La Persona y la Obra de Cristo

 

en el Mensaje a las Siete Iglesias

 

(2da. Parte)

  Por: Héctor A. Delgado
   
 

Los errores cristológicos y soteriológicos de los nicolaítas

Retomemos brevemente la referencia a los nicolaítas que ya leímos en el mensaje a la iglesia de Éfeso, referidos también en el mensaje a Pérgamo (Apoc. 2:15). Esta secta gnóstica, basada en la filosofía dualista griega, propuso una nueva forma de cristología y soteriología. En el área cristológica planteó una irreconciliable diferenciación entre Cristo y Jesús de Nazaret. En otras palabras, el Cristo cósmico realmente nunca se encarnó, pues era imposible que lo eterno e inmaterial (bueno por naturaleza) se uniera a lo temporal y material (malo y corrupto). Pero Juan, quien fue discípulo de Jesús durante todo su ministerio y quien tuvo el privilegio de vivir largo tiempo después de la muerte de Cristo (además de recibir revelaciones especiales) refutó terminantemente dicha herejía: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad si los espíritus son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido al mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que reconoce que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios. Y todo espíritu que no reconoce a Jesús, no es de Dios.  Este es del anticristo, que habéis oído que ha de venir, y que ahora ya está en el mundo” (1 Juan 4:1-3).

Juan reconoció además la acción de un poder infernal que había comenzado a obrar para destruir la verdad acerca de Cristo y su Evangelio: “Hijos, ya es la última hora. Y como habéis oído, el anticristo ha de venir. Aun ahora han aparecido muchos anticristos. Por eso sabemos que es la última hora. Salieron de entre nosotros, pero no eran de nosotros. Si hubieran sido de los nuestros, habrían quedado con nosotros. Su salida muestra que no todos son de nosotros. Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas. No os escribo porque ignoráis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira procede de la verdad. ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. El que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre” (1 Juan 2:18-23). Negar la encarnación de Cristo es pretender negar y contrariar el Plan eterno y el “Consejo de Paz” (Zac. 6:13) que hubo entre los miembros de la Deidad para la redención de la humanidad.

En el área soteriológica, los gnósticos hicieron su propuesta también: Cristo realmente no vino a redimir al hombre del pecado, sino de las tinieblas de la ignorancia, vino a ayudar a la humanidad a encontrar la gnosis, el conocimiento verdadero. La redención no la realiza Cristo con su muerte sino que la obra el mismo ser humano al descubrir el conocimiento. Otra vez, semejante desviación de la verdad se encontró de frente con el cristianismo: “Y ésta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien tú has enviado” (Juan 17:3). Es el conocimiento del Dios verdadero tal y como fue revelado por el Hijo eterno, y de Él como revelación última y absoluta de Dios que trae la salvación de los hombres. Cuando los hombres entran en una relación salvadora con Cristo, después de haber aceptado la reconciliación, es que han encontrado el verdadero conocimiento que conduce a la vida eterna. Los cristianos no han sido llamados a conocer algo (sea llamados misterios, doctrinas o una institución), sino a Alguien. Ya lo expresó el gran Apóstol, liberado de la carga del error y la falsa concepción de Dios: “Considero todas las cosas como pérdida por el sublime valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo; y ser hallado en él, no en mi propia justicia, que viene por la Ley, sino en la que es por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios por la fe. A fin de conocer a Cristo y conocer el poder de su resurrección…“(Fil. 3:8-10). Pablo es categórico al decir que en Cristo “están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento”. Y lo dice “para que nadie os engañe con palabras persuasivas” (Col. 2:3,4). Este conocimiento de Cristo lleva al alma contrita a una de las más completa y maravillosa de las experiencias cristiana: La Justificación por la Fe.

