáneamente llenar con su gloria al Universo (Isa. 6:3).
Esta paradoja la presenta el profeta Isaías. “Porque así dijo el Alto y
Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo
habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de
espíritu” (Isa. 57:15). Con seguridad los israelitas podían mirar su
humilde tabernáculo y decir que la majestad del cielo, se había
humillado, había condescendido a morar en ese santuario. Lo que no cabe
en el Universo puso su plenitud en esa humilde tienda.
Aquí está preanunciado el misterio de la encarnación. La majestad del
cielo, “se humilló a sí mismo” y se autolimitó a un humilde cuerpo
humano (Fil. 2:5-8). Cristo Jesús es un tabernáculo lleno de la gloria
de Dios, “lleno de gracia y de verdad”.
La Plenitud de Dios
La palabra “lleno” (gr. pleres)
de Juan 1:14 guarda estrecha relación con la palabra “plenitud” (gr.
pleromatos)
que aparece dos versículos más adelante (Juan 1:16). Cristo está lleno
de Dios, por lo tanto todo lo que necesitamos de Dios lo encontramos en
Cristo. “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia”
(Juan 1:16).
Esta idea de la plenitud de Dios en Cristo es ampliada por el Apóstol
Pablo. “Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud”
(Col. 1:19). En la misma carta se aclara que se está refiriendo a la
“plenitud de la Deidad” (Col. 2:9). Todo lo que es Dios está en Cristo.
Pero la idea de Pablo es más asombrosa “En él habita toda la plenitud de
la Deidad corporalmente” (Col. 2:9) Toda la divinidad reside, en su
plenitud, completamente, en un cuerpo humano, el de Cristo Jesús. “El
cielo está incorporado en la humanidad” (DTG:17). “Indiscutiblemente,
grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne” (1
Tim. 3:16).
Ya vimos que el Verbo Creador se convirtió en criatura al hacerse
“carne”. La Divinidad, de la que el mismo Verbo, Cristo Jesús,
participa, formó un cuerpo humano para Cristo. “Por lo cual, entrando en
el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; más me preparaste
cuerpo” (Heb. 10:5). La divinidad preparó un cuerpo para Jesús. Fue así
como el Verbo fue hecho carne. Entonces “agradó al Padre que en él (en
Cristo) habitase toda plenitud” (Col. 1:19). Así la “plenitud de la
Deidad” habitó en Cristo “corporalmente” (Col. 2:9).
Mientras que el israelita asegura que “la plenitud de Dios cabe en el
tabernáculo” el cristiano puede decir que “la plenitud de Dios está en
Cristo”. ¡Misterio de los misterios! La plenitud de la Divinidad, toda
la divinidad reside en el cuerpo de Cristo.
Pero el razonamiento de Pablo va más lejos. Nos asegura que Cristo puede
“habitar por la fe en nuestros corazones” (Efe. 3:17) y que nosotros
también podemos ser “llenos de toda la plenitud de Dios” (Efe. 3:19). Si
esto ocurre seremos “capaces de comprender con todos los santos cuál sea
la anchura, la longitud, la profundidad y la altura” (Efe. 3:18). Aquí
el Apóstol nos da una serie de dimensiones: anchura, altura, longitud y
profundidad. ¿A qué se refieren esas dimensiones? Tanto en el Antiguo
como en el Nuevo Testamento lo que es estrictamente medido es el
tabernáculo (Ex. 27:9-19; 30:2; Eze. 40; Apoc. 11:1) De modo que es
posible que en este texto estemos tratando igualmente la idea del
tabernáculo.
Un israelita podía mirar el tabernáculo, tomar todas sus medidas y luego
decir: “mi Dios cabe aquí”. Los discípulos de Cristo al mirar a Jesús de
Nazaret podían decir: “la plenitud de la Deidad cabe en el cuerpo de ese
hombre”. Pero el cristiano puede decir todavía algo más: “la plenitud de
Dios está en Cristo y Cristo habita por la fe en mi corazón, por lo
tanto, la plenitud de la Deidad, todo Dios, cabe en mi”. Yo no conozco
las dimensiones del Universo. Me es imposible medir a Dios. Sin embargo
cuando Dios condesciende morar en mi vida, cuando su plenitud habita en
mi, puedo “comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la
longitud, la profundidad y la altura” (Efe. 3:18) de Dios, pues el cabe,
entero, en mi corazón.
Este es el verdadero misterio “Cristo en
vosotros, la esperanza de gloria” (Col. 1:27). Que el Verbo encarnado
pueda hacer su morada en nuestras vidas.
|