La Doctrina sobre la Naturaleza Humana de Cristo en el Adventismo desde 1950

 

Edición Revisada - 1986

 

3era. Parte

  Por: Bruno W. Steinwerg
 

Voces discordantes, tensiones y llamamientos a la fe y la unidad

El encuentro de Palmdale de profesores de Biblia, redactores y administradores, celebrado del 23 al 30 de abril de 1976, significó un esfuerzo por llegar a la armonía de la Iglesia Adventista en la comprensión de la doctrina de la justicia por la fe. A nuestros dirigentes en Washington les pareció conveniente estudiar ese tema, debido a la situación a la que se había llegado en Australia, en la que el Dr. Desmond Ford había jugado un importante papel. Ocho de los 19 dirigentes allí presentes provenían de Australia, y favorecían el punto de vista de Desmond Ford. Si bien el asunto de la naturaleza humana de Cristo fue un tema secundario, no faltaron quienes comprendieron que guardaba estrecha relación. Uno de los documentos que Desmond Ford presentó sustenta plenamente la posición pre-lapsaria -anterior a la caída-, sobre la naturaleza humana de Cristo. Jack D. Walker, quien publicó cuatro de los documentos presentados en Palmdale, afirma:

“La naturaleza humana de Cristo también se trató en la asamblea, pero los presentes estaban divididos a partes iguales entre quienes sostienen la posición de que la naturaleza humana que Cristo heredó fue pecaminosa, y quienes sostienen que fue impecable. En consecuencia, la declaración conjunta resultó más bien ambivalente” (Jack D. Walker, “Documents from the Palmdale Conference on Righteousness by Faith”, 1976, p. 1).

En el informe de la Asamblea de Palmdale aparecido en la Rieview and Herald del 27 de mayo del 1976, tras citar Romanos 8:3 (“en semejanza de carne de pecado”), Hebreos 2:17 (“en todo semejante a sus hermanos”) y 2 Corintios 5:21 (“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado”), los autores continúan así:

“No todos los cristianos ven de igual manera esos textos. Por ejemplo, para algunos significan que Jesús no cometió pecado, sea en palabra, actos o pensamientos; para otros significan, no sólo que Jesús no cometió pecado, sino que carecía de las tendencias heredadas al pecado que son comunes a la humanidad caída…

Sea que los cristianos sostengan una u otra de esas posiciones acerca de la humanidad de Cristo, creemos que lo importante es reconocer a Jesús como el Salvador de toda la humanidad, y que mediante su vida victoriosa, vivida en carne humana, provee el nexo de unión entre la divinidad y la humanidad” (“Cristo, justicia nuestra”, Review and Herald, 27 mayo 1976).

A continuación se citan declaraciones de E. White, sugiriendo que en ocasiones apoya una posición, y en ocasiones la contraria.

La frase “sea que los cristianos sostengan una u otra de esas posiciones” es equivalente a pretender que “podemos sostener cualquiera de las dos posiciones. Por consiguiente está claro que ambas posiciones son hoy aceptables en el adventismo” (E.H. Sequiera, Savior of Every Man, p. 3 y 4).

Nota: Uno de los presentes en Palmdale fue Kenneth H. Wood, redactor de la Review. Durante los meses que sucedieron al informe oficial constató que algunos lectores se sentían contrariados con la parte del documento que trata de la naturaleza humana de Cristo. “Lo percibían como significando un compromiso, y como dejando de lado un asunto importante”. Admitía que “estudiosos de la Biblia igualmente agudos y capaces… puedan diferir de alguna forma en un misterio tan profundo como la encarnación”.

“Tal como vemos la situación, el principal peligro en creer que la humanidad de Cristo era diferente de la nuestra es que empleemos esa “diferencia” como una excusa para el pecado. Situando a Cristo en una categoría aparte de la nuestra, explicamos su absoluta victoria sobre el pecado y la tentación, diciendo: ‘Sí, pero él era Dios’. Y explicamos nuestras derrotas y debilidades diciendo: ‘Sí, pero somos humanos”. Si, por el contrario, aceptamos al pie de la letra la declaración de que ‘nuestro Salvador tomó la humanidad con todo su pasivo [inglés: with all its liabilities]’ (“El Deseado de todas las gentes”, p. 92), y que a pesar de haber tomado ese pasivo fue victorioso, entonces la vida y victoria de Cristo adquieren inmediatamente relevancia para nosotros.

Vemos a Jesús como a nuestro Ejemplo, y procuramos imitarlo. ‘Viviendo una vida sin pecado, testificó de que cada hijo e hija de Adán puede resistir las tentaciones del que primero trajo el pecado al mundo’ (“Mensajes Selectos”, vol. I, p. 226).

‘El plan de Dios, ideado para la salvación del hombre, disponía que Cristo conociera el hambre y la pobreza, y cada aspecto de la experiencia del hombre. Resistió a la tentación mediante el poder que puede tener el hombre. Se aferró del trono de Dios, y no hay un hombre o mujer que no pueda tener acceso a la misma ayuda mediante la fe en Dios. El hombre puede llegar a ser participante de la naturaleza divina… Los hombres pueden tener un poder para resistir el mal: un poder que ni la tierra, ni la muerte, ni el infierno pueden vencer; un poder que los colocará donde pueden llegar a ser vencedores como Cristo venció. La divinidad y la humanidad pueden combinarse en ellos’ (Id., p. 408 y 409).

Es evidente que el mensaje de 1888 presentaba a Cristo como teniendo el mismo tipo de carne que el de cualquier otro ser humano, si bien, aunque tentado, jamás pecó. Reconocía que los ancestros de Cristo según la carne eran pecadores. Si es que Cristo debió obtener una carne diferente a la del resto de la humanidad, ¿de dónde la obtuvo?

Los mensajes de Jones y Waggoner hicieron que personas escribieran cartas a E. White en protesta. Pero ella replicó: ‘Me han llegado cartas que afirman que Cristo no podría haber tenido la misma naturaleza que el hombre, pues si la hubiera tenido, habría caído bajo tentaciones similares. Si no hubiera tenido la naturaleza del hombre, no podría ser nuestro ejemplo. Si no hubiera sido participante de nuestra naturaleza, no podría haber sido tentado como lo ha sido el hombre. Si no le hubiera sido posible rendirse ante la tentación, no podría ser nuestro ayudador. Fue una solemne realidad que Cristo vino para reñir las batallas como hombre, en lugar del hombre. Su tentación y victoria nos dicen que la humanidad debe copiar el Modelo. El hombre debe llegar a ser participante de la naturaleza divina’ (Id, p. 477 y 478).

Con el tremendo desafío de la perfecta e impecable vida de Cristo ante nosotros, debiéramos ciertamente estudiar con fervor la forma de imitarlo. Debiéramos buscar el poder del Espíritu Santo, entregarnos totalmente a Dios, y asimilar la naturaleza divina mediante la agencia del Espíritu Santo” (Keneth H. Wood, “El punto de vista del redactor”, Review, 18 noviembre 1976).

Durante los años 1970 se dejó oír una voz decantada claramente a favor de la posición previa a la caída, sobre la naturaleza humana de Cristo. Se trata de Edward Heppenstall, en su libro “The Man Who Is God”. Comentando sobre Romanos 8:3 (“en semejanza de carne de pecado”), leemos:

“Esta Escritura no nos dice que Dios envió a su Hijo ‘en carne pecaminosa’, sino solamente ‘en semejanza’ de ella. Cristo se hizo realmente carne, tomando por consiguiente nuestra naturaleza. Su carne, o ser físico, fue como el nuestro. En la expresión ‘en semejanza de carne de pecado’, Pablo enfatiza el hecho de que Cristo tomó la carne tal como ésta ha venido a ser, afectada por el pecado durante cuatro mil años. Fue verdaderamente un hombre. Cuando los hombres lo contemplaron, no vieron nadie diferente a ellos mismos. Pero su ‘semejanza’ no fue más allá de eso. Todo el resto de los hombres nacieron en carne de pecado, no en semejanza de tal cosa… Dios envió a su Hijo en semejanza de carne de pecado, sin poseer una humanidad pecaminosa. Cristo no tenía una naturaleza pecaminosa como la nuestra” (Edward Heppenstall, “The Man Who Is God”, 1970, p. 136 y 137. El autor no buscó el apoyo de E. White para sus aserciones. En cambio, cita numerosos eruditos evangélicos).

La enseñanza de Heppenstall consiste en que debido a la concepción singular de Cristo, no heredó la naturaleza de Adán posterior a la caída.

“La concepción de Jesús fue absolutamente única, por cuanto fue obra del Espíritu Santo… Su nacimiento real fue directamente de Dios. Tenía un Padre divino. Nosotros no lo tenemos, en el sentido de la concepción humana. Nuestros dos progenitores nacieron con naturalezas pecaminosas… Jesús nació de Dios en un sentido en el que nosotros no lo hicimos.

El texto (Luc. 1:30-35) afirma que el efecto de esa operación divina sobre María sería el de que el niño que nacería no sería otro que el Hijo de Dios, nacido santo en un sentido singular” (Id, p. 135).

Los redactores de Ministry consideraron oportuno publicar, en octubre de 1977, un artículo que llevaba por título: “Battling Over the Nature of the King of Peace”, escrito por Marshall J. Grosboll. Sugiere que nuestro debatir sobre la naturaleza humana de Cristo es una herencia recibida de los filósofos helenísticos.