El mensaje cristiano es bastante claro, no está expresado en un lenguaje revesado, ni en códigos que necesitan ser descifrados por algunos llamados “elegidos”, sino que puede ser entendido plenamente por los verdaderos “elegidos” en Cristo “desde antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos y sin culpa ante él en amor” (Efe. 1:4). Así que, mientras en el gnosticismo (así como en algunas ramas del cristianismo) los “elegidos” son un grupo selecto de individuos, los verdaderos “elegidos” son aquellos que fueron unidos al Redentor del mundo por medio del milagro de la encarnación. Habiendo asumido nuestra naturaleza humana, el Redentor llegó a ser plenamente humano, lo que nosotros somos, y así se unió a la raza humana por un lazo indivisible: “Porque el que santifica y los que son santificados, todos proceden de uno. Por eso, no se avergüenza de llamarlos hermanos” (Heb. 2:10). Ahora todos compartimos junto con Él una vida común, su propia vida. Esa es la mayor manifestación de “la gracia de Dios que os fue dada en Cristo Jesús” (1 Cor. 1:4). Así, nos unimos al canto eterno de gratitud apostólica: “¡Gracias a Dios que nos hizo un regalo tan grande, que no tenemos palabras para expresarle nuestra gratitud!” (2 Cor. 9:15, DHH). 

El origen de la creación

Antes de concluir nuestro estudio quiero llamar vuestra atención a dos hechos que considero de suma importancia. El primero tiene que ver con el contenido de la expresión “el principio de la creación de Dios” de Apoc. 3:14. Y el segundo, está relacionado a la historia de nuestra iglesia. Veamos el primero. Cuando estudiamos la palabra “principio” u “origen” en el contexto de Jesús como la fuente y causa de la creación original, vimos sólo una parte de la verdad contenida en el pasaje. Esa interpretación, según entendemos, no agotó todo el contenido de esta interesante declaración. Pero lo expuesto aquí constituye sólo nuestro punto de vista sobre esta declaración inspirada.

Es conocido que la palabra “origen” (griego “arjé”) tiene dos sentidos, uno pasivo y otro activo. Si se le aplicara el primer sentido de esta palabra a Cristo muchos temen que lo señale como el primer ser creado (y así lo ven algunos cristianos hoy), pues en sentido pasivo “arjé” designa aquello que “recibe la acción en el principio”. Por otro lado, si aplicamos el sentido activo al Hijo eterno, lo estaría designando como la fuente o motor que origina la creación. La Biblia claramente enseña que Jesús es el Creador de todo cuanto existe (Juan 1:3; Col. 1:16). Pero también señala que el Creador del mundo es el mismo que efectuó la redención. Y esta es precisamente la idea que queremos desarrollar aquí.

Volviendo a la palabra “arjé” (transliterada por algunos como “arque”), debemos decir que esta raíz indicaba originalmente “aquello que era de valor”. La palabra  “monarca” está compuesta de “dos términos griegos: mono, único, y “arjé”, que aparece como ‘arca’ y que significa en este caso ‘el único gobernante’; por eso la palabra se aplica a alguien que gobierna solo”.9 Aunque para algunos que hablaban el griego “arjé” llegó a significar “comienzo” o “principio” ese no era el sentido que tenía originalmente. Y sin dejar de tomar en cuenta sus dos sentidos (pasivo y activo), veamos todo lo que puede estar implicado en la expresión “el principio de la creación de Dios”.

Lo primero es que, tanto el Padre como el Hijo están indisolublemente unidos en esta frase. Algo común en toda la Escritura (cf. Gen. 1:1,26, Juan 1:1-3; 3:16, 8:16,18, y otros). Aunque se señala al Hijo como “la fuente de la creación”, el texto es claro, la creación “de Dios”. Es por eso que aunque leemos que “todas las cosas fueron hechas por él” (Juan 1:3), también se nos dice que “todo fue creado por medio de él y para él” (Col. 1:16). La misma idea aparece en Heb. 1:2,3.

