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Los errores cristológicos y soteriológicos de los nicolaítas
Retomemos brevemente la referencia a los nicolaítas que ya leímos en el
mensaje a la iglesia de Éfeso, referidos también en el mensaje a Pérgamo
(Apoc. 2:15). Esta secta gnóstica, basada en la filosofía dualista griega,
propuso una nueva forma de cristología y soteriología. En el área
cristológica planteó una irreconciliable diferenciación entre Cristo y
Jesús de Nazaret. En otras palabras, el Cristo cósmico realmente nunca se
encarnó, pues era imposible que lo eterno e inmaterial (bueno por
naturaleza) se uniera a lo temporal y material (malo y corrupto). Pero
Juan, quien fue discípulo de Jesús durante todo su ministerio y quien tuvo
el privilegio de vivir largo tiempo después de la muerte de Cristo (además
de recibir revelaciones especiales) refutó terminantemente dicha herejía:
“Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad si los espíritus son de
Dios; porque muchos falsos profetas han salido al mundo. En esto conoced
el Espíritu de Dios: Todo espíritu que reconoce que Jesucristo ha venido
en carne, es de Dios. Y todo espíritu que no reconoce a Jesús, no es de
Dios. Este es del anticristo, que habéis oído que ha de venir, y que
ahora ya está en el mundo” (1 Juan 4:1-3).
Juan reconoció además la acción de un poder infernal que había comenzado a
obrar para destruir la verdad acerca de Cristo y su Evangelio: “Hijos, ya
es la última hora. Y como habéis oído, el anticristo ha de venir. Aun
ahora han aparecido muchos anticristos. Por eso sabemos que es la última
hora. Salieron de entre nosotros, pero no eran de nosotros. Si hubieran
sido de los nuestros, habrían quedado con nosotros. Su salida muestra que
no todos son de nosotros. Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y
conocéis todas las cosas. No os escribo porque ignoráis la verdad, sino
porque la conocéis, y porque ninguna mentira procede de la verdad. ¿Quién
es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es el
anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. El que niega al Hijo, tampoco
tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre” (1 Juan
2:18-23). Negar la encarnación de Cristo es pretender negar y contrariar
el Plan eterno y el “Consejo de Paz” (Zac. 6:13) que hubo entre los
miembros de la Deidad para la redención de la humanidad.
En el área soteriológica, los gnósticos hicieron su propuesta también:
Cristo realmente no vino a redimir al hombre del pecado, sino de las
tinieblas de la ignorancia, vino a ayudar a la humanidad a encontrar la
gnosis, el conocimiento verdadero. La redención no la realiza Cristo
con su muerte sino que la obra el mismo ser humano al descubrir el
conocimiento. Otra vez, semejante desviación de la verdad se encontró de
frente con el cristianismo: “Y ésta es la vida eterna, que te conozcan
a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien tú has
enviado” (Juan 17:3). Es el conocimiento del Dios verdadero tal y
como fue revelado por el Hijo eterno, y de Él como revelación última y
absoluta de Dios que trae la salvación de los hombres. Cuando los hombres
entran en una relación salvadora con Cristo, después de haber aceptado la
reconciliación, es que han encontrado el verdadero conocimiento que
conduce a la vida eterna. Los cristianos no han sido llamados a conocer
algo (sea llamados misterios, doctrinas o una institución), sino a
Alguien. Ya lo expresó el gran Apóstol, liberado de la carga del error
y la falsa concepción de Dios: “Considero todas las cosas como pérdida por
el sublime valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo
perdí todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo; y ser hallado en
él, no en mi propia justicia, que viene por la Ley, sino en la que es por
la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios por la fe. A fin de
conocer a Cristo y conocer el poder de su resurrección…“(Fil.
3:8-10). Pablo es categórico al decir que en Cristo “están escondidos
todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento”. Y lo dice
“para que nadie os engañe con palabras persuasivas” (Col. 2:3,4). Este
conocimiento de Cristo lleva al alma contrita a una de las más completa y
maravillosa de las experiencias cristiana: La Justificación por la Fe.