“Esos tecnicismos acerca de la naturaleza de Cristo y de la Trinidad se convirtieron en un asunto de importancia capital para los maestros cristianos. Se suscitaron diferentes escuelas para dar soporte a diferentes opiniones. Se publicaron artículos y tuvieron lugar debates. Se excomulgaron personas. Se pelearon batallas. Quedó configurado un campo de sangre, todo para sustentar una u otra de las posturas acerca de un concepto teológico abstracto…

¿Qué está sucediendo hoy en la Iglesia Adventista?  ¿Se han convertido todos los filósofos helenísticos al cristianismo apostólico? ¿O quedan algunos deseosos aún de aventar sus ideas acerca de los misterios de la encarnación?

Imagina que difieres de mí en la comprensión de algunos puntos. ¿Debiéramos dedicar todo nuestro tiempo a discutir el uno con el otro? Eso es lo que Satanás quisiera que hiciéramos.

Nos dedicaríamos al debate sobre la naturaleza de Cristo más bien que a luchar la batalla contra el pecado…

Es tiempo ya de que hiciéramos, en nuestras vidas y en el mundo, lo que queda por hacer antes que pueda venir Cristo. El gran tema final no es la naturaleza de Cristo, sino su carácter, vivido en nosotros” (Ministry, “Battling Over the Nature of the King of Peace”, Marshall J. Grosboll, octubre 1977).

Perro como ya hemos visto en la exposición de Douglass sobre la “última generación”, esos dos conceptos: la naturaleza de Cristo y el carácter de Cristo vivido en nosotros, están íntimamente relacionados.

El muy apreciado Robert H. Pierson, siendo presidente de la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, en un mensaje “De corazón a corazón” dirigido a la iglesia, formuló un llamado a la unidad:

“Hay, no obstante, ciertos puntos principales a propósito de la naturaleza de nuestro maravilloso Señor, que podemos fácilmente comprender y aceptar. En dichos puntos no hay motivo para la división entre nosotros, como adventistas del séptimo día:

1. Estamos de acuerdo en que Jesucristo fue, y es, verdaderamente Dios… Sobre eso no hay discusiones entre nosotros.

2. Estamos de acuerdo en que Jesús, nuestro Salvador, se hizo realmente hombre. La Palabra de Dios habla claramente sobre ello (cita Heb. 2:17; Gál. 4:4 y Heb. 2:14).

3. También estamos de acuerdo en que Jesús fue tentado como lo somos nosotros (Heb. 2:18 y 4:15).

4. Estamos igualmente de acuerdo en que, si bien Jesús fue tentado, jamás cedió a la tentación o el pecado ni en lo más mínimo (1 Ped. 2:22; Heb. 7:26). ‘No debiéramos albergar dudas en cuanto a la perfecta impecabilidad de la naturaleza de Cristo’ (Comentario Bíblico Adventista, vol. V, p. 1105).

5. El estudio de los escritos inspirados deja claro que en Jesucristo se daba una misteriosa combinación de lo humano y lo divino (1 Tim. 3:16)” (Robert H. Pierson, “Our Unique Jesus”, Review and Herald, 4 enero 1979).

A continuación advertía en contra de interpretaciones privadas, en estos términos:

“Puesto que la muerte de Cristo es un misterio que el hombre no será capaz de comprender plenamente de este lado de la eternidad, ¿no debiéramos aceptar ese hecho, y unirnos en las grandes áreas de acuerdo que son suficientes para nuestra salvación, y no insistir en nuestras propias interpretaciones privadas acerca de la naturaleza divino-humana del Señor hasta el punto de traer la disensión y división entre nosotros?”

En un llamamiento general de corazón a corazón, el pastor Pierson recuerda a la iglesia cuál es su primera tarea:

“En esta ultimísima hora el desafío ante el pueblo remanente de Dios es llevar el mensaje de un Salvador crucificado, resucitado y próximo a venir, a todos los hogares del planeta Tierra. Tal es el encargo que esta iglesia aceptó en la asamblea de la Asociación General de 1975 en Viena, Austria.

¿Acaso no complacería a Satanás si lograra que el pueblo de Dios se sumergiera en una gran controversia acerca de la naturaleza de nuestro Salvador y causara de ese modo que dejáramos de lado esta gran comisión?

Que el Espíritu del Señor nos dirija en el estudio de su Palabra y que ese mismo Espíritu nos mantenga unidos lado a lado en nuestra búsqueda de la verdad. Cerremos filas sobre las grandes áreas de la autenticidad que son esenciales para nuestra salvación y avancemos con la vista puesta en la finalización de la obra en nuestro día” (Id.)

W. Duncan Eva, vicepresidente de la Asociación General en 1979, escribiendo en la Adventist Review, enfatizó la necesidad de ejercer fe para aceptar lo que está escrito acerca de la naturaleza humana del Salvador:

“La epístola a los Hebreos nos dice que “fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Heb. 4:15). No fue la naturaleza “de los ángeles” la que tomó, “sino… la descendencia de Abraham”. Fue hecho “en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote” (2:16 y 17). ¿Tenía una naturaleza exactamente como la nuestra? ¿Le vino, según eso, la tentación tal como nos viene a nosotros, desde dentro, tanto como desde fuera? Si fue así, ¿cómo pudo la sangre de su sacrificio ser “la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación”?, ¿y cómo pudo ser “tal sumo sacerdote… santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores”? (Heb. 4:15; 1 Ped. 1:19; Heb. 7:26). E. White escribió: ‘Fue tentado en todo como el hombre es tentado, y sin embargo, él es llamado “el Santo Ser”’. Ella misma explica: ‘Que Cristo pudiera ser tentado en todo como lo somos nosotros y sin embargo fuera sin pecado, es un misterio que no ha sido explicado a los mortales. La encarnación de Cristo siempre ha sido un misterio, y siempre seguirá siéndolo’ (“Comentario Bíblico Adventista”, comentario de E. White sobre Juan 1:1-3 y 14; vol. V, p. 1103).

Por lo tanto, el que yo sea o no capaz de explicar el ‘cómo’, carece de importancia. La Biblia afirma que es así, la mensajera del Señor lo confirma, y así lo han creído por siglos cristianos verdaderos. Por consiguiente, de esa verdad que no puedo plenamente comprender, obtengo toda la esperanza y consuelo que me trae. Cuando me sobrevienen inesperadas y poderosas tentaciones, o cuando me siguen los pasos con insistencia día tras día, por más que sea atacado, sé que el Señor conoce mi lucha, y puesto que ‘él mismo padeció siendo tentado’, es poderoso para ‘salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos’ (Heb. 2:16 y 7:25)” (W. Duncan Eva, “How Human Was Jesus?” Review and Herald, 4 enero 1979).

En su momento tuvo lugar una entrevista con Morris L. Venden registrada en la revista Insight. El artículo en dos partes se iniciaba con la cuestión:

“Cuál es su interpretación de la frase contenida en la página 47 del libro 'Palabras de vida del gran Maestro': 'Cuando el carácter de Cristo sea perfectamente reproducido en su pueblo, entonces vendrá él para reclamarlos como suyos'?”

Gran parte de la discusión consiguiente giró alrededor del criticismo de Paxton sobre posiciones adventistas relativas a la justificación por la fe o a la justicia por la fe. En cierto momento Venden expresó preocupación por lo semántico en nuestra teología:

“Creo que el problema semántico más grande que hoy tenemos es el relativo a la naturaleza de Cristo. Y es mi parecer que es tan acentuadamente semántico, que resulta casi imposible avanzar en el tema. Nadie ha elaborado un glosario: ¿qué se entiende por naturaleza pecaminosa?, ¿qué significa como nosotros?, etc”

La revista Insight planteó entonces la pregunta: ¿Tenemos alguna indicación al propósito de que sea necesario para nuestra salvación el saber exactamente cuál fue la naturaleza de Cristo? Venden respondió así:

“Bien, depende de en qué declaraciones nos basemos, hay ciertas advertencias en cuanto a tratar de determinar su naturaleza. Se nos invita asimismo a comprender de él tanto como sea posible.

Parece no existir duda alguna acerca de que la definición de pecado y la naturaleza de Cristo y el perfeccionismo van de la mano. Creo que la contención es válida desde el momento en el que alguien define el pecado primariamente en términos de transgresión de la ley –según terminología y concepto legalistas-. Entonces va a necesitar un Salvador que sea precisamente como él. Un Salvador que luche con todas sus mismas tentaciones a transgredir la ley. En ese proceso uno termina en el perfeccionismo, y en un cristianismo conductista.

Pero si uno define el pecado en términos de relación –de vivir una vida separada de Dios-, no necesita tener un Salvador que sea exactamente como nosotros. De hecho, la misma diferencia [de Cristo] significa que habría podido vivir independientemente, pero eligió depender de Dios. Creo que su dependencia del Padre es la esencia del ejemplo de Cristo hacia nosotros. Al fin y al cabo dijo: ‘Sin mí nada podéis hacer’” (“Entrevista de Morris Venden con Insight”, 1ª parte; Insight, 15 mayo 1979).

