¿Qué Naturaleza Humana Tomó Jesús?  – Caída –

 

 

  Por: Herbert E. Douglass
   
 

¿Qué base nos proporcionan los primeros concilios de la Iglesia para nuestro actual debate acerca de la naturaleza de Cristo? ¿Qué indican los pasajes clave del Nuevo Testamento acerca de la clase de naturaleza humana que Él tomó? ¿Por qué tomó naturaleza humana, y qué nos revela esto acerca de la clase de naturaleza que tomó? 

 

            En los primeros siglos de la Era Cristiana los eruditos generalmente estaban de acuerdo en que Jesús había tenido una vida anterior como Dios, y que había vivido una vida sin pecado como hombre. Pero comenzaron a surgir diferencias de opinión cuando ciertos padres de la iglesia (mayormente los de la escuela de Alejandría) manifestaron la tendencia a poner énfasis en la divinidad de Cristo a expensas de su humanidad (1). Del mismo modo, algunos fervientes teólogos (los de la escuela de Antioquía) pusieron el acento sobre su plena humanidad, con el temor de que los alejandrinos le estuvieran haciendo mucho daño al significado del papel de Cristo como Salvador del hombre (2). Al debatir, estas dos corrientes teológicas tendieron a recalcar sus respectivas posiciones.

            Con el paso de los años, la corriente alejandrina llegó a ser la enseñanza predominante de la Iglesia Católica Romana (3), en primer lugar como resultado de la avasalladora influencia de la teología agustiniana: un sistema teológico que generalmente se basaba en presuposiciones neoplatónicas (4). El Jesús de la Edad Media, concebido inmaculadamente y tocado apenas por las tribulaciones de la humanidad, fue el resultado lógico de la combinación de las teologías alejandrina y agustiniana. Hasta no hace mucho la posición alejandrina dominaba también la cristología protestante.

            El Concilio de Calcedonia de la iglesia primitiva (451 d.C.), decretó que Jesús era vere Deus y vere homo: “verdadero Dios” y “verdadero hombre”. Pero los concilios de la iglesia no respondieron plenamente algunas preguntas fundamentales acerca de la naturaleza de Cristo. De allí en adelante la gente ha tratado de proporcionar las respuestas, con resultados que han dependido de sus presuposiciones filosóficas. Si no se dispone de un punto de vista más elevado, sin algún principio bíblico trascendental o alguna autoridad profética posterior, las decisiones de los concilios están abiertas a diversas interpretaciones, que dependen de qué lado de la fórmula de Calcedonia se resuelve subrayar en ese momento.

            Desgraciadamente, esta fórmula puso lado a lado dos contradicciones aparentemente irreconciliables, sin definir cómo podían existir en un bebé nacido de padres terrenales. Desde Calcedonia hemos aprendido que: 1) ambas verdades deben ser presentadas con igual énfasis; y 2) no se gana nada con tratar de conciliar dos contradicciones mutuamente excluyentes. Si ambas posiciones se fundamentan en presuposiciones filosóficas, se distorsiona la verdad central del cristianismo, si es que no se la destruye. Y mientras tanto, la mayor parte de las otras doctrinas cristianas fundamentales sufren desviaciones.

            Pero, ¿qué más se podía haber hecho en Calcedonia? Ellos llegaron al límite mismo de la comprensión humana cuando trataron de descubrir de qué manera se unió la naturaleza de Dios con la del hombre. Y en cuanto comenzamos a preguntarnos cómo, meramente revivimos antiguas e infructíferas controversias. Y terminamos ya sea en un ebionismo liberal, que no quiso aceptar la divinidad de nuestro Señor como vere Deus, o en un docetismo inconsciente (llamado ortodoxia), que no quiso aceptar su humanidad como vere homo en el más pleno de los sentidos.

            Cuando nos concentramos primera o únicamente en el carácter abstracto de las dos naturalezas y en lo que parecen ser imposibilidades desde el punto de vista de la lógica, toda “solución” implica dificultad para alguna otra persona. Por lo tanto, soteriológicamente hablando, no es ni conveniente ni apropiado llegar a la conclusión de que lo único que nos puede decir el acontecimiento medular del cristianismo es que enfrentamos una paradoja divina. Debemos avanzar más allá de la pregunta errónea.

