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El primer capítulo de Hebreos muestra que la semejanza de Cristo
con Dios no lo es simplemente en la forma o representación,
sino también en la propia sustancia; y el segundo capítulo revela
con la misma claridad que su semejanza con el hombre no lo es
simplemente en la forma o representación, sino en la sustancia misma.
Es semejanza con los hombres, tal como éstos son en todo
respecto, exactamente tal como son. Por lo tanto, está escrito: "En
el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios...
y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros"
(Juan 1:1-14).
Y que eso se refiere a semejanza al hombre tal como éste es en su
naturaleza caída –pecaminosa- y no tal como fue en su naturaleza original
–impecable-, se constata en el texto: "vemos... por el padecimiento de
muerte, a aquel Jesús que es hecho un poco menor que los ángeles". Por
lo tanto vemos que Jesús fue hecho, en su situación como hombre, de
la forma en que el hombre era, cuando éste fue sujeto a la muerte.
Por lo tanto, tan ciertamente como vemos a Jesús hecho menor que los
ángeles, hasta el padecimiento de muerte, vemos demostrado con ello que,
como hombre, Jesús tomó la naturaleza del hombre tal como es éste
desde que entró la muerte; y no la naturaleza del hombre tal como era
antes de ser sujeto a la muerte.
Pero la muerte entró únicamente a causa del pecado: la muerte nunca habría
podido entrar, de no haber entrado el pecado. Y vemos a Jesús hecho un
poco menor que los ángeles, por el padecimiento de muerte.
Por lo tanto, vemos a Jesús hecho en la naturaleza del hombre, como el
hombre era desde que éste pecó, y no como era antes que el pecado
entrase. Lo hizo así para que fuese posible que "gustase la muerte por
todos". Al hacerse hombre, para poder alcanzar al hombre, debía venir
al hombre allí donde éste está. El hombre está sujeto a la muerte. De
manera que Jesús debía hacerse hombre, tal como es éste desde que fue
sujeto a la muerte.
"Porque convenía que aquel por cuya causa son todas las cosas, y por el
cual todas las cosas subsisten, habiendo de llevar a la gloria a muchos
hijos, hiciese consumado por aflicciones al autor de la salud de
ellos". Heb. 2:10. Así, haciéndose hombre, convenía que viniese a ser
hecho tal como el hombre es. El hombre está sometido a sufrimiento,
por lo tanto, convenía que viniese allí donde el hombre está, en sus
sufrimientos.
Antes de que el hombre pecase, no estaba en ningún sentido sujeto a
sufrimientos. Si Jesús hubiese venido en la naturaleza del hombre tal como
éste era antes que entrase el pecado, eso no habría sido más que venir en
una forma y en una naturaleza en las cuales habría sido imposible para él
conocer los sufrimientos del hombre, y por lo tanto no hubiese podido
alcanzarlo para salvarlo. Pero dado que "convenía que aquel por cuya causa
son todas las cosas, y por el cual todas las cosas subsisten, habiendo de
llevar a la gloria a muchos hijos, hiciese consumado por aflicciones
al autor de la salud de ellos", está claro que Jesús, al hacerse hombre,
compartió la naturaleza del hombre como éste es desde que vino a ser
sujeto al sufrimiento, y sufrimiento de muerte, que es la paga del pecado.
Leemos: "Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él
también participó de lo mismo" (vers. 14). Cristo, en su naturaleza
humana, tomó la misma carne y sangre que tienen los hombres. En una sola
frase encontramos todas las palabras que cabe emplear para hacer positiva
y clara la idea.
Los hijos de los hombres son participantes de carne y sangre; y por eso,
él participó de carne y sangre.
Pero eso no es todo: además, participó de la misma carne y sangre
de la que son participantes los hijos.
Es decir, participó -de igual manera- de la misma carne y sangre que los
hijos.
El Espíritu de la inspiración desea hasta tal punto que esa verdad sea
clarificada, destacada y comprensible para todos, que no se contenta con
utilizar menos que todas cuantas palabras puedan usarse para hablarnos de
ello. Y es así como se declara que tan precisa y ciertamente como "los
hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo
mismo" -de la misma carne y sangre.
Y eso lo hizo para "por la muerte... librar a los que por el temor de la
muerte estaban por toda la vida sujetos a servidumbre". Participó de la
misma carne y sangre que nosotros tenemos en la servidumbre al pecado y el
temor de la muerte, a fin de poder liberarnos de la servidumbre al pecado
y el temor de la muerte.
Así, "el que santifica y los que son santificados, de uno son todos: por
lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos".
