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Voces discordantes, tensiones y llamamientos a la
fe y la unidad
El encuentro de Palmdale de profesores de Biblia, redactores y
administradores, celebrado del 23 al 30 de abril de 1976,
significó un esfuerzo por llegar a la armonía de la Iglesia
Adventista en la comprensión de la doctrina de la justicia por
la fe. A nuestros dirigentes en Washington les pareció
conveniente estudiar ese tema, debido a la situación a la que se
había llegado en Australia, en la que el Dr. Desmond Ford había
jugado un importante papel. Ocho de los 19 dirigentes allí
presentes provenían de Australia, y favorecían el punto de vista
de Desmond Ford. Si bien el asunto de la naturaleza humana de
Cristo fue un tema secundario, no faltaron quienes comprendieron
que guardaba estrecha relación. Uno de los documentos que
Desmond Ford presentó sustenta plenamente la posición pre-lapsaria
-anterior a la caída-, sobre la naturaleza humana de Cristo.
Jack D. Walker, quien publicó cuatro de los documentos
presentados en Palmdale, afirma:
“La naturaleza humana de Cristo también se trató en la asamblea,
pero los presentes estaban divididos a partes iguales entre
quienes sostienen la posición de que la naturaleza humana que
Cristo heredó fue pecaminosa, y quienes sostienen que fue
impecable. En consecuencia, la declaración conjunta resultó más
bien ambivalente” (Jack D. Walker, “Documents from the Palmdale
Conference on Righteousness by Faith”, 1976, p. 1).
En el informe de la Asamblea de Palmdale aparecido en la
Rieview and Herald del 27 de mayo del 1976, tras citar
Romanos 8:3 (“en semejanza de carne de pecado”), Hebreos 2:17
(“en todo semejante a sus hermanos”) y 2 Corintios 5:21 (“Al que
no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado”), los autores
continúan así:
“No todos los cristianos ven de igual manera esos textos. Por
ejemplo, para algunos significan que Jesús no cometió pecado,
sea en palabra, actos o pensamientos; para otros significan, no
sólo que Jesús no cometió pecado, sino que carecía de las
tendencias heredadas al pecado que son comunes a la humanidad
caída…
Sea que los cristianos sostengan una u otra de esas posiciones
acerca de la humanidad de Cristo, creemos que lo importante es
reconocer a Jesús como el Salvador de toda la humanidad, y que
mediante su vida victoriosa, vivida en carne humana, provee el
nexo de unión entre la divinidad y la humanidad” (“Cristo,
justicia nuestra”, Review and Herald, 27 mayo 1976).
A continuación se citan declaraciones de E. White, sugiriendo
que en ocasiones apoya una posición, y en ocasiones la
contraria.
La frase “sea que los cristianos sostengan una u otra de esas
posiciones” es equivalente a pretender que “podemos sostener
cualquiera de las dos posiciones. Por consiguiente está claro
que ambas posiciones son hoy aceptables en el adventismo” (E.H.
Sequiera, Savior of Every Man, p. 3 y 4).
Nota: Uno de los presentes en Palmdale fue Kenneth H. Wood,
redactor de la Review. Durante los meses que sucedieron
al informe oficial constató que algunos lectores se sentían
contrariados con la parte del documento que trata de la
naturaleza humana de Cristo. “Lo percibían como significando un
compromiso, y como dejando de lado un asunto importante”.
Admitía que “estudiosos de la Biblia igualmente agudos y
capaces… puedan diferir de alguna forma en un misterio tan
profundo como la encarnación”.
“Tal como vemos la situación, el principal peligro en creer que
la humanidad de Cristo era diferente de la nuestra es que
empleemos esa “diferencia” como una excusa para el pecado.
Situando a Cristo en una categoría aparte de la nuestra,
explicamos su absoluta victoria sobre el pecado y la tentación,
diciendo: ‘Sí, pero él era Dios’. Y explicamos nuestras derrotas
y debilidades diciendo: ‘Sí, pero somos humanos”. Si, por el
contrario, aceptamos al pie de la letra la declaración de que
‘nuestro Salvador tomó la humanidad con todo su pasivo [inglés:
with all its liabilities]’ (“El Deseado de todas las
gentes”, p. 92), y que a pesar de haber tomado ese pasivo fue
victorioso, entonces la vida y victoria de Cristo adquieren
inmediatamente relevancia para nosotros.
Vemos a Jesús como a nuestro Ejemplo, y procuramos imitarlo.
‘Viviendo una vida sin pecado, testificó de que cada hijo e hija
de Adán puede resistir las tentaciones del que primero trajo el
pecado al mundo’ (“Mensajes Selectos”, vol. I, p. 226).
‘El plan de Dios, ideado para la salvación del hombre, disponía
que Cristo conociera el hambre y la pobreza, y cada aspecto de
la experiencia del hombre. Resistió a la tentación mediante el
poder que puede tener el hombre. Se aferró del trono de Dios, y
no hay un hombre o mujer que no pueda tener acceso a la misma
ayuda mediante la fe en Dios. El hombre puede llegar a ser
participante de la naturaleza divina… Los hombres pueden tener
un poder para resistir el mal: un poder que ni la tierra, ni la
muerte, ni el infierno pueden vencer; un poder que los colocará
donde pueden llegar a ser vencedores como Cristo venció. La
divinidad y la humanidad pueden combinarse en ellos’ (Id.,
p. 408 y 409).
Es evidente que el mensaje de 1888 presentaba a Cristo como
teniendo el mismo tipo de carne que el de cualquier otro ser
humano, si bien, aunque tentado, jamás pecó. Reconocía que los
ancestros de Cristo según la carne eran pecadores. Si es que
Cristo debió obtener una carne diferente a la del resto de la
humanidad, ¿de dónde la obtuvo?
Los mensajes de Jones y Waggoner hicieron que personas
escribieran cartas a E. White en protesta. Pero ella replicó:
‘Me han llegado cartas que afirman que Cristo no podría haber
tenido la misma naturaleza que el hombre, pues si la hubiera
tenido, habría caído bajo tentaciones similares. Si no hubiera
tenido la naturaleza del hombre, no podría ser nuestro ejemplo.
Si no hubiera sido participante de nuestra naturaleza, no podría
haber sido tentado como lo ha sido el hombre. Si no le hubiera
sido posible rendirse ante la tentación, no podría ser nuestro
ayudador. Fue una solemne realidad que Cristo vino para reñir
las batallas como hombre, en lugar del hombre. Su tentación y
victoria nos dicen que la humanidad debe copiar el Modelo. El
hombre debe llegar a ser participante de la naturaleza divina’ (Id,
p. 477 y 478).
Con el tremendo desafío de la perfecta e impecable vida de
Cristo ante nosotros, debiéramos ciertamente estudiar con fervor
la forma de imitarlo. Debiéramos buscar el poder del Espíritu
Santo, entregarnos totalmente a Dios, y asimilar la naturaleza
divina mediante la agencia del Espíritu Santo” (Keneth H. Wood,
“El punto de vista del redactor”, Review, 18 noviembre
1976).
Durante los años 1970 se dejó oír una voz decantada claramente a
favor de la posición previa a la caída, sobre la naturaleza
humana de Cristo. Se trata de Edward Heppenstall, en su libro
“The Man Who Is God”. Comentando sobre Romanos 8:3 (“en
semejanza de carne de pecado”), leemos:
“Esta Escritura no nos dice que Dios envió a su Hijo ‘en carne
pecaminosa’, sino solamente ‘en semejanza’ de ella. Cristo se
hizo realmente carne, tomando por consiguiente nuestra
naturaleza. Su carne, o ser físico, fue como el nuestro. En la
expresión ‘en semejanza de carne de pecado’, Pablo enfatiza el
hecho de que Cristo tomó la carne tal como ésta ha venido a ser,
afectada por el pecado durante cuatro mil años. Fue
verdaderamente un hombre. Cuando los hombres lo contemplaron, no
vieron nadie diferente a ellos mismos. Pero su ‘semejanza’ no
fue más allá de eso. Todo el resto de los hombres nacieron en
carne de pecado, no en semejanza de tal cosa… Dios envió a su
Hijo en semejanza de carne de pecado, sin poseer una humanidad
pecaminosa. Cristo no tenía una naturaleza pecaminosa como la
nuestra” (Edward Heppenstall, “The Man Who Is God”, 1970, p. 136
y 137. El autor no buscó el apoyo de E. White para sus
aserciones. En cambio, cita numerosos eruditos evangélicos).
La enseñanza de Heppenstall consiste en que debido a la
concepción singular de Cristo, no heredó la naturaleza de Adán
posterior a la caída.
“La concepción de Jesús fue absolutamente única, por cuanto fue
obra del Espíritu Santo… Su nacimiento real fue directamente de
Dios. Tenía un Padre divino. Nosotros no lo tenemos, en el
sentido de la concepción humana. Nuestros dos progenitores
nacieron con naturalezas pecaminosas… Jesús nació de Dios en un
sentido en el que nosotros no lo hicimos.
El texto (Luc. 1:30-35) afirma que el efecto de esa operación
divina sobre María sería el de que el niño que nacería no sería
otro que el Hijo de Dios, nacido santo en un sentido singular” (Id,
p. 135).
Los redactores de Ministry consideraron oportuno
publicar, en octubre de 1977, un artículo que llevaba por
título: “Battling Over the Nature of the King of Peace”, escrito
por Marshall J. Grosboll. Sugiere que nuestro debatir sobre la
naturaleza humana de Cristo es una herencia recibida de los
filósofos helenísticos.
