| |
Nota:
Este material se escribió casi dos años antes de la reciente
publicación: “¿Contradicen
los Escritos de Elena de White la Biblia mas de 50 Veces?”
Ya no haremos más comentarios al respecto, pues consideramos suficientes
el nuevo documento que ponemos a su disposición
Este documento nos llegó
tal y como aparece aquí, sin dirección alguna. Y la persona que nos lo
envió no respondió nuestros e-mails. Por lo tanto, sólo trabajamos una
parte del mismo. Trataremos de explicar algunas de estas alegadas
divergencias, pues encontramos muchas inconsecuencias en este intento
mal orientado que trata de probar las llamadas “contradicciones” de los
escritos de Elena White con los de la Biblia.
Al leer este material se percibe de entrada la intención de tergiversar
las cosas más que aclararlas. Muchos de los argumentos que son usados
aquí no son nuevos y aunque se le han dado respuestas acertadas, nos
animamos a hacer nuestro aporte al mismo. Los supuestos autores de este
material denotan de paso un desconocimiento casi total de los conceptos
que han sido usados por los eruditos de la Alta Crítica (o Crítica
Moderna) para cuestionar los relatos de la Biblia que son considerados
erróneos, porque no cuadran con la lógica de la mente moderna. En
algunas Sitios Web de orientación religiosa musulmana se emplean los
mismos argumentos viciosos en contra de la Biblia. Se explayan en decir
que la Biblia contiene incoherencias internas y graves contradicciones.
Para eso usan pasajes paralelos que ellos entienden se contradicen
mutuamente. Esos mismos argumentos o presupuestos erróneos, deficientes
y perniciosos (por demás gastados) son los que se aplican en este
material para cuestionar los escritos de Elena de White y su relación y
coherencia o no con las Escrituras.
Por lo que conocemos, sólo el desconocimiento de la forma en la que
opera el Espíritu Santo en la vida de los “santos hombres de Dios” en la
transmisión del mensaje divino, más los presupuestos errados sobre la
inspiración bíblica dan como resultado estos comentarios. Según los
supuestos autores de este material, el mismo se ha escrito “como
un desafío directo a los seguidores de Ellen White para que simplemente
comparen los escritos de ella con la Biblia” ¡Desafió aceptado!
La expresión “seguidores de Ellen White”, es despectiva, pues si
llamamos “seguidores de Lutero” a los luteranos, no por eso debemos
negarle el derecho de ser nuestros hermanos en la fe y la herencia
cristiana. Nosotros también podemos ser duros con nuestros oponentes y
tenemos “armas poderosas” de sobra para herir, pero esa forma de
enfrentar las críticas no es cristiana. Nos colocaría al nivel de
quienes nos critican. Preferimos argumentar a favor de la verdad. No es
lo mismo decir algo de los adventistas que conocen sus doctrinas y
tirarlo a la Internet, que decírselo cara a cara y con la Biblia en la
mano.
Una cosa es decir: “la Biblia dice esto” o “dice aquello”, y otra muy
diferente es probar lo que se sostiene como verdad. ¡La Biblia puede ser
citada aun por el mismo Satanás! (ver Mateo 4:6). Ante este
atrevimiento, Jesús replicó con un “así está escrito” (vers.
4,7,10). Por lo tanto, entender lo que la Biblia y sólo la Biblia dice
sobre la forma en que opera la inspiración en los profetas, es lo que
nos permite tener una idea clara de la relación de los escritos de Elena
de White y su relación con las Escrituras.
Las derrotas que sufre día a día la Alta Crítica sobre sus asertos (más
los hombres y mujeres que desertan de sus filas por el poder de Dios)
nos animan a creer que muchas cosas (por más perniciosas que parezcan y
sean) están por demolerse ante el peso de la razón, el poder de la
Palabra Santa, y la buena voluntad de hombres y mujeres de Dios que
saben muy bien que ante Baal no vale la pena doblar las rodillas.
Analizar o criticar los escritos de Elena de White es todo una tarea,
pues no estamos hablando de una escritora común y corriente, estamos
hablando de una autora que según Paul Harvey, sus “escritos han sido
traducido a 148 idiomas. Más que Marx o Tolstoy, más que Agatha
Christie, más que William Shaskepeare” (en un programa radial de costa a
costa, 25 de Septiembre, 1997).
Se sabe a ciencia cierta que al morir, Elena de White dejó unas 100,000
páginas de material publicado e inédito (equivalente a 25 millones de
palabras). ¡Y todas esas páginas escritas a mano! Se ha observado
correctamente que ella fue el “tercer autor más traducido en la historia
de la literatura, la escritora más traducida, y el autor norteamericano
mas traducido, ya sea hombre o mujer” (Roger Coon,
A Gift of Light,
p. 21, 1983). Se sabe además que a la hora de su muerte (1915) se
“estaban imprimiendo 24 libros suyos y dos más, en manos de los
editores, aguardaban su publicación. En la década de 1990, se habían
impreso 128 títulos que llevaban el nombre de Elena G. de White como
autora” (Herbert Douglass,
Mensajera del Señor,
p. 108. Un libro sobre la vida de Elena de White de 589 páginas). Es por
esto que se ha dicho que “sería difícil decir que la notable producción
literaria de Elena de White fue meramente un producto del genio y la
inventiva humana. Sus contemporáneos, conociendo sus antecedentes y
educación mínima, sabían también que su elocuencia convincente e
incisiva, tanto por escrito como en el púlpito, se debía a una sabiduría
más que humana” (Ibíd.).
