La Persona y la Obra de Cristo

 

en el Mensaje a las Siete Iglesias

 

(1era. Parte)

  Por: Héctor A. Delgado
   
 

La persona y la obra del Hijo eterno constituyen el eje central de las Sagradas Escrituras, conforman además una cadena áurea que engloba y expande todas las verdades de las Escrituras. Cuando Jesús les dijo a los judíos que escudriñaran las Escrituras, porque ellas daban testimonio acerca de Él, afirmó un hecho de suma trascendencia para todos los tiempos (Juan 5:39). Por medio del sistema de sacrificios, establecido desde la entrada misma del pecado (Gén. 3:21; 4:1; 8:20,21), con su posterior establecido en los rituales del Santuario (Éxo. 25:8,9; Lev. 1-7), hasta los mensajes impartido por los profetas y apóstoles, Dios procuraba hacer cada vez más claro el misterio del Plan de la Salvación (Heb. 4:2; Gál. 3:8, cf. Mar. 4:11; Rom. 16:25; Efe. 3:3-9). Este Plan contemplaba el hecho de que Dios, en la persona de su Hijo, llegaría a participar de la naturaleza humana para redimirlos de las consecuencias del pecado (Juan 1:14). Desde el mismo principio de la caída en el pecado nuestros primeros padres tuvieron una vislumbre de ello, pues para Adán “el ofrecimiento del primer sacrificio fue una ceremonia muy dolorosa.  Tuvo que alzar la mano para quitar una vida que sólo Dios podía dar. Por primera vez iba a presenciar la muerte, y sabía que si hubiese sido obediente a Dios no la habrían conocido el hombre ni las bestias. Mientras mataba a la inocente víctima temblaba al pensar que su pecado haría derramar la sangre del Cordero inmaculado de Dios. Esta escena le dio un sentido más profundo y vívido de la enormidad de su transgresión, que nada sino la muerte del querido Hijo de Dios podía expiar. Y se admiró de la infinita bondad que daba semejante rescate para salvar a los culpables. Una estrella de esperanza iluminaba el tenebroso y horrible futuro, y le libraba de una completa desesperación”.1 Por consiguiente, cada animal sacrificado era un solemne recordativo de que “sin derramamiento, no hay perdón de pecados” (Heb. 9:22).  

El fin del Redentor: La Muerte

En el Santuario, la muerte de cada víctima ofrecida en sacrificio prefiguraba la entrega de un Salvador consagrado y sumiso para la realización de la expiación por el pecado (Lev. 17:11; Isa. 53:7,12; 1 Juan 2:2, cf. Gén. 22:6-14), a la vez que la dignidad y autoridad del sumosacerdote, anunciaba la regía dignidad sumosacerdotal del Redentor prometido (Heb. 7:26; 8:2). Si la expiación por el pecado se lograba únicamente a partir de la muerte de la víctima, obviamente la encarnación estaba siendo anunciada, pues, ¿de qué otra forma podría morir el divino sustituto y quitar así los pecados del mundo?

Si el Redentor expiaría el pecado con su muerte, consecuentemente tendría que asumir una condición en la que pudiera hacerlo, ya que Dios, siendo inmortal, no puede morir. Anunciando el establecimiento provisional del sistema de sacrificio, el salmista señaló: “Sacrificio y presente no quisiste…; holocausto y expiación no has demandado. Entonces dije: Aquí vengo, en el rollo del libro está escrito de mí. Dios mío, me deleito en hacer tu voluntad, y tu Ley está en medio de mi corazón” (Sal. 40:6-8). La carta a los Hebreos señala que esto se cumple en Cristo al venir como hombre a este mundo (Heb. 10:5,7). El profeta Daniel, en una visión escatológica, nos habla de un Ser excelso que es llevado ante Dios el Padre: “uno como un Hijo de Hombre” (Dan. 7:13). “Hijo de Hombre” es una clara referencia al Redentor encarnado (Mat. 26:64; 24:30). Es interesante saber que el vocablo que usa Daniel para “hombre” (“enash”) constituye la forma aramea de “enosh”, una palabra que describe la “fragilidad y la mortalidad del hombre”.  Además, en su majestuosa profecía de las 70 semanas el profeta señala más directamente que el sistema de sacrificio establecido llegaría a su final (“hará cesar el sacrificio y la ofrenda”), porque el Mesías, con su muerte (aunque “no por sí”, es decir, sin causa y culpa propia), pondrá “fin al pecado, y expiará la iniquidad” (Dan. 9:24-27). El autor de la epístola a los Hebreos reconoce el marco temporal del sistema de sacrificio desarrollado en el Santuario. Sencillamente fue establecido “hasta el tiempo de reformar las cosas” (Heb. 10:10, cf. 7:18).