Ya hemos citado el congreso de Palmdale en 1976, dedicado al estudio de la justificación y de la justicia por la fe, junto al tema relacionado de la naturaleza humana de Cristo. En octubre de 1979 se reunió en Washington D.C. un gran grupo de 145 miembros, estableciéndose como el comité de consulta de la justificación por la fe. El comité editorial que ese gran grupo eligió, redactó -para que fuese publicado- lo que se presentó a la iglesia bajo el título: “La dinámica de la salvación”, que apareció en la Adventist Review del 31 de julio de 1980.

W.R. Lesher, como director del Biblical Research Institut, aclara en la introducción que “La dinámica de la salvación” es sólo un documento de estudio, no una declaración con valor de credo. A continuación, en beneficio de quienes buscaron el consenso en ciertos temas relacionados, explica:

“Ciertos aspectos de este tema inagotable, tal como la naturaleza de Cristo, la perfección y el pecado original, no son objeto de atención detallada en este documento” (“The Dinamics of Salvation”, Review and Herald, 31 julio 1980).

No hemos podido constatar, a partir del escrito, si esos temas relacionados fueron objeto de consideración en aquel grupo de estudio.    


Acontecimiento posteriores a 1980

Puesto que en la asamblea de Palmdale de 1976 se había declarado virtualmente que ambas posiciones sobre la naturaleza humana de Cristo eran aceptables, la reaparición de la discusión después de 1980, fue causa de sorpresa.

En favor de la posición anterior a la caída aparece un nombre hasta entonces desconocido para los lectores de la literatura denominacional: Norman R. Gulley, doctor en filosofía, profesor de religión en Southern College of Seventh Day Adventists. En 1977 se habían editado una serie de lecciones de Escuela Sabática, junto a material suplementario, cuyo autor fue Herbert E. Douglass, y que incorporaban la posición posterior a la caída sobre la encarnación de Cristo. En el primer trimestre de 1983 el profesor Gulley escribió una serie de lecciones bajo el título: “El sacrificio expiatorio de Cristo”, junto a ayudas de estudio tituladas “Cristo nuestro sustituto”, favoreciendo la posición anterior a la caída sobre la naturaleza humana de Cristo (Norman R. Gulley, “Cristo nuestro sustituto”, 1982, p. 9.  Es interesante que la Introducción al material de ayuda para esas lecciones de Escuela Sabática fue escrita por Edward Happenstall. Afirmaba lo siguiente: “Este libro trata de temas de gran importancia en relación con la naturaleza y obra de Jesucristo... Cristo vino al mundo, no sólo a manifestar a Dios, sino también a identificarse con esta raza caída y ser nuestro Salvador). Hacia el principio de la presentación, Gulley afirmaba:

“Los Adventistas del Séptimo Día creen que Jesucristo fue plenamente Dios y plenamente hombre. Pero podemos ver de dos formas diferentes la expresión ‘plenamente hombre’. Jesús tuvo, o bien (1) una naturaleza no caída, tal como la que Adán poseyó antes de caer, o bien (2) naturaleza humana caída. ¿Cuál de las dos es la correcta? Jesús tomó ambas. Tomó la naturaleza espiritual del hombre antes de la caída, y la naturaleza física del hombre posterior a la caída (Id, p. 33).

Algo más adelante en el mismo capítulo, vuelve a presentar la misma proposición:

“De hecho Jesús encontró al hombre allí donde se encontraba la humanidad –tomando sobre sí mismo todos los resultados físicos de la caída, pero no los espirituales. Nuestro Salvador asumió las debilidades del hombre, su hambre y su cansancio, pero no su rota relación con Dios. Espiritualmente tenía la naturaleza de Adán anterior a la caída. Como tal, podía ser el segundo Adán, el sustituto del hombre, para devolverle aquello que perdió –la unidad con Dios...

Cualquier idea al propósito de que se hizo exactamente igual que nosotros en el nacimiento, incluyendo la naturaleza espiritual, participando de la dotación genética de la naturaleza humana caída, recibiendo los resultados de la herencia, pone en entredicho su substitución, y nos lleva frecuentemente a considerarlo únicamente como un ejemplo a copiar” (Id, p. 38).

Pero en el caso de que sus lectores viesen en Cristo “la tremenda ventaja que tenía, con respecto a nosotros”, Gulley responde:

“Pero véase de este modo: Jesús no tenía por qué venir a este mundo, ni tenía por qué asumir las limitaciones humanas, con todo el sufrimiento, rechazo y odio que conllevaba –incluso de parte de los miembros de iglesia-... Jesús podía haber permanecido en el cielo, lugar en el que todos lo querían y adoraban como Dios. Él no tenía necesidad de vivir una vida humana libre de pecado, pero nosotros necesitamos esa vida en lugar de la nuestra pecaminosa. Jesús vino a darnos una vida humana digna de ser vivida. Sus tentaciones fueron para nosotros, su victoria fue nuestra. Toda ventaja que tuviera lo fue para nosotros” (Id, p. 53 y 54).

Las Lecciones para la Escuela Sabática fueron seguidas por un artículo en la Adventist Review del 30 de junio del 1983. Gulley habló aquí todavía con mayor claridad que en las lecciones o en el material auxiliar de la Escuela Sabática. Intentó presentar una síntesis de las dos posiciones en el adventismo:

“Los Adventistas del Séptimo Día ven la humanidad de Jesús de dos formas: (1) La posición anterior a la caída, que busca preservar el hecho de que vino como el segundo Adán. En ella se enfatiza la naturaleza impecable de Jesús. (2) La posición posterior a la caída, que busca preservar el hecho de que vino como el hijo de María. Se enfatiza aquí la identidad de Jesús con la naturaleza humana caída. En sus diversas 23 Declaraciones de Creencias Fundamentales, la iglesia no ha tomado nunca una posición a favor o en contra de una de las posiciones. Eso se debe a que ambas están representadas en la Escritura y en los escritos de E. White...

¿Existe un terreno común entre esas dos posiciones, que pueda ayudar en la construcción de la unidad, y que evite nuestra fragmentación? Creo que sí. Ambas posturas intentan decir algo sobre Jesús, que es necesario decir. La posición anterior a la caída ve a Jesús como sustituto, y la posterior a la caída se centra en Jesús como ejemplo. Sin embargo, quienes sustentan una y otra posición afirman el hecho de que Jesús es ambas cosas: sustituto y ejemplo” (Norman G. Gulley, “Behold the Man” –He aquí el Hombre-, Review and Herald, 30 junio 1983).

Presentando la Escritura en apoyo de la posición anterior a la caída, afirma en referencia a la naturaleza humana de Jesús:

“Nació en Belén como “el Santo Ser” (Luc. 1:35); fue nacido “del Espíritu Santo” (Mat. 1:18; Luc. 1:35) a la vez que fue hijo de María... El Impecable entró en las limitaciones impuestas por el pecado existentes en los días de María, si bien preservó la santidad de la creación del nuevo Adán...

Es el segundo Adán (Rom. 5:16-19, 2 Cor. 4:14 y 15) y vino en semejanza (no igualdad) de carne de pecado (Rom. 8:3).

No fue sino hasta que Aquel que no conoció pecado fue hecho pecado por nosotros ( 2 Cor. 5:21), cuando vino a ser la ofrenda por el pecado, llevando los pecados del mundo, cuando lo vemos clamando: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mar. 15:34). Fue hecho pecado por nosotros, no en naturaleza al nacer, sino en misión al morir” (Id, p. 4, 5 y 8).

Intenta asimismo mostrar el “equilibrio” entre las dos posiciones, en los escritos de E. White:

“Cuando defiende su impecabilidad, defiende la naturaleza anterior a la caída. Cuando defiende su humanidad limitada, defiende su naturaleza posterior a la caída”.

Estas son algunas de las declaraciones de E. White que cita para ilustrar ese “equilibrio”:

“Nunca dejéis, en forma alguna, la más leve impresión en las mentes humanas de que una mancha de corrupción o una inclinación hacia ella descansó sobre Cristo, o que en alguna manera se rindió a la corrupción” (“Comentario Bíblico Adventista”, vol. V, p. 1103).

“[Cristo] había de ocupar su puesto a la cabeza de la humanidad tomando la naturaleza, pero no la pecaminosidad del hombre” (“Signs of the Times”, 29 mayo 1901; “Comentario Bíblico Adventista”, vol. VII, p. 937).

“Al tomar sobre sí la naturaleza humana en su condición caída, Cristo no participó en lo más mínimo en su pecado” (“Comentario Bíblico Adventista”, vol. V, p. 1105).

“Siempre fue puro e incontaminado, pero tomó sobre sí nuestra naturaleza pecaminosa” (“Review and Herald”, 15 diciembre 1896).

Como sucediera con las Lecciones para la Escuela Sabática que había preparado Herbert E. Douglass en 1977, también las de Norman R. Gulley fueron objeto de duro criticismo por parte del bando opuesto. A propósito de la pretensión de que se puedan emplear los escritos de E. White en apoyo de dos conceptos enteramente opuestos sobre la naturaleza humana de Cristo, el Dr. y la Sra. Lloyd Rosenvold comentan:

“Primero, que Cristo tomó sobre sí la naturaleza del hombre caído –la de Adán después de su caída. Cita breves declaraciones de la pluma de E. White que lo apoyan. En la siguiente sección (de la misma página), no obstante, indica que los escritos de E. White pueden ser igualmente empleados para apoyar la posición contraria, es decir, que Cristo tomó la naturaleza de Adán antes que éste cayera. Vuelve a citar breves declaraciones de la pluma de E. White para sustentar su pretensión. Se supone que el lector está en libertad de elegir la teoría que más le complazca” (Dr. y Mrs. Lloyd Rosenvold, “Which Gospel?” -edición revisada-, marzo 1983, p. 2).

