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¿Pueden los adventistas creer en la evolución teísta y al mismo tiempo
proclamar el mensaje de Apocalipsis 14:6-12?
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1)* La
doctrina de la creación ocupa un importante lugar en el mensaje y en la
misión de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Hay dos motivos para
ello. Primero, los adventistas creen en una creación absoluta; segundo,
sienten el compromiso de proclamar el mensaje de los tres ángeles de
Apocalipsis 14.
La filosofía adventista de los orígenes afirma que Dios creó el mundo en
siete días. Los adventistas no le dan cabida a la evolución en su credo,
ni a la teoría naturalista, ni a la teísta. No solamente aceptan que Dios
es el Creador, sino también creen que él tomó la forma humana para llegar
a ser nuestro Redentor, como dice Juan: “En el principio ya existía el
Verbo... Todas las cosas fueron hechas por él. Y nada de cuanto existe fue
hecho sin él” (Juan 1:1-3, 14).
Por esa razón, al proclamar el Evangelio, los adventistas enfatizan tanto
la creación como la redención. Este énfasis es predominante en su
fidelidad al evangelio eterno de Apocalipsis 14, donde se nos da la
siguiente descripción: “Entonces vi a otro ángel que volaba por el cielo,
con el evangelio eterno para predicarlo a los que habitan en la tierra...
Decía a gran voz: “Adorad al que
hizo el cielo y la tierra... el mar y las fuentes de las aguas”
(Apocalipsis 14:6,7, cursivas suplida). En este mensaje para los últimos
días, el evangelio eterno hace un llamado para adorar al Creador. En este
contexto, es clara la razón por la cual los adventistas no pueden aceptar
ninguna explicación evolucionista para el origen del universo.
El origen desde el punto de vista de la evolución
La evolución explica el origen de la vida de una forma; el Génesis, de
otra. La evolución enseña que la vida se originó y se desarrolló por sí
misma durante períodos de tiempo muy largos. El Génesis enseña que la
creación tuvo lugar en seis días1.
El concepto del origen de la vida al azar, o el desarrollo de la vida al
azar, o ambos, o cualquier combinación de ellos, se opone al mensaje de
los tres ángeles. Consideremos cómo explican las tres ramas de la
evolución el origen de la vida.
Primero,
la evolución naturalista (o atea) presupone que toda realidad existente,
desde las formas de vida más simples hasta las más complejas, desde la
partícula viva más elemental hasta la vida humana, se generó simplemente
con una combinación de átomos, movimiento, tiempo, y el azar.
Segundo,
la evolución deísta considera a Dios como el iniciador del proceso
evolutivo. El produjo la primera materia viviente y él programó el proceso
al fecundar la materia con las leyes que la regulan en su desarrollo
subsiguiente. Luego, Dios se abstuvo de toda participación activa,
convirtiéndose en una especie de “Creador emérito”2.
Tercero,
la evolución teísta va más allá de la versión deísta al reservarle a Dios
el derecho de intervenir en el desarrollo del proceso evolutivo. Debido a
esta característica y a su pretensión de armonizar satisfactoriamente el
relato bíblico de la creación con la ciencia moderna, la evolución teísta
es el modelo dominante entre los eruditos evangélicos contemporáneos. Por
lo tanto se merece una consideración mayor.
La evolución teísta
La evolución teísta presupone que “todos los procesos materiales están
gobernados y dirigidos divinamente; [y que] los procesos evolutivos no son
la excepción”3.
La evolución no es un fin en sí misma; es sólo el medio a través del cual
Dios trae a la existencia toda forma de vida en el universo. Es el “modus
operandi”4
de Dios. Es la “continua expresión de la estrategia de Dios” para el
desarrollo de su creación5
o el método por el cual Dios actúa en el mundo6
por medio de una creación
continua.
En el esfuerzo por lograr una armonización satisfactoria entre las
enseñanzas de la Biblia acerca del origen de la vida y las enseñanzas de
la ciencia, particularmente en lo que se refiere a los largos períodos de
tiempo que requieren todas las ramas de la evolución, se han propuesto
varias teorías. Entre ellas se incluye la teoría de la reconstitución o de
la brecha
7,
la teoría de la equivalencia entre un día y una era o la teoría de la
edades geológicas8,
la teoría artística o literaria9,
y la teoría de las genealogías condensadas10.