En el libro de Isaías, en el conocido pasaje del “Siervo sufriente”, se anunciaba claramente la obra expiatoria del Mesías a favor de su pueblo. Se señala allí los variados aspectos de su ministerio: su humilde surgimiento y apariencia sin atractivo físico como para ser deseado, su muerte sustitutoria y los positivos resultados de su obra (Isa. 53; cf. 11:1,4-13; Jer. 23:5; Zac. 6:12). Estaba claro, el Redentor sería de “arriba”, de cielo (cf. Juan 3:31; 8:23), pero se revestiría con el manto de nuestra humanidad mortal. 

El pecado: una ofensa contra Dios

Hay otro aspecto importante. El pecado constituía un agravio y un desafío directo contra la Deidad y su Ley, fundamento del gobierno divino (Rom. 8:7; 1 Juan 3:4; Gén. 3:1-5; Isa. 59:2). Por consiguiente, una criatura, por más excelsa que fuera no podía resarcir semejante ofensa. Sólo Uno, que fuera divino por naturaleza podía asumir el cargo de la vindicación del carácter de Dios, su Ley  y la expiación del pecado. Es por eso que, si la identificación del Redentor con el ser humano caído era una necesidad indispensable para expiar el pecado, la divinidad constituía la base para su encarnación. Bien nos dice el Espíritu de Profecía: “Aunque no tenía ninguna mancha de pecado en su carácter, condescendió en relacionar nuestra naturaleza humana caída con su divinidad. Al tomar sobre sí mismo la humanidad, honró a la humanidad. Al tomar nuestra naturaleza caída, mostró lo que ésta podría llegar a ser si aceptaba la amplia provisión que él había hecho para ello y llegaba a ser participante de la naturaleza divina”.2

Leemos que en una ocasión Jesús hizo referencia al Sal. 110:1 para demostrar ante los fariseos y saduceos que, el Mesías tendría procedencia divina a pesar de estar vestido con el manto de la humanidad (Mat. 22:41-46). En el libro del profeta Isaías encontramos una de las referencias más directas del Antiguo Testamento sobre la procedencia divina del Redentor prometido: “Porque un Niño nos es nacido, Hijo nos es dado, y el gobierno estará sobre su hombro. Será llamado Maravilloso, Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz” (Isa. 9:6). Miqueas nos dirá que sus “orígenes son desde el principio, desde los días de la eternidad” (Miq. 5:2). La expresión “desde la eternidad” no denota antigüedad solamente, sino existencia eterna (cf. Sal. 90:2; Hab. 1:12; Neh. 9:5; 1 Cron. 29:10).

Los escritores del Nuevo Testamento establecen que la razón principal por la que Cristo asumió la naturaleza humana fue para poder redimirla (Juan 1:14; Gál. 4:4; Fil. 2:5-7). Y más aún, el Hijo eterno no sólo tomó la humanidad sobre su naturaleza divina, sino que esa naturaleza humana que asumió – como ya vimos –, es identificada con “nuestra naturaleza humana caída”. La misma naturaleza que es común a todos los seres humanos nacidos en este mundo (Heb. 2:14; Rom. 1:3; 8:3; Gál. 4:4).

La divinidad de Cristo también es presentada claramente los autores del Nuevo Testamento (Juan 1:1; 8:58; Rom. 9:6; Tit. 2:13; 1 Tim. 3:16). Nadie extraviará esta verdad a menos que decida seguir su criterio personal en el estudio de la Palabra de Dios. El testimonio unánime de los escritores inspirados es que, en Jesucristo, está unida la divinidad y la humanidad. En Cristo entonces, se funden la realidad y el cumplimiento de los propósitos eterno de Dios para con la raza humana, la consumación de todo cuando está escrito “en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos” (Luc. 24:44, cf. vers. 27). A través de Él se restablecerá el orden original de justicia que imperaba antes del surgimiento del pecado (1 Cor. 15:24-28).  