 

El Asunto Fundamental.-

 

            El problema de la salvación no consiste fundamentalmente en saber cómo llegó Dios a ser hombre, sino por qué. Cada vez que hemos tratado de contestar la primera pregunta sin formularnos primero la segunda, inconscientemente 1) hemos sido arrastrados por nuestras presuposiciones (tales como nuestras ideas acerca de la naturaleza del pecado); o 2) hemos caído en categorías griegas de pensamiento (es decir, hemos tratado de definir conceptos y palabras tales como upóstasis, anupostasía, ousia y prósopon); 3) hemos incursionado en asuntos para los cuales no hay revelación divina, y por eso mismo simplemente 4) hemos reavivado todas las inútiles controversias que han dividido a la iglesia por siglos.

            No hay duda de que la encarnación está rodeada de misterio. Pero dicho misterio tiene que ver con la manera como Dios y el hombre pudieron unirse, no con el porqué. Una aguda autora formuló la siguiente observación: “Nadie puede explicar el misterio de la encarnación de Cristo. No obstante, sabemos que vino a esta tierra y que vivió como un hombre entre los hombres. El hombre Cristo Jesús no era el Señor Dios Todopoderoso; sin embargo Cristo y el Padre son uno” (5).

            “La humanidad del Hijo de Dios es todo para nosotros. Es la cadena de oro que une nuestras almas con Cristo y por medio de Cristo con Dios. Este debe ser nuestro estudio” (6).

            ¿Por qué tantos que pretenden ser ortodoxos resisten la totalidad de las implicaciones de la expresión “verdadero hombre”? Psicológicamente, todos nosotros sentimos la necesidad de poner distancia entre Jesús y nosotros mismos. Sabemos quienes somos. Conocemos nuestros pensamientos y nuestros fracasos. Por eso nos resulta sumamente difícil aceptar la idea de que Jesús poseía la misma carne y la misma sangre, los mismos genes afectados por las mismas leyes de la herencia que nos han afectado a todos nosotros. Algunos, en su afán de parecer fieles a los términos bíblicos, han llegado a sugerir que Él tomó “vicariamente” (7) la carne humana debilitada. La idea de que Jesús comenzó a vivir cargando con las debilidades de sus antepasados humanos les choca a muchos como algo inapropiado, y hasta blasfemo.

            Teológicamente definimos esta resistencia de otras maneras. Nos preguntamos: ¿Cómo pudo Jesús ser sin pecado sin estar separado de la infecta corriente de genes y cromosomas compartida por el resto de los hijos de Adán? O afirmamos: “Cristo no podría haber tenido la misma naturaleza que el hombre, pues si la hubiera tenido, habría caído bajo tentaciones similares” (8). Como lo dijo John Knox: “¿Cómo nos habría salvado Cristo si no hubiera sido un hombre como nosotros? ¿Cómo podría habernos salvado un hombre como nosotros?” (9).

            El asunto queda en punto muerto hasta que nos preguntamos por qué vino en la forma en que lo hizo. Si no encaramos esta pregunta correctamente, todo otro tema bíblico parece distorsionarse.

            Asumimos que la verdadera humanidad de Jesús no disminuye su divinidad ni implica que tenía que ser pecador. Y además afirmamos que al considerar a Jesús como verdaderamente hombre no lo hacemos con el afán de irnos por las ramas ni como un acto de arrogancia espiritual. Por el contrario, al poner énfasis en este asunto podemos estar avanzando por la senda más segura para comprender la sencillez del plan de salvación.

            Existen tres grupos entre los cuales no hay duda acerca de la divinidad de Jesús: 1) los que consideran que tomó la naturaleza del hombre caído, como todo hijo de Adán que viene a este mundo; 2) los que creen que tomó la naturaleza de Adán cuando aun no había caído y que por lo tanto estuvo exento de ciertas desventajas que comparten todos los demás hijos de Adán al nacer; y 3) los que consideran que estos asuntos no tienen relación alguna con el plan de salvación.

            Cada grupo llega a su conclusión acerca de la naturaleza de Jesús a causa de ciertas presuposiciones (tal vez inconscientes). Estas determinan su comprensión de asuntos tales como la depravación humana, la teoría de la expiación y la justificación por la fe. Me parece que estos conceptos teológicos van a seguir siendo relativamente confusos hasta que comprendamos por qué vino Jesús a la tierra. Además, no vamos a entender estos conceptos ni la naturaleza de la humanidad de Cristo hasta que nos ubiquemos en el balcón del tema del gran conflicto que satura todo el mensaje de las Escrituras (10).

