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Instituto de Investigación Bíblica, Washington, D.C. , Abril de 1982
Traducido por el Centro de Investigación White, Universidad
Adventista del Plata, Entre Ríos - Argentina
Introducción
El don profético se fundamenta en la necesidad básica de la
comunicación que debe existir entre la Deidad y la familia humana
caída. El ocultismo y la esfera de los falsos profetas son dos
sistemas que han operado a lo largo de la historia humana para
engañar y hacer errar al ignorante y al incauto, alejándolo de las
comunicaciones genuinas provenientes de Dios. Por el otro lado, el
sistema de comunicaciones de Dios, que es básicamente el don
profético, está claramente delineado en las Escrituras (Núm. 12:6;
Amós 3:7; Luc. 1:70).
Se usan cuatro palabras en las Escrituras (tres en hebreo y una en
griego) para referirse al instrumento humano en este tipo de
comunicación. Ro'eh (1 Sam. 9:9; Isa. 30:10), y las más
frecuente, chozeh (2 Sam. 24:11; Amós 7:12; 2 Rey. 17:13,
etc.), establecen una conexión con el concepto de "visión", y están
traducidas generalmente como "vidente". La idea parece ser que Dios
abre a los "ojos", esto es, al entendimiento del profeta, cualquier
información o mensaje que él desee que se transmita a su pueblo. Los
términos, por lo tanto, enfatizan el recibimiento de un mensaje
divino por parte del profeta.
El significado de la palabra última y más generalmente usada,
nâbi' (1 Sam. 9:9), y su equivalente griego, profts, se
aprecia mejor en el siguiente uso del término:
"Jehová dijo a Moisés: Mira, yo te he constituido dios para
Faraón, y tu hermano Aarón será tu profeta (nâbi').
Tu dirás todas las cosas que yo te mande, y Aarón tu hermano hablará
a Faraón... Tu hablarás a él [Aarón], y pondrás en su boca las
palabras, y yo estaré con tu boca y con la suya, y os enseñaré lo
que hayáis de hacer. Y él hablará por ti al pueblo; él te
será a ti en lugar de boca, y tú serás para él en lugar de
Dios." (Exo. 7:1, 2; 4:15, 16).
A partir de estas declaraciones en las que Moisés y Aarón habrían de
desempeñar el papel de Dios y profeta respectivamente, resulta
evidente que el profeta al que se refiere el término nabi',
era considerado como un portavoz señalado divinamente por Dios. En
este caso, el vocablo de la LXX (Septuaginta) para nabi' es
profts, el cual aparece en el Nuevo Testamento y del cual
proviene nuestra palabra castellana profeta.
Profts
es un vocablo compuesto constituido por la preposición pro,
que lleva implícito el matiz de "antes", o "por" en este caso, y el
verbo fmi, "hablar". De este modo el "profeta" es, en un
sentido general, uno que habla en nombre de otro; pero en el marco
bíblico, un verdadero profeta es un portavoz o intérprete de Dios,
es decir, un revelador, intérprete divinamente inspirado, o uno que
habla en nombre de la Deidad. Por consiguiente, las palabras nabi'/profts
destacan el cariz de comunicación del papel del profeta. Las cuatro
palabras juntas manifiestan un único oficio o función: un profeta es
uno que recibe comunicaciones de parte de Dios, y transmite su
propósito a su pueblo.
Como puede esperarse, hablar por Dios puede transformarse
gradualmente en predicar por Dios. Consecuentemente, hay
quienes sostienen que en el Nuevo Testamento el don a veces
simplemente tiene que ver con la predicación expositiva (Lenski, p.