Así mismo, la salvación de la raza humana es atribuida al Padre y al Hijo. Del Padre se habla como “el Dios vivo, Salvador de todos los hombres” (1 Tim. 4:10; 1:1, 2:3, cf. Sal. 65:5; 68:19,20). Pero también leemos de “nuestro Salvador Jesucristo” (2 Tim. 1:10; 2 Ped. 2:1; 2 Ped. 1:11). En los siguientes pasajes se hace referencia conjunta al Padre y al Hijo como nuestros salvadores: Tit. 1:3,4; 2:10,13; 3:4,7; Juan 3:16; Rom. 8:32. Así que, tanto la obra de la Creación como la obra de la redención es el producto de la acción conjunta de la Deidad. Y más aún, la redención es presentada en las Escrituras como un acto de recreación originado por la misma Deidad (Efe. 2:1-5,10; Col. 2:13; 2 Cor. 5:17). La cruz fue el medio a través del cual se logró esta nueva creación: “Por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así lo que está en la tierra como lo que está en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Col. 1:20; Rom. 5:10; 2 Cor. 5:18,19). La redención/recreación constituye la acción del Dios único en el marco de la historia de la humanidad pecadora en la Persona de su Hijo Jesucristo.

La Biblia presenta la humanidad en el contexto de dos hombres y sus respectivas acciones: el “primer Adán” y Cristo, el “segundo Adán”. En el primero nos presenta fracasado, caídos, condenados y perdidos, pero en el “segundo Adán” nos presenta redimidos, prisioneros de esperanza, libres de condenación y reconciliados (Rom. 5:12-21; 1 Cor. 15:21,22,45).10 En cristo, la historia y la humanidad tuvieron un nuevo comienzo, por lo tanto, al introducir con su muerte expiatoria esta nueva era (la verdadera nueva era), Cristo pregona libertad a los cautivos, el año agradable del Señor para todos los que “estaban durante toda la vida sujeto a servidumbre” (Heb. 2:15). Con su muerte, la humanidad redimida recibe la bendición de poder vivir (lo reconozca o no) bajo una nueva vida. Por lo tanto, en esta nueva creación, Cristo, es el “principio”, el que ocupa el lugar supremo y en quien, todos están no solo representados, sino redimidos. Aquí encuentra su verdadero sentido la expresión “primogénito de la creación” (Col. 1:15). De esta nueva creación introducida con su supremo sacrificio, Cristo es el primero, y más importante, es el “principio” o el “origen” en quien se origina y se realiza la nueva creación. Por lo tanto, la expresión “el principio (fuente o causa) de la creación de Dios” apunta a la gran obra de la redención que fue realizada por Dios “en Cristo” cuando estaba “reconciliando consigo al mundo, no tomándole en cuenta a los hombres sus pecados” (2 Cor. 5:19). La primera creación se originó en Cristo y así mismo tuvo su origen en Él la recreación de la raza caída. Cristo es el medio (nuestro eterno Mediador), por medio del cual el Padre trajo a la existencia todos “los mundos” (Heb. 1:2) y fue también el medio por medio del cual rescató y redimió la creación mancillada por el pecado. Y si miramos hacia futuro, veremos que es el medio por medio del cual también hará nuevas todas las cosas (1 Cor. 15:24-28; 2 Ped. 3:13). En Cristo, encuentra la raza humana caída, su principio, su preservación presente y su consumación final.  

Una Mirada al pasado

El segundo aspecto que quiero resaltar en esta sección está relacionado con nuestra historia como denominación, específicamente la relacionada a 1888. Los estudiosos del mensaje que fue enviado a esta iglesia en aquel año han sentido la impresión de que todo resulta como un misterio imposible de descifrar. Nos embarga en ocasiones (y creo que hablo en lugar de muchos) el sentido de frustración e impotencia, pues todavía la mayoría de los miembros de nuestras iglesias siguen sin conocer la realidad del este mensaje.

Podemos argumentar hasta la saciedad que “el más precioso mensaje” de 1888 está siendo proclamando desde el púlpito y por medio de nuestras publicaciones, pero los que hemos estudiado y analizado los escritos de Waggoner y Jones no podemos estar de acuerdo con esa aseveración. No hay que ser un erudito para darse cuenta que las diferencias entre los enfoques de los mensajeros de 1888 sobre la Justificación por la Fe en relación con la humanidad de Cristo y los punto de vista actuales son abismales. Los miembros de la iglesia de hoy deberían tener la misma oportunidad que Elena de White reclamó para las iglesias de sus días para que comprendan por sí mismos el mensaje de justicia por fe. Así mismo debería darse esta oportunidad a los líderes que, desesperados por los devastadores resultados del pecado y la apostasía en la iglesia, no encuentran qué herramientas usar para salvarla.