            ¿Por qué Jesús, como todo bebé, tomó hace dos mil años la naturaleza de la humanidad caída y no la de Adán en su “inocencia del Edén”? (11). Si Jesús hubiera tomado la naturaleza que el hombre tenía antes de la caída, se habrían solucionado solo unos pocos de los problemas que suscitó el gran conflicto. Vino: 1) a manifestar claramente el carácter de Dios el Padre (véase Juan 14:9; Heb. 1:3) (12). 2) Para acallar las falsedades de Satanás, tales como que Dios no amaba suficientemente al hombre como para ejercer abnegación y espíritu de sacrificio en su favor (véase Juan 3:16). 3) Para manifestarse como el Sustituto del hombre, y su garantía, poniendo en evidencia lo que significan la justicia y el amor al vencer el pecado y sufrir sus consecuencias, cuando cumplió con la sanción que la justicia requería (véase Rom. 3:25-26) (13). 4) A fin de manifestarse como ejemplo para la humanidad al proporcionar al hombre y a la mujer caídos un modelo de obediencia (véase 1 Pedro 2:21-22). De ese modo les proporcionó esperanza de que el mismo poder que lo capacitó a Él para resistir el pecado les sería otorgado libremente, de manera que los que lo procuraran también pudieran obedecer las leyes de Dios (véase 1 Juan 3:3; Apoc. 3:21) (14). 5) Para manifestarse como Maestro del hombre al definir claramente los principios del gobierno de Dios y el plan de redención (véase Juan 13:13) (15). 6) Y para manifestarse como el Sumo Sacerdote del hombre al afirmar su propia credibilidad y al probar su capacidad de convertir en vencedores a hombres y mujeres (véase Heb. 2:17-18; 4:14-16) (16).

 

Eruditos Que Están de Acuerdo.-

 

            Esta interpretación está lejos de ser única. Muchos eruditos bíblicos han desafiado la opinión de los así llamados ortodoxos, de que Cristo de alguna manera tomó la naturaleza que tenía Adán antes de caer en lugar de la condición humana heredada por todo otro hijo de Adán. Entre ellos se encuentran Edward Irving, Thomas Erskine, Herman Hohlbrugge, Eduard Bohl, Karl Barth, T. F. Torrance, Nels Ferre, C. E. B. Cranfield, Harold Roberts, Lesslie Newbigin, E. Stauffer, Anders Nygren, C. K. Barret y Eric Baker (17).

            Wolfhart Pannenberg escribió en 1964: “El concepto de que en la encarnación Dios no asumió la naturaleza humana en su condición corrupta y pecaminosa, sino solo se unió con una humanidad totalmente purificada de todo pecado, contradice no solamente el carácter antropológicamente radical del pecado, sino también el testimonio del Nuevo Testamento y de la teología de los primeros cristianos, en el sentido de que el Hijo de Dios asumió carne pecaminosa y en esa carne pecaminosa venció el pecado” (18).

            Ninguno de estos hombres creía que Cristo haya pecado ni en pensamiento ni en acción, o que por haber tomado naturaleza carnal caída y pecaminosa hubiera tenido necesidad de un Salvador. En términos generales, la expresión carne pecaminosa se refiere a la condición humana en todos sus aspectos como consecuencia de la caída de Adán y Eva. Esa naturaleza es susceptible a la tentación de dentro y de fuera. Contrariamente a lo que enseña el dualismo griego que al principio invadió muchísimo al cristianismo ortodoxo, la carne no es mala ni peca por sí misma. Aunque la carne es amoral, proporciona los medios, la ocasión y el lugar para el pecado si la voluntad humana no está constantemente auxiliada por el Espíritu Santo. Pero una persona que ha nacido con carne pecaminosa no necesariamente tiene que ser pecadora (19).

            Con frecuencia se ha hecho la observación de que el Nuevo Testamento presenta un entendimiento muy sencillo y directo de que Jesús era hombre en el más amplio sentido de la palabra (20). Es verdad que los escritores del Nuevo Testamento lo recordaban como Alguien que poseía mucho más que naturaleza humana: se refirieron con reverencia a Él como Dios hecho hombre. Pero su testimonio de Jesús no sugiere que creyeran que Él disponía de ventajas físicas, emocionales y morales que estuvieran fuera del alcance de sus contemporáneos.