A propósito del uso que hace Gulley de declaraciones de E. White, Donald K. Short, en una carta a la Adventist Review manifestó:

“E. White no escribe ni una sola palabra a propósito de una naturaleza de Cristo anterior a la caída, y sugerir tal cosa es hacerle decir lo que no dijo, y promover la confusión. En ningún lugar separó [E. White] a Jesús de su pueblo, ni buscó ‘equilibrio’ alguno entre una naturaleza anterior y una posterior a la caída. ¿Cómo es posible que se promueva ese tipo de confusión en el nombre de la ‘unidad en nuestra iglesia’? (Donald K. Short, Carta a William G. Johnson, redactor de la Adventist Review, 4 julio 1893, publicada por Pilgrims Rest, folleto FF-310).

En 1983, el mismo año en el que se estudiaron las Lecciones de Escuela Sabática de Norman R. Gulley, y en que apareció su artículo en la Adventist Review, Pacific Press publicó el libro “Gold Tried in the Fire” –Oro afinado en fuego-, de Robert. J. Wieland.

En el capítulo: “Cuál es el significado de ‘Mirar a Jesús’”, presenta “Lo que Cristo necesita para ser nuestro sustituto”:

“Cuando Juan afirma que Cristo ‘ha venido en carne’ [1 Juan 4:1-4], obviamente no se está refiriendo a cierto tipo milagroso o especial [de carne], desconocida en este planeta cuando él vino... No nos ha sumido en ningún tipo de engaño, pretendiendo ser ‘Dios con nosotros’ mientras que astutamente evadía una batalla con el pecado idéntica a la nuestra, tomando un tipo diferente de carne o naturaleza distinta de la nuestra.

Cristo no puede ser nuestro sustituto a menos que haya hecho frente a nuestras tentaciones de la forma en que nosotros hemos de hacerles frente. Debe enfrentarse a nuestro enemigo en su propio terreno, en su propia guarida, y batirlo allí” (Robert J. Wieland, “Gold Tried in the Fire”, p. 1983, p. 73).

Habiendo citado Romanos 8:3 y 4, Wieland continúa así:

“Al emplear la palabra ‘semejanza’, Pablo no puede estar expresando ‘diferencia’, pues habría sido un fraude monstruoso el que Cristo hubiera pretendido condenar el pecado en la carne, esa carne en la que Pablo afirma que estamos ‘vendidos al pecado’, esa en la que opera ‘la ley del pecado’, si hubiera falsificado su encarnación tomando solamente lo que parecía ser nuestra carne pecaminosa, pero sin poseer su misma realidad en absoluto... La gloriosa victoria de Cristo descansa en el hecho de haber sido ‘tentado en todo de la misma manera que nosotros, pero sin pecado’ (Heb. 4:15, NVI).

No importa quién seas o dónde estés, puedes tener la seguridad de que Alguien estuvo exactamente en tu lugar, ‘pero sin pecar’. Mira a Cristo, velo, desechando toda esa niebla de engaño mediante la verdad de su justicia ‘en semejanza de carne de pecado’. Cree que el pecado que te seduce ha sido ‘condenado en la carne’. Puedes vencer mediante la fe en él” (Id, p. 75 y 77).

 En Navidad del año 1983, en dos números sucesivos de la Adventist Review se publicaron dos artículos de Herbert E. Douglass titulados: “Por qué cantaron los ángeles en Belén”. Esos artículos podrían considerarse como el desarrollo de lo escrito por un laico al redactor jefe de la revista, en fecha del 6 de julio de 1983:

“El Dr. Gulley ha disfrutado ahora de tres oportunidades de expresar ampliamente sus puntos de vista personales sobre el adventismo: en el primer trimestre de la Escuela Sabática de 1983, en su libro que acompañó a las lecciones de Escuela Sabática, y ahora a través de la Adventist Review. Confiamos en que conceda a los laicos de la iglesia una oportunidad equivalente de refutar las porciones erróneas de la posición de Gulley” (“Carta de un laico” a William G. Johnson, 6 julio 1983, publicada en Pilgrims Rest, folleto FF-310).

En el principio del segundo artículo Douglass recuerda a sus lectores la descripción que E. White hizo de Jesús:

“...tomando ‘nuestra naturaleza caída’, ‘en el lugar del Adán caído’, ‘naturaleza humana... en semejanza de carne de pecado, y fue tentado por Satanás como son tentados los hijos’, ‘la naturaleza de Adán, el transgresor’, ‘la naturaleza ofensiva del hombre’ y muchas otras expresiones... E. White es clara al respecto de que el equipamiento humano caído, degradado, de nuestro Señor, no lo llevó a pecar en pensamientos o en actos. Permaneció incontaminado e inmaculado a pesar de haber sido tentado desde el interior y desde el exterior” (El último pensamiento se apoya con referencias de “Mensajes selectos”, vol. I, p. 111, “El Deseado de todas las gentes”, p. 296 y “Review and Herald”, 1 abril 1875).

Douglass cita “la autoridad internacionalmente reconocida, C.E.B. Cranfield, comentador de Romanos en International Critical Commentary”:

“Cristo... comenzando desde donde nosotros comenzamos, sujeto a todas las malvadas presiones que nosotros heredamos. Y empleando el material tan poco prometedor como inservible de nuestra naturaleza corrupta, rindió una obediencia perfecta e impecable” (Herbert E. Douglass, “Por qué cantaron los ángeles en Belén”, parte II, Adventist Review, 29 diciembre 1983, p. 9).

Douglass resume en estos términos el propósito de la venida de Cristo, en la forma en que vino:

“La gloriosas nuevas consisten en que los seres humanos, unidos al poder del Espíritu Santo morando en ellos, pueden enfrentar la tentación y ser vencedores. Eso es así debido a que en el corazón del universo está nuestro Ejemplo y Redentor/Sustituto, quien accedió a ser hecho ‘en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote’ (Heb. 2:17); ‘uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado’ (Heb. 4:15).

La obra intercesora de nuestro Señor, como sumo sacerdote, tiene por objeto ayudar a sus seguidores a que venzan ‘así como yo [Jesús] he vencido’ (Apoc. 3:21)” (Id, p. 10).

En 1985 apareció un nuevo nombre en la literatura denominacional en relación con el tema de la naturaleza humana de Cristo. Se trata de Dennis E. Priebe, cuyo libro titulado “Face to Face With the Real Gospel” publicó Pacific Press. En el capítulo “¿Cómo vivió Cristo?” encontramos un amplio estudio sobre la naturaleza humana de Cristo posterior a la caída. Sobre el controvertido pasaje de Romanos 8:3 –“en semejanza de carne de pecado”, Priebe presenta lo siguiente:

“Romanos 8:3 es una de las clásicas afirmaciones acerca de Jesús haciéndose hombre... ¿Qué significa exactamente venir ‘en semejanza de carne de pecado’? Se nos ha dicho que semejanza no significa igualdad.

Filipenses 2:7 dice que [Jesús] ‘tomó la forma de siervo y se hizo semejante a los hombres’. En ambos casos se emplea la misma palabra griega. En Romanos 8:3 se trata de ‘semejanza de carne de pecado’. Todos estarán de acuerdo en que cuando Jesucristo vino a esta tierra se hizo un auténtico hombre...

Ahora, si entendemos que en Filipenses 2:7 la semejanza de hombre significa realmente hombre, y no parecido al hombre, entonces ¿qué hemos de decir sobre Romanos 8:3, donde encontramos la expresión ‘semejanza de carne de pecado’? ¿Meramente que Jesús aparentó haber tomado carne de pecado, o bien que la tomó realmente? Este es el comentario del Expositor’s Greec Testament sobre Romanos 8:3 y 4: ‘El énfasis... está en la semejanza de Cristo con nosotros, no en su diferencia... Lo que [Pablo] expresa aquí es que Dios envió a su Hijo en esa naturaleza que en nosotros está identificada con el pecado... La carne... en la que ha reinado el pecado fue la carne en la que Dios ejecutó la condenación del pecado’. ‘La carne aquí referida es nuestra naturaleza humana corrupta’ (Expositor’s Greec Testament, Grand Rapids, Michigan, Wm. B. Eerdmans Pub. Co., II, 645 y 646. Parece razonable que si interpretamos semejanza en Filipenses 2:7 como nuestra naturaleza humana actual, interpretemos semejanza en Romanos 8:3 como la carne pecaminosa actual (Dennis E. Priebe, “Face-to-Face With the Real Gospel”, 1985, p. 47 y 48).

Priebe recuerda a sus lectores el estudio de Harry Johnson: “The Humanity of the Savior”. Dicho autor afirma:

“El Nuevo Testamento sustenta que Jesús nació en la humanidad y tomó plena naturaleza humana de María, y la deducción obvia es que parte de su herencia fue ‘naturaleza humana caída’. No hay evidencia en favor de que la cadena de la herencia se rompiera entre María y Jesús...