¿Pero que tiene todo esto que ver con lo que venimos estudiando? Mucho, porque todo aquel que por lo menos ha leído las obras de Waggoner y Jones, se habrá dado cuenta de que ellos enseñaban abiertamente que Cristo, en su encarnación asumió la misma naturaleza humana que es común a todos los seres humanos para poder redimirla, la naturaleza humana en “su condición caída”.11 Pero al mismo tiempo lo presentaban como “sin pecado” porque a diferencia de nosotros, Él no consintió al pecado en esa naturaleza humana que asumió.12 Por consiguiente, fueron canales de luz para transmitir un mensaje renovador y refrescante a una iglesia que estaba postrada ante algunas enseñazas legalistas.

La justicia por Fe, que tan claramente nos fue presentada por Waggoner y Jones en el contexto de un Redentor plenamente divino-humano, debe ser recibida por medio de la fe, o quedaremos desenmascarado ante el Testigo Fiel, pues se hará patente la “la vergüenza de nuestra desnudez” (Apoc. 3:18).   

Conclusión

El Apocalipsis, en armonía con los demás libros de la Biblia que plantean el misterio de la persona y la obra de Cristo, nos confirma que Aquel que murió en la cruz, fue, es y seguirá siendo por siempre “una cosa” con el Padre. Lo que Cristo es, constituye la garantía de nuestra completa salvación. La forma en que se presenta este tema en el mensaje a las iglesias, revela claramente que ha sido, es y será un tema inagotable. Pero debe ser recibido libre de las presuposiciones filosóficas que lo han estorbado durante toda la historia del cristianismo. Necesitamos someter nuestra voluntad, y nuestros criterios personales a la infalible Palabra de Dios, que como su divino autor, está dotada de autoridad por sobre toda persona o institución terrenal. La persona de Cristo es un misterio (Col. 2:2). Y aunque este misterio ha sido revelado por los profetas y apóstoles, aún así nuestro entendimiento resulta insuficiente para abarcarlo completamente (Rom. 11:33; Efe. 3:9,10; Col. 1:27). Sólo comprendemos lo necesario como para ser salvos, y confesamos que anonada nuestro ser, dejándolo postrado en el polvo de la insignificancia y de la nada. Pues nada somos, delante de Dios, “polvo y ceniza” es lo que en verdad somos (cf. Gén. 18:27; Job. 42:6).  

  ¡Gracias Padre por tu invariable amor,
  porque aunque nada somos,
  tu amor eterno nos ha hecho dignos!  

El mensaje a las iglesias, revela además que, tanto en su dimensión histórica como profética, la iglesia tendría la permanente necesidad de luchar arduamente por la verdad acerca de Cristo y su misión. Se revela también que, el archienemigo de Dios no descansaría y que no escatimaría esfuerzos para desviar la mente de los seres humanos (el objeto del amor redentor) de la verdad de Dios. Induciendo los hombres al error procura él robarle la gran bendición que el cielo les ha dado. Pero Dios ha dejado su Palabra como un registro fidedigno de su carácter y sus hechos, y además siempre ha tenido un remanente fiel que le han representado dignamente aún a costa de su propia vida (Apoc. 12:11). El remanente, su iglesia fiel, pues no hay otra, siempre ha vivido por la verdad, y en ocasiones ha demostrado ser capaz no sólo vivir y ser sostenido por la ella, sino hasta de morir por la verdad. Pero nunca ha estado Dios sin testigos en la tierra. Así que, por medio de su Palabra y su remanente fiel, la verdad ha vivido, está viviendo, y los estará hasta el fin mismo de la historia (Apoc. 12:17; 14:12).

El insondable misterio del Plan de la Salvación (con un Redentor divino-humano como centro) será el lema y canción de los redimidos por los siglos sin fin de la eternidad. Dios nos ha honrado infinitamente, pues siendo Él santo y puro se unió a nosotros, criaturas caídas y pecaminosas. “Por gracia habéis sido salvados… Y esto no proviene de vosotros, sino que es el don de Dios” (Efe. 2:8,9).

