La Doctrina sobre la Naturaleza Humana de Cristo en el Adventismo desde 1950

 

Edición Revisada - 1986

 

2da. Parte

  Por: Bruno W. Steinwerg
 

  Retorno de la doctrina sobre la naturaleza de Cristo después de la caída

 Algunos de los dirigentes adventistas habían abrigado la esperanza de que a partir de la publicación y amplia distribución de “Questions on Doctrine” los adventistas hablarían con una sola voz sobre la naturaleza humana de Cristo. Aunque se había venido oyendo una voz de protesta durante catorce años, otras más estaban cobrando valor para hacerse oír.

Gordon M. Hyde, por entonces director del Instituto de Investigaciones Bíblicas (Biblical Research Institute) de la Asociación General, observó un cambio, un “reavivamiento”. Se estaban levantando voces.

“Pero en los últimos tres o cuatro años [escrito en agosto de 1974] se ha producido algo así como un reavivamiento de las discusiones, tanto de parte de ciertos redactores de la Review en sus artículos editoriales, como en algunas de las publicaciones de grupos que disienten (sea que estén técnicamente dentro, o fuera de la membresía de la iglesia)” (Gordon M. Hyde, “A Response”, 20 agosto 1974, p. 2).

Entre las primeras publicaciones denominacionales que manifestaron su apoyo al concepto post-lapsario sobre la naturaleza humana de Cristo (incluso antes de la publicación de “Movement of Destiny”) figura una declaración escondida en un libro devocional publicado en 1967, cuyo autor fue Thomas A. Davis, uno de los redactores de Review and Herald. El autor está comentando sobre la entrada del pecado en este mundo y el plan divino de la redención:

“Durante miles de años continuó ese estado de cosas sin sentido, vicioso, rematadamente incomprensible. Y durante todo ese tiempo el hombre se fue haciendo cada vez más vil y degenerado.

El siguiente evento es casi increíble. Es demasiado grandioso como para comprenderlo. El poderoso Creador, que había situado en su órbita este átomo que es nuestro mundo, vino él mismo a hacerse participante de la carne y sangre del hombre pecaminoso, e hizo su habitación en este pequeño planeta que había creado.

¡Sorprendente condescendencia! Si hubiera tomado sobre sí mismo la forma del impecable Adán, habría sido ya un sacrificio infinito. Pero fue aún mucho más lejos que eso cuando vino en la forma del hombre degradado por miles de años de pecado.

Y entonces –asombraos, oh cielos- el Creador se entregó en manos de aquellos a quienes había creado, permitiendo que abusaran de él, lo difamaran, y finalmente lo clavaran en una cruz, sobre la que murió la muerte de los desechados en esta tierra.

A la vista de un sacrificio como ese, ¿qué cabe decir o hacer? Desde luego, lo menos que podemos hacer es entregarle nuestro corazón, y dar testimonio a otros acerca de su maravillosa gracia” (Thomas. A. Davis, “Preludes to Prayer”, 1966, p. 346).

“Romanos para el hombre de cada día”, publicado por Thomas A. Davis el año 1971, incluye el siguiente comentario a propósito de la frase de Romanos 8:3, “Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado”:

“En ese texto nos vemos confrontados con uno de los más profundos misterios de la deidad, sobre el que E.G. White nos advierte así: ‘Sed cuidadosos, sumadamente cuidadosos en vuestra forma de tratar la naturaleza humana de Cristo’.

[E. White] escribió al propósito: ‘Jesús aceptó la humanidad cuando la raza humana había sido debilitada por cuatro mil años de pecado. Como todo hijo de Adán, aceptó los resultados de la operación de la gran ley de la herencia... Vino con una herencia tal para participar de nuestros pesares y tentaciones, y para darnos el ejemplo de una vida sin pecado’ ” (Davis, “Romans for the Everyday Man”, 1971, p. 104).

