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Tú sales a caminar y ves un palo
apoyado contra un árbol. Observas el palo y luego el árbol. A partir de
tu observación, ¿puedes llegar a la conclusión de que estás ante una
evidencia de alguna actividad inteligente? Tal vez no. A menudo las
ramas se quiebran y a veces caen apoyándose contra el árbol. Tal evento
no requiere ninguna explicación especial. Por supuesto, una persona
pudo
haber colocado el palo contra el árbol con un propósito, pero no es
necesario usar esa explicación si hay otra más “natural”.
Pero suponte que encuentras tres varas apoyadas entre sí de tal manera
que si sacaras cualquiera de ellas las otras dos se caerían al suelo.
Tal “trípode” no podría ser el resultado de una acumulación gradual de
varas: las tres deben haber sido colocadas simultáneamente. ¿Es
razonable suponer que esto ocurrió al azar? La probabilidad de que tal
acontecimiento suceda por sí mismo es ridículamente baja. Una persona
inteligente debe haber arreglado las varas con algún propósito que puede
ser evidente o no.
La clave para comprender un diseño
¿Qué distingue el diseño inteligente
del “trípode” del de la vara apoyada contra el árbol? Tal vez dos
características: la complejidad y la interdependencia funcional. La
complejidad del “trípode” está representada por sus tres partes. Su
interdependencia funcional se advierte en el hecho de que no se puede
quitar ninguna de ellas sin destruir el trípode. La mejor interpretación
de una estructura que está compuesta de tres o más elementos que deben
ponerse en relación simultánea es que es el resultado de un plan
inteligente. Aunque siempre puede argumentarse que esa estructura
pudo
haberse originado por casualidad, tal interpretación exigiría forzar la
credulidad de la mayoría de las personas.
¿Puede un argumento tal extenderse en forma razonable a la naturaleza?
Si es así, ¿vemos en ella evidencias de un diseño inteligente?
El argumento del diseño
Durante muchos siglos la idea de que la naturaleza es el resultado de un
diseño inteligente se aceptó sin vacilación o controversia. Las
Escrituras afirman que se puede ver a Dios en la naturaleza. Como
ejemplo, escucha al salmista: “¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán glorioso
es tu nombre en toda la tierra!... Cuando veo tus cielos, obra de tus
dedos... digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?” (Sal.
8:1, 3, 4). Pablo lo presenta con mucha fuerza en Romanos 1:19, 20,
donde argumenta que la evidencia de Dios en la naturaleza es tan clara
que ninguno tiene excusas para negar su existencia, poder y soberanía.
Para muchos autores, las evidencias de un diseño en la naturaleza
apuntan al Dios creador de la Biblia. William Paley es un ejemplo de
esto.
Paley y el argumento de la invención.
Paley sostenía1
que la naturaleza está repleta de rasgos que muestran evidencias de
diseño. El las llamaba “invenciones”, y las comparaba con los
dispositivos o máquinas de manufactura humana. El argumento de Paley
puede exponerse así: La existencia en los organismos vivientes de rasgos
que funcionan como los dispositivos mecánicos para alcanzar algún
propósito, son evidencias de que fueron creados por un Diseñador.
La ilustración más famosa de Paley es la de un reloj. Suponte que nunca
antes has visto un reloj, y que encuentras uno. ¿No sería obvio pensar
que el reloj fue diseñado y construido con un propósito, aun cuando no
supieras cuál es? De la misma manera muchas características de los
organismos vivientes funcionan como máquinas. Si reconocemos las
actividades de un diseñador cuando observamos dispositivos mecánicos,
también podemos admitir que existe un diseñador cuando observamos rasgos
similares en los organismos vivientes. De acuerdo con Paley, la
naturaleza exhibe las propiedades de un diseño, lo que nos lleva a
reconocer al Dios de la naturaleza.
Charles Darwin y el argumento contra el diseño.