El mensaje cristiano es bastante claro, no está expresado en un lenguaje
revesado, ni en códigos que necesitan ser descifrados por algunos llamados
“elegidos”, sino que puede ser entendido plenamente por los verdaderos
“elegidos” en Cristo “desde antes de la fundación del mundo para
que fuésemos santos y sin culpa ante él en amor” (Efe. 1:4). Así que,
mientras en el gnosticismo (así como en algunas ramas del cristianismo)
los “elegidos” son un grupo selecto de individuos, los verdaderos
“elegidos” son aquellos que fueron unidos al Redentor del mundo por
medio del milagro de la encarnación. Habiendo asumido nuestra naturaleza
humana, el Redentor llegó a ser plenamente humano, lo que nosotros somos,
y así se unió a la raza humana por un lazo indivisible: “Porque el que
santifica y los que son santificados, todos proceden de uno. Por eso, no
se avergüenza de llamarlos hermanos” (Heb. 2:10). Ahora todos compartimos
junto con Él una vida común, su propia vida. Esa es la mayor
manifestación de “la gracia de Dios que os fue dada en Cristo Jesús” (1
Cor. 1:4). Así, nos unimos al canto eterno de gratitud apostólica:
“¡Gracias a Dios que nos hizo un regalo tan grande, que no tenemos
palabras para expresarle nuestra gratitud!” (2 Cor. 9:15, DHH).
El origen de la creación
Antes de concluir nuestro estudio quiero llamar vuestra atención a dos
hechos que considero de suma importancia. El primero tiene que ver con el
contenido de la expresión “el principio de la creación de Dios” de Apoc.
3:14. Y el segundo, está relacionado a la historia de nuestra iglesia.
Veamos el primero. Cuando estudiamos la palabra “principio” u “origen” en
el contexto de Jesús como la fuente y causa de la creación
original, vimos sólo una parte de la verdad contenida en el pasaje. Esa
interpretación, según entendemos, no agotó todo el contenido de esta
interesante declaración. Pero lo expuesto aquí constituye sólo nuestro
punto de vista sobre esta declaración inspirada.
Es conocido que la palabra “origen” (griego “arjé”) tiene dos sentidos,
uno pasivo y otro activo. Si se le aplicara el primer
sentido de esta palabra a Cristo muchos temen que lo señale como el primer
ser creado (y así lo ven algunos cristianos hoy), pues en sentido pasivo
“arjé” designa aquello que “recibe la acción en el principio”. Por otro
lado, si aplicamos el sentido activo al Hijo eterno, lo estaría designando
como la fuente o motor que origina la creación. La Biblia
claramente enseña que Jesús es el Creador de todo cuanto existe (Juan 1:3;
Col. 1:16). Pero también señala que el Creador del mundo es el mismo que
efectuó la redención. Y esta es precisamente la idea que queremos
desarrollar aquí.
Volviendo a la palabra “arjé” (transliterada por algunos como “arque”),
debemos decir que esta raíz indicaba originalmente “aquello que era de
valor”. La palabra “monarca” está compuesta de “dos términos griegos:
mono, único, y “arjé”, que aparece como ‘arca’ y que significa en este
caso ‘el único gobernante’; por eso la palabra se aplica a alguien que
gobierna solo”.9
Aunque para algunos que hablaban el griego “arjé” llegó a significar
“comienzo” o “principio” ese no era el sentido que tenía originalmente. Y
sin dejar de tomar en cuenta sus dos sentidos (pasivo y activo), veamos
todo lo que puede estar implicado en la expresión “el principio de la
creación de Dios”.
Lo primero es que, tanto el Padre como el Hijo están indisolublemente
unidos en esta frase. Algo común en toda la Escritura (cf. Gen. 1:1,26,
Juan 1:1-3; 3:16, 8:16,18, y otros). Aunque se señala al Hijo como “la
fuente de la creación”, el texto es claro, la creación “de Dios”.
Es por eso que aunque leemos que “todas las cosas fueron hechas por
él” (Juan 1:3), también se nos dice que “todo fue creado por medio de
él y para él” (Col. 1:16). La misma idea aparece en Heb. 1:2,3.
Así mismo, la salvación de la raza humana es atribuida al Padre y al Hijo.