“Esos tecnicismos acerca de la naturaleza de Cristo y de la
Trinidad se convirtieron en un asunto de importancia capital
para los maestros cristianos. Se suscitaron diferentes escuelas
para dar soporte a diferentes opiniones. Se publicaron artículos
y tuvieron lugar debates. Se excomulgaron personas. Se pelearon
batallas. Quedó configurado un campo de sangre, todo para
sustentar una u otra de las posturas acerca de un concepto
teológico abstracto…
¿Qué está sucediendo hoy en la Iglesia Adventista? ¿Se han
convertido todos los filósofos helenísticos al cristianismo
apostólico? ¿O quedan algunos deseosos aún de aventar sus ideas
acerca de los misterios de la encarnación?
Imagina que difieres de mí en la comprensión de algunos puntos.
¿Debiéramos dedicar todo nuestro tiempo a discutir el uno con el
otro? Eso es lo que Satanás quisiera que hiciéramos.
Nos dedicaríamos al debate sobre la naturaleza de Cristo más
bien que a luchar la batalla contra el pecado…
Es tiempo ya de que hiciéramos, en nuestras vidas y en el mundo,
lo que queda por hacer antes que pueda venir Cristo. El gran
tema final no es la naturaleza de Cristo, sino su carácter,
vivido en nosotros” (Ministry, “Battling Over the Nature
of the King of Peace”, Marshall J. Grosboll, octubre 1977).
Perro como ya hemos visto en la exposición de Douglass sobre la
“última generación”, esos dos conceptos: la naturaleza de Cristo
y el carácter de Cristo vivido en nosotros, están íntimamente
relacionados.
El muy apreciado Robert H. Pierson, siendo presidente de la
Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, en
un mensaje “De corazón a corazón” dirigido a la iglesia, formuló
un llamado a la unidad:
“Hay, no obstante, ciertos puntos principales a propósito de la
naturaleza de nuestro maravilloso Señor, que podemos fácilmente
comprender y aceptar. En dichos puntos no hay motivo para la
división entre nosotros, como adventistas del séptimo día:
1. Estamos de acuerdo en que Jesucristo fue, y es,
verdaderamente Dios… Sobre eso no hay discusiones entre
nosotros.
2. Estamos de acuerdo en que Jesús, nuestro Salvador, se hizo
realmente hombre. La Palabra de Dios habla claramente sobre ello
(cita Heb. 2:17; Gál. 4:4 y Heb. 2:14).
3. También estamos de acuerdo en que Jesús fue tentado como lo
somos nosotros (Heb. 2:18 y 4:15).
4. Estamos igualmente de acuerdo en que, si bien Jesús fue
tentado, jamás cedió a la tentación o el pecado ni en lo más
mínimo (1 Ped. 2:22; Heb. 7:26). ‘No debiéramos albergar dudas
en cuanto a la perfecta impecabilidad de la naturaleza de
Cristo’ (Comentario Bíblico Adventista, vol. V, p. 1105).
5. El estudio de los escritos inspirados deja claro que en
Jesucristo se daba una misteriosa combinación de lo humano y lo
divino (1 Tim. 3:16)” (Robert H. Pierson, “Our Unique Jesus”,
Review and Herald, 4 enero 1979).
A continuación advertía en contra de interpretaciones privadas,
en estos términos:
“Puesto que la muerte de Cristo es un misterio que el hombre no
será capaz de comprender plenamente de este lado de la
eternidad, ¿no debiéramos aceptar ese hecho, y unirnos en las
grandes áreas de acuerdo que son suficientes para nuestra
salvación, y no insistir en nuestras propias interpretaciones
privadas acerca de la naturaleza divino-humana del Señor hasta
el punto de traer la disensión y división entre nosotros?”
En un llamamiento general de corazón a corazón, el pastor
Pierson recuerda a la iglesia cuál es su primera tarea:
“En esta ultimísima hora el desafío ante el pueblo remanente de
Dios es llevar el mensaje de un Salvador crucificado, resucitado
y próximo a venir, a todos los hogares del planeta Tierra. Tal
es el encargo que esta iglesia aceptó en la asamblea de la
Asociación General de 1975 en Viena, Austria.
¿Acaso no complacería a Satanás si lograra que el pueblo de Dios
se sumergiera en una gran controversia acerca de la naturaleza
de nuestro Salvador y causara de ese modo que dejáramos de lado
esta gran comisión?
Que el Espíritu del Señor nos dirija en el estudio de su Palabra
y que ese mismo Espíritu nos mantenga unidos lado a lado en
nuestra búsqueda de la verdad. Cerremos filas sobre las grandes
áreas de la autenticidad que son esenciales para nuestra
salvación y avancemos con la vista puesta en la finalización de
la obra en nuestro día” (Id.)
W. Duncan Eva, vicepresidente de la Asociación General en 1979,
escribiendo en la Adventist Review, enfatizó la necesidad
de ejercer fe para aceptar lo que está escrito acerca de la
naturaleza humana del Salvador:
“La epístola a los Hebreos nos dice que “fue tentado en todo
según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Heb. 4:15). No fue la
naturaleza “de los ángeles” la que tomó, “sino… la descendencia
de Abraham”. Fue hecho “en todo semejante a sus hermanos, para
venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote” (2:16 y 17).
¿Tenía una naturaleza exactamente como la nuestra? ¿Le vino,
según eso, la tentación tal como nos viene a nosotros, desde
dentro, tanto como desde fuera? Si fue así, ¿cómo pudo la sangre
de su sacrificio ser “la sangre preciosa de Cristo, como de un
cordero sin mancha y sin contaminación”?, ¿y cómo pudo ser “tal
sumo sacerdote… santo, inocente, sin mancha, apartado de los
pecadores”? (Heb. 4:15; 1 Ped. 1:19; Heb. 7:26). E. White
escribió: ‘Fue tentado en todo como el hombre es tentado, y sin
embargo, él es llamado “el Santo Ser”’. Ella misma explica: ‘Que
Cristo pudiera ser tentado en todo como lo somos nosotros y sin
embargo fuera sin pecado, es un misterio que no ha sido
explicado a los mortales. La encarnación de Cristo siempre ha
sido un misterio, y siempre seguirá siéndolo’ (“Comentario
Bíblico Adventista”, comentario de E. White sobre Juan 1:1-3 y
14; vol. V, p. 1103).
Por lo tanto, el que yo sea o no capaz de explicar el ‘cómo’,
carece de importancia. La Biblia afirma que es así, la mensajera
del Señor lo confirma, y así lo han creído por siglos cristianos
verdaderos. Por consiguiente, de esa verdad que no puedo
plenamente comprender, obtengo toda la esperanza y consuelo que
me trae. Cuando me sobrevienen inesperadas y poderosas
tentaciones, o cuando me siguen los pasos con insistencia día
tras día, por más que sea atacado, sé que el Señor conoce mi
lucha, y puesto que ‘él mismo padeció siendo tentado’, es
poderoso para ‘salvar perpetuamente a los que por él se acercan
a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos’ (Heb. 2:16 y
7:25)” (W. Duncan Eva, “How Human Was Jesus?” Review and
Herald, 4 enero 1979).
En su momento tuvo lugar una entrevista con Morris L. Venden
registrada en la revista Insight. El artículo en dos
partes se iniciaba con la cuestión:
“Cuál es su interpretación de la frase contenida en la página 47
del libro 'Palabras de vida del gran Maestro': 'Cuando el
carácter de Cristo sea perfectamente reproducido en su pueblo,
entonces vendrá él para reclamarlos como suyos'?”
Gran parte de la discusión consiguiente giró alrededor del
criticismo de Paxton sobre posiciones adventistas relativas a la
justificación por la fe o a la justicia por la fe. En cierto
momento Venden expresó preocupación por lo semántico en nuestra
teología:
“Creo que el problema semántico más grande que hoy tenemos es el
relativo a la naturaleza de Cristo. Y es mi parecer que es tan
acentuadamente semántico, que resulta casi imposible avanzar en
el tema. Nadie ha elaborado un glosario: ¿qué se entiende por
naturaleza pecaminosa?, ¿qué significa como nosotros?,
etc”
La revista Insight planteó entonces la pregunta: ¿Tenemos
alguna indicación al propósito de que sea necesario para nuestra
salvación el saber exactamente cuál fue la naturaleza de Cristo?
Venden respondió así:
“Bien, depende de en qué declaraciones nos basemos, hay ciertas
advertencias en cuanto a tratar de determinar su naturaleza. Se
nos invita asimismo a comprender de él tanto como sea posible.
Parece no existir duda alguna acerca de que la definición de
pecado y la naturaleza de Cristo y el perfeccionismo van de la
mano. Creo que la contención es válida desde el momento en el
que alguien define el pecado primariamente en términos de
transgresión de la ley –según terminología y concepto
legalistas-. Entonces va a necesitar un Salvador que sea
precisamente como él. Un Salvador que luche con todas sus mismas
tentaciones a transgredir la ley. En ese proceso uno termina en
el perfeccionismo, y en un cristianismo conductista.
Pero si uno define el pecado en términos de relación –de vivir
una vida separada de Dios-, no necesita tener un Salvador que
sea exactamente como nosotros. De hecho, la misma diferencia [de
Cristo] significa que habría podido vivir independientemente,
pero eligió depender de Dios. Creo que su dependencia del Padre
es la esencia del ejemplo de Cristo hacia nosotros. Al fin y al
cabo dijo: ‘Sin mí nada podéis hacer’” (“Entrevista de Morris
Venden con Insight”, 1ª parte; Insight, 15 mayo 1979).
