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La vida humana parece haber perdido su dignidad y valor. Pregúntale a un
musulmán en Serbia, a un bajai en Irán, o a un cristiano en el Sudán.
Observa a Jack Kevorkian ayudando a un suicida y luego cómo es abrazado
como un contribuyente serio y aun valioso para nuestro discurso moral.
La pregunta es inevitable. ¿Qué tiene de importante el que uno sea
humano?
Hubo un tiempo en que podíamos echar la culpa de la barbarie a los
paganos, a los incivilizados, o a los fanáticos. Surgen en la mente
algunos nombres: Hitier, Gengis Kan, o Pol Pot. Pero ahora no estamos
hablando del pasado. Estamos al borde del siglo XXI. El conocimiento ha
aumentado: los astronautas entrecruzan el espacio, los satélites
circuyen el globo trayéndonos informaciones de todas partes y
llevándolas a todas partes en pocos momentos; las galaxias más allá de
la nuestra han llegado a ser objeto de estudio; y se buscan e investigan
los genes dentro de nuestro cuerpo por si nos pueden dar indicios de los
misterios de la vida humana. Y sin embargo, sigue la pregunta, sencilla
pero muy profunda: ¿Qué tiene de tan especial el ser humano?
Para muchos filósofos, incluyendo algunos que se llaman cristianos, la
respuesta es cada vez más enfática: No mucho. Con todo el conocimiento
científico y los logros tecnológicos, y con los registros históricos
expuestos en pleno ante nosotros, los seres humanos todavía están
tentados a violar los derechos humanos básicos.
Después de la Segunda Guerra Mundial, los juicios de Nuremberg
desnudaron el mal que acecha en el corazón humano y mostraron cómo, aún
la sociedad más civilizada y culta puede arrastrarse a los albañales
morales, borrando virtualmente el significado espiritual de "humanidad".
Las lecciones de esa guerra llevaron a las Naciones Unidas a aprobar en
1948 la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Este documento,
afirma la dignidad e igualdad de todos los seres humanos y demanda que
las sociedades civilizadas protejan a los débiles del poder de los
fuertes. La declaración todavía está vigente. ¿Por qué, entonces,
todavía hablamos de los derechos y de la dignidad del hombre?
El mito de los orígenes
La respuesta puede encontrarse en lo
que se acepta como la explicación científica del origen de la vida y de
su diversidad, un relato que deja afuera al Dios de la Biblia. Esta
perspectiva está claramente expuesta en el libro de James Racheis,
publicado en 1990,
Created from Animals: The Moral
Implications of Darwinism
(Nueva York: Oxford University Press). El autor razona desde el
fundamento de la evolución naturalista. Su conclusión, fuertemente
respaldada, es que el darwinismo socava totalmente la doctrina de la
dignidad humana. Los seres humanos no ocupan ningún lugar especial en el
orden moral; somos sencillamente otra forma de vida entre los animales.
Este concepto y la preocupación acerca de él no es nuevo. En 1859, el
obispo Samuel Wilberforce advirtió que el darwinismo era "absolutamente
incompatible" con la "representación total de la condición moral y
espiritual del hombre", que sostiene el cristianismo. La Convención
Bautista del Sur, en los Estados Unidos, repitió como un eco el concepto
de Wilberforce en 1987. Pero no hay unanimidad entre los cristianos.
Hace un siglo, Henry Ward Beecher, el notable predicador, sugirió que la
perspectiva evolucionista agregaba gloria al Dios de la creación. El
Papa Juan Pablo II está dispuesto a aceptar el proceso evolucionista
como el medio que Dios usó para crear el cuerpo humano (aunque no el
"espíritu", que él insiste, es la creación inmediata de Dios).
Aun los científicos están divididos en este tema. Algunos (como Steven
Jay Gouid) dicen que el darwinismo y la religión no son incompatibles,
que uno puede ser a la vez teísta y darwinista; mientras otros (William
Provine) afirman que el darwinismo hace que toda religión sobrenatural
no sea sólo superflua, sino también insostenible.