Esta gran verdad del parentesco de sangre, la hermandad de sangre de
Cristo con el hombre, se enseña en el evangelio en Génesis. Cuando
Dios hizo su pacto eterno con Abraham, las víctimas de los sacrificios se
cortaron en dos trozos, y Dios y Abraham pasaron entre ambas partes (Gén. 15:8-18;
Jer. 34:18 y 19; Heb. 7:5 y 9). Por medio de este acto el Señor entraba en
el pacto más solemne de los conocidos por los orientales y por toda la
humanidad: el pacto de sangre, haciéndose así hermano de sangre de
Abraham, una relación que sobrepasa cualquier otra en la vida.
Esta gran verdad del parentesco de sangre de Cristo con el hombre se
desarrolla aún más en el evangelio en Levítico. En el evangelio en
Levítico encontramos el registro de la ley de la redención –o rescate- del
hombre y sus heredades. Cuando alguno de los hijos de Israel había perdido
su heredad, o bien si él mismo había venido a ser hecho esclavo, existía
provisión para su rescate. Si él era capaz de redimirse, o de redimir su
heredad por sí mismo, lo hacía. Pero si no era capaz por sí mismo,
entonces el derecho de rescate recaía en su pariente de sangre más
próximo. No recaía meramente en algún pariente próximo entre sus
hermanos, sino precisamente en aquel que fuese el más próximo en
parentesco, con tal que éste pudiera (Lev. 25:24-28, 47-49; Ruth 2:20;
3:9, 12 y 13; 4:1-14).
Así, según Génesis y Levítico, se enseñó durante toda esa época lo que
encontramos aquí enunciado en el segundo capítulo de Hebreos: la verdad de
que el hombre ha perdido su heredad y él mismo está en esclavitud. Y dado
que por sí mismo no se puede redimir, ni puede redimir su heredad, el
derecho de rescate recae en el pariente más próximo que pueda hacerlo. Y
Jesucristo es el único en todo el universo que tiene esa capacidad.
Pero para ser el Redentor debe tener, no sólo el poder, sino también el
parentesco de sangre. Y debe ser, no solamente próximo, sino el
pariente de sangre más próximo. Así, "por cuanto los hijos" –los
hijos del hombre que perdió la heredad– "participaron de carne y sangre,
él también participó de lo mismo". Compartió con nosotros la
carne y sangre en su misma sustancia, haciéndose así nuestro pariente más
próximo. Por ello puede decirse con respecto a él y a nosotros: "de uno
son todos: por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos".
Pero la Escritura no se detiene aquí, una vez constatada esa verdad
capital. Dice más: "Porque ciertamente no tomó a los ángeles, sino a la
simiente de Abraham tomó. Por lo cual, debía ser en todo semejante a los
hermanos", siendo hecho él mismo hermano de ellos en la confirmación del
pacto eterno.
Y eso lo hizo con un fin: "porque en cuanto él mismo padeció
siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que
son tentados", ya que se puede "compadecer de nuestras
flaquezas", habiendo sido "tentado en todo según nuestra semejanza,
pero sin pecado" (Heb. 4:15). Habiendo sido hecho en su
naturaleza humana, en todas las cosas como nosotros, pudo ser
-y fue- tentado en todas las cosas como lo somos nosotros.
La única forma en la que él podía ser "tentado en todo según nuestra
semejanza" es siendo hecho "en todo semejante a los hermanos".
Puesto que en su naturaleza humana es uno de nosotros, y puesto que "él
mismo tomó nuestras enfermedades" (Mat. 8:17), puede "compadecerse
de nuestras enfermedades". Habiendo sido hecho en todas las cosas como
nosotros, cuando fue tentado sintió justamente como sentimos nosotros
cuando somos tentados, y lo conoce todo al respecto: y de esa forma es
poderoso para auxiliar y salvar plenamente a todos cuantos lo reciben.
Dado que en su carne, y como él mismo en la carne, era tan débil como lo
somos nosotros, no pudiendo por él mismo "hacer nada" (Juan 5:30), cuando
"llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores" (Isa. 53:4) y
fue tentado como lo somos nosotros -sintiendo como nosotros
sentimos-, por su fe divina lo conquistó todo por el
poder de Dios que esa fe le traía, y que en nuestra carne nos
ha traído a nosotros.
Por lo tanto "llamarás su nombre Emmanuel, que declarado es: con nosotros
Dios". No solamente Dios con él, sino Dios con nosotros.
Dios era con él desde la eternidad, y lo hubiese podido seguir siendo
aunque no se hubiera dado por nosotros. Pero el hombre, por el pecado,
quedó privado de Dios, y Dios quiso venir de nuevo a nosotros. Por lo
tanto, Jesús se hizo "nosotros", a fin de que Dios con él
pudiese venir a ser "Dios con nosotros". Y ese es su nombre,
porque eso es lo que él es. Alabado sea su nombre.
Y esa es "la fe de Jesús", y su poder. Ese es nuestro Salvador: uno con
Dios y uno con el hombre; "en consecuencia, puede también salvar
plenamente a los que por él se acercan a Dios".
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