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¿De qué forma fue Cristo hecho carne? ¿Cómo vino a participar de la
naturaleza humana? Exactamente de la misma manera en que venimos a serlo
cada uno de nosotros, los hijos de los hombres. Ya que está escrito:
"Por cuanto los hijos [del hombre] participaron de carne y sangre, él
también participó de lo mismo".
"También... de lo mismo" significa "de la misma manera", "del mismo
modo", "igualmente". Así, participó de la "misma" carne y sangre que
tienen los hombres, de la misma manera en que los hombres participan
de ellas. Y esa manera es mediante el nacimiento: así es como él
participó de lo mismo. Dice pues la Escritura, con toda propiedad,
que "un niño nos es nacido".
En armonía con lo anterior, leemos que "Dios envió su Hijo, hecho de
mujer" (Gál. 4:4). Habiendo sido hecho de mujer en este mundo, fue
hecho de la única clase de mujer que este mundo conoce.
Pero, ¿por qué debía ser hecho de mujer?, ¿por qué no de hombre
(varón)? Por la sencilla razón de que ser hecho de hombre no le
habría aproximado suficientemente al género humano, tal como es el
género humano bajo el pecado. Fue hecho de mujer a fin de descender
hasta lo último, hasta el último rincón de la naturaleza humana en
su pecar.
Para conseguir eso debía ser hecho de mujer, dado que fue la mujer
-y no el hombre- quien cayó primero y originalmente en la
transgresión. "Adán no fue engañado, sino la mujer, siendo seducida,
vino a ser envuelta en transgresión" (1 Tim. 2:14).
Si hubiese sido hecho simplemente de la descendencia del hombre, no
habría alcanzado la plena profundidad del terreno del pecado, ya que
la mujer pecó, de forma que el pecado estaba en el mundo, antes de
que el varón pecara.
Cristo fue, pues, hecho de mujer, con el fin de poder enfrentar el
gran mundo de pecado, desde el mismo punto de su entrada en él. Si
hubiese sido hecho de otra cosa que no fuese de mujer, habría
quedado a medio camino, lo que habría significado en realidad la
total imposibilidad de redimir del pecado a los hombres.
Sería la "simiente de la mujer" quien heriría la cabeza de la
serpiente; y es solamente en tanto que "simiente de la mujer", y en
tanto que "hecho de mujer", como podría enfrentar a la serpiente en
su propio terreno, precisamente allí donde entró el pecado en este
mundo.
Fue la mujer -en este mundo- quien se implicó en transgresión
primeramente. Fue a través de ella como entró originalmente el
pecado. Por lo tanto, para redimir del pecado a los hijos de los
hombres, Aquel que sería el Redentor debía ir más allá del hombre, a
encontrar el pecado que estuvo en el mundo antes que el varón
pecara.
Es por eso que Cristo, que vino para redimir, fue "hecho de mujer".
Siendo "hecho de mujer" pudo seguir el rastro al pecado hasta los
orígenes de su mismo punto de entrada en el mundo, a través de la
mujer. Y así, para venir al encuentro del pecado en el mundo y
erradicarlo hasta exterminar el último vestigio de él, es de lógica
que debiese compartir la naturaleza humana, tal como es ésta desde
la entrada del pecado.
De no haber sido así, no habría habido ninguna razón por la que
debiera ser "hecho de mujer". Si no fue para venir en el más
estrecho contacto con el pecado, tal como éste está en el mundo, tal
como está en la naturaleza humana; si hubiese tenido que separarse
en el más mínimo grado de él tal como lo encontramos en la
naturaleza humana, entonces no tenía por qué ser "hecho de mujer".
Pero dado que fue hecho de mujer, no de hombre; dado que fue hecho
de aquella por quien el pecado entró en el mundo en su mismo origen;
y no del hombre, quien entró en el pecado después de que éste
hubiera ya entrado en el mundo, en esto se demuestra más allá de
toda posible duda que entre Cristo y el pecado en este mundo, y
entre Cristo y la naturaleza humana tal como está bajo el pecado en
el mundo, no hay ningún tipo de separación, ni en el más mínimo
grado. Fue hecho carne; fue hecho pecado. Fue hecho carne tal como
es la carne, precisamente tal como es la carne en este mundo, y fue
hecho pecado, precisamente como es el pecado.
Y todo eso fue necesario con el fin de redimir a la humanidad
perdida. El separarse en lo más mínimo, en el sentido que fuese, de
la naturaleza de aquellos a quienes vino a redimir, habría
significado el completo fracaso.