Ya hemos citado el congreso de Palmdale en 1976, dedicado al
estudio de la justificación y de la justicia por la fe, junto al
tema relacionado de la naturaleza humana de Cristo. En octubre
de 1979 se reunió en Washington D.C. un gran grupo de 145
miembros, estableciéndose como el comité de consulta de la
justificación por la fe. El comité editorial que ese gran grupo
eligió, redactó -para que fuese publicado- lo que se presentó a
la iglesia bajo el título: “La dinámica de la salvación”, que
apareció en la Adventist Review del 31 de julio de 1980.
W.R. Lesher, como director del Biblical Research Institut,
aclara en la introducción que “La dinámica de la salvación” es
sólo un documento de estudio, no una declaración con valor de
credo. A continuación, en beneficio de quienes buscaron el
consenso en ciertos temas relacionados, explica:
“Ciertos aspectos de este tema inagotable, tal como la
naturaleza de Cristo, la perfección y el pecado original, no son
objeto de atención detallada en este documento” (“The Dinamics
of Salvation”, Review and Herald, 31 julio 1980).
No hemos podido constatar, a partir del escrito, si esos temas
relacionados fueron objeto de consideración en aquel grupo de
estudio.
Acontecimiento posteriores a 1980
Puesto que en la asamblea de Palmdale de 1976 se había declarado
virtualmente que ambas posiciones sobre la naturaleza humana de
Cristo eran aceptables, la reaparición de la discusión después
de 1980, fue causa de sorpresa.
En favor de la posición anterior a la caída aparece un nombre
hasta entonces desconocido para los lectores de la literatura
denominacional: Norman R. Gulley, doctor en filosofía, profesor
de religión en Southern College of Seventh Day Adventists.
En 1977 se habían editado una serie de lecciones de Escuela
Sabática, junto a material suplementario, cuyo autor fue Herbert
E. Douglass, y que incorporaban la posición posterior a la caída
sobre la encarnación de Cristo. En el primer trimestre de 1983
el profesor Gulley escribió una serie de lecciones bajo el
título: “El sacrificio expiatorio de Cristo”, junto a ayudas de
estudio tituladas “Cristo nuestro sustituto”, favoreciendo la
posición anterior a la caída sobre la naturaleza humana de
Cristo (Norman R. Gulley, “Cristo nuestro sustituto”, 1982, p.
9.
Es interesante que la Introducción al material de ayuda
para esas lecciones de Escuela Sabática fue escrita por
Edward Happenstall.
Afirmaba lo siguiente: “Este libro trata de temas de gran
importancia en relación con la naturaleza y obra de
Jesucristo...
Cristo vino al mundo, no sólo a manifestar a Dios, sino también
a identificarse con esta raza caída y ser nuestro Salvador).
Hacia el principio de la presentación, Gulley afirmaba:
“Los Adventistas del Séptimo Día creen que Jesucristo fue
plenamente Dios y plenamente hombre. Pero podemos ver de dos
formas diferentes la expresión ‘plenamente hombre’. Jesús tuvo,
o bien (1) una naturaleza no caída, tal como la que Adán poseyó
antes de caer, o bien (2) naturaleza humana caída. ¿Cuál de las
dos es la correcta? Jesús tomó ambas. Tomó la naturaleza
espiritual del hombre antes de la caída, y la naturaleza física
del hombre posterior a la caída (Id, p. 33).
Algo más adelante en el mismo capítulo, vuelve a presentar la
misma proposición:
“De hecho Jesús encontró al hombre allí donde se encontraba la
humanidad –tomando sobre sí mismo todos los resultados físicos
de la caída, pero no los espirituales. Nuestro Salvador asumió
las debilidades del hombre, su hambre y su cansancio, pero no su
rota relación con Dios. Espiritualmente tenía la naturaleza de
Adán anterior a la caída. Como tal, podía ser el segundo Adán,
el sustituto del hombre, para devolverle aquello que perdió –la
unidad con Dios...
Cualquier idea al propósito de que se hizo exactamente igual que
nosotros en el nacimiento, incluyendo la naturaleza espiritual,
participando de la dotación genética de la naturaleza humana
caída, recibiendo los resultados de la herencia, pone en
entredicho su substitución, y nos lleva frecuentemente a
considerarlo únicamente como un ejemplo a copiar” (Id, p.
38).
Pero en el caso de que sus lectores viesen en Cristo “la
tremenda ventaja que tenía, con respecto a nosotros”, Gulley
responde:
“Pero véase de este modo: Jesús no tenía por qué venir a este
mundo, ni tenía por qué asumir las limitaciones humanas, con
todo el sufrimiento, rechazo y odio que conllevaba –incluso de
parte de los miembros de iglesia-... Jesús podía haber
permanecido en el cielo, lugar en el que todos lo querían y
adoraban como Dios. Él no tenía necesidad de vivir una vida
humana libre de pecado, pero nosotros necesitamos esa vida en
lugar de la nuestra pecaminosa. Jesús vino a darnos una vida
humana digna de ser vivida. Sus tentaciones fueron para
nosotros, su victoria fue nuestra. Toda ventaja que tuviera lo
fue para nosotros” (Id, p. 53 y 54).
Las Lecciones para la Escuela Sabática fueron seguidas
por un artículo en la Adventist Review del 30 de junio
del 1983. Gulley habló aquí todavía con mayor claridad que en
las lecciones o en el material auxiliar de la Escuela
Sabática. Intentó presentar una síntesis de las dos
posiciones en el adventismo:
“Los Adventistas del Séptimo Día ven la humanidad de Jesús de
dos formas: (1) La posición anterior a la caída, que busca
preservar el hecho de que vino como el segundo Adán. En ella se
enfatiza la naturaleza impecable de Jesús. (2) La posición
posterior a la caída, que busca preservar el hecho de que vino
como el hijo de María. Se enfatiza aquí la identidad de Jesús
con la naturaleza humana caída. En sus diversas 23 Declaraciones
de Creencias Fundamentales, la iglesia no ha tomado nunca una
posición a favor o en contra de una de las posiciones. Eso se
debe a que ambas están representadas en la Escritura y en los
escritos de E. White...
¿Existe un terreno común entre esas dos posiciones, que pueda
ayudar en la construcción de la unidad, y que evite nuestra
fragmentación? Creo que sí. Ambas posturas intentan decir algo
sobre Jesús, que es necesario decir. La posición anterior a la
caída ve a Jesús como sustituto, y la posterior a la caída se
centra en Jesús como ejemplo. Sin embargo, quienes sustentan una
y otra posición afirman el hecho de que Jesús es ambas cosas:
sustituto y ejemplo” (Norman G. Gulley, “Behold the Man” –He
aquí el Hombre-, Review and Herald, 30 junio 1983).
Presentando la Escritura en apoyo de la posición anterior a la
caída, afirma en referencia a la naturaleza humana de Jesús:
“Nació en Belén como “el Santo Ser” (Luc. 1:35); fue nacido “del
Espíritu Santo” (Mat. 1:18; Luc. 1:35) a la vez que fue hijo de
María... El Impecable entró en las limitaciones impuestas por el
pecado existentes en los días de María, si bien preservó la
santidad de la creación del nuevo Adán...
Es el segundo Adán (Rom. 5:16-19, 2 Cor. 4:14 y 15) y vino en
semejanza (no igualdad) de carne de pecado (Rom. 8:3).
No fue sino hasta que Aquel que no conoció pecado fue hecho
pecado por nosotros ( 2 Cor. 5:21), cuando vino a ser la ofrenda
por el pecado, llevando los pecados del mundo, cuando lo vemos
clamando: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
(Mar. 15:34). Fue hecho pecado por nosotros, no en naturaleza al
nacer, sino en misión al morir” (Id, p. 4, 5 y 8).
Intenta asimismo mostrar el “equilibrio” entre las dos
posiciones, en los escritos de E. White:
“Cuando defiende su impecabilidad, defiende la naturaleza
anterior a la caída. Cuando defiende su humanidad limitada,
defiende su naturaleza posterior a la caída”.
Estas son algunas de las declaraciones de E. White que cita para
ilustrar ese “equilibrio”:
“Nunca dejéis, en forma alguna, la más leve impresión en las
mentes humanas de que una mancha de corrupción o una inclinación
hacia ella descansó sobre Cristo, o que en alguna manera se
rindió a la corrupción” (“Comentario Bíblico Adventista”, vol.
V, p. 1103).
“[Cristo] había de ocupar su puesto a la cabeza de la humanidad
tomando la naturaleza, pero no la pecaminosidad del hombre”
(“Signs of the Times”, 29 mayo 1901; “Comentario Bíblico
Adventista”, vol. VII, p. 937).
“Al tomar sobre sí la naturaleza humana en su condición caída,
Cristo no participó en lo más mínimo en su pecado” (“Comentario
Bíblico Adventista”, vol. V, p. 1105).
“Siempre fue puro e incontaminado, pero tomó sobre sí nuestra
naturaleza pecaminosa” (“Review and Herald”, 15 diciembre 1896).
Como sucediera con las Lecciones para la Escuela Sabática
que había preparado Herbert E. Douglass en 1977, también las de
Norman R. Gulley fueron objeto de duro criticismo por parte del
bando opuesto. A propósito de la pretensión de que se puedan
emplear los escritos de E. White en apoyo de dos conceptos
enteramente opuestos sobre la naturaleza humana de Cristo, el
Dr. y la Sra. Lloyd Rosenvold comentan:
“Primero, que Cristo tomó sobre sí la naturaleza del hombre
caído –la de Adán después de su caída. Cita breves declaraciones
de la pluma de E. White que lo apoyan. En la siguiente sección
(de la misma página), no obstante, indica que los escritos de E.