En ese mismo libro (p. 105) encontramos una introducción al estudio de Harry Johnson titulado “The Humanity of the Savior”, publicado en 1962. Johnson presenta a una veintena de teólogos, comenzando por Gregorio de Niza hasta nuestros tiempos. Tras haber probado que el Nuevo Testamento apoya que Cristo asumió la naturaleza humana caída, se refiere a los diversos defensores de tal posición:

“Los defensores de la teoría no son muchos; la doctrina ha venido siendo objeto de negligencia a través de los siglos del pensar cristiano; a menudo ha sido, no solamente olvidada, sino incluso rechazada... En la sección IV intentaremos explicar por qué durante diecinueve siglos el pensamiento cristiano ha prestado tan escasa atención a esa doctrina fundada en el Nuevo Testamento” (Harry Johnson, “The Humanity of the Savior”, 1962, p. 129).

Herbert E. Douglass, otro de los redactores de la Review and Herald, fue el autor de tres artículos “Christian Editorials” hacia finales de 1971 y enero del 1972, así como de un artículo que fue su continuación, en el número del 24 de febrero del 1972. En la introducción, Douglass desarrolló el tema del “gran conflicto” basándose en Romanos 8:3 y 4: “Lo que era imposible para la Ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne”.

“En primer lugar, los ángeles sabían lo que estaba en juego. Hacía tiempo que habían oído las acusaciones de Satanás al propósito de que ‘Dios era injusto, que su ley era defectuosa, y que el bien del universo requería que fuese cambiada’; habían oído largamente sus dudas en cuanto a ‘si el Padre y el Hijo tenían suficiente amor hacia el hombre para obrar con tal abnegación y espíritu de sacrificio’ (“Patriarcas y Profetas”, p. 55 y 56).

En segundo lugar, lo habían oído declarar que ‘los seres humanos habían demostrado ser incapaces de guardar la ley de Dios’ (“Mensajes Selectos”, vol. I, p. 295).

En esa primera Navidad los gozosos ángeles supieron que el dramático momento había llegado. Su amado Señor había entrado personalmente en el combate... Demostraría que aquello que había requerido de los seres humanos caídos, era algo factible. ‘La Majestad del cielo se hizo cargo de la causa del hombre y con la misma ayuda que puede obtener el hombre resistió las tentaciones de Satanás así como el hombre debe resistirlas’ (Id)” (Herbert E. Douglass, “The Humanity of the Son of God is Everything to Us”, Review and Herald, 23 diciembre 1971).

En el segundo artículo editorial Douglass continúa considerando la razón por la que Cristo debió tomar la naturaleza caída del hombre:

“Todos los demás pasos en el plan de la salvación, incluyendo la resurrección de los fieles en los tiempos del Antiguo Testamento, dependían absolutamente del éxito que Jesús tuviera como participante con nosotros del conflicto con la tentación. Si Cristo, ante el universo expectante, no hubiera vencido bajo las mismas condiciones en las que debe vivir el hombre, entonces nadie podía esperar vencer...

‘Si no hubiera sido participante de nuestra naturaleza, no podría haber sido tentado como lo ha sido el hombre’ (“Mensajes Selectos”, vol. I, p. 477).

‘Resistió a la tentación mediante el poder que puede tener el hombre. Se aferró del trono de Dios, y no hay un hombre o mujer que no pueda tener acceso a la misma ayuda mediante la fe en Dios’ (Id, p. 478).

Reflejar el carácter de Jesús es una meta alcanzable que será lograda en una demostración remarcable por parte de los fieles de la última generación de adventistas. El equipo espiritual básico que permitió triunfar a Jesús será plenamente aprovechado por la última generación, y serán así capacitados para vivir sin pecado” (Douglass, “Jesús nos mostró lo posible”, Review and Herald, 30 diciembre 1971).

En la clausura de esa serie de editoriales, Douglass continúa exponiendo el concepto de “generación final”.