La divinidad y la humanidad de Cristo en el mensaje a las Iglesias

El mensaje a las siete iglesias es coherente con este hecho, dando así a entender que esta verdad debió ser preservada durante toda la era cristiana. Las herejías surgidas durante la historia de la Iglesia demuestran precisamente una falla en la comprensión de esta importante enseñanza. Y estas desviaciones de la doctrina verdadera es lo que ha provocado la presente amalgama de ideas confusas que vemos plasmada en los cuerpos religiosos de la actualidad. De la correcta comprensión de la naturaleza y obra del Redentor, depende la fidelidad o la apostasía de la iglesia. Por consiguiente, una comprensión errónea de la persona y la misión de Cristo desencadena automáticamente en una experiencia defectuosa. Una experiencia así, inducirá a la iglesia a robarle a Cristo el honor y la gloria que se merece.

            De hecho, según comprobaremos, el mensaje del Hijo eterno a las iglesias está marcado por una intensión fundamental: La iglesia tiene que saber y reconocer Quién es el que le está hablando, amonestando, corrigiendo y animando. Y los errores cometidos por el cristianismo en toda su historia es la mayor evidencia que tenemos de que la iglesia ha ignorado por largo tiempo a su Señor y Redentor. Si el consejo de Cristo hubiera sido aceptado desde el mismo principio y obedecido con prontitud por los líderes de la iglesia, no habrían sido tan profundos los resultados que provocó el surgimiento de la Apostasía en el seno de la Iglesia (2 Tes. 2:3-9). La historia sería diferente.

Pero nosotros, los que “hemos llegado al fin de los siglos” (1 Cor. 10:11), y que presenciamos la mayor apostasía espiritual que jamás se haya vivido, debemos recobrar nuevas fuerzas en procura de establecernos sobre un fundamento más firme que el de las colina eternas. La Palabra debe ser investigada con oración perseverante y profunda devoción para encontrar en Ella la luz de Dios, esa luz que nos guiará por sendas seguras de verdad. “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Sal. 139:23-24). Ojala que podamos ser tocados por el poder convincente de la Escritura y ser hechos idóneos para la mayor obra que ha de realizarse en este presente mundo: la proclamación final del Evangelio eterno a todas las naciones (Apoc. 14:6-12; 10:6).

El método que seguiremos en nuestro análisis es el siguiente: Primero evaluaremos la divinidad de Cristo en cada mensaje, pero no por separado, sino en conjunto, pues algunas referencias se repiten en más de un mensaje (cf. Apoc. 2:1, 3:1). Luego analizaremos las referencias a la humanidad de Jesús y sus implicaciones para nosotros hoy. Pero antes veamos los atributos de Cristo en el mensaje a cada iglesia en forma paralela. 

LAS IGLESIAS

TÍTULOS DE CRISTO

 Primera Iglesia: Éfeso

El que tiene las siete estrellas en su mano derecha, y anda entre los siete candelabros de oro (Apoc. 2:1). 

 Segunda Iglesia: Esmirna

El Primero y el Ultimo, el que estuvo muerto y revivió (vers. 8). 

 Tercera iglesia: Pergamo

El que tiene la espada aguda de dos filos (vers. 12). 

 Cuarta iglesia: Tiatira

El Hijo de Dios, que tiene ojos como llama de fuego, y pies semejantes al bronce bruñido (vers. 18). 

 Quinta iglesia: Sardis

El que tiene los siete Espíritus de Dios y las siete estrellas (Cap. 3:1). 

 Sexta iglesia: Filadelfia

El Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre (vers. 7). 

 Séptima iglesia: Laodicea

Así dice el Amén, el Testigo Fiel y Verdadero, el origen de la creación de Dios (vers. 14). 

El Cristo divino: Iglesias de Éfeso y Sardis

La primera referencia a la divinidad del Hijo de Dios aparece en el mensaje a la iglesia de Éfeso: “El que tiene las siete estrellas en su mano derecha” (Apoc. 2:1, cf.  1:16,20). La misma declaración se repite en el mensaje a la iglesia de Sardis (cap. 3:1). Aunque las siete estrellas son simbólicas, señalan a los “ángeles de las iglesias” (cap. 1:20), el hecho de que Cristo es descrito como teniéndolas en su mano derecha constituye una evocación al registro de la creación (Gén. 1:16; Isa. 48:13; Sal. 8:3; Job 9:9). Guarda relación además con la manifestación de la omnipotencia divina ejercida a favor de su pueblo (Juec. 5:20). En algunos pasajes poéticos del AT se hace referencia a las estrellas como alabando a Dios mientras ejerce su poder creador (Job. 38:7). Entonces, el Creador y las estrellas están relacionados.