Obviamente estamos parados ante un fenómeno extraordinario y no podemos
decir con facilidad “ella dijo esto” o “ella dijo aquello” citando
simplemente unas cortas líneas de una cadena de comentarios tan amplios
como lo que ella hizo de ciertos temas. Si ella estuviera viva, de
seguro que en muchas ocasiones tuviera que responder a sus críticos:
“eso no fue lo que yo quise decir”, o la oiríamos decir: “lo que yo
quise decir fue..”. De hecho, durante su largo ministerio (desde 1844
hasta 1915) ella tuvo que hacer frente a situaciones similares a estas.
Por eso dijimos mas arriba que este documento no presenta nada nuevo.
Los argumentos aquí presentados han sido utilizados hasta la saciedad
por individuos malintencionados y hasta “frustrados” muchas veces.
Se sabe también que Elena de White escribió abundantemente sobre ciertos
temas. Pero habló poco sobre otros asuntos. Por ejemplo, en sus escritos
encontramos pocas referencias a los seguros de vida y sólo una
referencia sobre el anillo del casamiento. Pero escribió abundantemente
sobre la persona de Jesucristo, el Espíritu Santo, la cooperación
divina-humana, el tema de la fe, la naturaleza del pecado y la forma en
la que éste ha afectado al ser humano, la vida Devocional del pueblo de
Dios y otros. Se ha observado que la forma en que algunos párrafos suyos
son citados, desafía capítulos enteros que ella ha escrito sobre el
mismo tema. No es justo darle este tratamiento a ningún escritor, menos
a Elena de White.
Una regla muy importante al tratar de entender lo que un escritor
inspirado quiso decir es analizar todo lo que dijo sobre el tema. Pero
esto debe ser hecho antes de llegar a ciertas conclusiones.
Recuero que en cierta ocasión regalamos a un hermano evangélico uno de
los libros de Elena de White más traducido (unos 100 idiomas) titulado
El Camino a Cristo.
¡Un libro, incluso recomendado por los que objetan sus escritos! Unos
días después el hermano X nos devolvió el libro bajo el alegato de que
ella decía que no era necesario arrepentirse para ser cristiano y ser
perdonado por Dios. Cuando le preguntamos dónde lo decía, nos leyó en la
pág. 24 lo siguiente: “La Biblia no enseña que el pecador deba
arrepentirse antes de poder aceptar la invitación de Cristo”. Pero
cuando leímos, descubrimos que la cita completa decía:
Efectuar un arrepentimiento como éste [como el descrito en el Salmo
51:1,14], está más allá del alcance de nuestro propio poder; se obtiene
solamente de Cristo, quien ascendió a lo alto y ha dado dones a los
hombres.
Precisamente éste es un punto sobre el cual muchos yerran, y por esto
dejan de recibir la ayuda que Cristo quiere darles. Piensan que no
pueden ir a Cristo a menos que se arrepientan primero, y que el
arrepentimiento los prepara para el perdón de sus pecados. Es verdad que
el arrepentimiento precede al perdón de los pecados [esta es la idea que
se pretendió denegar], porque solamente el corazón quebrantado y
contrito es el que siente la necesidad de un Salvador. Pero, ¿debe el
pecador esperar hasta que se haya arrepentido, para poder ir a Jesús?
¿Ha de ser el arrepentimiento un obstáculo entre el pecador y el
Salvador? [Es solo después de que ella formula estas dos preguntas que
dice lo siguiente:]
La Biblia no enseña que el pecador deba arrepentirse antes de poder
aceptar la invitación de Cristo: "¡Venid a mí todos los que estáis
cansados y agobiados, y yo os daré descanso!" (S. Mateo 11:28). La
virtud que viene de Cristo es la que guía a un arrepentimiento genuino
[¡magnifica idea!]. San Pedro habla del asunto de una manera muy clara
en su exposición a los israelitas, cuando dice: "A éste, Dios le ensalzó
con su diestra para ser Príncipe y Salvador, a fin de dar
arrepentimiento a Israel, y remisión de pecados" (Hechos 5:31). No
podemos arrepentirnos sin que el Espíritu de Cristo despierte la
conciencia, más de lo que podemos ser perdonados sin Cristo.
Cristo es la fuente de todo buen impulso. El es el único que puede
implantar en el corazón enemistad contra el pecado. Todo deseo de verdad
y de pureza, toda convicción de nuestra propia pecaminosidad, es una
prueba de que su Espíritu está obrando en nuestro corazón.