White pueden ser igualmente empleados para apoyar la posición
contraria, es decir, que Cristo tomó la naturaleza de Adán antes
que éste cayera. Vuelve a citar breves declaraciones de la pluma
de E. White para sustentar su pretensión. Se supone que el
lector está en libertad de elegir la teoría que más le
complazca” (Dr. y Mrs. Lloyd Rosenvold, “Which Gospel?” -edición
revisada-, marzo 1983, p. 2).
A propósito del uso que hace Gulley de declaraciones de E.
White, Donald K. Short, en una carta a la Adventist Review
manifestó:
“E. White no escribe ni una sola palabra a propósito de una
naturaleza de Cristo anterior a la caída, y sugerir tal cosa es
hacerle decir lo que no dijo, y promover la confusión. En ningún
lugar separó [E. White] a Jesús de su pueblo, ni buscó
‘equilibrio’ alguno entre una naturaleza anterior y una
posterior a la caída. ¿Cómo es posible que se promueva ese tipo
de confusión en el nombre de la ‘unidad en nuestra iglesia’?
(Donald K. Short, Carta a William G. Johnson, redactor de la
Adventist Review, 4 julio 1893, publicada por Pilgrims
Rest, folleto FF-310).
En 1983, el mismo año en el que se estudiaron las Lecciones de
Escuela Sabática de Norman R. Gulley, y en que apareció su
artículo en la Adventist Review, Pacific Press publicó el
libro “Gold Tried in the Fire” –Oro afinado en fuego-, de
Robert. J. Wieland.
En el capítulo: “Cuál es el significado de ‘Mirar a Jesús’”,
presenta “Lo que Cristo necesita para ser nuestro sustituto”:
“Cuando Juan afirma que Cristo ‘ha venido en carne’ [1 Juan
4:1-4], obviamente no se está refiriendo a cierto tipo milagroso
o especial [de carne], desconocida en este planeta cuando él
vino... No nos ha sumido en ningún tipo de engaño, pretendiendo
ser ‘Dios con nosotros’ mientras que astutamente evadía una
batalla con el pecado idéntica a la nuestra, tomando un tipo
diferente de carne o naturaleza distinta de la nuestra.
Cristo no puede ser nuestro sustituto a menos que haya hecho
frente a nuestras tentaciones de la forma en que nosotros hemos
de hacerles frente. Debe enfrentarse a nuestro enemigo en su
propio terreno, en su propia guarida, y batirlo allí” (Robert J.
Wieland, “Gold Tried in the Fire”, p. 1983, p. 73).
Habiendo citado Romanos 8:3 y 4, Wieland continúa así:
“Al emplear la palabra ‘semejanza’, Pablo no puede estar
expresando ‘diferencia’, pues habría sido un fraude monstruoso
el que Cristo hubiera pretendido condenar el pecado en la carne,
esa carne en la que Pablo afirma que estamos ‘vendidos al
pecado’, esa en la que opera ‘la ley del pecado’, si hubiera
falsificado su encarnación tomando solamente lo que parecía
ser nuestra carne pecaminosa, pero sin poseer su misma realidad
en absoluto... La gloriosa victoria de Cristo descansa en el
hecho de haber sido ‘tentado en todo de la misma manera que
nosotros, pero sin pecado’ (Heb. 4:15, NVI).
No importa quién seas o dónde estés, puedes tener la seguridad
de que Alguien estuvo exactamente en tu lugar, ‘pero sin pecar’.
Mira a Cristo, velo, desechando toda esa niebla de engaño
mediante la verdad de su justicia ‘en semejanza de carne de
pecado’. Cree que el pecado que te seduce ha sido ‘condenado en
la carne’. Puedes vencer mediante la fe en él” (Id, p. 75
y 77).
En Navidad del año 1983, en dos números sucesivos de la
Adventist Review se publicaron dos artículos de Herbert E.
Douglass titulados: “Por qué cantaron los ángeles en Belén”.
Esos artículos podrían considerarse como el desarrollo de lo
escrito por un laico al redactor jefe de la revista, en fecha
del 6 de julio de 1983:
“El Dr. Gulley ha disfrutado ahora de tres oportunidades de
expresar ampliamente sus puntos de vista personales sobre el
adventismo: en el primer trimestre de la Escuela Sabática de
1983, en su libro que acompañó a las lecciones de Escuela
Sabática, y ahora a través de la Adventist Review.
Confiamos en que conceda a los laicos de la iglesia una
oportunidad equivalente de refutar las porciones erróneas de la
posición de Gulley” (“Carta de un laico” a William G. Johnson, 6
julio 1983, publicada en Pilgrims Rest, folleto FF-310).
En el principio del segundo artículo Douglass recuerda a sus
lectores la descripción que E. White hizo de Jesús:
“...tomando ‘nuestra naturaleza caída’, ‘en el lugar del Adán
caído’, ‘naturaleza humana... en semejanza de carne de pecado, y
fue tentado por Satanás como son tentados los hijos’, ‘la
naturaleza de Adán, el transgresor’, ‘la naturaleza ofensiva del
hombre’ y muchas otras expresiones... E. White es clara al
respecto de que el equipamiento humano caído, degradado, de
nuestro Señor, no lo llevó a pecar en pensamientos o en actos.
Permaneció incontaminado e inmaculado a pesar de haber sido
tentado desde el interior y desde el exterior” (El último
pensamiento se apoya con referencias de “Mensajes selectos”,
vol. I, p. 111, “El Deseado de todas las gentes”, p. 296 y
“Review and Herald”, 1 abril 1875).
Douglass cita “la autoridad internacionalmente reconocida,
C.E.B. Cranfield, comentador de Romanos en International
Critical Commentary”:
“Cristo... comenzando desde donde nosotros comenzamos, sujeto a
todas las malvadas presiones que nosotros heredamos. Y empleando
el material tan poco prometedor como inservible de nuestra
naturaleza corrupta, rindió una obediencia perfecta e impecable”
(Herbert E. Douglass, “Por qué cantaron los ángeles en Belén”,
parte II, Adventist Review, 29 diciembre 1983, p. 9).
Douglass resume en estos términos el propósito de la venida de
Cristo, en la forma en que vino:
“La gloriosas nuevas consisten en que los seres humanos, unidos
al poder del Espíritu Santo morando en ellos, pueden enfrentar
la tentación y ser vencedores. Eso es así debido a que en el
corazón del universo está nuestro Ejemplo y Redentor/Sustituto,
quien accedió a ser hecho ‘en todo semejante a sus hermanos,
para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote’ (Heb.
2:17); ‘uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza,
pero sin pecado’ (Heb. 4:15).
La obra intercesora de nuestro Señor, como sumo sacerdote, tiene
por objeto ayudar a sus seguidores a que venzan ‘así como yo
[Jesús] he vencido’ (Apoc. 3:21)” (Id, p. 10).
En 1985 apareció un nuevo nombre en la literatura denominacional
en relación con el tema de la naturaleza humana de Cristo. Se
trata de Dennis E. Priebe, cuyo libro titulado “Face to Face
With the Real Gospel” publicó Pacific Press. En el
capítulo “¿Cómo vivió Cristo?” encontramos un amplio estudio
sobre la naturaleza humana de Cristo posterior a la caída. Sobre
el controvertido pasaje de Romanos 8:3 –“en semejanza de carne
de pecado”, Priebe presenta lo siguiente:
“Romanos 8:3 es una de las clásicas afirmaciones acerca de Jesús
haciéndose hombre... ¿Qué significa exactamente venir ‘en
semejanza de carne de pecado’? Se nos ha dicho que semejanza no
significa igualdad.
Filipenses 2:7 dice que [Jesús] ‘tomó la forma de siervo y se
hizo semejante a los hombres’. En ambos casos se emplea
la misma palabra griega. En Romanos 8:3 se trata de ‘semejanza
de carne de pecado’. Todos estarán de acuerdo en que cuando
Jesucristo vino a esta tierra se hizo un auténtico hombre...
Ahora, si entendemos que en Filipenses 2:7 la semejanza de
hombre significa realmente hombre, y no parecido al hombre,
entonces ¿qué hemos de decir sobre Romanos 8:3, donde
encontramos la expresión ‘semejanza de carne de pecado’?
¿Meramente que Jesús aparentó haber tomado carne de pecado, o
bien que la tomó realmente? Este es el comentario del
Expositor’s Greec Testament sobre Romanos 8:3 y 4: ‘El
énfasis... está en la semejanza de Cristo con nosotros, no en su
diferencia... Lo que [Pablo] expresa aquí es que Dios envió a su
Hijo en esa naturaleza que en nosotros está identificada con el
pecado... La carne... en la que ha reinado el pecado fue la
carne en la que Dios ejecutó la condenación del pecado’. ‘La
carne aquí referida es nuestra naturaleza humana corrupta’ (Expositor’s
Greec Testament, Grand Rapids, Michigan, Wm. B. Eerdmans Pub.
Co., II, 645 y 646. Parece razonable que si interpretamos
semejanza en Filipenses 2:7 como nuestra naturaleza humana
actual, interpretemos semejanza en Romanos 8:3 como la
carne pecaminosa actual (Dennis E. Priebe, “Face-to-Face With
the Real Gospel”, 1985, p. 47 y 48).
Priebe recuerda a sus lectores el estudio de Harry Johnson: “The
Humanity of the Savior”. Dicho autor afirma:
“El Nuevo Testamento sustenta que Jesús nació en la humanidad y
tomó plena naturaleza humana de María, y la deducción obvia es
que parte de su herencia fue ‘naturaleza humana caída’. No hay
evidencia en favor de que la cadena de la herencia se rompiera
entre María y Jesús...