En otros textos las estrellas son utilizadas por Dios para ilustrar y fortalecer su promesa de bendecir a su remanente entre las naciones (Gén. 15:5; 22:17). De hecho, en el libro de Génesis, “once estrellas” fueron utilizadas para simbolizar la mayoría de los líderes del pueblo de Dios (Gén. 37:9). En consecuencia, las estrellas constituyen un símbolo adecuado para representar a los ministros “que enseñan la justicia a la multitud” (Dan. 12:3). “Porque los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría, y de su boca el pueblo buscará la ley; porque mensajero es de Jehovah el todopoderoso” (Mal. 2:7). Si los ministros no cumplen la misión asignada desatendiendo la amonestación del Señor de la Iglesia, se convierten en “estrellas errantes” y caídas (Jud. 13). Incluso, su iglesia corre el riesgo de ser “removida de su lugar” (Apoc. 2:5). Una clara referencia a la caída espiritual y la subsiguiente pérdida del favor divino.

La declaración de Juan sobre Cristo como teniendo las siete estrellas en su mano derecha, evoca el control divino sobre la creación (Isa. 40:26; Sal. 147:4), pero también su poder sustentador (Deut. 33:3). Cristo no sólo “hizo el universo”, sino que es “quien sustenta todas las cosas con su poderosa palabra” (Heb. 1:2,3, cf. Col. 1:16,17). De igual manera, Él dirige y sustenta a los dirigentes de su iglesia a fin de que ella llegue “a la unidad de la fe y al conocimiento del Hijo de Dios, a un estado perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo” (Efe. 4:13,14). El fiel desempeño de los líderes habría salvado a la iglesia de todas las herejías destructoras que han surgido a través del tiempo. Una mirada a las muchas y variadas ideas sobre la expiación y sus alcances, y sobre la Persona y la obra de Cristo nos da una buena idea de ello. Hoy tenemos que luchar con una amalgama cada vez mayor de teorías extrañas y divergentes que tienden a desnaturalizar el contenido de la Palabra.  

El error de los nicolaítas

En el contexto del mensaje al ángel de Éfeso se hace referencia a las “obras de los nicolaítas”, quienes, según evidencias históricas confiables, consistían en una secta de origen griego que promovía el gnosticismo. Esta secta enseñaba una idea extraña sobre la Persona y la obra de Cristo diametralmente opuesta a la que enseñaban los cristianos. Su argumento principal era que el Cristo, el Verbo eterno, no pudo encarnarse, pues el mundo material era considerado corrupto y malo. Pero no pudiendo negar la realidad histórica de Jesús de Nazaret recurrieron a un doble argumento confuso y engañoso. Por un lado sostenían que el Cristo eterno y el Jesús que estuvo en la tierra eran dos personas distintas.3 Y por otro lado, sostenían que el Cristo solo parecía humano, que no dejaba huellas al caminar, porque era “inmaterial e incorpóreo… como si no existiera en absoluto”.4 Pero ya vimos que los escritores del NT identificaron a Jesús como plenamente divino y humano (Juan 1:1-3,14; Rom. 1:3; 9:5; Fil. 2:5-9; 1 Juan 4:2). Lo presentaron como un Ser “único” (Juan 1:18; 3:16). Y más allá de toda duda, señalaron y defendieron la realidad de su encarnación en un cuerpo humano (Juan 1:14,18; 3:16; Luc. 1:35; Fil. 2:5-9; 1 Juan 4:2).  

Pérgamo y Tiatira

En los mensajes a estas iglesias existen dos referencias que debemos ver ahora: “El que tiene la espada aguda de dos filos” (Apoc. 2:12), “el Hijo de Dios, que tiene ojos como llama de fuego” (vers. 18). Ambas referencias hacen alusión a la faculta de juzgar que posee Cristo. La primera revela la veracidad y severidad de su Palabra, y la segunda su conocimiento absoluto de todas las cosas (Heb. 4:12; Apoc. 19:15,21). Ambos requisitos indispensables para ejecutar un juicio verdadero. Al hombre le está prohibido terminantemente emitir juicio sobre sus semejantes (Mat. 7:1,2; Luc. 6:37), pues no posee el conocimiento ni los méritos para hacerlo justa e imparcialmente. En el AT el juicio es prerrogativa divina, pues Él es quien conoce a plenitud todas las cosas y es justo. “Dios es un Juez justo” (Sal. 7:11, cf. Deut. 32:36; Sal. 50:6; 75:7). En el NT encontramos esta misma idea (Hech. 17:31; Heb. 10:30; Apoc. 20:11-13). Pero, Dios el Padre “a nadie juzga, sino que confió todo el juicio al Hijo”, con un sólo objetivo: “para que todos honren al Hijo como honran al Padre” (Juan 5:22,23). Así que las declaraciones de Apoc. 2:13 y 18 están fundadas sobre el extraordinario hecho de que Cristo es divino y humano. Su divinidad lo calificó para ser el Redentor y su humanidad lo califica apara redimir y juzgar. Nadie podrá señalar una razón válida para justificar su desobediencia y rebelión contra la Ley de Dios, pues el juicio está en mano de aquel que “fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”, de Alguien que participó de “la misma carne y sangre” que poseían todos los seres humanos (Heb. 4:15; 2:14). En este contexto se nos dice: 