Por lo tanto, en cuanto que fue "hecho bajo la ley", porque bajo la
ley están los que vino a redimir, y en cuanto que fue hecho
maldición, ya que bajo la maldición están quienes vino a redimir, y
que fue hecho pecado, porque los que vino a redimir son pecadores,
"vendidos a sujeción del pecado", precisamente así debía ser hecho
carne, y la "misma" carne y sangre, porque son carne y sangre
aquellos a quienes vino a redimir; y debía ser "hecho de mujer",
porque el pecado estuvo en el mundo al principio, por y en la mujer.
Por consiguiente es cierto, sin ningún tipo de excepción, que "debía
ser en todo semejante a los hermanos" (Heb. 2:17).
Si no hubiese sido hecho de la misma carne que aquellos a quienes
vino a redimir, entonces no sirve absolutamente de nada el que se
hiciese carne. Más aún: Puesto que la única carne que hay en este
vasto mundo que vino a redimir, es esta pobre, pecaminosa y perdida
carne humana que posee todo hombre, si esa no es la carne de la que
él fue hecho, entonces él no vino realmente jamás al mundo que
necesita ser redimido. Si vino en una naturaleza humana diferente a
la que existe realmente en este mundo, entonces, a pesar de haber
venido, para todo fin práctico de alcanzar y auxiliar al hombre,
estuvo tan lejos de él como si nunca hubiera venido. De haber sido
así, hubiera estado tan lejos en su naturaleza humana y habría sido
tan de otro mundo como si nunca hubiera venido al nuestro.
No hay ninguna duda de que Cristo, en su nacimiento, participó de la
naturaleza de María -la "mujer" de la cual fue "hecho"-. Pero la
mente carnal se resiste a admitir que Dios, en la perfección de su
santidad, accediese a venir hasta la humanidad, allí donde ésta está
en su pecaminosidad. Por lo tanto, se han hecho esfuerzos para
escapar a las consecuencias de esta gloriosa verdad que implica el
desprendimiento del yo, inventando una teoría según la cual la
naturaleza de la virgen María sería diferente de la del resto de la
humanidad: que su carne no sería exactamente tal como la que es
común a toda la humanidad. Esa invención pretende que, por cierto
extraño proceso, María fue hecha diferente al resto de los seres
humanos, con el particular propósito de que Cristo pudiera nacer de
ella de la forma que convenía.
Tal invento culminó en lo que se conoce como el dogma católico de la
inmaculada concepción. Muchos protestantes, si no la gran mayoría de
ellos, junto a otros no católicos, creen que la inmaculada
concepción se refiere a la concepción de Jesús por parte de la
virgen María. Pero eso es un craso error. No se refiere en absoluto
a la concepción de Cristo por María, sino a la concepción de la
misma María, por parte de la madre de ella.
La doctrina oficial e "infalible" de la inmaculada concepción, tal
como se la define solemnemente en tanto que artículo de fe, por el
papa Pío IX hablando ex cathedra, el 8 de diciembre de 1854, es como
sigue:
"Por la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los benditos
apóstoles Pedro y Pablo, y por nuestra propia autoridad, declaramos,
pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la muy
bendita virgen María, en el primer instante de su concepción, por
una gracia y privilegio especiales del Dios Todopoderoso, a la vista
de los méritos de Jesús, el salvador de la humanidad, fue preservada
libre de toda tacha de pecado original, es una doctrina que ha sido
revelada por Dios, y por lo tanto, debe ser sólida y firmemente
creída por todos los fieles.
Por lo tanto, si alguien pretendiera -cosa que Dios impida- pensar
en su corazón de forma diferente a la que nosotros hemos definido,
sepa y entienda que su propio juicio lo condena, que su fe naufragó
y que ha caído de la unidad de la Iglesia" (Catholic Belief, p. 14).
Escritores católicos definen ese concepto en los siguientes
términos:
El antiguo escrito, "De Nativitate Christi", encontrado en las obras
de San Cipriano, dice: Siendo que [María] era "muy diferente del
resto del género humano, le fue comunicada la naturaleza humana,
pero no el pecado".
Teodoro, patriarca de Jerusalem, dijo en el segundo concilio de Niza
que María "es verdaderamente la madre de Dios, y virgen antes y
después del parto; y fue creada en una condición más sublime y
gloriosa que toda otra naturaleza, sea ésta intelectual o corporal"
(Id., p. 216 y 217).