La evolución, en cualquiera de estas formas, socava la validez del meollo
del mensaje de los tres ángeles, las buenas nuevas del evangelio. Dichas
nuevas son buenas sólo porque la situación de aquéllos a quienes se las
envían es desesperada. A los pecadores les ofrece el perdón; a los que
están bajo condenación les provee la salvación. Pero en el proceso
evolutivo no hay caída, no hay pecado; solamente un progreso continuo. Los
rasgos animales presentes en los seres humanos pueden ser vencidos por
medio de la educación y la cultura. Por lo tanto, no hay necesidad de un
salvador. Inclusive la singularidad de Jesús puede explicarse desde el
punto de vista evolutivo. El profesor Ernan McMullin, de la Universidad de
Notre Dame, escribe: “Cuando Cristo tomó la forma humana, el ADN que lo
convirtió en hijo de María, pudo haberlo conectado con una herencia más
antigua, la cual se extendía mucho más allá de Adán, hasta las
superficiales aguas de mares de una antigüedad inimaginable”11.
Si esto es cierto con relación a la primera venida de Cristo, no podemos
esperar que nuestra esperanza con respecto a su segunda venida pueda
alguna vez convertirse en realidad.
Sin embargo, la segunda venida con su juicio es el punto focal de
Apocalipsis 14, el cual añade una nueva dimensión al exaltamiento que el
Antiguo Testamento hace de Dios como el Creador. De allí que la creación y
el juicio constituyen el motivo escatológico del mensaje de los tres
ángeles. Si el mundo no glorifica a Dios por lo primero, tendrá que
temerle por lo segundo. Este patrón es evidente en las tres proclamaciones
angélicas. El primer ángel exalta al Creador; el segundo llama la atención
sobre el falso sistema que niega a Dios; el tercero se refiere al juicio
venidero. Los redimidos adorarán a Dios por su amor al crear; los impíos
temblarán debido a sus juicios justos.
La creación y el juicio
El juicio no es sólo una enseñanza del Apocalipsis; por el contrario, se
extiende junto al concepto de la creación por toda la Biblia. La
contaminación de la creación original acarreó el primer juicio universal
divino, el diluvio. Los juicios finales de Dios sobre este Planeta son
enviados para “destruir a los que destruyen la tierra” (Apocalipsis
11:18), con el propósito de revertir lo que sucedió durante la caída y
crear un cielo y una tierra nuevos.
El apóstol Pedro se refiere con palabras muy fuertes a este tema de la
creación y del juicio. Los que se burlan de la intervención de Dios en la
historia de la humanidad: “intencionalmente ignoran que en el tiempo
antiguo, los cielos fueron hechos por la Palabra de Dios, y la tierra
surgió del agua y fue establecida entre aguas. Por eso el mundo de
entonces pereció anegado en agua, y los cielos y la tierra de ahora son
conservados por la misma Palabra, guardados para el fuego del día del
juicio, y de la destrucción de los hombres impíos” (2 Pedro 3:5-7).
El punto de vista de Pedro es simple. La historia siempre ha tenido sus
escépticos. En los tiempos antiguos estaban los que “deliberadamente”
olvidaron que Dios creó la tierra y que llevó a cabo su juicio sobre la
maldad por medio de un diluvio universal. De manera similar, en el fin de
la historia prevalecerá el escepticismo respecto a Dios como Creador y
Juez. En nuestros días, una fuente mayor de este escepticismo es la teoría
de la evolución. Efectivamente, es parte del “vino del furor” (Apocalipsis
14:8) de Babilonia con el cual el mundo está embriagado.
Creación y evolución: el debate actual.
Actualmente, como parte del renovado interés en la relación entre la
ciencia y la fe cristiana, se lleva a cabo el debate entre el creacionismo
y el evolucionismo. Esto se hace evidente en la formación de nuevas
organizaciones, tales como la Fundación John Templeton con su Centro de
Información de la Teología de la Humildad (Ipswich, Massachusetts),
establecido en 1993. Este centro, cuyos miembros fundadores incluyen las
más renombradas autoridades del mundo en materia de ciencia y religión,
sostiene que la teología es incapaz de lograr una comprensión clara de los
misterios del universo (de ahí el nombre de “teología de la humildad”) y
por ello necesita dirigirse hacia la ciencia para encontrar respuestas.