760 al comentar Romanos 12:6). Algunos lo ven como un "don de
predicación inspirada" (International Critical Commentary al
comentar 1 Cor. 13:2, p. 287), o "predicar la palabra con poder" (
ICC al comentar 1 Cor. 12:10, p. 266). Sin embargo, desde el
contexto de 1 de Cor. 12-14 resulta evidente que aunque el "profetizar"
activamente a veces puede adoptar la forma de la predicación
eficaz (1 Cor. 14:3), esta predicación estaba basada en la
revelación divina (1 Cor. 14:30) y no sobre la simple iluminación de
las Escrituras por medio del Espíritu, lo cual puede darse con
cualquier ministro que habla por Dios.
El Nuevo Testamento mantiene una diferencia entre el simple
ministerio de la Palabra y el ministerio profético, entre el
"maestro" y el "profeta" (Efe. 4:11; 1 Cor. 12:28). Tanto la
predicación de Bernabé como la de Pablo sobre los temas de la
salvación sin duda sonaron muy semejantes, pero mientras que uno
hablaba por la autoridad de la Palabra escrita, el otro hablaba con
la autoridad adicional de la revelación divina (Gál. 1:11,12).
Mientras que algunas autoridades sostienen que en el Nuevo
Testamento "profetizar" (profteu) a veces se refiere a la
predicación, se admite que una clase de personas que recibieron y
comunicaron revelaciones directas y especiales de parte de Dios
operaron en el Nuevo Testamento como profetas (Luc. 1:25-38; Hech.
11:27,28; 13:1; 15:32; 21:9). ¿Cuál era la función de ellos?
El papel del don profético en el Nuevo Testamento
En el principal registro neotestamentario de los dones espirituales,
el "don profético" está registrado en segundo lugar, entre el de los
apóstoles (primero) y el de los maestros (tercero).
Véase 1 Cor. 12:28-30 y Efe. 4.11. El don no usurpó el papel de los
apóstoles, pero su función influyó a veces en los apóstoles como así
también en la membresía de la iglesia en general. Algunos de los
apóstoles mismos fueron dotados con este don. Las actividades de las
personas dotadas de esta manera pueden resumirse de la siguiente
forma:
1. Ellos a veces fueron comisionados para advertir acerca de
dificultades venideras (Hech. 11:27-30; 20:23; 21:10-14). En
primer lugar (Hech. 11) la advertencia sobre la llegada del hambre
originó un vínculo fraterno entre los cristianos gentiles en
Antioquía y los cristianos judíos en Judea. Los primeros, contrarios
a las costumbres étnicas, enviaron ayuda de buena gana a sus
hermanos en Cristo judíos.
2. A través del don fue iniciada la extensión de la misión de la
iglesia al extranjero (Hech. 13:1,2). Este también tuvo parte en
señalar dónde debían trabajar los primeros misioneros (Hech.
16:6-10). En el segundo viaje misionero de Pablo se advierte que él
fue acompañado por Silas, un profeta (Hech. 16:40).
3. Durante una crisis doctrinal el don operó a fin de animar y
confirmar la membresía en la doctrina verdadera. La crisis tenía
que ver con la relación entre el ritual judío y la salvación de los
cristianos gentiles. En armonía con el mandato del Espíritu, un gran
concilio de la iglesia tomó una decisión, aunque no fue aceptada
íntimamente por todos. El conflicto se había producido en Antioquía,
iglesia a la que el concilio le comunicó su decisión mediante una
carta. Judas y Silas ayudaron por un tiempo a este grupo: "Y Judas y
Silas, como ellos también eran profetas, consolaron [en
inglés, de la King James Version: exhortaron] (paracale:
apelar, incitar, exhortar, animar) y confirmaron (epistriz:
fortalecer) a los hermanos con abundancia de palabras" (Hech.
15:32).
4. Los profetas edificaron, animaron y consolaron a la iglesia.
"Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación,
(oikodom, metafóricamente 'edificación de la vida espiritual')
exhortación (paraklesis: aliento, exhortación) y
consolación (paramuthia: aliento, consuelo, consolación)" (1
Cor. 14:3).