Eso sitúa llanamente la naturaleza de María más allá de toda posible
semejanza o relación con el género humano o la naturaleza humana,
tal como ésta es. Teniendo lo anterior claramente presente, sigamos
esa invención en su paso siguiente. Será en las palabras del
cardenal Gibbons:
"Afirmamos que la segunda persona de la bendita Trinidad, el Verbo
de Dios, quien es en su naturaleza divina, desde la eternidad,
engendrado del Padre, consubstancial con él, venido el cumplimiento
del tiempo fue nuevamente engendrado al nacer de la virgen, tomando
de esa forma para sí mismo, de la matriz materna, una naturaleza
humana de la misma sustancia que la de ella. En la medida en que el
sublime misterio de la encarnación puede ser reflejado por el orden
natural, la bienaventurada virgen María, bajo la intervención del
Espíritu Santo, comunicando a la segunda persona de la trinidad, tal
como hace toda madre, una verdadera naturaleza humana de la misma
sustancia que la suya propia, es real y verdaderamente su madre" (Faith
of Our Fathers, p. 198 y 199).
Ahora relacionemos ambas cosas. En primer lugar, vemos la naturaleza
de María definida como siendo no sólo "muy diferente del resto del
género humano", sino "más sublime y gloriosa que toda otra
naturaleza", situándola así infinitamente más allá de toda semejanza
o relación con el género humano, tal como realmente somos.
En segundo lugar, se describe a Jesús tomando de María una
naturaleza humana de la misma sustancia que ella.
Según esa teoría, se deduce -como que dos y dos suman cuatro- que en
su naturaleza humana el Señor Jesús es "muy diferente" del resto de
la humanidad; verdaderamente su naturaleza no es la humana en
absoluto.
Tal es la doctrina católica romana sobre la naturaleza humana de
Cristo. Consiste simplemente en que esa naturaleza no es de ninguna
manera la naturaleza humana, sino la divina: "más sublime y gloriosa
que toda otra naturaleza". Consiste en que en su naturaleza humana,
Cristo estuvo hasta tal punto separado del género humano como para
ser totalmente diferente del resto de la humanidad: que la suya fue
una naturaleza en la cual no pudo tener ninguna clase de
identificación de sentimientos con los hombres.
Pero esa no es la fe de Jesús. La fe de Jesús es: "por cuanto los
hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo
mismo".
La fe de Jesús es que Dios envió a su Hijo "en semejanza de carne de
pecado".
La fe de Jesús es que "debía ser en todo semejante a los hermanos".
Es que "Él mismo tomó nuestras enfermedades", y que se puede
"compadecer de nuestras flaquezas", habiendo sido tentado en todos
los respectos de igual forma en que lo somos nosotros. Si no hubiese
sido como nosotros, no habría podido ser tentado como lo somos
nosotros. Pero él fue "tentado en todo según nuestra semejanza". Por
lo tanto, fue "en todo" "según nuestra semejanza".
En las citas que en este capítulo hemos dado sobre la fe católica,
hemos presentado la postura de Roma a propósito de la naturaleza de
Cristo y de María. En el segundo capítulo de Hebreos y pasajes
similares de la Escritura vemos reflejada, y en este estudio nos
hemos esforzado por exponerla de la forma en que la Biblia la
presenta, la fe de Jesús al respecto de su naturaleza humana.
La fe de Roma en relación con la naturaleza de Cristo y de María, y
también de nuestra naturaleza, parte de esa noción de la mente
natural según la cual Dios es demasiado puro y santo como para morar
con nosotros y en nosotros, en nuestra naturaleza humana pecaminosa:
tan pecaminosos como somos, estamos demasiado distantes de él en su
pureza y santidad, demasiado distantes como para que él pueda venir
a nosotros tal como somos.
La verdadera fe -la fe de Jesús- es que, alejados de Dios como
estamos en nuestra pecaminosidad, en nuestra naturaleza humana que
él tomó, vino a nosotros justamente allí donde estamos; que,
infinitamente puro y santo como es él, y pecaminosos, degradados y
perdidos como estamos nosotros, Dios, en Cristo, a través de su
Espíritu Santo, quiere voluntariamente morar con nosotros y en
nosotros para salvarnos, para purificarnos, y para hacernos santos.
La fe de Roma es que debemos necesariamente ser puros y santos a fin
de que Dios pueda morar con nosotros.
La fe de Jesús es que Dios debe necesariamente morar con nosotros y
en nosotros, a fin de que podamos ser puros y santos.
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