Quienes están en obligación de demostrar su teoría son quienes,
aceptando la doctrina de una ‘debilidad heredada’, sostienen que
Jesús tomó la humanidad real de su madre pero sin heredar los
resultados de la caída” (“The Humanity of the Savior”, London:
The Epworth Press, 1962, p. 44 y 45).
La confrontación en Ministry de 1985
Debió venir como una sorpresa agradable para muchos obreros
adventistas el que los redactores de Ministry decidieron
dedicar amplio espacio a una presentación erudita de las dos
posiciones predominantes sobre la naturaleza humana de Cristo en
el adventismo. Gran parte de los números de junio, agosto y
diciembre de 1985 estuvieron dedicados a ese tema.
Recordamos que el pastor J. Robert Spangler, ya en 1978, había
advertido acerca de la importancia de los temas involucrados en
la correcta comprensión de lo que la Biblia y E. White declaran
sobre la naturaleza humana de Cristo (J.R.S., “Ask the Editor”,
Ministry, abril 1976, p. 21 y 23).
En su introducción del “por qué” de la discusión abierta, el
pastor Spangler escribió en Ministry de junio del 1985:
“¿Comenzó nuestro Salvador, en su naturaleza humana, allí donde
comienzan todos los otros hijos de Adán? ¿Tomó Cristo la
naturaleza humana del hombre anterior, o posterior a la caída?
Si la raza humana resultó afectada por la caída de Adán y Eva,
¿resultó Cristo afectado también de ese modo, o estuvo exento?
Si Cristo aceptó la naturaleza humana impecable, ¿tuvo una
ventaja sobre nosotros? ¿Tomó sobre sí mismo vicariamente la
naturaleza humana caída? Si tomó la naturaleza humana caída,
¿afectaba el elemento caído solamente a lo físico, y no a su
carácter moral? ¿Es posible resolver el tema de la naturaleza de
Cristo, siendo que la iglesia cristiana lo ha debatido durante
dos mil años? ¿Es necesario para nosotros el que tengamos una
comprensión definitiva y precisa de la naturaleza de Cristo a
fin de poder ser salvos? ¿Debía Cristo tener nuestra naturaleza
caída (por supuesto, sin pecar) a fin de que los cristianos
puedan vivir la vida inmaculada que él vivió?”
Tras haber señalado las muchas facetas que el tema comporta, el
pastor Spangler explica lo que a algunos podría parecer una
reticencia en el abordaje de la naturaleza de Cristo por parte
de Ministry:
“Durante años hemos evitado a propósito que en nuestra revista
aparezcan artículos referidos a la naturaleza de Cristo. Mi
artículo editorial de abril del 1978 en Ministry
testificaba acerca de mi propia lucha al respecto. Señalaba que
me había sentido abrumado por un sentimiento de ineptitud, al
intentar expresar mis convicciones. Oré fervientemente para que
el Señor hiciera que cargara mi pluma con la preciosa tinta del
amor y la verdad, y no con la de la disputa y el debate. Sigo
convencido de que el ciudadano de a pie o el que ocupa
típicamente los bancos de la iglesia estaría desesperadamente
perdido si su salvación dependiera de una comprensión incisiva y
erudita de la naturaleza de Cristo” (J.R. Spangler, “The Nature
of Christ”, Ministry, junio 1985, p. 24).
Pero debido a la convicción de no pocos que perciben la
diferencia que significa en la experiencia cristiana de cada
uno, dependiendo de cuál de las dos posturas acepte, los
redactores de Ministry creyeron que era de justicia
ofrecer un tratamiento amplio y sistemático del tema. El pastor
Spangler continuó así:
“Sin embargo, dado que hay quienes creen fervientemente que la
iglesia caerá a se mantendrá dependiendo de su comprensión
acerca de Cristo y su naturaleza, y teniendo en cuenta el
avivamiento de las discusiones verbales y escritas sobre el
tema, creo que debieran ser re-examinadas las dos posiciones. En
consecuencia, ofrecemos dos artículos más bien extensos escritos
por dos teólogos adventistas”.
Cinco años antes un profesor de Biblia se había confrontado ya
con esas inquietudes:
“En África del Sur, Francis Campbell dimitió como presidente de
Unión bajo ciertas presiones. Intentó señalar las áreas
específicas de controversia. “La denominación nunca ha sido
capaz de definir claramente su posición sobre la naturaleza de
Cristo, la perfección y el pecado original: áreas todas ellas
vitales para comprender la justicia por la fe...
Creo que sus reflexiones eran extremadamente certeras y
apuntaban directamente al corazón de las dificultades que
estamos experimentando. Como iglesia no hemos definido nunca
claramente nuestras creencias en esas tres áreas críticas: el
pecado, Cristo, y la perfección. Debido a la falta de claridad y
a las posturas divergentes en esas áreas, hemos estado vagando
en el desierto teológico durante estos cuarenta años de
incertidumbre y frustración. Debido a haber mantenido posiciones
contradictorias en esos respectos, hemos sido incapaces de
definir claramente nuestro mensaje y nuestra misión” (Dennis E.
Priebe, “Will the Real Gospel Please Stand Up?”, Voice of
Present Truth, invierno 1980, publicado por Unwalled
Village Publishers, Platina, California).
Para iniciar las discusiones formales en Ministry fueron
elegidas dos personas: Norman R. Gulley, quien había de
presentar la posición previa a la caída, y Herbert E. Douglass,
quien había de presentar la posterior a la caída. El primero fue
presentado bajo el pseudónimo de Benjamin Rand, y el segundo
bajo el de Kenneth Gage. Se decidió así por la razón siguiente:
“Desafortunadamente, el prejuicio puede impedir a ciertas
personas leer un artículo doctrinal controvertido, si el lector
conoce la posición del autor y no está de acuerdo con ella...
Recurrimos a los pseudónimos en un intento por hacer que todos
los lectores consideraran la evidencia de ambas posturas, de una
forma reflexiva, con oración y en ausencia de prejuicios”
(Redactores, Ministry, diciembre 1985, p. 2).
El Dr. Gulley se auto-limitó a un estudio de la evidencia
bíblica (sin recurrir a pensamientos confirmatorios a partir de
los escritos de E. White). Procuró asimismo “abordar el
significado lingüístico y teológico de los términos griegos:
sarx, hamartia, isos, homoioma,
monogenes y prototokos”. Afirmó desde el mismo
principio que “mediante la investigación documentaremos la
abrumadora evidencia bíblica de que Jesús tomó, de hecho, una
naturaleza humana impecable al nacer (espiritualmente),
poseyendo al mismo tiempo una naturaleza física similar a la de
sus contemporáneos” (Norman R. Gulley, “What Human Nature did
Jesus Take? -Unfallen”, Ministry, junio 1985, p. 8). El
estudio comparativo de Gulley sobre el término “semejanza” en
Romanos 8:3, en Filipenses 2:7, y el “ser en todo semejante a
sus hermanos” de Hebreos 2:17, le hace a uno preguntarse si no
partía de ciertas presuposiciones. En griego se emplea la misma
raíz en los tres textos.
“¿Cómo entendemos, pues, estas palabras: Dios envió ‘a su Hijo
en semejanza de carne de pecado’ (Rom. 8:3)? Consideremos
primeramente lo que Pablo pudo haber dicho. Pudo haber escrito:
(1) Dios envió a su Hijo en carne de pecado, o (2) en semejanza
de carne. Lo primero habría significado que su carne fue
pecaminosa, y lo segundo que sólo simuló ser hecho carne, pero
siendo en realidad algún ser extraterrestre (1 Juan 4:1-3, un
texto que algunos interpretan equivocadamente).
Pablo no dijo ninguna de esas dos cosas. Centró la atención en
la venida de Cristo en semejanza de carne de pecado. La palabra
clave es ‘semejanza’. Dos son las palabras griegas que se
traducen por ‘semejante’: isos, que significa ‘igual’,
tal como encontramos en Hechos 11:17, donde Dios ‘les concedió
también el mismo [igual, isos] don’, i homoioma,
empleado en Romanos 8:3, y que significa ‘similar’ (por ser
humano), pero no ‘igual’ (por no ser pecaminoso). La Escritura
es consistente en esto. Así, leemos en Hebreos 2:17: ‘Por lo
cual debía ser en todo semejante [homoioo] a sus
hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo
sacerdote’.
¿Sugieren esas palabras griegas y textos que Jesús fue similar a
otros seres humanos solamente en el sentido de tener un cuerpo
humano afectado físicamente por el pecado, pero no siendo igual
a otros seres humanos, dado que sólo él fue impecable en su
relación espiritual con Dios? Así lo creyó E. White. La
evidencia bíblica que hasta aquí hemos considerado apoya una
conclusión como esa” (Id, p. 10 y 11. En una nota al pie
bajo el epígrafe “E. White”, el autor cita: “Al tomar sobre sí
la naturaleza humana en su condición caída, Cristo no participó
en lo más mínimo en su pecado. Estuvo sometido a las debilidades
y flaquezas por las cuales está rodeado el hombre... se
compadeció de nuestras debilidades, y en todo fue tentado como
lo somos nosotros, ‘pero sin pecado’... No debiéramos albergar
dudas en cuanto a la perfecta impecabilidad de la naturaleza de
Cristo” –E. White, “Signs of the Times”, 9 junio 1898; citado en
“Comentario Bíblico Adventista”, vol. V, p. 1105-. “Debía ocupar
su puesto a la cabeza de la humanidad tomando la naturaleza del
hombre, pero no su pecaminosidad”. “Signs of the Times”, 29 mayo
1901 –citado en “Comentario Bíblico Adventista”, vol. VII, p.