5. Los profetas, provistos simultáneamente con otros dones,
tendieron a unificar la Iglesia en la fe verdadera y a protegerla de
las falsas doctrinas. "Y él mismo constituyó a unos, apóstoles;
a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y
maestros, ... hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe... para
que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo
viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar
emplean con astucia las artimañas del error" (Efe. 4:11-15).
6. Los profetas, junto con los apóstoles, ayudaron en la
fundación de la iglesia. "Edificados sobre el fundamento de los
apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo
Jesucristo mismo" (Efe. 2:20, Cf. 3:5; 4:11).
"... Las dos palabras 'apóstoles y profetas' pueden unir al Antiguo
Testamento (profetas) con el Nuevo Testamento (apóstoles) como la
base de la enseñanza de la Iglesia. Pero el orden invertido de las
palabras (no 'profetas y apóstoles'), sino 'apóstoles y profetas')
lleva a pensar que probablemente se haga referencia a los profetas
del Nuevo Testamento. Si esto es así, su posición junto a los
apóstoles como fundamento de la iglesia es significativa. El relato
debe referirse nuevamente a un pequeño grupo de maestros inspirados
asociados con los apóstoles, que juntamente con ellos dieron
testimonio de Cristo, y cuya enseñanza provenía de la revelación (Efe.
3:5) y era fundacional." --John R. W. Stott, God's New Society
[Downers Grove, Illinois: InterVarsity Press, 1979], p. 107. En
cuanto a un punto de vista similar, véase The Expositor's Greek
Testament, W. R. Nicoll, ed.
[Grand Rapids, Michigan: Wn. B. Eerdmans Publishing Company,
reimpresión 1961], volumen III, pp. 299, 300.
La continuación del don profético
Como ya hemos notado, el Nuevo Testamento presenta una doctrina de "dones
espirituales", o Jarismata, dones de gracia (1 Cor. 12; Efe.
4). Estas dotes conferidas por el Espíritu Santo a miembros
particulares de la iglesia son para "perfeccionar a los santos para
la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo" (Efe.
4:12). "Cada uno según el don que ha recibido," ha de emplearlo en
el servicio de la iglesia, contribuyendo así en el adelanto de su
obra en la tierra (1 Ped. 4:10, 11; Cf. Rom. 12:6, 7).
Puesto que los dones han de ser derramados ininterrumpidamente como
el Espíritu vea apropiado, "hasta que todos lleguemos a la unidad de
la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la
medida de la estatura de la plenitud de Cristo" (Efe. 4:13), resulta
obvio que tales dones han sido prometidos para que operen hasta que
la iglesia haya consumado su ministerio y el tiempo de gracia de los
hombres haya terminado.
No existe evidencia alguna en la Escritura de que Dios se proponga
retirar el don profético o cualquiera de los otros dones antes de la
segunda venida (Cf. 1 Cor. 13:8-12). En cambio, está la profecía del
Antiguo Testamento de Joel 2:8-12, la cual es repetida por Pedro
(Hech. 2:16:21) prediciendo un derramamiento del Espíritu Santo en
el tiempo del fin y una consiguiente actividad de los dones
espirituales. Con respecto a esto es conveniente advertir que los
falsos profetas también estarán activos en el tiempo del fin. (Mat.
24:24).
El canon de la Biblia y los dones espirituales
Las Sagradas Escrituras, compuestas por el Antiguo y el Nuevo
Testamento, son en sí mismas el resultado de la acción del don
profético. Indirectamente las Escrituras por sí mismas indican un
canon cerrado de escritos sagrados. Los límites y las porciones del
Antiguo Testamento ya eran conocidos y entendidos en los tiempos de
Jesús. En Mat. 23:35 Jesús señala indirectamente sus límites
externos: desde Génesis hasta 2 Crónicas (último libro en la Biblia
hebrea); y su división en tres partes en Lucas 24:27, 44: la ley de
Moisés, los profetas y los escritos, el primero de los cuales era
Salmos.