Otra organización, más antigua, es el Centro para la Religión y la
Ciencia, en el cual tanto los científicos como los teólogos juntos están
dedicados a la evolución sin renunciar a su fe en Dios. Basado en la
Escuela de Teología Luterana, el centro publica la revista
Zygon, que sostiene la
evolución teísta.
Otra publicación periódica dedicada casi exclusivamente a promover la
evolución teísta es el
Journal of
the American Scientific Affiliation. Dicha afiliación, con
sede en Ipswich, Massachusetts, cuenta con más de 1.000 miembros
doctorados. Aunque fue inicialmente organizada con el propósito de
promover el creacionismo, la afiliación ha experimentado una “evolución”
en su propio seno hasta convertirse en una promotora de la evolución
teísta.
En el nivel individual, podemos percibir un cambio significativo en el
estado actual del debate sobre la creación-evolución; desde una posición
de completa negación a una admisión pública de respeto por una creación
especial como una alternativa viable para explicar el origen de la vida.
Pero esto no significa en ninguna manera que el debate haya concluido.
Entre los personajes que están en el centro de la atención en Norteamérica
se destacan Howard Van Till (Calvin College), Ernan MacMullin y Alvin
Plantinga (ambos de la Universidad de Notre Dame), Philip Johnson
(Universidad de California) y William Hasker (Huntington College). Se
podría decir que Van Till, MacMullin y Hasker están en una esquina del
cuadrilátero, mientras que Plantinga y Johnson están en la otra.
El primer grupo argumenta en favor de la macroevolución; el segundo señala
la ineficiencia de la selección natural y defiende la viabilidad de la
intervención divina especial para explicar la complejidad de la vida sobre
el planeta. El segundo grupo no aboga por una creación
ex nihilo (de la nada) con
una cronología corta. Esta opción ha sido rechazada hace mucho tiempo, y
se tacha a los que la defienden de extremistas y fundamentalistas.
Plantinga y Johnson argumentan más bien en favor de que se le permita a
Dios interactuar con el mundo natural.
De esta manera, la tendencia actual es doble: en primer lugar, favorece la
creación progresiva para la cual se requiere la intervención divina, no
solamente para explicar las formas de vida originales, sino también para
introducir los primeros individuos de los grupos mayores de vida en una
creación que se desarrolla constantemente; y en segundo lugar, con el
objeto de moverse en dirección de una evolución de carácter deísta,
preservando lo que Van Till llama “la integridad de la naturaleza”. Esto
significa que Dios creó un universo en el cual su propósito para todas las
criaturas con excepción de los humanos, sería logrado exclusivamente en
forma natural12.
Un ejemplo de la seriedad del debate es el hecho de que Plantinga y
McMullin, colegas que enseñan en la misma universidad (Notre Dame) ocupan
posiciones opuestas, por lo cual están constantemente escribiéndose y
respondiéndose mutuamente. Mientras que Plantinga argumenta en favor de
una creación especial13,
MacMullin cree que no hay posibilidades que favorezcan tal creación.
Algunas de las voces más audibles en favor de una creación reciente,
ex nihilo son las que se
escuchan en las publicaciones y producciones audiovisuales del Institute
for Creation Research (ICR), con sede en San Diego, California. Su
posición, conocida como “creacionismo científico”, está bajo el constante
ataque por parte de sus oponentes.
El Geoscience Research Institute (GRI), de la Iglesia Adventista, se
dedica en forma similar al creacionismo, aunque difiere en algunas de sus
posiciones con respecto al ICR. El GRI publica sus investigaciones y
resultados en la respetada publicación
Origins.
Pero estas organizaciones, en la mayoría de los casos, son voces aisladas
que claman en el desierto, a las cuales la comunidad de eruditos y los
cerebros de vanguardia que favorecen la evolución no les prestan mucha
atención. Algunas publicaciones recientes provenientes de Europa indican
que la Iglesia Católica Romana, la cual oficialmente apoya la evolución
teísta, está desempeñando un papel importante en lo que concierne a la
proyección mundial del debate actual.