            En el día de Pentecostés Pedro simplemente se refirió a Él en estos términos: “Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de Él” (Hechos 2:22). Y Pablo dice que Jesucristo “fue nacido de la simiente de David según la carne” (Rom. 1:3).

 

El Apoyo del Nuevo Testamento.-

 

            En ninguna parte del Nuevo Testamento encontramos la más mínima insinuación de que Jesús visitó la tierra revestido de una especie de traje espacial celestial que lo aislaba de los riesgos inherentes a un mundo saturado de pecado. Examinemos algunas de las referencias del Nuevo Testamento a la humanidad de nuestro Señor para ver si encuentra apoyo esta observación.

A.- El nacimiento virginal (Mat. 1:16, 18-25; Luc. 1:26-38; 3:23). El hecho de que uno de sus padres humanos estuviera orgánicamente implicado en el nacimiento de Jesús, es suficiente para indicarnos que era deudor a la herencia humana. Sugerir que nació libre de los aspectos negativos de la herencia equivale a recorrer la misma senda descendente que inició el catolicismo romano cuando confundió el pecado con la materia. Después de esta confusión, la doctrina de la Inmaculada Concepción llegó a ser una necesidad teológica. A su vez, esa doctrina condujo a la suposición de que Cristo asumió la naturaleza que tenía el hombre antes de su caída.

            No hay evidencia bíblica que sugiera que la corriente de la herencia humana se interrumpió entre María y Jesús. El peso de la evidencia descansa sobre los que creen 1) que no hubo interrupción física en la corriente hereditaria entre María y Jesús; y 2) que gracias a una aislación especial Él fue “exento” (un término familiar en la teología católico romana) de la plenitud de los riesgos de la naturaleza humana caída (21).

            Algunos se refieren a Lucas 1:35 como si este texto indicara en forma concluyente que Cristo tenía una naturaleza como la del hombre antes de su caída. Pero Lucas no está refiriéndose a la naturaleza humana de nuestro Señor. Solo declara que el carácter santo de Cristo siempre lo distinguiría como nuestro inmaculado Salvador.

            B.- El Hijo del hombre (Mat. 8:20; 24:27; y otros). En esta descripción que Jesús hace de Sí mismo, declara su identificación y su solidaridad con la humanidad. El segundo Adán no es el producto de una creación especial o una reproducción clónica del primero: es uno de sus descendientes hereditarios, nacido de mujer. Solo al asumir la misma naturaleza caída, herencia común de aquellos que vino a salvar, podía ser verdaderamente el Hijo del hombre.

            C.- La analogía entre Adán y Cristo (Rom. 5; 1 Cor. 15). La analogía que existe entre el primero y el segundo Adán parece ser uno de los significativos motivos teológicos de Pablo. Esta analogía a menudo se considera la contrapartida de Pablo a la identificación que el Señor hace de Sí mismo como Hijo del hombre. En resumen, parece sugerir en forma sumamente definida la solidaridad y la identificación tanto de Adán como de Jesús con la especie humana. En Adán tenemos la cabeza de una humanidad pecadora, y en Jesús la cabeza del grupo de los vencedores, de la humanidad que logra la victoria sobre toda tentación (22).

            Muchos consideran que Romanos 5:12 es una evidencia de que los hombres y las mujeres nacen pecadores, pero ése no es el argumento de Pablo. Solo se está refiriendo a un hecho evidente: la corriente de la muerte comenzó con Adán. Pero todos los descendientes de Adán mueren, “por cuanto todos pecaron”.

            Todos los hombres y mujeres están “en Adán” por medio del nacimiento natural, pero solo los que lo deciden pueden estar “en Cristo”, el segundo Adán. Nuestro Señor ha invitado a todos a estar “en Cristo”, y solo los que rechacen su invitación se perderán finalmente.

            La suposición de que Jesús tomó la naturaleza de Adán previa a la caída, destruye la fuerza del paralelismo de Pablo y su principio de solidaridad. La analogía que establece Pablo entre Adán y Cristo cobra importancia para la humanidad y para el gran conflicto solo si Jesús se incorporó en el seno de la humanidad caída, solo si hizo frente al pecado en el terreno donde los hombres se encuentran, “en Adán”, y si vencía toda tentación a servirse a sí mismo, ya sea que éstas provinieran de afuera o de dentro. Jesús tenía la intención de que los que estuvieron en Él se unieran en un cuerpo como resultado de su obra salvadora. Pero para lograr esto Él tenía que unirse corporalmente con la humanidad en su condición caída (23).