“Como sustituto del hombre demostró que éste puede vivir sin pecar. ‘Así también hemos de vencer nosotros como Cristo venció’” (“El Deseado de todas las gentes”, p. 354).

“Jesús no recurrió a ventajas que no estuvieran al alcance de todo ser humano. Solamente su fe constituye el secreto de su triunfo sobre el pecado. ‘La victoria de Cristo y su obediencia son las de un verdadero ser humano... Cuando le damos a su naturaleza humana un poder que no es posible que tenga el hombre en sus conflictos con Satanás, destruimos la integridad de su humanidad” (E. White, “Comentario Bíblico Adventista”, vol. VII, p. 941).

‘Aquí está la perseverancia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús’ (Apoc. 14:12). La fe de Jesús produce como resultado el carácter de Jesús; tal es la meta de todos quienes desean formar parte de esa notable demostración de vida semejante a la de Cristo, protagonizada por la última generación de adventistas...

La última generación de aquellos que ‘guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús’ deshará definitivamente toda posible duda al respecto de si los seres humanos que se atienen al poder de Dios pueden resistir con éxito toda tentación a la complacencia propia y al pecado” (Douglass, “The Demonstration that Settles Everything”, Review and Herald, 6 enero 1972).

Durante unos cuantos años, a partir de esos artículos “editoriales navideños”, Herbert E. Douglass volvió a escribir, en la misma época del año, artículos editoriales en los que llamaba la atención a la naturaleza humana de Cristo, y a la razón por la que aceptó la humanidad (Douglass, “Why the Angels Sang” –Por qué cantaron los ángeles- Review and Herald, 21 diciembre 1972; Douglass, “Emmanuel -God With Us” –Emmanuel: Dios con nosotros- Review and Herald, 20 diciembre 1973; Douglass, “The Mystery of the Manger” –El misterio del pesebre- Review and Herald, 19 diciembre 1974).

En 1972, unos quince años después de la publicación de “Questions on Doctrine” (1957), existía el sentimiento de que las citas de E. White en el Apéndice B habían sufrido en las manos de los compiladores. Poco tiempo después de que fuera publicado el volumen 7 A del “Comentario Bíblico Adventista” en el que estaban incluidos los Apéndices A, B y C de “Questions on Doctrine” –inmortalizándolos de esa forma-, el Instituto de Investigación Bíblica aportó a modo de Suplemento a la revista Ministry de febrero de 1972 una nueva edición de las mismas citas del Apéndice B: “Naturaleza de Cristo durante la encarnación”. La introducción afirma:

“En el análisis posterior a la publicación de “Questions on Doctrine” se sugirió que el Apéndice B... vendría a ser de mayor provecho si pudieran minimizarse los elementos interpretativos –enfatización mediante cursivas, títulos interpretativos, etc-, de forma que las declaraciones fueran presentadas al lector en su propia fuerza, y que hablaran por ellas mismas a su mente.

El comité del Instituto de Investigación Bíblica de la Asociación General consideró el material tal como se lo presenta en la actualidad, y lo aprobó como siendo de mayor ayuda para una futura presentación”.

En este punto queremos volver atrás para incluir algo directamente relacionado con los artículos editoriales de Herbert E. Douglass que hemos mencionado anteriormente. En 1970, quien escribe había completado el manuscrito de las lecciones de Escuela Sabática que se estudiarían mundialmente durante el primer trimestre de 1974, bajo el título general: “Cristo nuestra justicia”. Eso fue aproximadamente un año antes de que aparecieran en la Review and Herald los artículos editoriales de Douglass. El impacto de dichos artículos fue tal, que en el departamento de Escuela Sabática decidimos presentar un manuscrito revisado de la lección 3, que llevaba por título: “Jesús, el Justo”.