Rachels argumenta ("¿Debe un darwinista ser escéptico?") que la
teleología (dirección y propósito) en la naturaleza es irrevocablemente
destruida por el darwinismo. Sin teleología, la religión debe
"replegarse para ser algo como el deísmo... que ya no sostiene la
doctrina de la dignidad humana" (pp. 127, 128). Este argumento es
poderoso y debe ser refutado si algún darwinista religioso logra
rescatar la enseñanza bíblica de que los humanos fueron creados a la
imagen de Dios y tienen un lugar especial en el orden divino. Como nos
recuerda Racheis: "La tesis de la 'imagen de Dios' no es compatible con
un concepto teísta cualquiera. Requiere de un teísmo que ve a Dios como
diseñando activamente al hombre y al mundo como el hogar para el
hombre".
En el capítulo: "¿Cuan diferentes son los humanos de los animales?"
Rachels concluye que el darwinismo destruye cualquier fundamento para
una diferencia moralmente significativa entre los humanos y los
animales. Si los humanos, como descendientes de criaturas similares a
los monos antropomorfos por la selección natural, pudieran ser
físicamente diferentes de los animales no humanos, no pueden serlo en su
esencia. Ciertamente no serían diferentes de alguna manera que diera a
cada ser humano más derechos que a cualquier animal. En palabras de
Rachels: "Uno no puede razonablemente hacer una distinción en lo moral
donde esto no existe en realidad". El llama a su doctrina
"individualismo moral" y rechaza "la doctrina tradicional de la dignidad
humana", junto con la idea de que la vida humana tiene algún valor
inherente que le falta a la vida no humana.
El individualismo moral
En "Moralidad sin que los humanos sean especiales", Rachels trata
primero con la igualdad humana, y ¡luego la rechaza! Los humanos tienen
derecho a "ser tratados como iguales" sólo si no hay "diferencias
relevantes" entre ellos. Estas "diferencias relevantes" pueden ser
usadas para hacer distinciones entre diferentes razas, géneros e
individuos humanos. Aceptando el concepto darwiniano extiende el
análisis también a los animales no humanos, no cediendo ninguna
superioridad automática a las pretensiones humanas por sobre las de los
conejos, cerdos o ballenas. Bajo el "individualismo moral", cuando se
enfrenta con la necesidad de usar un chimpancé o un humano para un
experimento médico fatal, ya no se puede decidir el asunto notando que
el chimpancé no es humano. "Tendríamos que preguntar qué justifica usar
a ese chimpancé, y no a ese humano en particular, y la respuesta tendría
que venir en términos de sus características individuales, no
sencillamente por pertenecer a un grupo" (p. 174).
Dado el papel crucial de las "diferencias relevantes" en esta ética, uno
busca alguna definición formal de la expresión. Rachels no proporciona
ninguna. En cambio, nos da "algo de cómo actúa el concepto" en un
ejemplo acerca de probar cosméticos en los ojos de los conejos, y en una
vaga expresión hipotética: "Si se cree que es permisible tratar a A en
cierta forma, y no a B, primero preguntamos por qué B no puede ser
tratado de esa manera... Si A y B difieren sólo en formas que no figuran
en la explicación de por qué está mal tratar a B de la manera
especificada, entonces las diferencias son irrelevantes" (p. 181). Este
no es ningún baluarte contra el egoísmo y el mal que vemos en nosotros
mismos y en nuestros vecinos humanos.
La experiencia demuestra que cualquier norma ética laxa y relativista
puede ser torcida para darle cualquier forma que sea necesaria a fin de
permitirnos hacer lo que queramos con nuestros prójimos humanos. Los
ejemplos abundan: la esclavitud; las persecuciones raciales y
religiosas; un millón de abortos por año en los E.U.A.; la epidemia de
bebés abandonados, abusados y asesinados; leyes que permiten el suicidio
asistido y la eutanasia; la limpieza étnica; etc. Debemos tener una
"línea clara" como norma para nuestras obligaciones hacia cada miembro
de la familia humana. Esta es la diferencia entre la moralidad y la
amoralidad. No hay terreno intermedio.