Del Padre se habla como “el Dios vivo, Salvador de todos los hombres” (1
Tim. 4:10; 1:1, 2:3, cf. Sal. 65:5; 68:19,20). Pero también leemos de
“nuestro Salvador Jesucristo” (2 Tim. 1:10; 2 Ped. 2:1; 2 Ped. 1:11). En
los siguientes pasajes se hace referencia conjunta al Padre y al Hijo como
nuestros salvadores: Tit. 1:3,4; 2:10,13; 3:4,7; Juan 3:16; Rom. 8:32. Así
que, tanto la obra de la Creación como la obra de la redención es el
producto de la acción conjunta de la Deidad. Y más aún, la redención es
presentada en las Escrituras como un acto de recreación originado por la
misma Deidad (Efe. 2:1-5,10; Col. 2:13; 2 Cor. 5:17). La cruz fue el medio
a través del cual se logró esta nueva creación: “Por medio de él
reconciliar consigo todas las cosas, así lo que está en la tierra como lo
que está en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz”
(Col. 1:20; Rom. 5:10; 2 Cor. 5:18,19). La redención/recreación constituye
la acción del Dios único en el marco de la historia de la humanidad
pecadora en la Persona de su Hijo Jesucristo.
La Biblia presenta la humanidad en el contexto de dos hombres y sus
respectivas acciones: el “primer Adán” y Cristo, el “segundo Adán”. En el
primero nos presenta fracasado, caídos, condenados y perdidos, pero en el
“segundo Adán” nos presenta redimidos, prisioneros de esperanza, libres de
condenación y reconciliados (Rom. 5:12-21; 1 Cor. 15:21,22,45).10
En cristo, la historia y la humanidad tuvieron un nuevo comienzo, por lo
tanto, al introducir con su muerte expiatoria esta nueva era (la verdadera
nueva era), Cristo pregona libertad a los cautivos, el año
agradable del Señor para todos los que “estaban durante toda la vida
sujeto a servidumbre” (Heb. 2:15). Con su muerte, la humanidad redimida
recibe la bendición de poder vivir (lo reconozca o no) bajo una nueva
vida. Por lo tanto, en esta nueva creación, Cristo, es el “principio”, el
que ocupa el lugar supremo y en quien, todos están no solo
representados, sino redimidos. Aquí encuentra su verdadero
sentido la expresión “primogénito de la creación” (Col. 1:15). De esta
nueva creación introducida con su supremo sacrificio, Cristo es el
primero, y más importante, es el “principio” o el “origen” en quien se
origina y se realiza la nueva creación. Por lo tanto, la
expresión “el principio (fuente o causa) de la creación de Dios” apunta a
la gran obra de la redención que fue realizada por Dios “en Cristo” cuando
estaba “reconciliando consigo al mundo, no tomándole en cuenta a los
hombres sus pecados” (2 Cor. 5:19). La primera creación se originó en
Cristo y así mismo tuvo su origen en Él la recreación de la
raza caída. Cristo es el medio (nuestro eterno Mediador), por medio del
cual el Padre trajo a la existencia todos “los mundos” (Heb. 1:2) y fue
también el medio por medio del cual rescató y redimió la creación
mancillada por el pecado. Y si miramos hacia futuro, veremos que es el
medio por medio del cual también hará nuevas todas las cosas (1 Cor.
15:24-28; 2 Ped. 3:13). En Cristo, encuentra la raza humana caída,
su principio, su preservación presente y su consumación final.
Una Mirada al
pasado
El segundo aspecto que quiero resaltar en esta
sección está relacionado con nuestra historia como denominación,
específicamente la relacionada a 1888. Los estudiosos del mensaje que fue
enviado a esta iglesia en aquel año han sentido la impresión de que todo
resulta como un misterio imposible de descifrar. Nos embarga en ocasiones
(y creo que hablo en lugar de muchos) el sentido de frustración e
impotencia, pues todavía la mayoría de los miembros de nuestras iglesias
siguen sin conocer la realidad del este mensaje.
Podemos
argumentar hasta la saciedad que “el más precioso mensaje” de 1888 está
siendo proclamando desde el púlpito y por medio de nuestras publicaciones,
pero los que hemos estudiado y analizado los escritos de Waggoner y Jones
no podemos estar de acuerdo con esa aseveración. No hay que ser un erudito
para darse cuenta que las diferencias entre los enfoques de los mensajeros
de 1888 sobre la Justificación por la Fe en relación con la humanidad de
Cristo y los punto de vista actuales son abismales. Los miembros de la
iglesia de hoy deberían tener la misma oportunidad que Elena de White
reclamó para las iglesias de sus días para que comprendan por sí mismos el
mensaje de justicia por fe. Así mismo debería darse esta oportunidad a los
líderes que, desesperados por los devastadores resultados del pecado y la
apostasía en la iglesia, no encuentran qué herramientas usar para
salvarla.