“Dios fue manifestado en carne para condenar al pecado en la carne, manifestando una perfecta obediencia a toda la Ley de Dios. Cristo no pecó, ni fue hallado engaño en su boca. No corrompió la naturaleza humana [con la desobediencia], y aunque en la carne, no transgredió la Ley de Dios en ningún particular. Más aún, eliminó toda posible excusa que el hombre caído pudiera evocar, a modo de razón para no obedecer la Ley de Dios... Este testimonio concerniente a Cristo muestra llanamente que condenó el pecado en la carne”.5 

La expresión “ojos como llama de fuego” es una referencia a la divinidad de Cristo en su manifestación más plena. En el capítulo 1 Juan ve a Jesús y lo describe teniendo “su cabeza y sus cabellos blancos como blanca lana, como nieve” y  “sus ojos eran como llama de fuego” (vers. 14). Las figuras de “lana blanca”, “nieve” y “fuego” aparecen en la descripción que hace el profeta Daniel de el Dios Padre (Dan. 7:9). Una clara referencia a la divinidad. Así mismo, en su segunda venida “en gloria y majestad” Cristo es descrito como teniendo “ojos como llamas de fuego” (Apoc. 19:12), es decir viene en todo el poder de su divinidad y hace de ella una manifestación todopoderosa. Por eso es que los impíos morirán con el “resplandor” de su venida (2 Tes. 1:6-8; Isa. 11:4b).

En el Apoc. 2:18 (mensaje a Tiatira), Cristo se nombra así mismo “el Hijo de Dios”, algo que no es casual, pues esa designación constituye una referencia a su filiación divina. Así como la expresión “Hijo del Hombre” señala a su perfecta unión con la humanidad, “Hijo de Dios” establece su relación con la divinidad (Luc. 1:35; Mat. 4:3; 8:29; 14:33; 26:63; Juan 10:36).  

Esmirna y Sardis

Veamos las dos siguientes designaciones: “El Primero y el Último, el que estuvo muerto y revivió”, y “el que tiene los siete Espíritus de Dios” (Apoc. 2:8; 3:1). En el cap. 1:11,17 y 22:13 aparece nueva vez el título “el Primero y el Último”. Esta expresión es un título divino que Jehovah Dios se aplica así mismo en el AT (Isa. 41:4; 44:6; 48:12). Si Cristo es “el Primero y el Último” no quiere decir que el apóstol Juan confunde su personalidad con la del Padre, sino que le da posición de igualdad (Juan 10:30; 17:3). Su divinidad queda remarcada por el hecho de que Él posee “los siete Espíritus de Dios”. Dada la naturaleza simbólica del número siete en todo el libro de Apocalipsis, expresión constituye una referencia apocalíptica para hablar de la plenitud del Espíritu Santo. De hecho este es el único libro de las Escrituras en que aparece. De Cristo se habla como de un león, pero también es descrito como un cordero con siete ojos y siete cuernos (Apoc. 5:5). Una evidente referencia a su omnisciencia y omnipotencia.

Además debe notarse que se dice que Cristo “tiene los siete Espíritus de Dios”. Él posee la plenitud del Espíritu divino (cf. Luc. 4:18; Juan 1:32; 7:38,39). Esta es la fórmula apocalíptica que Juan usa para expresar lo que ya había señalado el apóstol Pablo sobre Jesús: que Él “habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad corporalmente” (Col. 2:9). 