Quienes están en obligación de demostrar su teoría son quienes, aceptando la doctrina de una ‘debilidad heredada’, sostienen que Jesús tomó la humanidad real de su madre pero sin heredar los resultados de la caída” (“The Humanity of the Savior”, London: The Epworth Press, 1962, p. 44 y 45).

  

La confrontación en  Ministry de 1985

Debió venir como una sorpresa agradable para muchos obreros adventistas el que los redactores de Ministry decidieron dedicar amplio espacio a una presentación erudita de las dos posiciones predominantes sobre la naturaleza humana de Cristo en el adventismo. Gran parte de los números de junio, agosto y diciembre de 1985 estuvieron dedicados a ese tema.

Recordamos que el pastor J. Robert Spangler, ya en 1978, había advertido acerca de la importancia de los temas involucrados en la correcta comprensión de lo que la Biblia y E. White declaran sobre la naturaleza humana de Cristo (J.R.S., “Ask the Editor”, Ministry, abril 1976, p. 21 y 23).

En su introducción del “por qué” de la discusión abierta, el pastor Spangler escribió en Ministry de junio del 1985:

“¿Comenzó nuestro Salvador, en su naturaleza humana, allí donde comienzan todos los otros hijos de Adán? ¿Tomó Cristo la naturaleza humana del hombre anterior, o posterior a la caída? Si la raza humana resultó afectada por la caída de Adán y Eva, ¿resultó Cristo afectado también de ese modo, o estuvo exento? Si Cristo aceptó la naturaleza humana impecable, ¿tuvo una ventaja sobre nosotros? ¿Tomó sobre sí mismo vicariamente la naturaleza humana caída? Si tomó la naturaleza humana caída, ¿afectaba el elemento caído solamente a lo físico, y no a su carácter moral? ¿Es posible resolver el tema de la naturaleza de Cristo, siendo que la iglesia cristiana lo ha debatido durante dos mil años? ¿Es necesario para nosotros el que tengamos una comprensión definitiva y precisa de la naturaleza de Cristo a fin de poder ser salvos? ¿Debía Cristo tener nuestra naturaleza caída (por supuesto, sin pecar) a fin de que los cristianos puedan vivir la vida inmaculada que él vivió?”

Tras haber señalado las muchas facetas que el tema comporta, el pastor Spangler explica lo que a algunos podría parecer una reticencia en el abordaje de la naturaleza de Cristo por parte de Ministry:

“Durante años hemos evitado a propósito que en nuestra revista aparezcan artículos referidos a la naturaleza de Cristo. Mi artículo editorial de abril del 1978 en Ministry testificaba acerca de mi propia lucha al respecto. Señalaba que me había sentido abrumado por un sentimiento de ineptitud, al intentar expresar mis convicciones. Oré fervientemente para que el Señor hiciera que cargara mi pluma con la preciosa tinta del amor y la verdad, y no con la de la disputa y el debate. Sigo convencido de que el ciudadano de a pie o el que ocupa típicamente los bancos de la iglesia estaría desesperadamente perdido si su salvación dependiera de una comprensión incisiva y erudita de la naturaleza de Cristo” (J.R. Spangler, “The Nature of Christ”, Ministry, junio 1985, p. 24).

Pero debido a la convicción de no pocos que perciben la diferencia que significa en la experiencia cristiana de cada uno, dependiendo de cuál de las dos posturas acepte, los redactores de Ministry creyeron que era de justicia ofrecer un tratamiento amplio y sistemático del tema. El pastor Spangler continuó así:

“Sin embargo, dado que hay quienes creen fervientemente que la iglesia caerá a se mantendrá dependiendo de su comprensión acerca de Cristo y su naturaleza, y teniendo en cuenta el avivamiento de las discusiones verbales y escritas sobre el tema, creo que debieran ser re-examinadas las dos posiciones. En consecuencia, ofrecemos dos artículos más bien extensos escritos por dos teólogos adventistas”.

Cinco años antes un profesor de Biblia se había confrontado ya con esas inquietudes:

“En África del Sur, Francis Campbell dimitió como presidente de Unión bajo ciertas presiones. Intentó señalar las áreas específicas de controversia. “La denominación nunca ha sido capaz de definir claramente su posición sobre la naturaleza de Cristo, la perfección y el pecado original: áreas todas ellas vitales para comprender la justicia por la fe...

Creo que sus reflexiones eran extremadamente certeras y apuntaban directamente al corazón de las dificultades que estamos experimentando. Como iglesia no hemos definido nunca claramente nuestras creencias en esas tres áreas críticas: el pecado, Cristo, y la perfección. Debido a la falta de claridad y a las posturas divergentes en esas áreas, hemos estado vagando en el desierto teológico durante estos cuarenta años de incertidumbre y frustración. Debido a haber mantenido posiciones contradictorias en esos respectos, hemos sido incapaces de definir claramente nuestro mensaje y nuestra misión” (Dennis E. Priebe, “Will the Real Gospel Please Stand Up?”, Voice of Present Truth, invierno 1980, publicado por Unwalled Village Publishers, Platina, California).

Para iniciar las discusiones formales en Ministry fueron elegidas dos personas: Norman R. Gulley, quien había de presentar la posición previa a la caída, y Herbert E. Douglass, quien había de presentar la posterior a la caída. El primero fue presentado bajo el pseudónimo de Benjamin Rand, y el segundo bajo el de Kenneth Gage. Se decidió así por la razón siguiente:

“Desafortunadamente, el prejuicio puede impedir a ciertas personas leer un artículo doctrinal controvertido, si el lector conoce la posición del autor y no está de acuerdo con ella... Recurrimos a los pseudónimos en un intento por hacer que todos los lectores consideraran la evidencia de ambas posturas, de una forma reflexiva, con oración y en ausencia de prejuicios” (Redactores, Ministry, diciembre 1985, p. 2).

El Dr. Gulley se auto-limitó a un estudio de la evidencia bíblica (sin recurrir a pensamientos confirmatorios a partir de los escritos de E. White). Procuró asimismo “abordar el significado lingüístico y teológico de los términos griegos: sarx, hamartia, isos, homoioma, monogenes y prototokos”. Afirmó desde el mismo principio que “mediante la investigación documentaremos la abrumadora evidencia bíblica de que Jesús tomó, de hecho, una naturaleza humana impecable al nacer (espiritualmente), poseyendo al mismo tiempo una naturaleza física similar a la de sus contemporáneos” (Norman R. Gulley, “What Human Nature did Jesus Take? -Unfallen”, Ministry, junio 1985, p. 8). El estudio comparativo de Gulley sobre el término “semejanza” en Romanos 8:3, en Filipenses 2:7, y el “ser en todo semejante a sus hermanos” de Hebreos 2:17, le hace a uno preguntarse si no partía de ciertas presuposiciones. En griego se emplea la misma raíz en los tres textos.

“¿Cómo entendemos, pues, estas palabras: Dios envió ‘a su Hijo en semejanza de carne de pecado’ (Rom. 8:3)? Consideremos primeramente lo que Pablo pudo haber dicho. Pudo haber escrito: (1) Dios envió a su Hijo en carne de pecado, o (2) en semejanza de carne. Lo primero habría significado que su carne fue pecaminosa, y lo segundo que sólo simuló ser hecho carne, pero siendo en realidad algún ser extraterrestre (1 Juan 4:1-3, un texto que algunos interpretan equivocadamente).

Pablo no dijo ninguna de esas dos cosas. Centró la atención en la venida de Cristo en semejanza de carne de pecado. La palabra clave es ‘semejanza’. Dos son las palabras griegas que se traducen por ‘semejante’: isos, que significa ‘igual’, tal como encontramos en Hechos 11:17, donde Dios ‘les concedió también el mismo [igual, isos] don’, i homoioma, empleado en Romanos 8:3, y que significa ‘similar’ (por ser humano), pero no ‘igual’ (por no ser pecaminoso). La Escritura es consistente en esto. Así, leemos en Hebreos 2:17: ‘Por lo cual debía ser en todo semejante [homoioo] a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote’.

¿Sugieren esas palabras griegas y textos que Jesús fue similar a otros seres humanos solamente en el sentido de tener un cuerpo humano afectado físicamente por el pecado, pero no siendo igual a otros seres humanos, dado que sólo él fue impecable en su relación espiritual con Dios? Así lo creyó E. White. La evidencia bíblica que hasta aquí hemos considerado apoya una conclusión como esa” (Id, p. 10 y 11. En una nota al pie bajo el epígrafe “E. White”, el autor cita: “Al tomar sobre sí la naturaleza humana en su condición caída, Cristo no participó en lo más mínimo en su pecado. Estuvo sometido a las debilidades y flaquezas por las cuales está rodeado el hombre... se compadeció de nuestras debilidades, y en todo fue tentado como lo somos nosotros, ‘pero sin pecado’... No debiéramos albergar dudas en cuanto a la perfecta impecabilidad de la naturaleza de Cristo” –E. White, “Signs of the Times”, 9 junio 1898; citado en “Comentario Bíblico Adventista”, vol. V, p. 1105-. “Debía ocupar su puesto a la cabeza de la humanidad tomando la naturaleza del hombre, pero no su pecaminosidad”. “Signs of the Times”, 29 mayo 1901 –citado en “Comentario Bíblico Adventista”, vol. VII, p. 924-).