Pero no sólo se unió a nuestra humanidad por 33 cortos años, sino que lo hizo por la eternidad. Los evangelios testifican junto con los profetas que el Redentor del mundo conserva su humanidad para siempre (Luc. 24:36-43; Juan 20:24-28; Dan. 7:13; Apoc. 1:13). Cristo voluntariamente llevará por toda la eternidad este recuerdo en sus manos, pies y costado “sobre sus hombros”, (Isa. 9:6; Juan 20:27; Hab. 3:4). “Al tomar nuestra naturaleza, el Salvador se vinculó con la humanidad por un vínculo que nunca se ha de romper. A través de las edades eternas, queda ligado con nosotros... Para asegurarnos los beneficios de su inmutable consejo de paz, Dios dio a su Hijo unigénito para que llegase a ser miembro de la familia humana, y retuviese para siempre su naturaleza humana. Tal es la garantía de que Dios cumplirá su promesa... El cielo está incorporado en la humanidad, y la humanidad envuelta en el seno del Amor Infinito”.13 

Abramos nuestra mente y corazón a esta maravillosa verdad y seamos refrescados por la suave brisa de estas buenas nuevas que son eternas.

Notas y Referencias: 

1- Elena de White, Patriarcas y Profetas, pp. 54,55.
2- -----------, Carta 83, 1896, lea también Primeros Escritos, p. 151.
3- Segundo Tratado del Gran Set 56:6-19; El Apocalipsis de Pedro 81:4-24.
4- Hechos de Juan 93.
5- White, Sings of the Times, 16-1-1896.
6- Jack Sequeira, La Dinámica del Evangelio Eterno, p.110.
7-  White, Manuscrito 53, 30-6-1901.
8- -----------, Sings of the Times, 16-1-1896.
9- C. Mervyn Maxwell, Dios Revela el Futuro, el mensaje del Apocalipsis, tomo II, p. 141.
10- “Todo lo que perdió el primer Adán será restaurado por el segundo [se cita  Miq. 4:8; Efe. 1:14]… Ese propósito se cumplirá cuando, renovada por el poder de Dios y liberada del pecado y de la tristeza, [la tierra] llegue a ser la patria eterna de los redimidos” (White, Review and Herald, 22-10-1908).
11- White, Mensajes Selectos, tomo I, p. 301. “[Cristo] se convirtió en la Cabeza de la humanidad, para ser asaltado con tentaciones en cada punto, como la naturaleza humana caída habría de ser tentada, a fin de que pudiera saber cómo socorrer a los que son tentados.  Llevando nuestra naturaleza, fue leal a la norma de justicia de Dios y obtuvo la victoria sobre Satanás. Fue tentado en todo tal como nosotros lo somos, pero sin pecado” (Alza tus Ojos, p. 171). “A fin de elevar al hombre caído, Cristo debía alcanzarlo donde estaba. El tomó la naturaleza humana y llevó las debilidades y la degeneración del hombre. El que no conoció pecado, llegó a ser pecado por nosotros. Se humilló a sí mismo hasta las profundidades más hondas del infortunio humano a fin de poder estar calificado para llegar hasta el hombre y elevarlo de la degradación en que el pecado lo había sumergido” (Mensajes Selectos, tomo I, pp. 314,315).
12- “El pudo haber cedido a las sugestiones mentirosas de Satanás como lo hizo Adán, pero debemos adorar y glorificar al Cordero de Dios, porque no cedió ni en un solo ápice ni en lo mas mínimo” (Manuscrito 94, 1893). “El asumió la naturaleza humana con sus debilidades, con todos sus riesgos, con sus tentaciones... Fue ‘tentado en todo según nuestra semejanza’ (Heb. 4:15). No ejerció en su propio beneficio ningún poder que el hombre no pueda ejercer. Como hombre hizo frente a la tentación, y venció con la fuerza que Dios le dio” (Manuscrito 141, 1901).
13- -----------, Dios nos Cuida, p. 72.
 

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