La Iglesia Católica parece reconocer en las ciencias naturales y
biológicas nuevas manifestaciones de la unidad de la naturaleza y urge a
sus miembros y a otras iglesias a que acepten estas tendencias. Es, pues,
sobre la base de estas nuevas tendencias, más que sobre la teología, que
el Papa Juan Pablo II hace la siguiente apelación: “Como nunca antes en su
historia, la iglesia ha entrado en el movimiento por la unión de todos los
cristianos, favoreciendo el estudio, la oración y las deliberaciones en
común a fin de que ‘todos sean uno’(se cita Juan 17:20)”. Incluso los
eruditos evangélicos apoyan los pronunciamientos papales en este sentido.
Implicaciones importantes
¿Qué implicaciones les acarrean estas tendencias hacia una evolución
teísta a los adventistas? En primer lugar, al negar una creación en seis
días, la evolución elimina la base para la adoración en sábado, preparando
el escenario para el reconocimiento mundial de la santidad del domingo, lo
cual es una parte de las enseñanzas adventistas acerca de los eventos de
los últimos días.
En segundo lugar, si la autoridad de la Biblia con respecto al origen
puede ser puesta de lado en una forma tan sencilla, ¿por qué no hacer lo
mismo con respecto a la autoridad de su ley moral y sus demandas respecto
a la vida humana y las formas de vida? En un futuro libre de la autoridad
bíblica, las nociones de la voluntad humana, el bien, y el propósito,
apoyados por la ciencia y el humanismo, muy probablemente ejercerán su
dominio sobre muchos aspectos de la vida, incluyendo la adoración. Como ha
observado Langdon Gilkey: “El cambio más importante en el entendimiento de
las verdades religiosas en los últimos siglos —un cambio que aún hoy
domina nuestro pensamiento— ha sido causado más por obra de la ciencia que
por ningún otro factor, sea éste religioso o cultural”16.
En tercer lugar, en vista del insidioso y violento ataque de la evolución
al evangelio eterno, el desafío para los adventistas es obvio: una
renovada dedicación a la adoración y a la proclamación de “aquel que hizo
el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas” (Apocalipsis
14:7).
En cuarto lugar, la teología no puede florecer más en el aislamiento. No
puede evitarse la interacción de la teología con la ciencia. En el
contexto de la misión global de la iglesia, tenemos que buscar medios más
actualizados de acercamiento a los influidos por el método científico y
por el dogma evolutivo. La comunidad adventista, incluyendo a los
académicos, los profesionales y los administradores, no puede darse el
lujo de ignorar los problemas relacionados con la teología y la ciencia,
sino que debe fomentar una mayor apertura en favor de un intercambio
interdisciplinario mediante cursos y proyectos de investigación en esta
área.
Finalmente, el desafío de la evolución —natural, teísta o deísta— es un
desafío a nuestra fe personal. Para los adventistas la creación no es
opcional: es una prueba de fe. Es una realidad que no podemos entender a
cabalidad, de la misma manera como no podemos entender todo lo
relacionado con la redención. La comprensión de ambas es solamente
posible por medio de la fe. Fe en Dios. Fe en lo que Dios ha dicho a
través de la Biblia. Como lo escribiera Elena White hace mucho tiempo:
“Se me ha mostrado que sin la historia bíblica la geología no puede
probar nada. Los restos encontrados en la tierra dan evidencia de un
estado de cosas que difiere en muchos respectos del presente. Pero la
época de su existencia, y por cuánto tiempo han estado estas cosas en la
tierra, han de ser entendidos sólo por la historia bíblica. El
conjeturar más allá de la historia bíblica puede constituir una
actividad inocente si nuestras suposiciones no contradicen los hechos
encontrados en las Sagradas Escrituras. Pero cuando los hombres
abandonan la Palabra de Dios respecto a la historia de la creación y
buscan explicar la obra creadora de Dios sobre la base de principios
naturales, se sumergen en un océano ilimitado de incertidumbre. Dios
nunca reveló a los mortales la manera exacta de cómo realizó las obras
de la creación en seis días literales. Su obra creadora es tan
incomprensible como su existencia”.16
Marco T. Terreros
(Ph.D. Andrews University) enseña teología, y ciencia y religión en la
Universidad Adventista de Colombia. Su dirección es: Apartado Aéreo 877,
Medellín, Colombia.