En su presentación, Gulley afirma:

“No fue sino hasta su muerte, cuando Jesús, ‘que no conoció pecado’, fue hecho pecado por nosotros (2 Cor. 5:21)... El hombre Jesús se hizo pecado por nosotros en misión, en su muerte, y no en naturaleza, al nacer” (Id, p. 18).

En su crítica, Gulley insiste en que 2 Corintios 5:21 puede aplicarse solamente al Getsemaní y a la cruz.

“En Getsemaní Cristo... estuvo en una actitud diferente a aquella en la que siempre había estado con anterioridad”. Sólo entonces, él, que no había conocido pecado, fue hecho pecado por nosotros (2 Cor. 5:21) (Norman R. Gulley, ‘A Critique to the post-Fall View’, Ministry, agosto 1985, p. 24. Ver E. White, “El Deseado de todas las gentes”, p. 636).

Dado que el profesor Gulley apoyó su posición ocasionalmente en los escritos de E. White, no estará de más mencionar que al menos en tres ocasiones, E. White aplicó 2 Corintios 5:21 a la experiencia de Cristo en la tentación (“Review and Herald”, 28 julio 1874, citado en “Comentario Bíblico Adventista”, vol. V, p. 1057; “Mensajes Selectos”, vol. 1, p. 314).

Dirigimos ahora nuestra atención a la presentación que hace Herbert E. Douglass de la posición posterior a la caída sobre la encarnación. Afirma:

“El asunto fundamental en la salvación no es primariamente cómo Dios se hizo hombre, sino por qué... Sin duda alguna la encarnación está rodeada de misterio. Pero el misterio no está en el por qué de la unión entre Dios y el hombre, sino en el cómo.

[Ciertos] conceptos teológicos permanecerán en la relativa incertidumbre a menos que comprendamos por qué vino Jesús a la tierra.

¿Por qué Jesús, como cualquier bebé de hace dos mil años, tomó la condición de la humanidad caída y no la de Adán en su inocencia en el Edén? (“El Deseado de todas las gentes”, p. 32). Si Jesús hubiera tomado el estado anterior a la caída, sólo habrían quedado respondidos unos pocos de los aspectos del gran conflicto. Vino... para revelarse a sí mismo como el ejemplo del hombre, proveyendo un modelo de obediencia para los hombres y mujeres caídos (1 Ped. 2:21 y 22). De esa forma les dio esperanza de que el mismo poder que lo capacitó a él para resistir el pecado estaría libremente a disposición de ellos, de forma que quienes así lo quisieran pudieran obedecer igualmente las leyes de Dios (ver 1 Juan 3:3; Apoc. 3:21)... Y para revelarse a sí mismo como sumo sacerdote de los hombres, estableciendo su credibilidad y demostrando su capacidad para convertir en vencedores a los hombres y mujeres (Heb. 2:17 y 18; 4:14-16)”. (Herbert D. Douglass, “What Human Nature did Jesus Take? -Fallen”, Ministry, junio 1985, p. 10 y 11).

A continuación Douglass menciona “muchos eruditos bíblicos que han desafiado la así llamada posición ortodoxa de que Cristo tomó de alguna forma la naturaleza de Adán anterior a la caída más bien que el equipamiento humano heredado por todo otro hijo de Adán”. Proporciona trece nombres que han comprendido por la Escritura que Cristo tomó la naturaleza humana posterior a la caída:

“Entre ellos están Edward Irving, Thomas Erskine, Herman Kohlbrugge, Edward Bohl, Karl Barth, T.F. Torrance, Nels Ferre, C.E.B. Cranfield, Harold Roberts, Lesslie Newbigin, E. Stauffer, Anders Nygren, C.M. Barret y Eric Baker” (Id, p. 12. Ver estudios en Harry Johnson, “The Humanity of the Savior”, London, The Epworth Press, 1962).

Douglass presenta cinco respuestas de C.E.B. Cranfield, profesor de teología en la universidad de Durham, a propósito del significado de “en semejanza de carne de pecado” (en griego sarx hamartias) de Romanos 8:3. Afirma Cranfield en una nota al pie:

“Los que creen que fue naturaleza humana caída la que asumió [Cristo], tienen incluso mayor causa que los autores del catecismo de Heidelberg para ver el todo de la vida de Cristo en esta tierra en su ministerio y muerte, no como un ponerse allí donde estuvo el Adán no caído sin ceder a la tentación en la que sucumbió Adán, sino como un comenzar allí en donde nosotros comenzamos, sujeto a todas las presiones del mal que nosotros heredamos, y haciendo uso del material tan poco prometedor como inservible de nuestra naturaleza corrupta para alcanzar una obediencia perfecta e impecable” (Id, p. 15).

Douglass encuentra en el Nuevo Testamento abundante apoyo para la naturaleza humana caída de Cristo:

A. El nacimiento virginal (Mat. 1:16; 18-25; Luc. 1:26-38; 3:32)

B. El Hijo del hombre (Mat. 8:20; 24:27)

C. La analogía entre Adán y Cristo (Rom. 5; 1 Cor. 15)

D. El empleo que hizo Pable de sarx (carne) en sus diferentes acepciones, incluyendo como sinónimo de pecado (Rom. 6:19; 7:18; 7:4)

E. “En semejanza de carne de pecado” (Rom. 8:3)

F. La solidaridad del sumo sacerdote con la humanidad (Heb. 2:11; 2:14; 2:16-18; Heb. 4:15; 5:7-9)

Douglass recuerda a sus lectores que si hubieran vivido antes de 1950, gran parte de la discusión sobre el tema no habría tenido lugar:

“Hasta la cuarta parte del siglo XX los portavoces adventistas presentaron consistentemente a Jesús como quien tomó nuestra naturaleza caída. Como tantos eruditos no adventistas, se habrían horrorizado hasta el infinito de la idea de que creer que Jesús tomó la naturaleza humana caída demanda creer también que él fue un pecador. O bien que eso lo colara a él mismo en necesidad de un Salvador... En Jesús no hubo ni una sombra de pecado, puesto que nunca fue pecador. Nunca tuvo “una tendencia pecaminosa”, puesto que nunca pecó. Sin duda alguna nuestro Salvador experimentó las genuinas tentaciones, las seducciones más reales a satisfacer deseos válidos de manera egocéntrica, con la plena posibilidad de ceder a ellas. Pero “ni por un momento” permitió Jesús que las tentaciones concibieran y engendraran el pecado... Nunca permitió que una inclinación se convirtiera en pecaminosa (ver Sant. 1:14 y 15). Se mantuvo diciendo No, mientras que todos los demás seres humanos han dicho Sí” (Id, p. 19 y 20).

Como en otras ocasiones, Douglass quisiera que se comprenda que Cristo tenía un propósito especial al tomar la naturaleza caída del hombre:

“Terminamos allí en donde comenzamos, preguntando nuevamente la primera cuestión que debiera guiar nuestro estudio relativo a la humanidad de Jesús: ¿Por qué vino Jesús a la tierra? Tal como hemos observado ya, vino a silenciar las falsas representaciones y acusaciones de Satanás, y a cumplir el papel de sustituto, garante y ejemplo del hombre caído. La razón para su venida determinó la forma en la que vino; de otra manera su venida no hubiera alcanzado a su propósito. Triunfó gloriosamente sobre el mal; vino a ser el sustituto adecuado, el ser humano pionero, el modelo para la humanidad. Y todo ello lo logró en las circunstancias más adversas, no estando exento de nada, en la misma herencia compartida por los hombres y mujeres a quienes vino a salvar. Considerada desde el punto de vista de los asuntos básicos del gran conflicto, su victoria asume una perspectiva eterna y maravillosa. Y eso significa con toda seguridad increíbles buenas nuevas en un universo inundado por el fruto amargo del pecado, e hipnotizado por un sinnúmero de falsas representaciones del carácter de Dios y de lo que él espera de sus hijos creyentes” (Id, p. 20).

En el número de junio de la revista Ministry que contiene ese largo artículo de Gulley y Douglass presentando las posiciones contrapuestas, el redactor Spangler abrió el camino a las respuestas de los lectores:

“Urgimos a que envíen cartas breves y concretas de no más de 250 palabras... Seleccionaremos y publicaremos algunas de ellas siguiendo el criterio de un porcentaje equitativo, para dar una idea de cuál es la dirección que está tomando el campo en ese tema” (J.R.S. “The Nature of Christ”, Ministry, junio 1985, p. 24).

El número de diciembre de 1985 incorporó una selección significativa de cartas. En primer lugar se dedicó un espacio a responder cuatro cuestiones:

1. ¿Por qué aparecieron los artículos bajo un seudónimo?

2. ¿Por qué publicó Ministry artículos en pro y en contra sobre una doctrina que había sido establecida en la Iglesia Adventista?

3. ¿Por qué publicar ese material en favor del punto de vista de una naturaleza impecable en Cristo, sabiendo que ese es el punto clave sobre el que se ha construido la nueva teología, que ha sido la causante de que tantas personas abandonen la iglesia?

4. ¿Por qué publicar material que nos lleve a la conclusión de que la naturaleza humana no es susceptible de perfeccionamiento? (Redactores de Ministry, diciembre de 1985, p. 2 y 25).