924-).
En su presentación, Gulley afirma:
“No fue sino hasta su muerte, cuando Jesús, ‘que no conoció
pecado’, fue hecho pecado por nosotros (2 Cor. 5:21)... El
hombre Jesús se hizo pecado por nosotros en misión, en su
muerte, y no en naturaleza, al nacer” (Id, p. 18).
En su crítica, Gulley insiste en que 2 Corintios 5:21 puede
aplicarse solamente al Getsemaní y a la cruz.
“En Getsemaní Cristo... estuvo en una actitud diferente a
aquella en la que siempre había estado con anterioridad”. Sólo
entonces, él, que no había conocido pecado, fue hecho pecado por
nosotros (2 Cor. 5:21) (Norman R. Gulley, ‘A Critique to the
post-Fall View’, Ministry, agosto 1985, p. 24. Ver E.
White, “El Deseado de todas las gentes”, p. 636).
Dado que el profesor Gulley apoyó su posición ocasionalmente en
los escritos de E. White, no estará de más mencionar que al
menos en tres ocasiones, E. White aplicó 2 Corintios 5:21 a la
experiencia de Cristo en la tentación (“Review and Herald”, 28
julio 1874, citado en “Comentario Bíblico Adventista”, vol. V,
p. 1057; “Mensajes Selectos”, vol. 1, p. 314).
Dirigimos ahora nuestra atención a la presentación que hace
Herbert E. Douglass de la posición posterior a la caída sobre la
encarnación. Afirma:
“El asunto fundamental en la salvación no es primariamente
cómo Dios se hizo hombre, sino por qué... Sin duda
alguna la encarnación está rodeada de misterio. Pero el misterio
no está en el por qué de la unión entre Dios y el hombre,
sino en el cómo.
[Ciertos] conceptos teológicos permanecerán en la relativa
incertidumbre a menos que comprendamos por qué vino Jesús a la
tierra.
¿Por qué Jesús, como cualquier bebé de hace dos mil años, tomó
la condición de la humanidad caída y no la de Adán en su
inocencia en el Edén? (“El Deseado de todas las gentes”, p. 32).
Si Jesús hubiera tomado el estado anterior a la caída, sólo
habrían quedado respondidos unos pocos de los aspectos del gran
conflicto. Vino... para revelarse a sí mismo como el ejemplo del
hombre, proveyendo un modelo de obediencia para los hombres y
mujeres caídos (1 Ped. 2:21 y 22). De esa forma les dio
esperanza de que el mismo poder que lo capacitó a él para
resistir el pecado estaría libremente a disposición de ellos, de
forma que quienes así lo quisieran pudieran obedecer igualmente
las leyes de Dios (ver 1 Juan 3:3; Apoc. 3:21)... Y para
revelarse a sí mismo como sumo sacerdote de los hombres,
estableciendo su credibilidad y demostrando su capacidad para
convertir en vencedores a los hombres y mujeres (Heb. 2:17 y 18;
4:14-16)”.
(Herbert D. Douglass, “What Human Nature did Jesus Take?
-Fallen”, Ministry, junio 1985, p. 10 y 11).
A continuación Douglass menciona “muchos eruditos bíblicos que
han desafiado la así llamada posición ortodoxa de que Cristo
tomó de alguna forma la naturaleza de Adán anterior a la caída
más bien que el equipamiento humano heredado por todo otro hijo
de Adán”. Proporciona trece nombres que han comprendido por la
Escritura que Cristo tomó la naturaleza humana posterior a la
caída:
“Entre ellos están Edward Irving, Thomas Erskine, Herman
Kohlbrugge, Edward Bohl, Karl Barth, T.F. Torrance, Nels Ferre,
C.E.B. Cranfield, Harold Roberts, Lesslie Newbigin, E. Stauffer,
Anders Nygren, C.M. Barret y Eric Baker” (Id, p. 12.
Ver estudios en Harry Johnson, “The Humanity of the Savior”,
London, The Epworth Press, 1962).
Douglass presenta cinco respuestas de C.E.B. Cranfield, profesor
de teología en la universidad de Durham, a propósito del
significado de “en semejanza de carne de pecado” (en griego
sarx hamartias) de Romanos 8:3. Afirma Cranfield en una nota
al pie:
“Los que creen que fue naturaleza humana caída la que asumió
[Cristo], tienen incluso mayor causa que los autores del
catecismo de Heidelberg para ver el todo de la vida de Cristo en
esta tierra en su ministerio y muerte, no como un ponerse allí
donde estuvo el Adán no caído sin ceder a la tentación en la que
sucumbió Adán, sino como un comenzar allí en donde nosotros
comenzamos, sujeto a todas las presiones del mal que nosotros
heredamos, y haciendo uso del material tan poco prometedor como
inservible de nuestra naturaleza corrupta para alcanzar una
obediencia perfecta e impecable” (Id, p. 15).
Douglass encuentra en el Nuevo Testamento abundante apoyo para
la naturaleza humana caída de Cristo:
A. El nacimiento virginal (Mat. 1:16; 18-25; Luc. 1:26-38; 3:32)
B. El Hijo del hombre (Mat. 8:20; 24:27)
C. La analogía entre Adán y Cristo (Rom. 5; 1 Cor. 15)
D. El empleo que hizo Pable de sarx (carne) en sus
diferentes acepciones, incluyendo como sinónimo de pecado (Rom.
6:19; 7:18; 7:4)
E. “En semejanza de carne de pecado” (Rom. 8:3)
F. La solidaridad del sumo sacerdote con la humanidad (Heb.
2:11; 2:14; 2:16-18; Heb. 4:15; 5:7-9)
Douglass recuerda a sus lectores que si hubieran vivido antes de
1950, gran parte de la discusión sobre el tema no habría tenido
lugar:
“Hasta la cuarta parte del siglo XX los portavoces adventistas
presentaron consistentemente a Jesús como quien tomó nuestra
naturaleza caída. Como tantos eruditos no adventistas, se
habrían horrorizado hasta el infinito de la idea de que creer
que Jesús tomó la naturaleza humana caída demanda creer también
que él fue un pecador. O bien que eso lo colara a él mismo en
necesidad de un Salvador... En Jesús no hubo ni una sombra de
pecado, puesto que nunca fue pecador. Nunca tuvo “una tendencia
pecaminosa”, puesto que nunca pecó. Sin duda alguna nuestro
Salvador experimentó las genuinas tentaciones, las seducciones
más reales a satisfacer deseos válidos de manera egocéntrica,
con la plena posibilidad de ceder a ellas. Pero “ni por un
momento” permitió Jesús que las tentaciones concibieran y
engendraran el pecado... Nunca permitió que una inclinación se
convirtiera en pecaminosa (ver Sant. 1:14 y 15). Se mantuvo
diciendo No, mientras que todos los demás seres humanos han
dicho Sí” (Id, p. 19 y 20).
Como en otras ocasiones, Douglass quisiera que se comprenda que
Cristo tenía un propósito especial al tomar la naturaleza caída
del hombre:
“Terminamos allí en donde comenzamos, preguntando nuevamente la
primera cuestión que debiera guiar nuestro estudio relativo a la
humanidad de Jesús: ¿Por qué vino Jesús a la tierra? Tal
como hemos observado ya, vino a silenciar las falsas
representaciones y acusaciones de Satanás, y a cumplir el papel
de sustituto, garante y ejemplo del hombre caído. La razón
para su venida determinó la forma en la que vino; de otra
manera su venida no hubiera alcanzado a su propósito. Triunfó
gloriosamente sobre el mal; vino a ser el sustituto adecuado, el
ser humano pionero, el modelo para la humanidad. Y todo ello lo
logró en las circunstancias más adversas, no estando exento de
nada, en la misma herencia compartida por los hombres y mujeres
a quienes vino a salvar. Considerada desde el punto de vista de
los asuntos básicos del gran conflicto, su victoria asume una
perspectiva eterna y maravillosa. Y eso significa con toda
seguridad increíbles buenas nuevas en un universo inundado por
el fruto amargo del pecado, e hipnotizado por un sinnúmero de
falsas representaciones del carácter de Dios y de lo que él
espera de sus hijos creyentes” (Id, p. 20).
En el número de junio de la revista Ministry que contiene
ese largo artículo de Gulley y Douglass presentando las
posiciones contrapuestas, el redactor Spangler abrió el camino a
las respuestas de los lectores:
“Urgimos a que envíen cartas breves y concretas de no más de 250
palabras... Seleccionaremos y publicaremos algunas de ellas
siguiendo el criterio de un porcentaje equitativo, para dar una
idea de cuál es la dirección que está tomando el campo en ese
tema” (J.R.S. “The Nature of Christ”, Ministry, junio
1985, p. 24).
El número de diciembre de 1985 incorporó una selección
significativa de cartas. En primer lugar se dedicó un espacio a
responder cuatro cuestiones:
1. ¿Por qué aparecieron los artículos bajo un seudónimo?
2. ¿Por qué publicó Ministry artículos en pro y en contra
sobre una doctrina que había sido establecida en la Iglesia
Adventista?
3. ¿Por qué publicar ese material en favor del punto de vista de
una naturaleza impecable en Cristo, sabiendo que ese es el punto
clave sobre el que se ha construido la nueva teología, que ha
sido la causante de que tantas personas abandonen la iglesia?
4. ¿Por qué publicar material que nos lleve a la conclusión de
que la naturaleza humana no es susceptible de perfeccionamiento?