El darwinismo y la amoralidad
La conexión entre el darwinismo y la
amoralidad es ahora explícita. En la revista
New
York Times Magazine del 3
de noviembre de 1997, Stephen Pinker escribió acerca de la "psicología
evolucionista". Nos dice que "los filósofos morales han concluido que...
nuestros recién nacidos inmaduros no poseen [el derecho a la vida] más
que cualquier ratoncito", y alega que el "neonaticidio puede ser el
producto de una programación materna" ya que "ha sido practicado y
aceptado en la mayoría de las culturas a través de la historia". De este
modo liga el infanticidio directamente con nuestro abolengo
evolucionista y con la lucha darwiniana por la supervivencia, que a
veces demanda que las madres maten a sus hijos a fin de llevar adelante
su propio futuro reproductivo. En artículos como ese, lo que antes era
impensable, es ahora presentado como razonable y aceptable. Se nos está
"ablandando" para un cambio en la moralidad de la comunidad: la que
sostiene que algunos humanos merecen respeto y protección, pero que
otros no lo merecen y pueden ser matados con impunidad. Puedes ver este
proceso en funcionamiento hoy en el discurso académico y cada vez con
más frecuencia en los medios de difusión populares.
Hace cincuenta años, todas las naciones que tenían derecho al voto en
las Naciones Unidas, llanamente rechazaron esta clase de razonamiento.
La ética que emerge en el occidente es un repudio directo a la
Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas. En
su preámbulo, la Asamblea General declaró unánimemente (con ocho
abstenciones) que "la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen
por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos
iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana". En
los artículos mismos encontramos: "Todos los seres humanos nacen libres
e iguales en dignidad y derechos" (Art. 1); "Toda persona tiene todos
los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin
distinción alguna" de ninguna clase (Art. 2); "Todo ser humano tiene
derecho, en todas partes, al reconocimiento de su personalidad jurídica"
(Art. 6); y "Todos son iguales ante la ley y tienen, sin distinción,
derecho a igual protección de la ley" sin ninguna discriminación (Art.
7). Este no es un lenguaje ambiguo; no puede haber confusión acerca de
lo que significa. Aceptar lo que Rachels y Pinker están ofreciendo,
significa dar la espalda a la sabiduría establecida en el pasado.
La madurez (y nuestra seguridad) demanda reflexión honesta. Un sistema
de ética basado en el relativismo moral siempre terminará con los
fuertes en el poder y los débiles bajo sus pies. La visión darwiniana
del mundo, seguida hasta sus consecuencias lógicas, no nos conduce a
ninguna parte, y esto debería ser suficiente para que la rechacemos. Tal
vez no debería sorprendernos de encontrar a los darwinistas
completamente seculares y totalmente naturalistas patrocinar una
filosofía tan utilitaria y de sangre fría, pero lo que realmente asombra
es notar la cantidad de especialistas en ética, filósofos y otros que se
identifican como cristianos y que sin embargo nos instan a adoptar una
ética que sigue el sendero darwinista.
El argumento para el relativismo moral es sutil y atrayente si se lo
considera superficialmente. A menudo comienza reafirmando la verdad
biológica (y bíblica) de que somos humanos desde el momento de la
concepción. Pero, en seguida se nos dice que hay una diferencia entre un
"humano" y una "persona", y que la calidad de ser persona es la
categoría que un humano debe lograr a fin de tener el derecho a la vida.
Los requisitos para ser humano varían, pero generalmente incluyen la
posesión de conciencia propia como una condición necesaria para ser una
"persona" con pleno estatus moral (por ejemplo, para tener el derecho a
no ser asesinado). Por supuesto, ningún ser humano nace con conciencia
de su existencia, y muchos de nosotros podemos perder nuestra conciencia
propia, temporariamente o en forma permanente, debido a heridas,
enfermedad o edad. Por lo tanto, aquí convergen la filosofía darwiniana
y la de algunos pensadores cristianos actuales, el "individualismo
moral" se encuentra con "la calidad de ser persona inmediata".