¿Pero que
tiene todo esto que ver con lo que venimos estudiando? Mucho, porque todo
aquel que por lo menos ha leído las obras de Waggoner y Jones, se habrá
dado cuenta de que ellos enseñaban abiertamente que Cristo, en su
encarnación asumió la misma naturaleza humana que es común a todos los
seres humanos para poder redimirla, la naturaleza humana en “su condición
caída”.11
Pero al mismo tiempo lo presentaban como “sin pecado” porque a diferencia
de nosotros, Él no consintió al pecado en esa naturaleza humana que
asumió.12
Por consiguiente, fueron canales de luz para transmitir un mensaje
renovador y refrescante a una iglesia que estaba postrada ante algunas
enseñazas legalistas.
La justicia
por Fe, que tan claramente nos fue presentada por Waggoner y Jones en el
contexto de un Redentor plenamente divino-humano, debe ser recibida por
medio de la fe, o quedaremos desenmascarado ante el Testigo Fiel, pues se
hará patente la “la vergüenza de nuestra desnudez” (Apoc. 3:18).
Conclusión
El
Apocalipsis, en armonía con los demás libros de la Biblia que plantean el
misterio de la persona y la obra de Cristo, nos confirma que Aquel que
murió en la cruz, fue, es y seguirá siendo por siempre “una cosa” con el
Padre. Lo que Cristo es, constituye la garantía de nuestra completa
salvación. La forma en que se presenta este tema en el mensaje a las
iglesias, revela claramente que ha sido, es y será un tema inagotable.
Pero debe ser recibido libre de las presuposiciones filosóficas que lo han
estorbado durante toda la historia del cristianismo. Necesitamos someter
nuestra voluntad, y nuestros criterios personales a la infalible Palabra
de Dios, que como su divino autor, está dotada de autoridad por sobre toda
persona o institución terrenal. La persona de Cristo es un misterio (Col.
2:2). Y aunque este misterio ha sido revelado por los profetas y
apóstoles, aún así nuestro entendimiento resulta insuficiente para
abarcarlo completamente (Rom. 11:33; Efe. 3:9,10; Col. 1:27). Sólo
comprendemos lo necesario como para ser salvos, y confesamos que anonada
nuestro ser, dejándolo postrado en el polvo de la insignificancia y de la
nada. Pues nada somos, delante de Dios, “polvo y ceniza” es lo que en
verdad somos (cf. Gén. 18:27; Job. 42:6).
¡Gracias
Padre por tu invariable amor,
porque
aunque nada somos,
tu amor
eterno nos ha hecho dignos!
El mensaje a
las iglesias, revela además que, tanto en su dimensión histórica como
profética, la iglesia tendría la permanente necesidad de luchar arduamente
por la verdad acerca de Cristo y su misión. Se revela también que, el
archienemigo de Dios no descansaría y que no escatimaría esfuerzos para
desviar la mente de los seres humanos (el objeto del amor redentor) de la
verdad de Dios. Induciendo los hombres al error procura él robarle la gran
bendición que el cielo les ha dado. Pero Dios ha dejado su Palabra como un
registro fidedigno de su carácter y sus hechos, y además siempre ha tenido
un remanente fiel que le han representado dignamente aún a costa de su
propia vida (Apoc. 12:11). El remanente, su iglesia fiel, pues no hay
otra, siempre ha vivido por la verdad, y en ocasiones ha demostrado ser
capaz no sólo vivir y ser sostenido por la ella, sino hasta de morir por
la verdad. Pero nunca ha estado Dios sin testigos en la tierra. Así que,
por medio de su Palabra y su remanente fiel, la verdad ha vivido, está
viviendo, y los estará hasta el fin mismo de la historia (Apoc. 12:17;
14:12).