            D.- Cómo usa Pablo la palabra sárx (“carne”). Pablo usa la palabra griega sárx de diversas maneras (24), entre ellas: 1) el significado común de la palabra “carne” como algo físico, material (1 Cor. 15:39; 2 Cor. 12:7; Col. 2:1); 2) en forma metafórica, para expresar la diferencia que existe entre la humanidad y Dios (1 Cor. 15:50; compare con Efe. 6:12) o con referencia a la naturaleza humana o terrenal (Rom. 1:3; 4:1; 8:3); y 3) como sinónimo de pecado (caps. 6:19; 7:18; 8:4).

            Pablo se aparta del dualismo helénico y no le adjudica a sárx una maldad o una pecaminosidad intrínsecas. Aunque sárx es neutral desde l punto de vista moral, Pablo enseña que proporciona el asiento y el material en los cuales el mal puede actuar. Es el lugar donde se expresa la complacencia propia. Los cristianos, aunque están viviendo en la carne (sárx) física, no deberían permitir que el pecado reinara en su sárx (carne); el Espíritu le proporciona poder al creyente consagrado que resuelve dominar los deseos que surgen naturalmente de la sárx (véase el cap. 8:3-9).

            A veces Pablo usa sárx como sinónimo de pecado. Y su doctrina del pecado es tan honda como es elevada su doctrina de la creación. Pero siempre considera el pecado como algo personal, una relación individual interrumpida o el acto de una persona responsable (por ejemplo, Sant. 4:17). los resultados del pecado, una naturaleza humana caída, son dados a todo hombre y mujer al nacer. Pero a nadie se lo considera personalmente culpable o responsable de esta condición humana caída (sárx).

            E.- “En semejanza de carne de pecado” (Rom. 8:3). Aquí descubrimos que Pablo emplea las palabras con muchísimo cuidado. Establece con claridad la perfección inmaculada de Jesús. Pero también pone énfasis en el hecho de que nuestro Señor venció en la misma carne pecaminosa 8Sárx) que todos los hombres y mujeres han heredado a partir de Adán. El mensaje de Pablo es: Jesús permaneció sin pecado en el mismo terreno donde éste había vencido a todos los seres humanos. Al hacerlo, puso de manifiesto la naturaleza y la vulnerabilidad del pecado.

            Anders Nygren comenta: “Puesto que estuvo en el mismísimo reino del pecado, el Hijo pudo juzgar, vencer y privar de su poder al pecado. Por lo tanto, es importante que para Cristo se trata de “carne de pecado”, de sárx amartías

            La naturaleza carnal de Cristo no era irreal, sino un hecho sencillo y tangible. Participó de todas nuestras circunstancias. Se encontraba sometido a los mismos poderes destructivos. “De la carne” surgieron para Él las mismas tentaciones que para nosotros. Pero en todas esas situaciones fue el Amo del pecado” (25).

            Karl Barth añade que la perfecta obediencia de Cristo en nuestra naturaleza caída significa que “la comisión del pecado como tal no es un atributo de la verdadera existencia humana como tal, ya sea desde el punto de vista de su creación por Dios, o por el hecho de que es carne como consecuencia de la caída” (26).

            “En todo” (Heb. 2:17) Él era “en semejanza de carne de pecado”, con la excepción de que no pecó. ¿De qué manera podía ser condenado el pecado? ¿Cómo podría haber dicho Pablo con más claridad que el hecho de poseer “carne de pecado” no convierte necesariamente en pecadora a una persona? Jesús derrotó a Satanás en ese territorio donde el pecado se había atrincherado: nunca más nadie, en ninguna parte del universo, pudo dudar de la equidad de las leyes de Dios, ni de la eficacia de la gracia capacitadora, ni de la obediencia, fruto de la fe.

            Es posible que C. E. B. Cranfield, profesor de teología de la Universidad de Durham, sea quien lo haya dicho mejor. Después de tomar en consideración todas las interpretaciones posibles de Romanos 8:1-4, escribió:

            “Por sárx amartías Pablo quería decir “carne de pecado”, es decir, la naturaleza humana caída. Pero, ¿por qué dijo en omoiómati sarkós amartías (“en semejanza de carne de pecado”) en lugar de decir simplemente en sarki amartías (en carne de pecado)? (27).