Filadelfia

Veamos ahora la triple declaración que se nos presenta en la carta a Filadelfia: “El Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David” (Apoc. 3:7). “Santo” y “Verdadero obviamente son utilizado aquí como nombre. Juan no está diciendo aquí que va a hablar el que es “santo y verdadero”, sino: “esto dice el Santo, el Verdadero…”. Se está resaltando intrínsecamente la naturaleza divina de Quien comunica el mensaje. Santo, es un nombre aplicado frecuentemente a Dios en el AT: “No hay santo como Jehovah, no hay ninguno fuera de ti”, “el Santo de Israel” (1 Sam. 2:2; 2 Rey. 19:22, cf. Isa. 10:20; 40:25; 43:15; 45:22). De hecho, “Santo” fue un título aplicado proféticamente a Cristo (Sal. 16:10). No sólo él es santo de carácter, sino que es “el Santo” en el sentido más elevado (Mar. 1:24; Hech. 3:14).

“Verdadero” es otro nombre aplicado a Dios en el AT (Jer. 10:10). Ya Juan en su primera carta se había referido a Cristo con este título: “Sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero. Y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Juan 5:20). Nuevamente encontramos la designación “verdadero” referida a Cristo en Apoc. 3:14.

La autoridad divina del Hijo eterno queda remarcada ahora por un nuevo título: “el que tiene la llave de David”. Es una imagen tomada directamente de Isa. 22:22, donde se nos dice que el sirvo Eliaquín recibiría de Dios la autoridad de supervisar “la casa de David”. Las llaves de David en la mano de Cristo señalan su autoridad y triunfo sobre la muerte (Apoc. 1:18), y dicha autoridad es ejercida en la iglesia para la ejecución de sus santos propósitos: “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra” (Mat. 28:18, cf. Efe. 1:22,23). En las epístolas paulinas, la victoria de Cristo sobre el pecado está indisolublemente unida a su autoridad divina: “Por eso Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un Nombre que es sobre todo nombre” (Fil. 2:10, cf. vers. 5-9; Efe. 1:20,21; Heb. 12:2). 

Laodicea

Esta es la última iglesia, por lo tanto contiene el último mensaje de Dios a su pueblo. El tiempo escatológico en que vive esta iglesia hace que sea más significativo su mensaje. De igual manera, es importante comprender el significado de los títulos que Cristo se aplica así mismo al hablar al ángel de esta congregación: “Así dice el Amén, el Testigo Fiel y verdadero, el origen de la creación de Dios” (Apoc. 3:14). El “Amén” constituye clara y directamente una reminiscencia de Isa. 65:16: “El que se bendijera en la tierra, en el Dios de verdad [lit. ‘amén’] se bendecirá; y el que jurare en la tierra, por el Dios de verdad [lit. ‘amén’] jurará”. El “Amén” se usa aquí como nombre de la Deidad, y es en este sentido que Juan lo aplica a Cristo. Él es – en las palabras del mismo Juan – “el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Juan 5:20). La designación “el Testigo Fiel y verdadero” refuerza la autoridad y la veracidad de su mensaje.

Cuando leemos el evangelio de Juan encontramos a Cristo defendiendo su testimonio personal sobre Sí mismo ante los fariseos. El argumento de los judíos fue claro: “Tú das testimonio de ti mismo. Tu testimonio no es válido” (Juan 8:13). Pero la repuesta puntual de Cristo fue: “Aunque yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es válido, porque sé de dónde he venido y adónde voy… Y si yo juzgo, mi juicio es válido, porque no soy solo, sino yo y el Padre que me envió. En vuestra Ley está escrito que el testimonio de dos hombres es válido. Yo Soy el que doy testimonio de mí mismo, y el que me envió, el Padre da testimonio de mí” (vers. 14,16-18). Estos textos proveen el antecedente escriturario para la declaración apocalíptica “Testigo Fiel y Verdadero”. El testimonio de Cristo a la iglesia de Laodicea está determinado por la veracidad de Quien lo da. Cristo, como Dios veras no puede sino hablar solamente la verdad, y como “Testigo Fiel” expondrá con veracidad los hechos que imputa a su indiferente iglesia del último tiempo. 

