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La identidad de Cristo con Dios, tal como se nos presenta en el
primer capítulo de Hebreos [cap. 1:3,8], no es sino una introducción que
tiene por objeto establecer su identidad con el hombre, tal como se
presenta en el segundo.
Su semejanza con Dios, expresada en el primer capítulo de Hebreos,
es la única base para la verdadera comprensión de su semejanza con el
hombre, tal como se presenta en el segundo capítulo.
Y esa semejanza con Dios, presentada en el primer capítulo de
Hebreos, es semejanza, no en el sentido de una simple imagen o
representación, sino que es semejanza en el sentido de ser
realmente como él en la misma naturaleza, la "misma imagen de su
sustancia", espíritu de espíritu, sustancia de sustancia de Dios.
Se nos presenta lo anterior como condición previa para que podamos
comprender su semejanza con el hombre. Es decir: a partir de eso
debemos comprender que su semejanza con el hombre no lo es simplemente en
la forma, imagen o representación, sino en naturaleza, en la misma
sustancia. De no ser así, todo el primer capítulo de Hebreos, con
su detallada información, sería al respecto carente de significado y fuera
de lugar.
¿Cuál es, pues, esta verdad de Cristo hecho en semejanza de hombre,
según el segundo capítulo de Hebreos?
Manteniendo presente la idea principal del primer capítulo, y los primeros
cuatro versículos del segundo -los que se refieren a Cristo en contraste
con los ángeles: más exaltado que ellos, como Dios-, leemos
el quinto versículo del segundo capítulo, donde comienza el contraste de
Cristo con los ángeles: un poco menor que los ángeles, como
hombre.
Así, leemos: "Porque no sujetó a los ángeles el mundo venidero, del cual
hablamos. Testificó empero uno en cierto lugar, diciendo: ¿Qué es el
hombre, que te acuerdas de él? ¿O el hijo del hombre, que lo visitas? Tú
le hiciste un poco menor que los ángeles, coronástelo de gloria y de
honra, y pusístele sobre las obras de tus manos; todas las cosas sujetaste
debajo de sus pies. Porque en cuanto le sujetó todas las cosas, nada dejó
que no sea sujeto a él; mas aún no vemos que todas las cosas le sean
sujetas. Empero vemos [a Jesús]".
Equivale a decir: Dios no ha puesto el mundo venidero en sujeción a los
ángeles, sino que lo ha puesto en sujeción al hombre. Pero no el
hombre al que originalmente se puso en sujeción, ya que aunque
entonces fue así, hoy no vemos tal cosa. El hombre perdió su
dominio, y en lugar de tener todas las cosas sujetas bajo sus pies, él
mismo está ahora sujeto a la muerte. Y eso por la única razón de que está
sujeto al pecado. "El pecado entró en el mundo por un hombre, y por el
pecado la muerte, y la muerte así pasó a todos los hombres, pues que todos
pecaron" (Rom. 5:12). Está en sujeción a la muerte porque está en sujeción
al pecado, ya que la muerte no es otra cosa que la paga del pecado.
Sin embargo, sigue siendo eternamente cierto que no sujetó el mundo
venidero a los ángeles sino al hombre, y ahora Jesucristo es el
hombre.
Es cierto que actualmente no vemos que las cosas estén sometidas al
hombre. En verdad, se perdió el señorío sobre todas las cosas dadas a ese
hombre particular. Sin embargo, "vemos... a aquel Jesús",
como hombre, viniendo a recuperar el señorío primero. "Vemos...
a aquel Jesús", como hombre, viniendo para "que todas las cosas
le sean sujetas".
El hombre fue el primer Adán: ese otro Hombre es el postrer Adán. El
primero fue hecho un poco menor que los ángeles. Al postrero –Jesús- lo
vemos también "hecho un poco menor que los ángeles".
El primer hombre no permaneció en la situación en la que fue hecho
-"menor que los ángeles"-. Perdió eso y descendió todavía más,
quedando sujeto al pecado, y en ello sujeto a padecimiento; el
padecimiento de muerte.
Y al postrer Adán lo vemos en el mismo lugar, en la misma
condición: "...vemos... por el padecimiento de muerte, a aquel Jesús
que es hecho un poco menor que los ángeles". Y "el que santifica y los
santificados, DE UNO son todos".
El que santifica es Jesús. Los que son santificados son personas de todas
las naciones, reinos, lenguas y pueblos. Y un hombre santificado,
en una nación, reino, lengua o pueblo, constituye la demostración divina
de que toda alma de esa nación, reino, lengua o pueblo, hubiese
podido ser santificada. Y Jesús, habiéndose hecho uno de ellos para poder
llevarlos a la gloria, demuestra que es juntamente uno con la humanidad.
Él como hombre, y los hombres mismos, "de uno son todos: por lo cual no se
avergüenza de llamarlos hermanos".
Por lo tanto, de igual forma que en el cielo, como Dios, era
más exaltado que los ángeles; en la tierra, como hombre, fue
menor que los ángeles. De igual manera que cuando fue más exaltado que los
ángeles, como Dios, él y Dios eran de uno, así también
cuando estuvo en la tierra, siendo menor que los ángeles, como hombre,
él y el hombre son "de uno". Es decir, precisamente de igual modo
que Jesús y Dios son de uno por lo que respecta a Dios -de
un Espíritu, de una naturaleza, de una sustancia-, por lo que respecta
al hombre, Cristo y el hombre son "de uno": de una carne, de
una naturaleza, de una sustancia.
La semejanza de Cristo con Dios, y la semejanza de Cristo con el
hombre, lo son en sustancia, tanto como en forma. De
otra manera, no tendría sentido el primer capítulo de Hebreos, en tanto
que introducción del segundo. Carecería de sentido la antítesis presentada
entre ambos capítulos. El primer capítulo resultaría vacío de contenido,
fuera de lugar, en tanto que introducción del siguiente.
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