Carlos Darwin se opuso a Paley desde el principio. Darwin admitía que
aun cuando le “encantaban” los argumentos de Paley, él no podía echarle
la culpa a Dios por diseñar todo el mal que hay en la naturaleza.2
Darwin sugería que Dios estaba tan alejado de la naturaleza que no
intervenía ni era responsable por el estado de ella. En efecto, Darwin
sostenía que la naturaleza no fue diseñada y por lo tanto no podía
señalar a un diseñador. El sugería que los procesos naturales por sí
solos eran suficientes para explicar todas las características de
adaptación de los organismos vivientes, mediante el proceso de la
selección natural. Aparentemente, Darwin prefería tener a un Dios bueno
a la distancia, que cerca de nosotros y malo. Probablemente, la mayoría
de nosotros estaríamos de acuerdo. Pero, ¿era válido el argumento de la
selección natural de Darwin?
Darwin mismo identificó un método por
el cual se podría refutar su teoría. En el capítulo 6 de su libro
Del
origen de las Especies,3
afirmó: “Si se pudiera demostrar la existencia de cualquier órgano
complejo, que no pudiera haberse formado por numerosas modificaciones
sucesivas y pequeñas, mi teoría se desmoronaría totalmente”.
Darwin afirmó que él no pudo encontrar ningún caso de ese tipo, aunque
otros afirmaron lo contrario.
Argumentos en favor del diseño
Claramente, el argumento
a
partir del diseño no es
válido si la naturaleza no fue diseñada. Darwin modificó el enfoque del
debate al discutir si la naturaleza realmente fue diseñada. De este
modo, nuestro interés se concentra en el argumento
en
favor del diseño.
El argumento de la “complejidad irreductible”.
El profesor Michael Behe, de la Universidad Leigh, en Pennsylvania,
Estados Unidos, es uno de los líderes actuales a favor del diseño.4
El basa su argumento en lo que llama “complejidad irreductible”. Como
ilustración, usa una trampa común para ratones, compuesta por una
plataforma, un gancho para el cebo, una palanca, una “guillotina”, un
resorte y algunas grapas. Las partes de la trampa operan juntas para
realizar una función: cazar ratones. Digamos que la trampa representa un
órgano que ha evolucionado de una estructura antepasada más sencilla.
¿Qué aspecto tendría esa estructura ancestral y qué función tendría?
¿Cómo podría simplificarse una trampa para ratones y, sin embargo,
retener su función? Imaginemos que quitamos cualquiera de los
componentes de la trampa; la estructura resultante no tendría ninguna
función. La trampa para cazar ratones es de una complejidad irreductible.
Si se pudiera encontrar algún ejemplo semejante entre los organismos
vivientes, la teoría de Darwin se “desmoronaría completamente”. De
acuerdo con Behe, los cilios son un ejemplo tal.
Un cilio es una estructura parecida a un cabello que se mece en un medio
fluido y provee un método para impulsar hacia adentro ciertos organismos
unicelulares. Los cilios también están presentes en nuestro aparato
respiratorio y sus movimientos ayudan a eliminar partículas de los
pulmones. Se requieren por lo menos tres partes para un movimiento
activo: una parte que se mueve, un enlace con una fuente de energía y un
“ancla” para controlar la parte móvil. En el caso de un cilio, la parte
movible está compuesta de moléculas de tubulina; la energía es
suministrada mediante las actividades de las moléculas de dineína; y las
partes del cilio están unidas entre sí por moléculas de nexina. Si
faltara cualquiera de ellas, el cilio no tendría ninguna función. De ese
modo, el cilio parece ser un complejo irreductible.
Como se puede esperar, los que están filosóficamente comprometidos con
el evolucionismo rehúsan aceptar el argumento de la complejidad
irreductible. Sin embargo, este rechazo tiene una base filosófica, no
empírica, como lo demuestra la total ausencia de demostraciones en las
afirmaciones evolucionistas.
El argumento de la improbabilidad.
Algunas circunstancias parecen tan inesperadas que uno sospecha que debe
haber intervenido algo más que el azar. La mayoría de los hombres de
ciencia están dispuestos a atribuir al azar un resultado si se puede
esperar que ocurra cinco veces en cien pruebas. Algunos hombres de
ciencia disminuyen todavía esta probabilidad a una en mil, dependiendo
de la naturaleza del evento. Pero hay límites a lo que uno podría
aceptar razonablemente como resultado del azar. Si la probabilidad de un
evento es excesivamente baja, es razonable suponer que no ocurrió como
resultado del azar. Si el acontecimiento también parece tener un
propósito, es razonable suponer que el evento fue guiado por una mente
inteligente.