El versículo de memoria era Romanos 8:3, y las cuatro últimas partes de la lección iban encabezadas por los siguientes títulos, junto a los versículos clave que se indican a continuación:

   Sección 3. Jesús fue hombre (Fil. 2:5-7)

   Sección 4. Entendimiento mutuo (Heb. 2:17)

   Sección 5. Jesús fue tentado (Heb. 4:15)

   Sección 6. El hombre no necesita pecar (Rom. 8:3)

El objetivo de la lección era mostrar que Cristo, en una naturaleza humana caída, desarrolló un carácter justo; carácter que desea imputar e impartir a quienes hagan uso de los mismos medios a los que Cristo recurrió para obtener la victoria sobre la tentación.

Durante el segundo trimestre de 1977 la iglesia mundial estudió una serie de lecciones bajo el título: “Jesús, el Hombre modelo”, cuyo autor fue Herbert E. Douglass, con ayudas auxiliares por parte del propio Douglass y de Van Dolson, que llevaban por título: “Jesús, norma para la humanidad”. Los títulos de cada una de las secciones dan una idea de cuál era el tenor de las lecciones: (1) Dios con nosotros; (2) Dios con Nosotros; (3) Niño y Joven Modelo; (4) Modelo de vencedor; (5) Hombre de oración modelo; (6) Testigo modelo; (7) Modelo de integridad; (8) Maestro modelo; (9) Modelo de sociabilidad; (10) Modelo de fe; (11) Modelo de humildad; (12) Modelo de amor; (13) Modelo deseoso de ser reproducido.

Los artículos editoriales navideños que Douglass escribió entre los años 1971 y 1974 fueron recibidos sin comentario u oposición. Cuando se pidió al autor que expresara qué lo había movido a preparar esos artículos, respondió:

“Se convirtió sin duda en un punto de encuentro o bandera para muchos que pensaron que nunca más verían impresa la verdad... Pretendí simplemente prestar apoyo entusiasta a un punto de vista que había sido muy prominente en la historia de nuestra iglesia, y que era aún prominente en las vidas y mentalidad de muchos de los hermanos de la Asociación General, hermanos con los que yo tenía trato diario (Carta escrita por Douglass al autor, 12 enero 1986).

Manifestó igualmente que no estuvo jamás en su ánimo el publicar algo que fuera causante de división (Id.).

Si bien era posible que un artículo pasara sin ser objeto de mayor análisis, cuando llegaron las lecciones de Escuela Sabática la situación fue distinta. Todos los miembros de la iglesia mundial las iban a estudiar de forma diaria. Nuestros dirigentes en las oficinas de Washington D.C. recibieron una enérgica oposición, en términos como los que siguen:

“Los pastores Pierson, Rampton, Nigri, Eva, Hyde, Lesher, Doler y otros en Washington D.C, a pesar de existir un criticismo responsable en el campo, decidieron aprobar la publicación del librito de Escuela Sabática para el actual trimestre: ‘Jesús, el Hombre modelo’. No hay duda alguna que los citados anteriormente son buenos hombres, experimentados en llevar pesadas responsabilidades en la obra del Señor. No obstante, otros hombres igualmente buenos, pastores que han llevado también responsabilidades en la obra, han tomado posturas muy enérgicas opuestas a la enseñanza sobre la naturaleza de Jesucristo que presenta el Librito [de Escuela Sabática], así como en la Revista [Adventista]. El material anexo –escrito por el pastor Austen G. Fletcher, de la Unión Occidental Australiana, y Victor P. Kluzit, pastor en Texas- es sólo un ejemplo de dicha oposición. Se trata de una oposición que está extraordinariamente extendida entre los pastores en toda la iglesia, y por toda evidencia seguirá aumentando si los hombres de Washington no admiten su equivocación” (Jack D. Walker, Adventist News Service –a cargo de Jack D. Walker, Route 2, Box 318-C, Goodlettsville, TN 37072-).

