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"El Verbo fue hecho carne".
"Venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió su Hijo, hecho de mujer" (Gál. 4:4).
"Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros" (Isa. 53:6).
Hemos visto que Cristo, siendo hecho de mujer, alcanzó el pecado en el
mismo punto de su entrada original a este mundo, y que era preciso que
fuese hecho de mujer a fin de lograr ese fin. También hemos visto que la
iniquidad fue puesta sobre él mediante los pecados reales de todos
nosotros.
Todo el pecado existente, desde su origen en el mundo hasta el mismo final
de éste, le fue cargado a Cristo: ambos, el pecado tal cual es en sí
mismo, y tal cual es al cometerlo nosotros. El pecado en su tendencia,
y el pecado en el acto: el pecado tal cual es hereditario en
nosotros, no cometido por nosotros; y el pecado que cometemos.
Sólo de esta forma podía ser cargado en él el pecado de todos nosotros.
Solo sujetándose él mismo a la ley de la herencia podía alcanzar al pecado
en su auténtica y verdadera dimensión, tal como es en realidad. De no ser
así, le habrían sido cargados los pecados que nosotros hemos
efectivamente cometido, con la culpa y condenación que les
corresponden. Pero más allá de eso, hay en toda persona, en muchas
maneras, la tendencia al pecado, heredada desde pasadas
generaciones, que no ha culminado todavía en el acto de pecar, pero que
está siempre dispuesta, cuando la ocasión lo permite, a consumarse en la
comisión efectiva de pecados. El gran pecado de David es una buena
ilustración de lo anterior (Sal. 51:5; 2 Sam. 11:2).
Al librarnos del pecado, no es suficiente que seamos salvos de los pecados
que hemos efectivamente cometido: debemos ser también librados de cometer
otros pecados. Y para que eso sea así, debe ser afrontada y sometida esa
tendencia hereditaria al pecado; debemos ser poseídos por el poder
que nos guarde de pecar, un poder para vencer esa tendencia o propensión
hereditaria hacia el pecado que hay en nosotros.
Todos los pecados que hemos realmente cometido fueron cargados sobre él,
le fueron imputados, para que su justicia se nos pudiese cargar a
nosotros: para que nos pudiese ser imputada. También le fue cargada
nuestra tendencia al pecado al ser hecho carne, al ser hecho de
mujer, de la misma carne y sangre que nosotros, a fin de que su justicia
pueda realmente manifestarse en nosotros en la vida cotidiana.
Así, afrontó el pecado en la carne que tomó y triunfó sobre él, como está
escrito: "Dios enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado,
y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne". "Porque él es
nuestra paz... dirimiendo en su carne las enemistades".
Y así, precisamente de igual forma en que los pecados que realmente
hemos cometido le fueron imputados para que su justicia nos fuese
imputada a nosotros; así, enfrentando y conquistando -en la carne-
la tendencia al pecado, y manifestando justicia en esa
misma carne, nos capacita a nosotros -en él, y él en nosotros- para
enfrentar y conquistar en la carne esa misma tendencia al pecado, y
manifestar justicia en esa misma carne.
Y es así como al respecto de los pecados que efectivamente hemos cometido,
los pecados del pasado, su justicia se nos imputa a nosotros
de igual manera en que nuestros pecados le fueron imputados a él.
Y a fin de guardarnos de pecar se nos imparte su justicia en
nuestra carne, lo mismo que nuestra carne, con su tendencia al pecado, le
fue impartida a él. De esa manera es el Salvador completo. Nos
salva de todos los pecados que hemos efectivamente cometido; y nos salva
igualmente de todos los que podríamos cometer apartados de él.
Si no hubiese tomado la misma carne y sangre que comparten los hijos de
los hombres, con su tendencia al pecado, entonces, ¿qué razón o filosofía
justificaría el énfasis que se da en las Escrituras a su genealogía?