Darwin admitió que “se estremecía” cuando pensaba en el problema de la
evolución del ojo humano. Trató de explicar la evolución del ojo
señalando una variedad de ojos menos complejos en otros animales, y
sugiriendo que ellos podrían representar etapas a través de las cuales
pudo desarrollarse un ojo más complejo. Sin embargo, no es claro si
logró convencerse a sí mismo. La evolución del ojo demandaría una
complicada serie de eventos improbables, de modo que la mayoría de la
gente consideraría muy poco probable que pudiera ocurrir sin un
diseñador.5
El argumento del misterio
Muchos argumentos en favor del diseño se basaron en la falta de
comprensión de algún proceso particular. Antes de que se entendiera el
mecanismo de la circulación de la sangre, uno podría haberse sentido
tentado a sostener que la circulación de la sangre era un misterio
incomprensible, y esto en sí mismo era evidencia de la operación de un
intelecto superior. Cuando se descubrió el mecanismo de la circulación
surgieron problemas, ya que al parecer, no hacía falta Dios. Ejemplos
similares condujeron a considerar con sospecha cualquier tipo de
argumento en favor del diseño. Tales “argumentos del misterio” contienen
dos rasgos: la ignorancia del mecanismo de un fenómeno específico y la
aseveración de que el fenómeno es un misterio que rebasa nuestra
comprensión. De aquí surge el argumento del “dios de las brechas”.
El argumento de la complejidad irreductible debiera ponerse en contraste
con el argumento del misterio. El primero está basado en dos
características fundamentales: el sistema debe tener una función
identificada, y los componentes del sistema deben ser conocidos e
identificados, lo cual lo clasifica como un argumento que parte del
conocimiento y que es completamente diferente del argumento del
misterio.
Ejemplos de diseño en la naturaleza
Se pueden describir muchos ejemplos de diseño en la naturaleza, pero
notaremos aquí sólo unos pocos.
La existencia del universo.6
La existencia del universo depende de una combinación precisa de
constantes físicas delicadamente equilibradas. Si cualquiera de ellas
fuera diferente, el universo no podría existir. Por ejemplo, si la
fuerza electromagnética fuera ligeramente superior, los núcleos atómicos
no existirían. Otras constantes físicas incluyen el valor de la
constante gravitacional y las fuerzas nucleares fuertes y débiles.
La adecuación de las condiciones para sostener la vida sobre la tierra.7
La tierra difiere de otros planetas por las condiciones que permiten que
la vida exista en ella. Si faltara cualquiera de ellas, la vida, como la
conocemos, no existiría sobre la tierra. Por ejemplo, la composición
atmosférica es única entre los planetas de nuestro sistema solar.
La existencia de la vida.
La vida requiere proteínas y ácidos nucleicos. Ninguno de estos
materiales se encuentra donde no hay vida. Ambos deben estar presentes a
fin de que pueda existir la vida. Por ejemplo, la producción de proteína
requiere la presencia tanto de enzimas proteicas como de ácidos
nucleicos.
Ciertos grupos de organismos poseen genes peculiares.
Los diversos grupos de organismos tienen genes diferentes, que no se
encuentran en otros grupos. Los genes nuevos requieren informaciones
nuevas, pero parece muy poco probable que se puedan generar por sí solas
informaciones nuevas mediante procesos aleatorios, aun si se comenzara
con una copia extra de un gene. Se necesitan estudios adicionales para
ayudar a clarificar este punto.
La mente humana.
La mente humana aparece como sumamente compleja, muy por encima de lo
que se necesitaría para la selección natural. El mecanismo para ciertos
tipos de actividades mentales parece estar más allá de nuestra
comprensión. Por ejemplo, la ciencia no tiene ninguna buena explicación
para la conciencia de sí mismo, o para la capacidad para el lenguaje y
el pensamiento abstracto.
Otros ejemplos de diseño incluyen la existencia del código genético, el
proceso de la producción de proteínas en las células vivientes, el
proceso de la producción de ácido nucleico en las células, los sentidos,
la regulación de los genes, los complejos procesos químicos de la
fotosíntesis y el sexo, entre otros. Aunque se han hecho algunas
conjeturas acerca de cómo pudieron surgir estas características sin un
diseño inteligente, los procesos propuestos parecen tan improbables que
el diseño inteligente pareciera ser el más plausible para muchos
eruditos.