            Cranfield resume cinco respuestas que se han sugerido: 1) Pablo no se quiso referir a la naturaleza humana de Cristo. 2) Quiso evitar la implicancia de que Jesús había asumido naturaleza humana caída. Jesús realmente tomó la carne, pero solo era semejante y no idéntica a la nuestra. 3) Pablo usó la palabra omóioma para indicar que Jesús tomó nuestra naturaleza humana caída, pero solo a semejanza de la nuestra porque ésta es realmente culpable de pecado, y Él jamás pecó. 4) Omóioma aquí significa “forma” más que solamente “semejanza”. 5) Omóioma aquí “tiene el sentido de “semejanza”; pero la intención de ninguna manera consiste en poner en tela de juicio... la realidad de la sárx amartías de Cristo, sino llamar la atención al hecho de que, mientras el Hijo de Dios realmente asumió sárx amartías, nunca llegó a ser solo sárx amartías, ni siquiera solo sárx amartías impregnada del Espíritu Santo (como se podría decir que son los cristianos), sino que siempre siguió siendo Él mismo” (véase Fil. 2:7) (28).

            En cuanto al primer punto, Cranfield llama la atención al hecho de que da a la frase un sentido docético, inconsistente con el pensamiento de Pablo. Y está contradicho en ese mismo versículo (Rom. 8:3) por té sarki. Objeta la respuesta tradicional (la número 2) al decir que “está a merced de la objeción teológica general de que no fue una naturaleza humana inmaculada, sino caída, la que necesitaba redención” (29). Con respecto al número 3, señala el hecho de que omóioma tiene que ver con la naturaleza en discusión y no con el problema del pecado. “La diferencia entre el hecho de que Cristo estaba libre de pecado y nuestra pecaminosidad no tiene que ver con el carácter de su naturaleza humana (que no sería igual que la nuestra), sino con lo que Él hizo con esa naturaleza humana” (30). En cuanto al número 4, comenta que si Pablo quiso decir eso, es difícil entender por qué no dijo simplemente en sarki amartías.

            Cranfield dice: “Llegamos a la conclusión de que... 5 debe ser aceptada como la explicación más probable del uso que hace Pablo de la palabra omóioma aquí, y comprender que el pensamiento sería que el Hijo de Dios asumió la mismísima naturaleza humana caída que es la nuestra, pero que en su caso esa naturaleza humana caída nunca fue la totalidad de su Persona, puesto que Él nunca dejó de ser el eterno Hijo de Dios” (31).

            Como Nygren y Barth, Cranfield considera que este pasaje pone el acento donde se produjo el conflicto. La “condenación” del pecado por parte de Dios “ocurrió en la carne, es decir, en la carne de Cristo, en la naturaleza humana de Cristo... Si reconocemos que Pablo creía que el Hijo de Dios asumió la naturaleza humana caída, probablemente nos vamos a sentir inclinados a ver aquí también una referencia a la lucha continua de toda su vida terrenal por medio de la cual obligó a nuestra naturaleza rebelde a prestar una obediencia perfecta a Dios” (32).

            En una nota de pie de página dice: “Los que creen que Él asumió naturaleza caída tienen más motivos que los autores del Catecismo de Heidelberg para ver en toda la vida de Cristo en la tierra un significado redentor; porque desde este punto de vista, la vida de Cristo antes de que comenzara realmente su ministerio y se produjera su muerte, no consistió simplemente en permanecer donde había estado el Adán no caído, sin ceder a la tentación ante la cual había sucumbido Adán, sino más bien partir desde donde nosotros estamos, sometidos a todas las malignas presiones que hemos heredado, y basándose en el material totalmente defectuoso e inadecuado de nuestra naturaleza corrompida, producir una obediencia perfecta y sin pecado” (33).

            F.- La solidaridad del sumo sacerdote con la humanidad (Hebreos). Una de las principales líneas de argumentación de Hebreos es que la eficacia del sumo sacerdote depende de cuán íntima sea su identificación con aquellos por quienes intercede. Jesús es un perfecto Sumo Sacerdote como consecuencia de su real identificación con los problemas del hombre, ya sean del espíritu (tentaciones) o del cuerpo (privaciones y muerte).

 

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