El insondable
misterio del Plan de la Salvación (con un Redentor divino-humano como
centro) será el lema y canción de los redimidos por los siglos sin fin de
la eternidad. Dios nos ha honrado infinitamente, pues siendo Él santo y
puro se unió a nosotros, criaturas caídas y pecaminosas. “Por gracia
habéis sido salvados… Y esto no proviene de vosotros, sino que es el don
de Dios” (Efe. 2:8,9).
Pero no sólo
se unió a nuestra humanidad por 33 cortos años, sino que lo hizo por la
eternidad. Los evangelios testifican junto con los profetas que el
Redentor del mundo conserva su humanidad para siempre (Luc. 24:36-43; Juan
20:24-28; Dan. 7:13; Apoc. 1:13). Cristo voluntariamente llevará por toda
la eternidad este recuerdo en sus manos, pies y costado “sobre sus
hombros”, (Isa. 9:6; Juan 20:27; Hab. 3:4). “Al tomar nuestra naturaleza,
el Salvador se vinculó con la humanidad por un vínculo que nunca se ha de
romper. A través de las edades eternas, queda ligado con nosotros... Para
asegurarnos los beneficios de su inmutable consejo de paz, Dios dio a su
Hijo unigénito para que llegase a ser miembro de la familia humana, y
retuviese para siempre su naturaleza humana. Tal es la garantía de que
Dios cumplirá su promesa... El cielo está incorporado en la humanidad, y
la humanidad envuelta en el seno del Amor Infinito”.13
Abramos
nuestra mente y corazón a esta maravillosa verdad y seamos refrescados por
la suave brisa de estas buenas nuevas que son eternas.
Notas y Referencias:
1- Elena de
White, Patriarcas y Profetas, pp. 54,55.
2- -----------,
Carta 83, 1896, lea también Primeros Escritos, p. 151.
3- Segundo
Tratado del Gran Set 56:6-19; El Apocalipsis de Pedro 81:4-24.
4- Hechos de
Juan 93.
5- White, Sings
of the Times, 16-1-1896.
6- Jack
Sequeira, La Dinámica del Evangelio Eterno, p.110.
7- White,
Manuscrito 53, 30-6-1901.
8- -----------,
Sings of the Times, 16-1-1896.
9- C. Mervyn
Maxwell, Dios Revela el Futuro, el mensaje del Apocalipsis, tomo II, p.
141.
10- “Todo lo
que perdió el primer Adán será restaurado por el segundo [se cita Miq.
4:8; Efe. 1:14]… Ese propósito se cumplirá cuando, renovada por el poder
de Dios y liberada del pecado y de la tristeza, [la tierra] llegue a ser
la patria eterna de los redimidos” (White, Review and Herald, 22-10-1908).
11- White,
Mensajes Selectos, tomo I, p. 301. “[Cristo] se convirtió en la Cabeza de
la humanidad, para ser asaltado con tentaciones en cada punto, como la
naturaleza humana caída habría de ser tentada, a fin de que pudiera saber
cómo socorrer a los que son tentados. Llevando nuestra naturaleza, fue
leal a la norma de justicia de Dios y obtuvo la victoria sobre Satanás.
Fue tentado en todo tal como nosotros lo somos, pero sin pecado” (Alza tus
Ojos, p. 171). “A fin de elevar al hombre caído, Cristo debía alcanzarlo
donde estaba. El tomó la naturaleza humana y llevó las debilidades y la
degeneración del hombre. El que no conoció pecado, llegó a ser pecado por
nosotros. Se humilló a sí mismo hasta las profundidades más hondas del
infortunio humano a fin de poder estar calificado para llegar hasta el
hombre y elevarlo de la degradación en que el pecado lo había sumergido”
(Mensajes Selectos, tomo I, pp. 314,315).
12- “El pudo
haber cedido a las sugestiones mentirosas de Satanás como lo hizo Adán,
pero debemos adorar y glorificar al Cordero de Dios, porque no cedió ni en
un solo ápice ni en lo mas mínimo” (Manuscrito 94, 1893). “El asumió la
naturaleza humana con sus debilidades, con todos sus riesgos, con sus
tentaciones... Fue ‘tentado en todo según nuestra semejanza’ (Heb. 4:15).
No ejerció en su propio beneficio ningún poder que el hombre no pueda
ejercer. Como hombre hizo frente a la tentación, y venció con la fuerza
que Dios le dio” (Manuscrito 141, 1901).
13-
-----------, Dios nos Cuida, p. 72.
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