Hebreos describe de este modo la secuencia de la revelación: "Dios,
habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras [literalmente
'en muchas porciones y de diversas maneras'] en otro tiempo a los
padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por
el Hijo..." (Heb. 1:1, 2). Las revelaciones de Dios comienzan a
ser registradas a partir de Moisés (siglo XV a.C.), y a través de
los siglos otros profetas registran los mensajes que les fueron
confiados, según Dios veía conveniente, para avivar el entendimiento
de su pueblo. Dios finalmente, optó por realizar su revelación final
por medio de su Hijo. Jesucristo ha dado a la familia humana la
mayor revelación de Dios posible de recibir para el hombre (Juan
1:18). El Nuevo Testamento es el testimonio apostólico
inspirado e interpretación de Jesucristo y su enseñanza. La de
Cristo es una vida y revelación irrepetible; el de los apóstoles es
un testimonio irrepetible sobre El.
Puesto que la vida de Cristo sobre la tierra y su interpretación
apostólica proveen la revelación final de Dios, ningún oficio del
don profético (como uno de los dones espirituales) posterior al
Nuevo Testamento puede igualar, sustituir o ser una adición a su
testimonio singular. Antes bien, toda pretensión del don profético
debe ser sometida a una prueba por las Escrituras (1 Tes. 5:19-21; 1
Juan 4:1-3; Mat. 7:15-20).
Toda vez que se presente la operación postcanónica del don profético,
será similar a su operación en el tiempo de los apóstoles y tendrá
la autoridad del Espíritu, que por medio del don, habla a la iglesia.
Esta operación puede resumirse de la siguiente manera:
Una manifestación del don profético,
1. Señalará a las Sagradas Escrituras como la base de fe y práctica.
2. Iluminará y declarará enseñanzas ya presentes en las Escrituras.
3. Aplicará los principios de las Escrituras en la vida diaria.
4. Puede ser un catalizador para dirigir la iglesia a fin de que
lleve a cabo su cometido tal como se le ha encargado en las
Escrituras.
5. Puede ayudar en el establecimiento de la iglesia.
6. Puede reprender, advertir, instruir, alentar, desarrollar y unir
la iglesia en las verdades de la Escritura.
7. Puede operar para proteger la iglesia de falsas doctrinas y
establecer a los creyentes en la verdad.
La manifestación del don en el tiempo del fin:
Joel 2:28-32
Viviendo en "los postreros tiempos" (desde la perspectiva del
Antiguo Testamento, 1 Ped. 1:20; Heb. 1:2), el apóstol Pedro vio un
cumplimiento de la profecía de Joel en el derramamiento del Espíritu
en el día del pentecostés mediante la manifestación del don de
lenguas (Hech. 2). Sin embargo, el pentecostés parece haber sido
sólo un cumplimiento parcial, puesto que Jesús sitúa las señales en
el sol y la luna mencionadas por Joel como ocurriendo después del
oscurantismo de la Edad Media, de la persecución y más cerca de la
venida de "el día grande y espantoso de Jehová" (Mat. 24:29, 30).
Más aún, Joel se refiere específicamente a una manifestación del don
de profecía. De esta manera, un cumplimiento completo de la antigua
predicción de Joel requeriría una manifestación del don profético en
el tiempo del fin.
Mateo 7: 15-20; 24:24
Puesto que Jesús predijo la aparición de "falsos profetas" en el
tiempo del fin, tal predicción es una presunta evidencia de una
manifestación verdadera del don.
1 Corintios 12; Efesios 4; etc.
La doctrina neotestamentaria de "los dones espirituales" (la cual
incluye el don profético) nunca ha sido dejada sin efecto. Si el
pasado pudiera dar alguna señal del futuro, podemos advertir que el
don profético generalmente operó durante períodos de crisis o de
trascendencia: Noé antes del diluvio; el grupo de los profetas
mayores y menores en torno a los períodos críticos de la historia de
Israel, cuando Asiria, Babilonia y Persia amenazaban o perjudicaban
la existencia de Israel; Juan el Bautista antes del advenimiento de
Cristo, etc. Por lo tanto, sería razonable esperar algún tipo de
manifestación profética previa al fin del tiempo de gracia y la
segunda venida, la consumación del plan de salvación.