Argumentos contrarios al diseño
Se han levantado varias objeciones contra el argumento del diseño.
Consideremos brevemente cuatro tipos:
Pseudo diseño.8
Se pueden establecer pautas como resultado de procesos naturales, sin
necesidad de invocar a un diseñador inteligente. Por ejemplo, un copo de
nieve tiene una estructura muy intrincada, pero nadie sugiere que Dios
intervino especialmente para crear esos diseños. Más bien, la pauta
puede ser explicada en términos de procesos físicos y propiedades
moleculares. Los sistemas complejos, no lineales, exhiben con frecuencia
propiedades inesperadas que “emergen” naturalmente sin ningún elemento
de inteligencia. Sin embargo, la complejidad de las condiciones
iniciales requeridas, tales como la existencia necesaria de una
computadora, parecen dependientes de un diseñador.
La selección natural puede considerarse como un tipo de argumento de
pseudo diseño. Si los organismos pueden ser modificados por procesos
naturales para adecuarse a su ambiente, no hay necesidad de sugerir que
Dios intervino especialmente para diseñarlos. Una debilidad seria de
este argumento es que presupone la existencia de la estructura que debe
ser modificada. Los avances recientes en la biología molecular han
revelado la existencia de niveles de complejidad interdependientes muy
por encima de las expectativas de quienes desarrollaron la teoría de la
evolución. El problema de los orígenes de las estructuras biológicas
parece proveer un poderoso argumento en favor del diseño.
Diseño defectuoso.9
Muchos rasgos de la naturaleza parecen tener fallas. Hay quienes
sostienen que un creador inteligente habría hecho un trabajo mejor al
diseñar la naturaleza. Algunos ejemplos de supuestos diseños defectuosos
incluyen el “pulgar” del panda gigante y la disposición estructural de
la retina de los ojos de los vertebrados. Sin embargo, nadie ha
demostrado que estas estructuras no funcionan bien, eliminando así la
base del argumento. Además, las imperfecciones pueden esperarse en un
mundo que, si bien fue diseñado por Dios, ha sido arruinado por Satanás.
Diseño superimpuesto.10
A los humanos les gusta organizar las observaciones en esquemas, los
cuales pueden ser artificiales. Un ejemplo sería ver formas familiares
en las nubes: no hay nada real que requiera una explicación, excepto de,
tal vez, preguntarse por qué la gente lo hace. La mayoría de los hombres
de ciencia rechazan este argumento, ya que la práctica de la ciencia
depende de la existencia de esquemas reales que deben ser explicados.
Todos los observadores están de acuerdo en que la naturaleza, por lo
menos, parece haber sido diseñada.
Diseño malo.11
Muchos rasgos de los organismos parecen “diseñados” para matar o para
producir dolor o enfermedades. El parásito de la malaria es un ejemplo.
No parece correcto echarle la culpa a Dios por el diseño de las causas
de la enfermedad y la muerte. Por otro lado, si Dios no diseñó las cosas
“malas” de la naturaleza, ¿por qué alegar que diseñó las cosas “buenas”
de la misma? La presencia del mal en la naturaleza no refuta el
argumento en favor del diseño, aunque puede originar preguntas acerca de
la naturaleza o el carácter del diseñador. La explicación bíblica es que
este mundo es el campo de batalla entre dos diseñadores: un Creador y un
corruptor. El resultado es que la naturaleza envía señales confusas;
están presentes en ella tanto el bien como el mal.12
Conclusión
El “argumento del diseño” fue generalmente ignorado en el siglo que
siguió a Darwin, en parte porque el conocimiento de los sistemas
vivientes era tan incompleto que las brechas sólo podían llenarse con la
imaginación. A medida que aumentaba el conocimiento biológico, ha
resurgido el argumento del diseño y se expresa en formas más
sofisticadas, tales como el argumento de la “complejidad irreductible”.
La existencia de ciertas características que no podrían sobrevivir en
etapas intermedias es evidencia de un Diseñador. También lo es el de un
Dios Diseñador que creó, por medio de su intervención especial, la
creación, y no mediante un proceso continuo como lo señala la evolución.