A finales de 1977 apareció en la Review una serie corta de artículos editoriales escritos por Kenneth Wood, su redactor jefe. Reproducimos aquí las ideas prominentes:

“El aspecto sorprendente de la historia de Belén es que el Dios infinito viniera a este mundo y se uniera a la raza humana... Cuán grandioso es el hecho de que el Creador, el Verbo de Dios, ‘se hizo carne y habitó entre nosotros’ (Juan 1:1-3, 14).

‘Habría sido una humillación casi infinita para el Hijo de Dios revestirse de la naturaleza humana, aun cuando Adán poseía la inocencia del Edén. Pero Jesús aceptó la humanidad cuando la especie se hallaba debilitada por cuatro mil años de pecado. Como cualquier hijo de Adán, aceptó los efectos de la gran ley de la herencia... vino con una herencia tal para compartir nuestras penas y tentaciones, y darnos el ejemplo de una vida sin pecado’ (El Deseado de todas las gentes, p. 32)” (“The Gift Supreme”, Kenneth H. Wood, redactor, Review and Herald, 22 diciembre 1977).

Después de presentar Heb. 2:14-17 y Rom. 8:3 (junto a Fil. 2:7), continuó con una serie de citas de los escritos de E. White, entre los que figuran:

“No es sólo que fue hecho carne, sino que fue hecho en semejanza de carne de pecado” (Carta 106, 26 junio 1896).

“Pensad en la humillación de Cristo. Tomó sobre sí la naturaleza caída y doliente del hombre, degradada y contaminada por el pecado” (E. White, “Comentario Bíblico Adventista”, vol. IV, p. 1169).

“Cristo llevó los pecados y las debilidades de la raza humana tal como existían cuando vino a la tierra para ayudar al hombre. Con las debilidades del hombre caído sobre él, en favor de la raza humana había de soportar las tentaciones de Satanás en todos los puntos en los que pudiera ser atacado el hombre... Desde la caída, la raza humana había estado disminuyendo en tamaño y en fortaleza física, y hundiéndose más profundamente en la escala de la dignidad moral, hasta el período del advenimiento de Cristo a la tierra. Y a fin de elevar al hombre caído, Cristo debía alcanzarlo donde estaba. Él tomó la naturaleza humana y llevó las debilidades y la degeneración del hombre. El que no conoció pecado, llegó a ser pecado por nosotros. Se humilló a sí mismo hasta las profundidades más hondas del infortunio humano a fin de poder estar calificado para llegar hasta el hombre y elevarlo de la degradación en que el pecado lo había sumergido” (“Mensajes Selectos”, vol. I, p. 314 y 315).

A continuación destacó el hecho de que si bien Cristo “se humilló a sí mismo hasta la humanidad caída”, jamás pecó (2 Cor. 5:21 y Heb. 4:15). Quería que eso se comprendiera bien:

“El que Cristo pudiera tomar la naturaleza humana caída sin ser pecador, es sólo uno de los aspectos de la encarnación que nos llena de asombro y aparece ante nosotros como un misterio...

‘Nunca dejéis, en forma alguna, la más leve impresión en las mentes humanas de que una mancha de corrupción o una inclinación hacia ella descansó sobre Cristo, o que en alguna manera se rindió a la corrupción’ (E. White, “Comentario Bíblico Adventista”, vol. V, p. 1103)” (Id, 29 diciembre 1977).

Enumera a continuación una de las “incontables verdades” que proclama la historia de Belén:

“Entre esas verdades podemos incluir el hecho de que Dios ama a la familia humana con un amor eterno; que Dios nos proveyó un perfecto Sustituto; Uno que tomó nuestros pecados y llevó en nuestro lugar la pena de muerte; que Dios descendió tan bajo como fue necesario para salvarnos, tomando la naturaleza humana después de 4.000 años de pecado. Que Jesús hizo frente a toda tentación victoriosamente, y vivió una vida sin pecado. Que tenemos un sumo sacerdote que vive por siempre y que puede ‘salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios’ (Heb. 7:25).

