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Los
adventistas del séptimo día extraen sus creencias de las
enseñanzas de la Palabra de Dios, basando así conscientemente
sus doctrinas y prácticas en un claro “así dice el Señor”. Desde
los primeros días del movimiento esto significó adoptar la
doctrina bíblica del don de profecía, ya que esta verdad es
enseñada en la Biblia.
Uno de los
líderes adventistas más capaces de los primeros tiempos fue
Arthur G. Daniells, presidente de la Asociación General durante
un extenso período (1901-1922) y amigo y colega de Elena White
durante la segunda mitad de su larga vida (1827-1915). En 1935,
después de su retiro, Daniells escribió El permanente don de profecía,
con el propósito de afirmar el don profético del que había sido
testigo durante tantos años de ministerio. Esta selección
pertenece al último capítulo de la obra. —Los editores
El bienestar
de la iglesia en conjunto y de sus miembros en particular está
inseparablemente vinculado con su actitud de fe y consideración
a los profetas de Dios. Éstos, como sabemos, son los mensajeros
escogidos por él, los portavoces que ha designado para su
iglesia en la tierra. Como hemos demostrado también con
claridad, este plan de comunicación ha constituido la forma
uniforme y benéfica escogida por Dios para revelar su voluntad a
la raza humana desde la separación ocasionada por el pecado. Por
este medio se aconseja, instruye, advierte, suplica y amonesta,
según lo indiquen la necesidad y el amor divinos. La presencia
de los profetas entre los hombres no es por lo tanto algo nuevo
o inusual, algo extraño o fantástico. Dios es el autor de esta
provisión y el hombre peregrino, su beneficiario. Es tan antigua
como la necesidad humana, y tan constante como el amor divino
que la impulsó e instituyó.
Las
vicisitudes de la iglesia en todas las edades han sido medidas
por su fidelidad o deslealtad al don de profecía, y su seguridad
se ha medido por la manera en que respondió a estas
instrucciones divinas. A lo largo de los siglos que abarcan las
eras patriarcal, mosaica y apostólica, hemos visto en acción
esta regla inviolable, según se revela en las páginas de la
Escritura Sagrada.
Más tarde,
luego de la muerte de los apóstoles, comienza la trágica marcha
de los sucesos de la Era Cristiana que está escrita con sangre y
lágrimas, y manchada por los desvíos y la apostasía. Vez tras
vez la iglesia cristiana nominal se aparta de estos principios
fundamentales, de los preceptos y prácticas, de la letra y el
espíritu que caracterizaron a la iglesia apostólica. La
desviación consistió en la perversión de la ley y el Evangelio,
aunque penetró en todas las verdades del cristianismo.
Trágica fue
la suerte de aquellos que defendieron la fe primitiva. Odiados y
vilipendiados, perseguidos y aislados, testificaron por la
verdad. Pero de vez en cuando, al llamamiento de Dios se
levantaron profetas, hombres y mujeres, que denunciaron la
iniquidad de los desleales. Estimularon la fidelidad de los
fieles y guiaron y guardaron a los defensores de la verdad a lo
largo de esos penosos siglos.
Ahora, en
estos tiempos llamados por Dios “los últimos días”, el gran plan
divino de redención y el insensato curso de la especie humana se
acercan a su culminación. De tal manera abunda la iniquidad
entre los hombres, tan desafiante es la filosofía humana, tan
rebelde es la independencia del hombre frente a Dios y sus
provisiones para la redención en este supremo conflicto entre el
bien y el mal, que era imperativo que el don de profecía se
manifestara con claridad y evidencia en las filas de la iglesia
remanente.
La suprema
necesidad de los últimos días
Si alguna vez en el curso de la humanidad el hombre necesitó la
dirección divina, es ciertamente en estos postreros días, cuando
todas las fuerzas de la iniquidad se hallan sueltas para
confundir y arruinar, cuando el mundo secular se ha vuelto
materialista, y el mundo religioso se ha entregado a las
enseñanzas modernistas. Si alguna vez en la historia la iglesia
necesitó contar con la dirección divina, fue en el momento de la
crisis del movimiento adventista, precisamente después del
chasco de 1844 y durante las décadas que siguieron. Los asuntos
en juego eran trascendentales, pero la dirección divina fue la
adecuada.
El último
conflicto se produce en relación con la fidelidad a Dios, y
llega a su consumación en nuestro tiempo. La perfecta ley
divina, juntamente con el sello del sábado son objeto del odio
de Satanás que, en el conflicto, busca tener a todo el mundo de
su lado. La salvación plena provista por la fe en Cristo también
es objeto de implacables intentos de negar su encarnación, el
ministerio intercesor y el inminente regreso en poder y gloria.