El individualismo moral (o la ética de la "calidad de ser persona") y la
Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas son
galaxias en colisión; son totalmente incompatibles. La galaxia
representada por la Declaración de las NÚ está fundada en la tradición
moral judeocristiana, una tradición que se remonta a miles de años. La
galaxia del "individualismo moral" pretende estar fundada en la razón
humana, y se expresa en declaraciones que comienzan con: "Yo
sostengo...". "Yo veo...", o "Yo planteo...". El "individualismo moral"
y sus clones proponen que tanto los humanos como los no humanos han de
ser juzgados por los mismos criterios relativistas. En este universo
moral, los seres humanos han perdido su derecho inalienable a la vida,
algo que los cristianos han mantenido siempre, porque "creó Dios al
hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó".
Derribados del pedestal
Derribar a los humanos del pedestal de la dignidad sobre el cual la
Biblia los había colocado tiene implicaciones para todos, no sólo para
los pacientes terminales en estado comatoso, los recién nacidos con
deficiencias, los viejos y los débiles, y otros que no son "como
nosotros". Bajo la ética del "individualismo moral", no hay principios
que impidan que una raza clasifique a otras razas como menos que
plenamente humanas, y las esclavice y las mate. No hay principio que
pida cuentas a quienes procuran rebajar a otros al estatus de "no
personas". No hay principios que condenen a los padres que usan las
pruebas prenatales para determinar el sexo del niño no nacido y luego
abortar a quienes sean del sexo femenino. No hay principios que detengan
a la sociedad de decidir que el estatus plenamente humano se alcanza
recién a los 3 ó 4 años de edad, y de establecer centros para la
eliminación de las "no personas" que no se desean. No hay principios que
impidan la clonación de un individuo (muy rico), o el uso de seres
humanos que resulten como un depósito de órganos de repuesto. Podemos
espantarnos con estas sugerencias, pero la verdad desnuda es que cuando
abandonamos el imperativo bíblico de que la vida humana inocente es
sagrada y no debe ser tocada, todos corremos riesgos, porque cuando los
fuertes toman el poder, "el poder justifica los actos".
Cuando los moralistas cristianos llegan a las mismas conclusiones que
los darwinistas acerca de nuestras obligaciones para con nuestros
prójimos humanos, es tiempo de ponerse a pensar seriamente. Dios nos
creó, y él sabe el mal que somos capaces hacer. Por esta razón, él nos
instruyó para tratar a todos los humanos como dignos de recibir igual
dignidad y respeto. Ni el "individualismo moral" ni la ética de la
"calidad de ser persona" es compatible con la interpretación tradicional
de las Escrituras, y esto debería ser razón suficiente para que la gente
de fe los rechace directamente. Pero, además, para aquellos cuya fe es
débil, en la historia encontramos muchas demostraciones de que antes de
cada matanza ha habido una división de la población humana entre
"nuestro grupo" (protegido) y "aquellos otros" (no protegidos) que hacen
que sea permisible matarlos. La mayoría de los moralistas relativistas
actuales no piensan en esto. Sencillamente están tratando de crear una
base no dogmática, sino racionalista, para la conducta que consideran
adecuada. Este esfuerzo ha sido probado antes e invariablemente con
consecuencias trágicas.
Yo creo que James Rachels tiene éxito en su argumentación: uno no puede
ser darwinista y sostener lógicamente el punto de vista de que la vida
humana es sagrada. La pregunta más inmediata para "el pueblo del libro"
parece ser aún más relevante: ¿Puede uno sostener que la vida humana no
es sagrada, y todavía ser cristiano?
Eari Aagaard
(Ph.D., Colorado State University) es profesor de biología en el Colegio
Unión del Pacífico. Su dirección postal es: 3 College Ave., Angwin, CA
94508, E.U.A. Email: eaagaard@puc.edu. Para ensayos sobre este tema
publicados con anterioridad en esta revista, ver David Ekkens: "Humanos
y animales: ¿Son iguales?",
Diálogo
6:3 (1994), pp. 5-8, y James Walters: "¿Es Koko una persona?",
Diálogo
9:2 (1997), pp. 15-17, 34.
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