Apocalipsis 12:17; 19:10
Mientras que enfatizamos la predición de Joel 2 en defensa de una
manifestación legítima del don profético, nuestros pioneros no
dejaron de tener en cuenta las implicaciones de Apocalipsis 12:17 y
19:10. En un artículo de la Review and Herald del 16 de
octubre de 1855, Jaime White expresó:
"Miremos Joel 2:32, y veamos dónde coloca él la profecía. 'Y todo
aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo; porque en el
monte de Sión y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Jehová,
y entre el remanente al cual él habrá llamado'. Es el REMANENTE el
que va a presenciar estas cosas. Es el remanente (o última fracción
de la iglesia) que guarda los mandamientos de Dios y tienen el
testimonio de Jesucristo, (que es el espíritu de profecía,
Apocalipsis 19:10) muy ciertamente, el que va a participar de esta
liberación. 'Todo el que invocare el nombre de Jehová' en el tiempo
de prueba cual nunca hubo, participará de esa liberación. '¿Y acaso
Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche?'
Luc. 18:1-8. Esta invocación del nombre del Señor está simbolizada
también por el ángel [Apoc. 14:15] que clama a gran voz al que
estaba sentado sobre la nube: 'Mete tu hoz, y siega; porque la hora
ha llegado, pues la mies de la tierra está madura.' Dios siempre ha
manifestado su poder a sus hijos de acuerdo a sus necesidades y a
sus ocupaciones. ¿Y podemos nosotros suponer en algún momento que el
pueblo de Dios pasará a través de los peligros de los últimos días,
y enfrentará el tiempo de angustia cual nunca fue, y que El no se
manifestará a ellos mediante aquellos dones que El mismo ha puesto
en la iglesia? No, ciertamente. Dios ha prometido, por intermedio
del profeta Joel, hacer grandes cosas en favor del REMANENTE 'antes
que venga el día grande y espantoso de Jehová'."
El libro de Apocalipsis muestra dos mujeres
Una mujer pura vestida de sol (Apoc. 12), y una mujer caída,
denominada "Babilonia la Grande" (Apoc. 17). En un sentido, ambas
mujeres simbolizan la misma entidad: el cristianismo. Ambas tienen
descendencia (Apoc. 12:17; 17:5). Apocalipsis 12 parece estar
representando a los seguidores fieles de Dios y el curso de su
historia, y Apocalipsis 17 simboliza el desarrollo y el curso de la
apostasía cristiana.
La mujer pura que se esconde en el desierto para escapar de la
persecución ocasionada por el dragón (12:17) y por la mujer caída
(17:6), representa en esencia a múltiples grupos leales. Esos grupos
(aunque no necesariamente puros en todos los aspectos doctrinales:
cf. La historia simbólica de la iglesia, Apoc. 2:3), mantuvieron la
fe en Dios y la lealtad a las Escrituras durante el período del
oscurantismo de la Edad Media. ¿Cómo, entonces, ha de identificarse
"el resto de su descendencia"? ¿Ha de ser entendido como un resto
del tiempo del fin del cristianismo en general, o ha de
delimitárselo a un grupo específico de cristianos?
El libro de Apocalipsis parece describir a los sinceros seguidores
de Dios en el tiempo del fin bajo dos órdenes diferentes.
a. "El resto de la descendencia de ella, los que guardan los
mandamientos de Dios" (12:17), y
b. El "pueblo mío" [de Dios] que está en Babilonia (18:4).
Esto implicaría, en un sentido técnico, que el grupo denominado en
Apocalipsis 12 como "el resto" o remanente no está constituido por
todos los cristianos sinceros en general, sino que aquí se lo está
limitando a un grupo específico por ciertas características: guardan
los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesús.