El argumento de la complejidad irreductible es un argumento que apoya
una creación intervencionista y discontinua.
De acuerdo con Pablo en su carta a los Romanos, la naturaleza ha sido
claramente diseñada, pero no todos están listos para reconocer al
Diseñador. La naturaleza puede ser adecuadamente comprendida sólo a la
luz de la revelación especial de Dios en las Escrituras. Guiados por la
Biblia, podemos unirnos con el salmista en alabanza al Creador: “Los
cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus
manos... Por toda la tierra salió su voz, y hasta el extremo del mundo
sus palabras” (Sal. 19:1,4).
L. James Gibson
(Ph.D., Loma Linda University) es el director del Geoscience Research
Institute. Su dirección: Loma Linda University, Loma Linda, California.
92350, E U.A. E-mail:
jgibson@accmail.llu.edu.
Notas y Referencias:
1. W. Paley, Natural Theology (Houston: St. Thomas Books, 1972.
Reimpresión de la ed. de 1802.) El argumento de Paley ha sido analizado
recientemente por J. T. Baldwin: “God and the World: William Paley’s
Argument From Perfection Tradition: A Continuing Influence”, Harvard
Theological Review, 1985, pp. 109-120.
2. Ver N. C. Gillespie, Charles Darwin and the Problem of Creation (University
of Chicago Press, 1979), capítulo 7. Por ejemplo, Darwin afirmó que él
no podía creer en un Dios que hizo gatos para jugar con los ratones, o
que diseñó pequeñas avispas parásitas para que devoraran las entrañas de
las orugas.
3. Charles Darwin, The Origins of Species, 6ta. ed. (Nueva York: Penguin
Books, 1958).
4. M. J. Behe, Darwin’s Black Box (Nueva York: The Free Press, 1996).
5. Para un análisis reciente de la evolución del ojo y el diseño, ver D.
E. Nilsson y S. Pelger: “A Pessimistic Estimate of the Time Required for
and Eye to Evolve”, Proceedings, Royal Society of London, 1994, B
256:53-58. Una respuesta a esta presentación es la de J. T. Baldwin:
“The Argument From Sufficient Initial System Organization as a
Continuing Challenge to the Darwinian Rate and Method of Transitional
Evolution”, Christian Scholar’s Review 24 (1995), pp. 423-443.
6. Para un análisis adicional de este punto, ver J. D. Barrow y F. J.
Tiples, The Anthropic Cosmological Principle (Nueva York: Oxford
University Press, 1986).
7. Para un comentario a nivel popular del tema, desde un punto de vista
no cristiano y algo místico, ver J. E. Lovelock, Gaia: A New Look at
Life on Earth (Nueva York: Oxford University Press, 1987); para una
discusión más convencional, ver R. E. D. Clark: The Universe: Plan or
Accident? (Filadelfia: Muhlenberg Press, 1961).
8. Para un argumento extremo de este tipo, ver R. Deaconess: The Blind
Watchmaker (Nueva York: Norton and Co., 1986). Otros ejemplos incluyen
el argumento de la complejidad emergente, tal como S. Kauffman: The
Origin of Order (Nueva York: Oxford University Press, 1993). Una
evaluación del libro de Kauffman, aparece en J. Horgan: “From Complexity
to Perplexity”, Scientific American 272:6 (1995), pp. 104-109.
9. Un ejemplo de este argumento aparece en S. J. Gould: The Panda’s
Thumb (NuevaYork: Norton and Co., 1980).
10. Una presentación clásica de este argumento es D. Hume: Dialogues
Concerning Natural Religion (1799), (Nueva York: Penguin Books, 1990).
11. Por ejemplo, ver D. L. Hull: “The God of the Galapagos”, Nature 352
(1991), pp. 485-486. Ver también el capítulo 8 en P. J. Bowler:
Evolution: The History of an Idea (Berkeley: University of California
Press, 1984).
12. Para un enfoque bíblico de este problema, ver John T. Baldwin:
“Dios, el gorrión y la boa esmeralda”, College and University Dialogue
8:3 (1996), pp. 5-8. —La Redacción.
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