(Redactores de Ministry, diciembre de 1985, p. 2 y 25).
Seguidamente se concedió espacio a la publicación de cuatro
cartas en apoyo del punto de vista anterior a la caída, y que
ocupaban una columna y media de la revista. A continuación se
publicaron cuatro cartas apoyando el punto de vista posterior a
la caída, que ocuparon cerca de cinco columnas. Casi tres de
ellas consistían en una respuesta punto por punto a la
presentación de Gulley, preparada por Joe E. Crews, Frederick,
Maryland.
Dicha carta comienza con la frase: “El autor [Gulley] presupone
que todo bebé nace con la sentencia de muerte pendiendo sobre
sí”. La tercera frase comienza así: “El autor hace la absurda
afirmación... etc”. Crews se refiere a lo que parece ser para él
el problema básico de la posición anterior a la caída:
“[Gulley] no sólo confunde el pecado con los efectos del pecado,
sino que llega a convertir la naturaleza pecaminosa en
equivalente al pecado mismo”. ‘[Gulley dice:] Si bien el pecado
incluye las elecciones incorrectas y por lo tanto actos e
incluso pensamientos, incluye igualmente nuestra naturaleza. Si
no naciéramos siendo pecadores, entonces no necesitaríamos un
Salvador hasta nuestro primer acto o pensamiento de pecado’.
El autor [Gulley] va al corazón de su asunto crucial en el
artículo. Puesto que naturaleza caída es lo mismo que culpa y
pecado, todo bebé que nace está necesitado de redención antes de
poder pensar, hablar o actuar. Eso significa que Jesús habría
sido culpable por el simple hecho de nacer, a menos que su
naturaleza fuese diferente a la del resto de bebés...
Los hijos de Adán no heredaron separación de Dios, lo que habría
implicado culpa, condenación y la penalidad de la segunda
muerte. Heredaron solamente el resultado de la separación de
Adán de Dios, que implicaba una naturaleza caída, debilitada, y
la inevitabilidad de la primera muerte. El autor [Gulley] cree
que la naturaleza caída es lo mismo que culpabilidad personal, y
que eso es también equivalente a estar separado de Dios. Escribe
[Gulley:] ‘Es impensable que Jesús se hundiera en la separación
de su Padre en el mismo acto de venir a este mundo’. Enfatiza,
pues, de nuevo el tema central de su proposición: que la
naturaleza caída es naturaleza culpable, y separación de Dios y
de la salvación. Según eso, Jesús no pudo haber estado
relacionado con una naturaleza tal.
De igual forma en que confunde el pecado con la naturaleza
pecaminosa, los resultados del pecado con el pecado mismo, y la
separación de Dios con la naturaleza caída, el autor [Gulley]
confunde las propensiones pecaminosas con las propensiones
naturales. Define las propensiones pecaminosas como ‘la
inclinación a pecar’. Escribe: ‘Las propensiones pecaminosas (o
inclinación a pecar) se adquieren de dos formas: pecando, y
naciendo pecador. Cristo no participó en ninguna de ellas’. Por
supuesto que no lo hizo. No sé de nadie que piense que Jesús
tuvo “propensiones pecaminosas” lo mismo que todos nosotros,
como resultado de haber nacido como nosotros -con una naturaleza
caída-. Las propensiones pecaminosas son inclinaciones al pecado
que han sido cultivadas y fortalecidas mediante la indulgencia
en el pecado. Las propensiones naturales son las inclinaciones
heredadas. La culpabilidad existe en las segundas, pero no en
las primeras. No se convierte en pecaminosa mientras que uno no
ceda a la propensión” (Joe E. Crews, “In Support of the post-Fall
View”, Ministry, diciembre 1985).
Observaciones sobre la “Carta a Baker”
Dado que el manuscrito de la carta a Baker se publicó al mismo
tiempo que “Questions on Doctrine”, y que ha ocupado un lugar
prominente entre las citas empleadas para apoyar la posición
anterior a la caída sobre la naturaleza humana de Cristo, debido
también a que ciertos dirigentes adventistas se han sentido
compelidos a cambiar su posición cuando supieron de dicha carta,
parece apropiado prestar atenta consideración a su contenido (L.E.
Froom, “Movement of Destiny”, p. 470. Cuatro de las doce citas
dadas en una nota a pie están tomadas de la carta a Baker –Carta
8, 1895, “Comentario Bíblico Adventista”, vol. V, p. 1102 y
1103). La parte de la carta que ha tenido mayor influencia al
respecto, es la siguiente:
“No lo presentéis [a Cristo] ante la gente como un hombre con
tendencias al pecado [inglés: propensities of sin]...
Podría haber pecado; podría haber caído, pero en ningún momento
hubo en él tendencia alguna al mal [inglés: evil propensity]...
Nunca dejéis, en forma alguna, la más leve impresión en las
mentes humanas de que una mancha de corrupción o una inclinación
hacia ella descansó sobre Cristo, o que en alguna manera se
rindió a la corrupción” (E. White, Carta 8, 1895;
“Comentario Bíblico Adventista”, vol. V, p. 1102 y 1103).
En 1978 J.R. Spangler, redactor de Ministry, declaró:
“A la luz de esa declaración personalmente debo admitir que sea
cual fuere el tipo de naturaleza pecaminosa que Cristo tuviera
(si es que la tuvo), no tenía propensión, inclinación natural,
tendencia o inclinación hacia el mal” (J.R.S, “This Nature of
Christ”, Ministry, junio 1985, p. 24).
En un documento preparado para el curso lectivo en la
Universidad de Andrews en 1975, Lyell Vernon Heise llegó a la
conclusión de que las afirmaciones enérgicas en los escritos de
E.J. Waggoner, anunciados y vendidos por entonces extensamente
en Australia, así como las declaraciones inequívocas en las
predicaciones de W.W. Prescott, de visita en Australia por
aquella época, fueron las que provocaron la advertencia de la
carta a Baker. Reproducimos aquí una parte del razonamiento de
Heise:
“En esa predicación (“El Verbo se hizo carne”), Prescott afirma
enfáticamente que Cristo tomó carne pecaminosa: “Y observad, fue
en carne pecaminosa en la que fue tentado, no en la carne en la
que Adán cayó”. Era su propósito que, habiendo purificado la
carne pecaminosa al morar su presencia [en Cristo], pudiera
ahora venir y purificar la carne pecaminosa en nosotros, y
glorificar en nosotros carne pecaminosa... ¿Es posible que E.
White pudiera apreciar una deriva peligrosa en esa cristología?
[E.J. Waggoner y A.T. Jones habrían predicado y publicado la
misma posición, según Heise]. Cierto, no una crisis, no un
problema digno de pública atención a la vista del buen trabajo
que Prescott estaba haciendo, pero sí de magnitud suficiente
como para hacer necesario su abordaje en la carta a Baker,
escrita sólo un mes después de la aparición de ese sermón [de
Prescott] en The Bible Echo. La inequívoca conexión entre
la predicación de Prescott y la carta de E. White a Baker
sugiere con fuerza que la advertencia y precauciones de la carta
de E. White se aplican de forma particular a la posición que
representa el sermón de Prescott” (Lyell Vernon Hise, “The
Christology of Ellen G. White”, Carta 8, 1895 –documento
presentado en clausura del curso T600; Problemas en teología,
marzo de 1975, p. 18 y 19).
Pero Robert J. Wieland señaló lo inverosímil de ese tipo de
razonamiento:
(a) La carta no la dirigió a Jones o a Waggoner [ni a Prescott].
(b) No menciona por nombre ni alude a la posición de Jones o
Waggoner [o Prescott].
(c) No condena las posiciones de ellos, ni siquiera remotamente.
Sólo condena las distorsiones de dichas posiciones.
(d) Si E. White hubiera tenido por objeto oponerse a Jones o
Waggoner [o Prescott] en sus enseñanzas sobre la naturaleza de
Cristo, sabía bien cómo escribirles cartas a ellos. La
idea de aludir indirectamente a Jones [o a los otros dos]
mediante una carta enviada a Baker en Australia, con la
intención de rebatir solapadamente a Jones [o a Waggoner o
Prescott] es repugnante para todo quien conozca el carácter
abierto de E. White.
(e) Es interesante que E. White no tomó disposición alguna para
que se publicara la carta, ni para que se incorporaran porciones
de la misma en Testimonios editados por aquella época. Si E.
White hubiera percibido que la cristología de Jones y Waggoner
[y de Prescott] fuese defectuosa o peligrosa, no habría dudado
en publicar su carta a Baker en los mensajes que componen los
volúmenes V, VI, VII, VII o IX de Testimonies for the Church”
(Robert J. Wieland, “The Broken Link, Some Questions on the
Nature of Christ”, 1981, p. 14 y 15).
Por otra parte, la clave del problema es cómo empleó E. White el
término “propensiones”. Lo hizo con significados diversos. Lo
empleó frecuentemente para referirse a la tendencia a pecar, una
inclinación al mal que todos los hombres han heredado de Adán.
Damos algunos ejemplos (B.W. Steinweg, “The Baker Letter and the
Human Nature of Christ”, 1979, p. 14-18):
“Sin el proceso transformador que sólo puede venir mediante el
poder divino, las propensiones originales al pecado permanecen
en el corazón en toda su fuerza” (“Review and Herald”, 19 agosto
1890).
“La influencia refinadora de la gracia de Dios cambia el
temperamento natural del hombre... Las propensiones que dominan
el corazón natural deben ser subyugadas por la gracia de Cristo”
(“Los hechos de los apóstoles”, p. 221).