Es razonable suponer, además, que el remanente o última etapa del
pueblo de Dios del cual se habla en Apoc. 12:17 también predicará el
último mensaje de Dios. Ese último mensaje es descripto en Apoc.
14:9-12 como el del "tercer ángel". Este es un mensaje específico
con características definidas, y que también involucra el contenido
del mensaje de los dos primeros ángeles (véase Apoc. 14:6-14). Si
aquellos que componen el "resto" de Apoc. 12 son los expositores del
mensaje del tercer ángel (Apoc. 14), necesariamente entonces
tendrían que ser un grupo específico de cristianos, caracterizados
por el distintivo de ese mensaje especial. Históricamente, los
adventistas del séptimo día han creído que han estado cumpliendo el
papel del tercer ángel; de aquí que hemos visto desde luego a
nuestro movimiento como simbolizado también en Apoc. 12:17.
El testimonio de Jesús (12:17)
El interrogante aquí es si esta frase señala una manifestación en el
tiempo del fin del don profético en el grupo definido como "el resto
de la descendencia de ella".
La expresión "testimonio de Jesús" aparece seis veces en el libro de
Apocalipsis (1:2, 9; 12:17; 19:10; 20:4). El primer problema
relacionado con la expresión tiene que ver con la traducción. Dos
traducciones son posibles gramaticalmente:
1. El testimonio acerca de o concerniente a: Jesús (genitivo
de objeto) = lo que los cristianos atestiguan acerca de Jesús.
2. El testimonio proveniente de o dado por: Jesús (genitivo
de sujeto) = mensajes provenientes de Jesús a la iglesia.
La evidencia que proviene del uso de esta expresión en el libro de
Apocalipsis sugiere que ésta debiera ser entendida como un genitivo
de sujeto (un testimonio proveniente de o dado por
Jesús), y que este testimonio es dado a través de la revelación
profética. Unos pocos ejemplos:
a. Apocalipsis 1:1, 2. "La revelación de Jesucristo,
que Dios le dio, para manifestar a sus siervos... y la
declaró enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan, que
ha dado testimonio de la palabra de Dios, y del testimonio de
Jesucristo, y de todas las cosas que ha visto.
En este contexto resulta evidente que "la revelación de
Jesucristo" señala una revelación proveniente de o dada
por Jesús a Juan. De un modo parecido, Juan luego lleva registro
de este testimonio proveniente de Jesús. Ambas expresiones
genitivas le dan el mejor sentido como genitivos de sujeto en el
contexto y concuerdan con las palabras finales de Cristo en el libro:
"El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo
en breve" (Apoc. 22:20).
Comentando sobre la misma frase en Apoc. 19:10, James Moffat escribe:
"El testimonio de Jesús prácticamente equivale a Jesús testificando
(22:20). Es la autorevelación de Jesús (de acuerdo a 1:1, debida
finalmente a Dios) la que mueve a los profetas cristianos. El forma
al instante el impulso y el tema de sus declaraciones."
(The Expositor's Greek Testament, W. Robertson Nicoll, ed.
[Grand Rapids, Michigan: Wm. B. Eerdmans Publishing Company,
reimpresión 1961], vol. 5, p. 465.
b. Una comparación de Apoc. 19:10 con 22:9 vincula el testimonio
proveniente de Jesús con la función profética:
19:10 "Mira, no lo hagas; yo soy consiervo tuyo, y de
22:9 "Mira, no lo hagas; porque yo soy consiervo tuyo, de
19:10 tus hermanos que retienen el testimonio de Jesús."
22:9 tus hermanos los profetas..."
c. Apocalipsis 19:10 define al testimonio proveniente de
Jesús como "el espíritu de profecía". "Porque el testimonio de Jesús
es el espíritu de profecía."