Y Belén proclama aún otra verdad: declara que aquellos que son nacidos del Espíritu pueden, mediante el poder de Cristo, resistir con éxito toda tentación, y ser victoriosos en su lucha contra el enemigo de sus almas...

Viviendo victoriosamente en la humanidad, Jesús proveyó un ejemplo de lo que sus seguidores pueden lograr en su lucha con el pecado. ‘Vino al mundo a revelar la gloria de Dios, a fin de que el hombre pudiese ser elevado por su poder restaurador. Dios se manifestó en él a fin de que pudiese manifestarse en ellos. Jesús no reveló cualidades ni ejerció facultades que los hombres no pudieran tener por la fe en él. Su perfecta humanidad es lo que todos sus seguidores pueden poseer si quieren vivir sometidos a Dios como él vivió’ (“El Deseado de todas las gentes”, p. 619 y 620; ver también “Mensajes Selectos”, vol. I, p. 295).

‘Vino a nuestro mundo a mantener un carácter puro, libre de pecado, y a refutar la mentira de Satanás de que para los seres humanos no ha sido posible guardar la ley de Dios. Cristo vino a vivir la ley en su carácter humano, de la precisa manera en que todos viven la ley en la naturaleza humana si hacen como hizo Cristo’ (E. White, “Manuscrito” 94, 1893).

Piénsese en esto: ‘Se ha hecho abundante provisión para que el hombre caído y finito pueda conectarse de tal modo con Dios que, a través de la misma Fuente mediante la cual venció Cristo en su naturaleza humana, pueda permanecer firme ante cualquier tentación, tal como hizo Cristo’ (Id.) ‘Viviendo una vida sin pecado, testificó de que cada hijo e hija de Adán puede resistir las tentaciones del que primero trajo el pecado al mundo’ (“Mensajes Selectos”, vol. I, p. 226)... Los seguidores de Cristo ‘han de tener poder para resistir el mal, un poder que ni la tierra, ni la muerte ni el infierno pueden dominar, un poder que los habilitará para vencer como Cristo venció’ (“El Deseado de todas las gentes”, p. 634)”. (Id.)

En 1979 apareció el libro de Thomas A. Davis titulado “Was Jesus Rally Like Us?” en el que trata más plenamente acerca de la naturaleza humana de Cristo. Bajo el subtítulo “The Pivotal Point”, leemos en la página 53 y 54:

“Hemos de mantener presente el concepto central de nuestra investigación: que Jesús tenía una naturaleza similar a la de la persona nacida de nuevo. Fue hecho ‘en todo semejante a sus hermanos’, ‘pero sin pecado’ (Heb. 2:17; 4:15). Tengamos en cuenta que su naturaleza humana era ‘idéntica a la nuestra’ (“Mensajes Selectos”, vol. III, p. 146), que ‘tomó las flaquezas de la naturaleza humana para ser probado y examinado’ (“Mensajes Selectos”, vol. I, p. 265), y que tomó ‘sobre sí nuestra naturaleza caída’ (“El Deseado de todas las gentes”, p. 87).

Si eso es cierto, si aceptamos que Jesús no fue un actor de teatro al hacerse Hombre, hemos de aceptar igualmente que sufrió dificultades debido a su naturaleza humana caída, tal como un ser humano –un ser humano nacido de nuevo- tiene.

Insistir en que la naturaleza humana de Jesús fue menos que la de una persona nacida de nuevo, que fue como la de la persona irregenerada, es insostenible... De otra parte, pensar que su naturaleza fue superior a la de una persona nacida de nuevo significa elevarlo por encima de la propia humanidad, lo que es igualmente inadmisible.

El que ha nacido de nuevo sigue siendo un ser humano caído. No está libre de los efectos y resultados del pecado. Tiene las mismas facultades y talentos que tuviera antes del nuevo nacimiento. El que nace de nuevo ‘no es dotado de nuevas facultades, sino que las facultades que tiene son santificadas’ (“Palabras de vida del gran Maestro”, p. 71)”.   

 

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