“No había principios corruptos en el primer Adán ni propensiones
corruptas o tendencias al mal” (“Carta” 191, 1899; “Comentario
Bíblico Adventista”, vol. I, p. 1097).
“Por causa del pecado su posteridad [de Adán] nació con
tendencias inherentes a la desobediencia” (“Carta” 8, 1895;
“Comentario Bíblico Adventista”, vol. V, p. 1102).
“Los que retienen las tendencias hereditarias hacia el mal, no
podrán morar con él” (“General Conference Bulletin”, 4º
trimestre, 1899; “Hijos e hijas de Dios”, p. 296).
“Resistid de forma resuelta toda inclinación a pecar”
(“Testimonies”, vol. V, p. 47).
En las declaraciones precedentes E. White hace referencia al
equipamiento con el cual nace todo ser humano, incluyendo a
Jesús. “Como cualquier hijo de Adán, [Cristo] aceptó los efectos
de la gran ley de la herencia” (“El Deseado de todas las
gentes”, p. 32).
No obstante, en la carta a Baker E. White hizo otro uso de la
palabra “propensiones” [traducida al castellano como
“tendencias”]. En las siguientes declaraciones emplea
“propensiones” en el sentido de pecado:
“Muchos se arruinarán mientras esperan y desean vencer sus malas
inclinaciones. No someten su voluntad a Dios. No escogen
servirle” (“El ministerio de curación”, 131).
“No debemos retener una sola tendencia pecaminosa” (“Review and
Herald”, 24 abril 1900; “Comentario Bíblico Adventista”, vol.
VII, p. 954).
“Se me ha mostrado que complacen sus propensiones egoístas y
sólo hacen las cosas que concuerdan con sus gustos e ideas...
Pero aun cuando sus malas propensiones puedan parecerles tan
preciosas como la mano derecha o el ojo derecho, éstas deben ser
separadas del obrero, o no será aceptable ante Dios”
(“Testimonios para los ministros”, p. 171).
“Deberían abandonarse la propensión a los placeres y la
liviandad” (“Mensajes para los jóvenes”, p. 39).
“Vuestra propensión mundana regresa nuevamente, y lo domina
todo” (“Testimonies for the Church”, vol. IV, p. 351 y 352).
No es difícil ver que E. White está hablando aquí de pecado real
en la vida. Es en ese sentido en el que emplea “tendencias”
[inglés: propensities] por dos veces en la carta a Baker,
refiriéndose a Cristo:
“No lo presentéis ante la gente como un hombre con tendencias al
pecado... Podría haber pecado; podría haber caído, pero en
ningún momento hubo en él tendencia alguna al mal”.
Es necesario comprender esta distinción en el uso de
“tendencias” [inglés: propensities], en un caso
refiriéndose al equipamiento con el que nace el hombre, y en el
otro refiriéndose a su actuación, a atravesar la línea que da
entrada a la zona del pecado. La confusión es el único resultado
posible cuando se ignora esa distinción.
El pastor Spangler, en su artículo editorial de 1978, consideró
sin mayor reflexión que las propensiones o tendencias contenidas
en la carta que E. White escribió a Baker se referían al
equipamiento natural de Cristo [a su naturaleza]. Es por ello
que afirmó:
“A la luz de esa declaración personalmente debo admitir que sea
cual fuere el tipo de naturaleza pecaminosa que Cristo tuviera
(si es que la tuvo), no tenía propensión, inclinación natural,
tendencia o inclinación hacia el mal” (J.R.S., “Ask the Editor”,
Ministry, abril 1978, p. 23).
Marshall J. Grosboll evidencia una similar falta de comprensión
cuando un año antes planteó la cuestión en Ministry
(Marshall J. Grosboll, “Battling Over the Nature of the King of
Peace”, Ministry, octubre 1977, p. 11; David Duphie,
“Theological Issues Facing the Adventist Church”, 1975, p,
86-88):
“¿Fue Cristo plenamente humano? Creo que sí lo fue. “El Deseado
de todas las gentes” afirma que ‘como cualquier hijo de Adán,
aceptó los efectos de la gran ley de la herencia’ (p. 32)”.
Citando a continuación el “Comentario Bíblico Adventista”, vol.
V, p. 1102, se vio forzado a admitir:
“Es cierto que Cristo no tenía la tendencia a pecar. ¿Lo puedo
explicar? –No. Simplemente debo aceptarlo. ¿Cómo pudo Cristo no
tener tendencia a pecar, siendo que ‘aceptó los efectos de la
gran ley de la herencia’?”
No es extraño que clamara frustrado: “Quizá en tres siglos de
filosofar y debatir alguien pueda encontrar una buena solución”.
Un estudio del contexto en el que tienen lugar esas
expresiones-problema ayudará a comprender correctamente lo que
E. White estaba diciendo en la carta al pastor Baker. David P.
Duphie, en “Theological Issues Facing the Adventist Church”,
plantea la cuestión: “Cuando en la carta a Baker E. White hace
la advertencia: ‘No lo presentéis ante la gente como un hombre
con tendencias al pecado’, ¿se está refiriendo a su
equipamiento, a la carga genética con la que nació?, ¿o se está
refiriendo a su vida intachable, a que jamás ‘se rindió a la
corrupción’?
“En ese mismo pasaje hay dos evidencias mayores de que E. White
se está refiriendo a lo que [Jesús] hizo, y no a su dotación
genética, a su equipamiento.
Dice primeramente: ‘Podría haber pecado; podría haber caído,
pero en ningún momento hubo en él tendencia alguna al mal’. Es
evidente que lo que está afirmando es que si bien pudo haber
pecado, pudo haber caído, no obstante jamás pecó, jamás cayó.
En segundo lugar, la expresión: ‘en ningún momento’ es en sí
misma una evidencia de primer grado de que no se está refiriendo
a la dotación genética, sino al hecho de si Cristo cedió al
pecado en algún momento de su vida, de si cometió pecado (para
afirmar que, efectivamente, jamás pecó).
Sería bien extraño e inconsistente emplear la expresión ‘en
ningún momento’, en referencia a la dotación hereditaria
invariable de Cristo. Considérese esta analogía relativa a la
ceguera para los colores. Dicha ceguera selectiva es un defecto
hereditario que una persona puede tener, o no tener, y esa
característica será invariable a lo largo de su vida... No puede
ser ciego para los colores en ciertos momentos, y no serlo en
otros... Así, la expresión ‘en ningún momento hubo en él
tendencia alguna al mal’ indica que E. White no emplea aquí la
palabra ‘tendencias’ en el sentido de naturaleza inherente o
herencia genética con la que Cristo nació, sino que está
destacando el hecho de que Jesús no cedió al pecado ni por un
momento” (David P. Duphie, “Theological Issues Facing the
Adventist Church”, 1975, p. 86-88).
Examinando la carta a Baker, Ralph Larson llegó a la conclusión
de que en ella E. White hizo una refutación de los principios
del adopcionismo, que probablemente habían afectado al
pensamiento del pastor Baker, dado que la profetisa lo previno
en contra de la aceptación de las “tradiciones de los padres”,
advirtiéndolo “contra la enseñanza de teorías especulativas”. El
adopcionismo sostiene que:
“Jesús no fue el Hijo de Dios durante la primera fase de su
existencia terrenal... Pudo entonces haber sido vencido por la
tentación, cometiendo así pecado. Ninguna de esas cosas, en
vista de su continua lucha heroica por alcanzar la santidad, lo
habría descalificado para venir a ser el Hijo adoptado de
Dios...”
(Ralph Larson, “An Examination of the Baker letter”, Voice of
Present Truth, marzo 1983.
Para una lectura completa de la carta a Baker, ver Ralph Larson,
“The Word Was Made Flesh”, Manuscrito, 1985, p. 30-136.
Herbert E. Douglass, “An Historical Note on the 1895 Baker
Letter”, Manuscrito 1975, p. 12).
Ralph Larson continua razonando:
“La expresión ‘en ningún momento’ parece indicar que E. White se
horrorizó ante la idea antes expresada, propia del
adopcionismo... En la carta E. White afirma insistentemente que
Cristo no pecó, repitiéndolo en un total de diez ocasiones, y
descartando explícitamente que hubiera cedido ni por una sola
vez a la tentación.
Y ciertamente no se espera que empleemos un fragmento de una
carta personal dirigida a un pastor de Tasmania para contradecir
las declaraciones de E. White referentes a la naturaleza humana
de Cristo, tal como se las encuentra en “El Deseado de
todas las gentes”, que representa claramente su posición
consciente y deliberada relativa a la cristología, según una
obra que ella escribió destinándola al mundo entero” (Id.)
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Uno de los autores denominacionales citados en este libro, en
una carta fechada el 20 de febrero de 1986, escribió:
“Hace unos cinco años encontré su documento referente a los
[varios] significados de “tendencia” [propensity en
inglés] en el sótano de la biblioteca de la universidad de
Andrews. Esa fue la última pieza del puzzle que permite
substanciar la posición post-lapsaria [comprensión de la
naturaleza tomada por Cristo, como siendo la propia del hombre
después de la caída en el pecado].
Percibo que la posición pre-lapsaria [comprensión de la
naturaleza humana tomada por Cristo, como siendo la del hombre
antes de la caída en el pecado] ostenta un dominio casi total
entre los teólogos [con unas pocas y notables excepciones], y
cuenta con una gran mayoría de adherentes entre los pastores. No
obstante, sucede exactamente lo contrario entre los laicos.
Tiene razón en cuanto al resurgimiento de la comprensión
post-lapsaria entre los miembros de la Iglesia Adventista,
particularmente entre quienes han renovado su estudio del
mensaje de 1888”. |