Aunque James Moffat considera la frase como una glosa, analiza su
significado desde las implicaciones de un genitivo de sujeto:
"Porque el testimonio de (es decir, portado por) Jesús es (es decir,
constituye) el espíritu de profecía. Esto ... define específicamente
a los hermanos que retienen el testimonio de Jesús como poseedores
de la inspiración profética." (Ibid.).
La frase "espíritu de profecía" puede ser entendida en cualquiera de
los dos sentidos.
a. Puede referirse al Espíritu Santo, quien comunica la
revelación profética. "Los santos hombres de Dios hablaron siendo
inspirados por el Espíritu Santo" (2 Ped. 1:21). Expresiones tales
como el "Espíritu de gracia", el "Espíritu de verdad", etc., señalan
al Espíritu que comunica gracia o verdad. De este modo el testimonio
proveniente de Jesús puede ser comparado o vinculado con la función
del Espíritu de inspirar al profeta con una revelación proveniente
de Dios (cf. 1:10). Una revelación tal, es en efecto, un testimonio
proveniente de Jesús. Esta interpretación de la frase está de
acuerdo con 1 Ped. 1:11, que destaca que los profetas del Antiguo
Testamento fueron inspirados por "el Espíritu de Cristo", y de este
modo dieron un testimonio proveniente de El.
b. La frase "espíritu de profecía" puede también ser entendida como
el genio o la esencia distintiva de la profecía. Es
decir, el genio mismo o el alma de la profecía es Jesús que da
testimonio. Jaime White lo expresó de esta manera: "El espíritu,
alma y sustancia de la profecía, es el testimonio de Jesucristo; o,
la voz de los profetas concerniente al plan y obra de la redención
humana, es la voz del Redentor."
(Life Sketches [ed. 1880], pp. 335, 336, citado en
Seventh-day Adventist Encyclopedia, artículo "Spirit of
Prophecy".
Enfasis de Apoc. 12:17
En cualquier caso, el pasaje de Apoc. 12:17, enfatiza que el
remanente tiene (participio presente de ejo) el
testimonio profético de Jesús. De esta manera, se describe el
remanente como teniendo o reteniendo esta posesión mientras
el dragón realiza su ofensiva final contra el pueblo de Dios en el
tiempo del fin. (Véase Arndt y Gingrich, A Greek-English Lexicon,
sobre el uso de marturia [testimonio en Apocalipsis].)
"Testimonio de Jesús":
¿manifestación canónica o postcanónica?
Si el "testimonio de Jesús" es realmente el testimonio de Jesús a su
iglesia a través del canal profético, entonces la incógnita es saber
si la característica de Apoc. 12:17 está enfatizando la posesión por
parte del remanente de las Sagradas Escrituras, Antiguo y Nuevo
Testamentos, o la posesión de una manifestación postcanónica de los
dones espirituales en la forma del don profético. La primera
aseveración parece ser un punto demasiado obvio para que el escritor
profético lo subraye, pero una manifestación del don profético en un
marco del tiempo del fin sería significativa.
Esta profecía concerniente a la posesión del testimonio profético
proveniente de Jesús por parte del remanente, puede ser comparada a
las muchas referencias al Mesías en los Salmos davídicos. Un lector
en los tiempos del Antiguo Testamento habría relacionado con David a
muchas de las declaraciones -sino todas- de estos Salmos. Más tarde,
después de la vida, muerte expiatoria y resurrección de Cristo,
estas declaraciones son vistas como teniendo una aplicación mayor y
más perfecta al Mesías, el Hijo de David. Precisamente, en el
cumplimiento de Apoc. 12:17, juntamente con el desarrollo del
movimiento del tercer ángel, podemos ver ahora lo que no era
evidente antes de ese desarrollo: que la posesión del "testimonio de
Jesús" por parte del remanente trae consigo la alentadora verdad de
que Cristo ha decidido hablar una vez más a su pueblo mediante el
don profético al enfrentar éste la miríada de desafíos del tiempo
del fin, y de la terminación del tiempo de gracia para la humanidad. |