Pero Juan nos presenta una declaración aún más penetrante sobre el Hijo eterno: “el Principio de la creación de Dios”. Esta expresión ha sido talvez, junto a Col. 1:15 el caballo de batalla de aquellos que, desde Orígenes y el presbítero Arrio, hasta hoy, insisten en que Cristo es un ser creado. La opinión de Arrio era que Jesús “fue engendrado de Dios antes de todos los siglos”. Una creencia sencillamente heredada de Orígenes, quien años antes había expresado que el Hijo “nació del Padre antes de toda la creación”. La declaración de Orígenes marca el comienzo de esta creencia. Pero el contenido del mensaje a Laodicea no demanda ni permite dicha interpretación. Esta opinión, por más creíble que haya sido expuesta falta a la verdad, pues está fundamentada a una presuposición antibíblica, y cuando acude a las Escrituras, sólo toma en cuenta aquellos textos que resaltan la subordinación del Hijo al Padre y los que señalan su plena humanidad.

Hay dos cosas que deben tomarse en cuenta al leer este texto. 1) Debe notarse en primer plano que Juan NO dice: “el principio de la creación [hecha] por Dios”. Sino “de Dios”. 2) La palabra “principio” puede traducirse correctamente como “origen”. Entonces, el texto sencillamente dice que Cristo es “el origen de la creación de Dios”. Juan sencillamente está diciendo que Jesús es la fuente u origen de la creación de Dios. La creación procede y se origina en Él. Y esto está en completa armonía con toda la Escritura: “En el principio ya existía el Verbo…, Todas las cosas fueron hechas por Él. Y nada de cuanto existe fue hecho sin Él” (Juan 1:1-3). “Por Él fueron creadas todas las cosas, las que están en los cielos y las que están en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados o autoridades. Todo fue creado por medio de Él y para Él” (Col. 1:15, vea también Heb. 1:2,3). Los escritores de la Biblia NO colocan a Jesús y a la creación en un sólo paquete, como si Él fuera parte de la misma, sino que hacen una separación clara y definida: “Porque Cristo existía antes de todas las cosas, y todas las cosas subsisten en Él” (Col. 1:16). Y es que naturalmente, el Creador no puede ser criatura. 

En este contexto, la expresión “el origen [fuente o causa] de la creación de Dios” contiene una verdad maravillosa: constituye una invitación a la iglesia indiferente del tiempo del fin a dejar entrar a Cristo a su corazón (Él está a la puerta llamando – Apoc. 3:20), pues como Creador puede recrear ese corazón y establecer la justicia en él (representada en “las vestiduras blancas” – Apoc. 3:18). La tibieza de Laodicea hace que su corazón sea duro, insensible, de piedra, pero la promesa que Dios le hiciera a los antiguos creyentes permanece latente: “Esparciré sobre vosotros agua limpia [el Espíritu], y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros ídolos. Os daré un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros. Quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Pondré mi Espíritu dentro de vosotros [el agua limpia], y haré que andéis en mis Mandamientos, que guardéis mis normas, y las cumpláis” (Eze. 36:25-27). 

El Cristo humano

La plena humanidad de Cristo queda establecida firmemente por las siguientes declaraciones: “estuvo muerto y revivió” (Apoc. 2:8), “pies semejantes al bronce bruñido” (vers. 18), “el que tiene la llave de David” (cap. 3:7). La primera expresión resalta la fragilidad de la naturaleza humana que asumió el Salvador para poder redimir a la raza humana, pero también apunta a su triunfo sobre el poder del pecado y la muerte. “Por cuanto los hijos participan de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por su muerte al que tenía dominio de la muerte, a saber, al diablo” (Heb. 2:14). La humanidad de Cristo era mortal, y en las palabras de Pablo era, “la misma” que poseemos todos los redimidos. “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos” (Gál. 4:4,5).

La segunda expresión (“pies semejante a bronce bruñido”) está relacionada íntimamente con la primera, y aunque puede constituir una referencia al aspecto sobrenatural de Jesús en la visión (cf. Dan. 10:6), señala adecuadamente los sufrimientos que Cristo experimentó durante su ministerio para consumar la redención: “He pisado yo solo el lagar [de la ira de Dios], y de los pueblos nadie había conmigo” (Isa. 63:3). En la carta a los Hebreos leemos: “En los días de su vida terrenal, Cristo ofreció ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que lo podía librar de la muerte. Y fue oído por su reverente sumisión. Aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia. Y perfeccionado, vino a ser una fuente de eterna salvación para todos los que obedecen” (cap. 5:7-9, cf. Apoc. 1:15; Isa. 53:3-12).