La ira de
Satanás se concentra sobre la iglesia remanente de Dios, supremo
objeto del amor y dirección divinos. Esta iglesia se destacará
finalmente como única defensora de la pisoteada ley de Dios, la
que recibe los amplios medios provistos para la redención. No
sólo es la iglesia en su conjunto objeto del ataque del maligno,
sino que los miembros individuales también son acosados porque
mantienen la integridad de la ley y el Evangelio. Al introducir
la duda, la negligencia, la rebelión y el repudio, Satanás
procura destruir la fidelidad individual a los consejos del don
de profecía. De ahí que los tres grandes asuntos en juego en
esta última hora estén tan claramente definidos por la
inspiración, aunque todos han quedado confundidos por las
creencias y prácticas de la cristiandad.
Ahora… la
cuestión de la relación individual y de la iglesia con el don
dado por Dios, resalta como algo de suprema importancia. Sean
las palabras finales, por lo tanto, una súplica para que se
reconozca y se escuche esta provisión divina para el consejo de
la iglesia. Este consejo es una exhortación que la iglesia
siempre debe tener presente y obedecer y practicar con
fidelidad.
Escuchad los
consejos celestiales
Observad, retrospectivamente, lo que este don ha significado
para este pueblo a lo largo de las décadas pasadas. Notad bien
cómo se ha hecho frente a una crisis tras otra y se ha
solucionado un problema tras otro. En cada caso, el tiempo ha
vindicado los consejos celestiales. Considerad, a manera de
impresionante comparación y advertencia, los días de Israel en
el tiempo de Moisés, y luego pensad en nuestros tiempos. Estas
son las palabras del gran caudillo de Israel:
“Yo he puesto
delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal”. “A los
cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que
os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la
maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu
descendencia; amando a Jehová tu Dios, atendiendo a su voz, y
siguiéndole a él; porque él es vida para ti, y prolongación de
tus días” (Deut. 30:15, 19, 20).
Al comprender
que estaba por deponer sus responsabilidades, el anciano
patriarca Moisés dio su recomendación final al pueblo que había
conducido durante cuarenta años, desde Egipto hasta los límites
de la Tierra Prometida.
Cifraba
grandes esperanzas en el futuro de su amado pueblo. Pero
conociendo, por larga experiencia, las fragilidades y
debilidades del mismo en tiempo de tentación y pruebas, también
albergaba graves temores de que tuviesen que arrostrar desastres
y derrotas como nación. Como reconocía que su destino para bien
o para mal dependía de la forma en que obedeciesen las
instrucciones enviadas por Dios, les presentó gráficamente y con
muchos detalles las bendiciones temporales y espirituales de las
que serían objeto si fueran obedientes y las maldiciones que
acompañarían a su desobediencia (véase Deut. 27, 28).
El olvido de
Israel
Cuando les aconsejó que amaran al Señor y obedecieran su voz,
los estaba exhortando a prestar atención a los mensajes de
consejo e instrucción que él les había entregado como mensajero
de Dios. Fuera de los Diez Mandamientos, todas las leyes,
testimonios y estatutos que les fueron dados habían sido
pronunciados por intermedio de Moisés. El hecho de que sólo
hubieran visto y oído el elemento humano no disminuía de ninguna
manera la culpa que tendrían, si rechazaban estos requerimientos
divinos. Así sucede también con los hombres y mujeres de todos
los tiempos, no sólo con la generación a la cual se dirigió
personalmente.
Moisés se
ocupó de que estas solemnes amonestaciones siempre fueran
recordadas. Los padres habían de enseñarlas a sus hijos,
hablando de ellas cuando estuviesen en casa, o cuando anduviesen
de camino, como también a la hora del culto matutino y
vespertino (Deut. 11:19, 20). Habían de ser escritas como
memoria en un libro, y colocadas al lado del arca. Cada séptimo
año habían de ser sacadas y leídas en público delante de la
concurrencia de peregrinos reunidos para la Fiesta de las
Cabañas. Para esa solemne lectura de los escritos proféticos
habían de reunirse hombres y mujeres, sin olvidar al extranjero
que estaba dentro de sus puertas. Los niños que llegaban a la
edad de la razón eran mencionados de manera especial. También
debían oír y aprender a temer al Señor (véase Deut. 31:9-13).
En vista de
que el Israel antiguo no supo recordar los solemnes mensajes que
Dios había enviado por medio del mensajero escogido, ¿no
deberíamos nosotros, “los que hemos alcanzado los fines de los
siglos”, cuidar de que la instrucción que ha sido dada a la
iglesia remanente sea recordada vívidamente?
Arthur G. Daniells (1858-1935 fue
evangelista, misionero, editor y presidente de la
Asociación General de la Iglesia
Adventista del Séptimo Día por un largo período. |