Seguidamente se concedió espacio a la publicación de cuatro cartas en apoyo del punto de vista anterior a la caída, y que ocupaban una columna y media de la revista. A continuación se publicaron cuatro cartas apoyando el punto de vista posterior a la caída, que ocuparon cerca de cinco columnas. Casi tres de ellas consistían en una respuesta punto por punto a la presentación de Gulley, preparada por Joe E. Crews, Frederick, Maryland.

Dicha carta comienza con la frase: “El autor [Gulley] presupone que todo bebé nace con la sentencia de muerte pendiendo sobre sí”. La tercera frase comienza así: “El autor hace la absurda afirmación... etc”. Crews se refiere a lo que parece ser para él el problema básico de la posición anterior a la caída:

“[Gulley] no sólo confunde el pecado con los efectos del pecado, sino que llega a convertir la naturaleza pecaminosa en equivalente al pecado mismo”. ‘[Gulley dice:] Si bien el pecado incluye las elecciones incorrectas y por lo tanto actos e incluso pensamientos, incluye igualmente nuestra naturaleza. Si no naciéramos siendo pecadores, entonces no necesitaríamos un Salvador hasta nuestro primer acto o pensamiento de pecado’.

El autor [Gulley] va al corazón de su asunto crucial en el artículo. Puesto que naturaleza caída es lo mismo que culpa y pecado, todo bebé que nace está necesitado de redención antes de poder pensar, hablar o actuar. Eso significa que Jesús habría sido culpable por el simple hecho de nacer, a menos que su naturaleza fuese diferente a la del resto de bebés...

Los hijos de Adán no heredaron separación de Dios, lo que habría implicado culpa, condenación y la penalidad de la segunda muerte. Heredaron solamente el resultado de la separación de Adán de Dios, que implicaba una naturaleza caída, debilitada, y la inevitabilidad de la primera muerte. El autor [Gulley] cree que la naturaleza caída es lo mismo que culpabilidad personal, y que eso es también equivalente a estar separado de Dios. Escribe [Gulley:] ‘Es impensable que Jesús se hundiera en la separación de su Padre en el mismo acto de venir a este mundo’. Enfatiza, pues, de nuevo el tema central de su proposición: que la naturaleza caída es naturaleza culpable, y separación de Dios y de la salvación. Según eso, Jesús no pudo haber estado relacionado con una naturaleza tal.

De igual forma en que confunde el pecado con la naturaleza pecaminosa, los resultados del pecado con el pecado mismo, y la separación de Dios con la naturaleza caída, el autor [Gulley] confunde las propensiones pecaminosas con las propensiones naturales. Define las propensiones pecaminosas como ‘la inclinación a pecar’. Escribe: ‘Las propensiones pecaminosas (o inclinación a pecar) se adquieren de dos formas: pecando, y naciendo pecador. Cristo no participó en ninguna de ellas’. Por supuesto que no lo hizo. No sé de nadie que piense que Jesús tuvo “propensiones pecaminosas” lo mismo que todos nosotros, como resultado de haber nacido como nosotros -con una naturaleza caída-. Las propensiones pecaminosas son inclinaciones al pecado que han sido cultivadas y fortalecidas mediante la indulgencia en el pecado. Las propensiones naturales son las inclinaciones heredadas. La culpabilidad existe en las segundas, pero no en las primeras. No se convierte en pecaminosa mientras que uno no ceda a la propensión” (Joe E. Crews, “In Support of the post-Fall View”, Ministry, diciembre 1985).          
 

Observaciones sobre la “Carta a Baker”

      Dado que el manuscrito de la carta a Baker se publicó al mismo tiempo que “Questions on Doctrine”, y que ha ocupado un lugar prominente entre las citas empleadas para apoyar la posición anterior a la caída sobre la naturaleza humana de Cristo, debido también a que ciertos dirigentes adventistas se han sentido compelidos a cambiar su posición cuando supieron de dicha carta, parece apropiado prestar atenta consideración a su contenido (L.E. Froom, “Movement of Destiny”, p. 470. Cuatro de las doce citas dadas en una nota a pie están tomadas de la carta a Baker –Carta 8, 1895, “Comentario Bíblico Adventista”, vol. V, p. 1102 y 1103). La parte de la carta que ha tenido mayor influencia al respecto, es la siguiente:

“No lo presentéis [a Cristo] ante la gente como un hombre con tendencias al pecado [inglés: propensities of sin]... Podría haber pecado; podría haber caído, pero en ningún momento hubo en él tendencia alguna al mal [inglés: evil propensity]... Nunca dejéis, en forma alguna, la más leve impresión en las mentes humanas de que una mancha de corrupción o una inclinación hacia ella descansó sobre Cristo, o que en alguna manera se rindió a la corrupción” (E. White, Carta 8, 1895; “Comentario Bíblico Adventista”, vol. V, p. 1102 y 1103).

En 1978 J.R. Spangler, redactor de Ministry, declaró:

“A la luz de esa declaración personalmente debo admitir que sea cual fuere el tipo de naturaleza pecaminosa que Cristo tuviera (si es que la tuvo), no tenía propensión, inclinación natural, tendencia o inclinación hacia el mal” (J.R.S, “This Nature of Christ”, Ministry, junio 1985, p. 24).

En un documento preparado para el curso lectivo en la Universidad de Andrews en 1975, Lyell Vernon Heise llegó a la conclusión de que las afirmaciones enérgicas en los escritos de E.J. Waggoner, anunciados y vendidos por entonces extensamente en Australia, así como las declaraciones inequívocas en las predicaciones de W.W. Prescott, de visita en Australia por aquella época, fueron las que provocaron la advertencia de la carta a Baker. Reproducimos aquí una parte del razonamiento de Heise:

“En esa predicación (“El Verbo se hizo carne”), Prescott afirma enfáticamente que Cristo tomó carne pecaminosa: “Y observad, fue en carne pecaminosa en la que fue tentado, no en la carne en la que Adán cayó”. Era su propósito que, habiendo purificado la carne pecaminosa al morar su presencia [en Cristo], pudiera ahora venir y purificar la carne pecaminosa en nosotros, y glorificar en nosotros carne pecaminosa... ¿Es posible que E. White pudiera apreciar una deriva peligrosa en esa cristología? [E.J. Waggoner y A.T. Jones habrían predicado y publicado la misma posición, según Heise]. Cierto, no una crisis, no un problema digno de pública atención a la vista del buen trabajo que Prescott estaba haciendo, pero sí de magnitud suficiente como para hacer necesario su abordaje en la carta a Baker, escrita sólo un mes después de la aparición de ese sermón [de Prescott] en The Bible Echo. La inequívoca conexión entre la predicación de Prescott y la carta de E. White a Baker sugiere con fuerza que la advertencia y precauciones de la carta de E. White se aplican de forma particular a la posición que representa el sermón de Prescott” (Lyell Vernon Hise, “The Christology of Ellen G. White”, Carta 8, 1895 –documento presentado en clausura del curso T600; Problemas en teología, marzo de 1975, p. 18 y 19).

Pero Robert J. Wieland señaló lo inverosímil de ese tipo de razonamiento:

(a) La carta no la dirigió a Jones o a Waggoner [ni a Prescott].

(b) No menciona por nombre ni alude a la posición de Jones o Waggoner [o Prescott].

(c) No condena las posiciones de ellos, ni siquiera remotamente. Sólo condena las distorsiones de dichas posiciones.

(d) Si E. White hubiera tenido por objeto oponerse a Jones o Waggoner [o Prescott] en sus enseñanzas sobre la naturaleza de Cristo, sabía bien cómo escribirles cartas a ellos. La idea de aludir indirectamente a Jones [o a los otros dos] mediante una carta enviada a Baker en Australia, con la intención de rebatir solapadamente a Jones [o a Waggoner o Prescott] es repugnante para todo quien conozca el carácter abierto de E. White.

(e) Es interesante que E. White no tomó disposición alguna para que se publicara la carta, ni para que se incorporaran porciones de la misma en Testimonios editados por aquella época. Si E. White hubiera percibido que la cristología de Jones y Waggoner [y de Prescott] fuese defectuosa o peligrosa, no habría dudado en publicar su carta a Baker en los mensajes que componen los volúmenes V, VI, VII, VII o IX de Testimonies for the Church” (Robert J. Wieland, “The Broken Link, Some Questions on the Nature of Christ”, 1981, p. 14 y 15).

Por otra parte, la clave del problema es cómo empleó E. White el término “propensiones”. Lo hizo con significados diversos. Lo empleó frecuentemente para referirse a la tendencia a pecar, una inclinación al mal que todos los hombres han heredado de Adán. Damos algunos ejemplos (B.W. Steinweg, “The Baker Letter and the Human Nature of Christ”, 1979, p. 14-18):

“Sin el proceso transformador que sólo puede venir mediante el poder divino, las propensiones originales al pecado permanecen en el corazón en toda su fuerza” (“Review and Herald”, 19 agosto 1890).

“La influencia refinadora de la gracia de Dios cambia el temperamento natural del hombre... Las propensiones que dominan el corazón natural deben ser subyugadas por la gracia de Cristo” (“Los hechos de los apóstoles”, p. 221).

“No había principios corruptos en el primer Adán ni propensiones corruptas o tendencias al mal” (“Carta” 191, 1899; “Comentario Bíblico Adventista”, vol. I, p. 1097).