El Apocalipsis presenta el resultado de los sufrimientos y la muerte de Cristo como una realidad siempre presente. Los efectos de la muerte expiatoria de Cristo trascienden el espacio y el tiempo (Apoc. 1:5; 13:8 – pasado; vers. 18; 2:8  – pasado y presente; 5:6 – presente; 7:9,10,14; 14:1 – futuro). El Verbo que fue hecho carne (Juan 1:14), es el mismo que vendrá a liberarnos (Apoc. 19:11-13).

La última de las tres expresiones, “el que tiene la llave de David” nos habla de la regia autoridad del Hijo de Dios, aquella que ganó con su sangre. Es interesante saber que el que tiene la llave de David, es precisamente Aquél de quien la Biblia dice que “es del linaje de David, según la carne” (Rom. 1:3; vea también Mat. 20:30,31 y otros). Se ha observado que “el hecho de que los escritores del Nuevo Testamento pudieran registrar la genealogía de Cristo y trazar sus raíces hasta David (Rom. 1:3), hasta Abrahán (Mat. 1:1-16), y hasta Adán (Luc. 3:23-28), prueba claramente que la humanidad de Cristo fue ‘parte y conjunto’ de la humanidad que Él vino a redimir”.6 El Salvador se identificó con la naturaleza humana de los redimidos, aquella naturaleza que necesitaba redención. Esta es la idea expresada claramente en la carta a los Hebreos (cap. 2:10-18). Tanto el Redentor y los redimidos poseen una naturaleza humana común: Una “misma carne y sangre” (Heb. 2:14). En nuestra humanidad, donde el pecado se había herejito como coloso invencible, donde se había atrincherado dominado al ser humano, Cristo lo enfrentó y desafió su poder triunfando sobre él. Naturalmente esto es locura para la mente carnal y ha sido difícil de creer y entender aún para muchos cristianos durante la historia. Pero leemos: “Porque lo que era imposible para la Ley, por cuanto era débil por la carne [en esto radicaba su debilidad], Dios [lo hizo], enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado [por lo que el pecado es, e implicaba], condenó al pecado en la carne” (Rom. 8:3).

Aunque se ha discutido mucho sobre este texto, solo diremos que nunca lo entenderemos mientras ignoremos su contexto. En el capítulo 7 Pablo hace claro qué es “el pecado en la carne”: “el pecado que mora en mí” (vers. 17, 20); “en mi carne, no mora el bien” (vers. 18); “el mal está en mí” (vers. 21); “la ley del pecado que está en mis miembros” (vers. 23). Puesto que el principio de pecado nos hizo sus esclavos y no teníamos la más remota posibilidad de liberarnos por nosotros mismos (note el clamor de Pablo: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” – vers. 24), era necesario que se produjera una liberación de este poder y se asegurara su destrucción. Ahí es precisamente donde entra Cristo: El toma nuestra naturaleza humana, “con todo su pasivo”, asumiendo el terrible riesgo de fracasar como otros lo habían hecho y realiza la redención haciendo libre a todos “los que por el temor de la muerte estaban por toda la vida sujetos a servidumbre” (Heb. 2:15, cf. Rom. 8:2). “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley [en la misma condición de los perdidos], para redimir a los que estaban bajo la Ley [¡esa es la idea!], a fin de que recibiésemos la adopción de hijos” (Gál. 4:4,5).

El milagro de los milagros es que Cristo, en nuestra humanidad “vino a esta tierra para ser tentado en todos los puntos, tal como son tentados los seres humanos”,7 “fue manifestado en carne para condenar al pecado en la carne” y aunque rodeado de las mismas debilidades del hombre caído, “no corrompió la naturaleza humana [con la desobediencia], y aunque en la carne, no transgredió la Ley de Dios en ningún particular.8 Su perfecta obediencia, su perfecto sacrificio, su vida perfecta, es nuestra garantía de vida eterna.

Este infinito sacrificio puede ser objetado, deformado (como lo hizo la herejía gnóstica en aquel entonces y como lo hace actualmente junto a la Nueva Era), puede ser racionalizado por la llamada “mentalidad científica” de nuestro tiempo, pero es la única garantía que tienen los seres humanos de salvación. En el presente podemos contrarrestarlo con cualquier filosofía o doctrina que nos parezca mejor, pero tarde o temprano se verá que estuvimos edificando sobre un fundamento equivocado: “Si alguien edifica sobre este fundamento oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca; la obra de cada uno será manifestada. El día la revelará, mediante el fuego. El fuego probará la obra de cada uno. Si permanece la obra del que edificó, recibirá recompensa” (1 Cor. 3:12-14). 

 

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