Era descendiente de David; descendiente de Abraham; de Adán, y siendo
hecho de mujer, alcanzó incluso lo que precedió la caída de Adán: los
orígenes del pecado en el mundo.
En esa genealogía figura Joacim, cuya maldad hizo que fuese sepultado como
un asno, "arrastrándole y echándole fuera de las puertas de Jerusalem" (Jer. 22:19);
Manasés, quien hizo "desviarse a Judá y a los moradores de Jerusalem, para
hacer más mal que las gentes que Jehová destruyó delante de los hijos de
Israel"; Achaz, quien "había desnudado a Judá, y rebeládose gravemente
contra Jehová"; Roboam, quien nació a Salomón después que éste hubiese
abandonado al Señor; El mismo Salomón, quien nació de David y Betsabé;
también Ruth, la moabita, y Rahab; lo mismo que Abraham, Isaac, Jessé,
Asa, Josafat, Ezequías y Josías: los peores juntamente con los mejores. Y
las acciones impías de hasta los mejores, nos son relatadas con idéntica
fidelidad que las buenas. En toda esta genealogía, difícilmente
encontraremos uno de cuya vida se haya dado referencia que no posea
en su registro alguna mala acción.
Obsérvese que fue al final de esa genealogía cuando "aquel Verbo se
hizo carne, y habitó entre nosotros". Fue "hecho de mujer" al
final de una genealogía tal. Fue en una línea descendente como esa en la
que Dios envió "a su Hijo en semejanza de carne de pecado". Y esa
línea descendente, esa genealogía, significó para él precisamente lo que
significa para todo hombre, por la ley de que la maldad de los padres es
visitada en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación. Fue para él
significativa en las terribles tentaciones del desierto, como lo fue a lo
largo de toda su vida en la carne.
Fue de ambas maneras, por herencia y por imputación, como "Jehová cargó
sobre él el pecado de todos nosotros". Y cargado así, con esa inmensa
desventaja, recorrió triunfalmente el terreno en el que, sin ningún tipo
de desventaja, había fallado la primera pareja.
Mediante su muerte pagó la penalidad de todos los pecados realmente
cometidos, pudiendo así en buena ley atribuir su justicia a todos
aquellos que elijan recibirla. Y por haber condenado el pecado en la
carne, aboliendo en su carne la enemistad, nos libra del poder
de la ley de la herencia; y puede así en justicia impartir su poder y
naturaleza divinos a fin de elevarnos sobre esa ley, manteniendo por
encima de ella a toda alma que lo reciba.
Y así leemos que "venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió su Hijo,
hecho de mujer, hecho súbdito a la ley" (Gál. 4:4). Y "Dios enviando a su
Hijo en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, condenó al
pecado en la carne; para que la justicia de la ley fuese cumplida
en nosotros, que no andamos conforme a la carne, más conforme al
Espíritu" (Rom. 8:3 y 4). "Porque él es nuestra paz,... dirimiendo en su
carne las enemistades,... para edificar en sí mismos los dos [Dios y el
hombre] en un nuevo hombre, haciendo la paz" (Efe. 2:14 y 15).
"Por lo cual, debía ser en todo semejante a los hermanos,... porque en
cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los
que son tentados".
Sea que la tentación venga del interior o del exterior, él es el perfecto
escudo contra ella; en consecuencia, salva plenamente a los que por él se
allegan a Dios.
Dios, enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado, Cristo
tomando nuestra naturaleza tal como es ésta, en su degeneración y
pecaminosidad, y Dios morando constantemente con él y en él en esa
naturaleza; en todo eso Dios demostró a todos, por los siglos, que no hay
ser en este mundo tan cargado con pecados, o tan perdido, que Dios no se
complazca en morar con él y en él para salvarlo de todo ello, y para
llevarlo por el camino de la justicia de Dios.
Y su nombre es con toda propiedad Emmanuel, que declarado es: "Dios
con nosotros".
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