“Por causa del pecado su posteridad [de Adán] nació con tendencias inherentes a la desobediencia” (“Carta” 8, 1895; “Comentario Bíblico Adventista”, vol. V, p. 1102).

“Los que retienen las tendencias hereditarias hacia el mal, no podrán morar con él” (“General Conference Bulletin”, 4º trimestre, 1899; “Hijos e hijas de Dios”, p. 296).

“Resistid de forma resuelta toda inclinación a pecar” (“Testimonies”, vol. V, p. 47).

En las declaraciones precedentes E. White hace referencia al equipamiento con el cual nace todo ser humano, incluyendo a Jesús. “Como cualquier hijo de Adán, [Cristo] aceptó los efectos de la gran ley de la herencia” (“El Deseado de todas las gentes”, p. 32).

No obstante, en la carta a Baker E. White hizo otro uso de la palabra “propensiones” [traducida al castellano como “tendencias”]. En las siguientes declaraciones emplea “propensiones” en el sentido de pecado:

“Muchos se arruinarán mientras esperan y desean vencer sus malas inclinaciones. No someten su voluntad a Dios. No escogen servirle” (“El ministerio de curación”, 131).

“No debemos retener una sola tendencia pecaminosa” (“Review and Herald”, 24 abril 1900; “Comentario Bíblico Adventista”, vol. VII, p. 954).

“Se me ha mostrado que complacen sus propensiones egoístas y sólo hacen las cosas que concuerdan con sus gustos e ideas... Pero aun cuando sus malas propensiones puedan parecerles tan preciosas como la mano derecha o el ojo derecho, éstas deben ser separadas del obrero, o no será aceptable ante Dios” (“Testimonios para los ministros”, p. 171).

“Deberían abandonarse la propensión a los placeres y la liviandad” (“Mensajes para los jóvenes”, p. 39).

“Vuestra propensión mundana regresa nuevamente, y lo domina todo” (“Testimonies for the Church”, vol. IV, p. 351 y 352).

No es difícil ver que E. White está hablando aquí de pecado real en la vida. Es en ese sentido en el que emplea “tendencias” [inglés: propensities] por dos veces en la carta a Baker, refiriéndose a Cristo:

“No lo presentéis ante la gente como un hombre con tendencias al pecado... Podría haber pecado; podría haber caído, pero en ningún momento hubo en él tendencia alguna al mal”.

Es necesario comprender esta distinción en el uso de “tendencias” [inglés: propensities], en un caso refiriéndose al equipamiento con el que nace el hombre, y en el otro refiriéndose a su actuación, a atravesar la línea que da entrada a la zona del pecado. La confusión es el único resultado posible cuando se ignora esa distinción.

El pastor Spangler, en su artículo editorial de 1978, consideró sin mayor reflexión que las propensiones o tendencias contenidas en la carta que E. White escribió a Baker se referían al equipamiento natural de Cristo [a su naturaleza]. Es por ello que afirmó:

“A la luz de esa declaración personalmente debo admitir que sea cual fuere el tipo de naturaleza pecaminosa que Cristo tuviera (si es que la tuvo), no tenía propensión, inclinación natural, tendencia o inclinación hacia el mal” (J.R.S., “Ask the Editor”, Ministry, abril 1978, p. 23).

Marshall J. Grosboll evidencia una similar falta de comprensión cuando un año antes planteó la cuestión en Ministry (Marshall J. Grosboll, “Battling Over the Nature of the King of Peace”, Ministry, octubre 1977, p. 11; David Duphie, “Theological Issues Facing the Adventist Church”, 1975, p, 86-88):

“¿Fue Cristo plenamente humano? Creo que sí lo fue. “El Deseado de todas las gentes” afirma que ‘como cualquier hijo de Adán, aceptó los efectos de la gran ley de la herencia’ (p. 32)”.

Citando a continuación el “Comentario Bíblico Adventista”, vol. V, p. 1102, se vio forzado a admitir:

“Es cierto que Cristo no tenía la tendencia a pecar. ¿Lo puedo explicar? –No. Simplemente debo aceptarlo. ¿Cómo pudo Cristo no tener tendencia a pecar, siendo que ‘aceptó los efectos de la gran ley de la herencia’?”

No es extraño que clamara frustrado: “Quizá en tres siglos de filosofar y debatir alguien pueda encontrar una buena solución”.

Un estudio del contexto en el que tienen lugar esas expresiones-problema ayudará a comprender correctamente lo que E. White estaba diciendo en la carta al pastor Baker. David P. Duphie, en “Theological Issues Facing the Adventist Church”, plantea la cuestión: “Cuando en la carta a Baker E. White hace la advertencia: ‘No lo presentéis ante la gente como un hombre con tendencias al pecado’, ¿se está refiriendo a su equipamiento, a la carga genética con la que nació?, ¿o se está refiriendo a su vida intachable, a que jamás ‘se rindió a la corrupción’?

“En ese mismo pasaje hay dos evidencias mayores de que E. White se está refiriendo a lo que [Jesús] hizo, y no a su dotación genética, a su equipamiento.

Dice primeramente: ‘Podría haber pecado; podría haber caído, pero en ningún momento hubo en él tendencia alguna al mal’. Es evidente que lo que está afirmando es que si bien pudo haber pecado, pudo haber caído, no obstante jamás pecó, jamás cayó.

En segundo lugar, la expresión: ‘en ningún momento’ es en sí misma una evidencia de primer grado de que no se está refiriendo a la dotación genética, sino al hecho de si Cristo cedió al pecado en algún momento de su vida, de si cometió pecado (para afirmar que, efectivamente, jamás pecó).

Sería bien extraño e inconsistente emplear la expresión ‘en ningún momento’, en referencia a la dotación hereditaria invariable de Cristo. Considérese esta analogía relativa a la ceguera para los colores. Dicha ceguera selectiva es un defecto hereditario que una persona puede tener, o no tener, y esa característica será invariable a lo largo de su vida... No puede ser ciego para los colores en ciertos momentos, y no serlo en otros... Así, la expresión ‘en ningún momento hubo en él tendencia alguna al mal’ indica que E. White no emplea aquí la palabra ‘tendencias’ en el sentido de naturaleza inherente o herencia genética con la que Cristo nació, sino que está destacando el hecho de que Jesús no cedió al pecado ni por un momento” (David P. Duphie, “Theological Issues Facing the Adventist Church”, 1975, p. 86-88).

Examinando la carta a Baker, Ralph Larson llegó a la conclusión de que en ella E. White hizo una refutación de los principios del adopcionismo, que probablemente habían afectado al pensamiento del pastor Baker, dado que la profetisa lo previno en contra de la aceptación de las “tradiciones de los padres”, advirtiéndolo “contra la enseñanza de teorías especulativas”. El adopcionismo sostiene que:

“Jesús no fue el Hijo de Dios durante la primera fase de su existencia terrenal... Pudo entonces haber sido vencido por la tentación, cometiendo así pecado. Ninguna de esas cosas, en vista de su continua lucha heroica por alcanzar la santidad, lo habría descalificado para venir a ser el Hijo adoptado de Dios...” (Ralph Larson, “An Examination of the Baker letter”, Voice of Present Truth, marzo 1983. Para una lectura completa de la carta a Baker, ver Ralph Larson, “The Word Was Made Flesh”, Manuscrito, 1985, p. 30-136. Herbert E. Douglass, “An Historical Note on the 1895 Baker Letter”, Manuscrito 1975, p. 12).

Ralph Larson continua razonando:

“La expresión ‘en ningún momento’ parece indicar que E. White se horrorizó ante la idea antes expresada, propia del adopcionismo... En la carta E. White afirma insistentemente que Cristo no pecó, repitiéndolo en un total de diez ocasiones, y descartando explícitamente que hubiera cedido ni por una sola vez a la tentación.

Y ciertamente no se espera que empleemos un fragmento de una carta personal dirigida a un pastor de Tasmania para contradecir las declaraciones de E. White referentes a la naturaleza humana de Cristo, tal como se las encuentra en “El Deseado de todas las gentes”, que representa claramente su posición consciente y deliberada relativa a la cristología, según una obra que ella escribió destinándola al mundo entero” (Id.) 

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Uno de los autores denominacionales citados en este libro, en una carta fechada el 20 de febrero de 1986, escribió:

“Hace unos cinco años encontré su documento referente a los [varios] significados de “tendencia” [propensity en inglés] en el sótano de la biblioteca de la universidad de Andrews. Esa fue la última pieza del puzzle que permite substanciar la posición post-lapsaria [comprensión de la naturaleza tomada por Cristo, como siendo la propia del hombre después de la caída en el pecado].

Percibo que la posición pre-lapsaria [comprensión de la naturaleza humana tomada por Cristo, como siendo la del hombre antes de la caída en el pecado] ostenta un dominio casi total entre los teólogos [con unas pocas y notables excepciones], y cuenta con una gran mayoría de adherentes entre los pastores. No obstante, sucede exactamente lo contrario entre los laicos. Tiene razón en cuanto al resurgimiento de la comprensión post-lapsaria entre los miembros de la Iglesia Adventista, particularmente entre quienes han renovado su estudio del mensaje de 1888”. 

 

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Este documento fue traducido por: www.libros1888.com

 

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