Jesús dijo: "Yo, si fuere levantado en alto de sobre la tierra, a todos
los atraeré a mí mismo" (S. Juan 12: 32). Cristo debe ser revelado al
pecador como el Salvador que muere por los pecados del mundo; y cuando
consideramos al Cordero de Dios sobre la cruz del Calvario, el misterio
de la redención comienza a abrirse a nuestra mente y la bondad de Dios
nos guía al arrepentimiento. Al morir Cristo por los pecadores,
manifestó un amor incomprensible; y este amor, a medida que el pecador
lo contempla, enternece el corazón, impresiona la mente e inspira
contrición en el alma” (El
Camino a Cristo,
pp.
24,25).
Queremos mencionar otro caso para su información. Alguien concluyó que
Elena de White no era una escritora inspirada, porque –según él - había
leído la siguiente declaración: “Nunca debe enseñarse a los que aceptan
al Salvador… a decir que están salvados” (Palabras
de Vida del Gran Maestro,
pág. 119). ¿Qué fue lo que ella quiso decir con esta declaración. ¿Se
oponía ella a la seguridad de la salvación que puede tener y disfrutar
el creyente plenamente reconciliado con Cristo? Claro que no, pues en
otros de sus escritos se puede leer todo lo contrario. Entonces, ¿qué
fue lo que quiso decir realmente?
Cuando la Sra. White emitió esta declaración lo hizo en el amplio
contexto de la autosuficiente actitud de Pedro que lo condujo a negar a
su Maestro. Ella se expresó así:
Hoy día el mal que provocó la caída de Pedro y que apartó al fariseo de
la comunión con Dios, está ocasionando la ruina de millares. No hay nada
que ofenda tanto a Dios, o que sea tan peligroso para el alma humana,
como el orgullo y la suficiencia propia. De todos los pecados es el más
desesperado, el más incurable.
La caída de Pedro no fue instantánea, sino gradual. La confianza propia
lo indujo a creer que estaba salvado, y dio paso tras paso en el camino
descendente hasta que pudo negar a su Maestro. Nunca podemos con
seguridad poner la confianza en el yo, ni tampoco, estando, como nos
hallamos, fuera del cielo, hemos de sentir que nos encontramos seguros
contra la tentación. [Es en este contexto que ella dice:] Nunca debe
enseñarse a los que aceptan al Salvador, aunque sean sinceros en su
conversión, a decir o sentir que están salvados. Eso es engañoso. Debe
enseñarse a todos a acariciar la esperanza y la fe; pero aun cuando nos
entregamos a Cristo y sabemos que él nos acepta, no estamos fuera del
alcance de la tentación. La Palabra de Dios declara: "Muchos serán
limpios, y emblanquecidos, y purificados". Sólo el que soporte la
prueba, "recibirá la corona de vida". [Elena de White se oponía de paso
a la popular creencia de que una vez que aceptamos a Cristo estamos
salvados sin importar nuestras elecciones futuras. No es cierto que una
vez “salvo, siempre salvo”].
Los que aceptan a Cristo y dicen en su primera fe: "Soy salvo", están en
peligro de confiar en sí mismos. Pierden de vista su propia debilidad y
constante necesidad de la fortaleza divina. No están preparados para
resistir los ardides de Satanás, y cuando son tentados, muchos, como
Pedro, caen en las profundidades del pecado. Se nos amonesta: "El que
piensa estar firme, mire no caiga". Nuestra única seguridad está en
desconfiar constantemente de nosotros mismos y confiar en Cristo” (Palabras
de Vida del Gran Maestro,
pp.
119, 120).
Y es así como muchos otros supuestos “errores” de sus escritos se
resuelven y no vienen a ser más que meras ridiculeces de ciertos
lectores descuidados y prejuiciados contra su obra y escritos. Al leer
sus libros, se percibe el peso extraordinario de la evidencia de que,
quien escribe conoció muy de cerca al Salvador a quien sirvió con todas
las fuerzas de sus ser hasta el momento de la muerte. Se percibe además
una voz autorizada hablando a nuestros corazones. Se cuentan por
millones las personas que han sido fortalecidas y bendecidas en la hora
de la prueba por sus escritos. Se percibe claramente que escribió bajo
la influencia de la inspiración divina. Algo que, hasta Walter Martin –
uno de los mayores críticos que ha tenido el adventismo en su historia -
, estuvo dispuesto a admitir, por lo menos en “algunas ocasiones” ella
fue inspirada (Véase a Dave Fiedler,
El Adventismo y
Walter Martin,
pp. 29,30).
Dejamos al amable lector (si está interesado) la oportunidad de decidir
sobre este asunto, que no sólo ha afectado ya la vida espiritual de
muchos adventistas (líderes y miembros), sino que deja perplejo la mente
de aquellos que nos observan y nos admiran por nuestro peculiar estilo
de vida. Admitimos que si la intención de este documento era sembrar
dudas, sospechas y mucho daño, lo ha logrado en gran medida. Pero este
intento no es nuevo, el mismo “ha caído” desde su mismo inicio en una
larga fila de frustrados intentos por apagar una de las luces que mejor
ha brillado en la historia del pueblo de Dios desde los tiempos
antiguos: la manifestación genuina del don profético en la vida
de seres falibles, pero consagrados a Dios.
|