* Las citas bíblicas son tomadas de la Versión Nueva Reina-Valera, 1990.
Notas y Referencias:
1. Para un estudio previo sobre el tema en esta revista, consulta Clyde
L. Webster, Jr., “El Génesis y el tiempo: Qué nos dice la datación
radiométrica” (Diálogo 5:1 [1993], pp. 5-8 y Richard M. Davidson, “En el
principio: Cómo interpretar Génesis 1” (Diálogo 6:3 [1994], pp. 9-12).
2. Ver Millard J. Erickson, Christian Theology (Grand Rapids, Mich.:
Baker Book House, 1985), pp. 480, 481.
3. Howard J. Van Till, The Fourth Day; What the Bible and the Heavens
Are Telling Us about the Creation (Grand Rapids, Mich., Eerdmans, 1986),
p. 247.
4. En la evolución teísta, a veces denominada “evolución bíblica”, se
percibe el proceso evolutivo como la manifestación de la obra de Dios en
la naturaleza. En este contexto, la obra de la creación de Dios tiene
dos aspectos: (1) El “aspecto fundamental”, en el cual la existencia
finita del mundo natural depende continuamente de la actividad de Dios,
y (2) el “aspecto progresivo”, en el cual nuevos seres y nuevas
características emergen creativamente en el proceso evolutivo. Ver
Richard Bube, “Biblical Evolutionism”, Journal of the American
Scientific Affiliation 23:4 (Diciembre 1971), p.141.
5. Van Till, p. 265; ver también pp. 249-275 para una exposición más
detallada de lo que él denomina “perspectiva creacionómica”, con
preferencia a “evolución teísta”.
6. Ver Brent Philip Waters, “Christianity and Evolution”, en David B.
Wilson y Warren D. Dolphin, Did the Devil Make Darwin Do It? Modern
Perspectives on the Creation-Evolution Controversy (Iowa University
Press, 1983), p. 155.
7. La teoría de la brecha sugiere que entre Génesis 1:1 y 1:2
transcurrieron millones de años y que la creación ocurrió en tres
períodos: el pre-adámico, cuando la tierra era hermosa; el intermedio,
en el cual la tierra se tornó accidentalmente desordenada y vacía; y el
de la “reconstitución”, descrito en Génesis 1:3 y vers. subsiguientes.
8. La teoría de las edades geológicas propone que los días de la
creación no fueron días literales sino largos períodos de tiempo.
9. La teoría del relato artístico considera el Génesis como meramente un
arreglo literario y artístico escrito para transmitir la verdad
religiosa pero no una realidad científica.
10. La teoría de las genealogías abreviadas sugiere que si las
genealogías omiten generaciones —como ciertamente ocurre con algunas—
tales omisiones podrían dar razón de todo el tiempo necesario como para
que ocurriera la evolución.
11. Ernan McMullin, “Evolution and Special Creation”, Zygon 28
(Septiembre 1993), p. 328.
12. Ver McMullin, p. 325. Ver también el artículo de McMullin:
“Plantinga’s Defense of Special Creation”, Christian Scholar’s Review 21
(número especial 1991), pp. 55-79.
13. Alvin Plantinga, “When Faith and Reason Clash: Evolution and the
Bible”, Christian Scholar’s Review 21:1 (Septiembre 1991), pp. 8-33.
14. Los lectores interesados en obtener un ejemplar de Origins (en
inglés o español) e información acerca de suscripción, pueden escribir a
Editor, Origins: Geoscience Research Institute; Loma Linda University;
Loma Linda, CA 92350; EE. UU. de N.A.
15. Ver Robert John Russell et al., eds., John Paul II on Science and
Religion: Reflections on the New View from Rome (Roma: Vatican
Observatory Publications, 1990), p. M3.
16. Langdon Gilkey, Religion and the Scientific Future (New York: Harper
& Row, 1970), p. 4.
17. Ellen G. White, Spiritual Gifts (Washington, D.C.: Review and Herald
Pub. Assn., 1945), t. 3, p. 93.
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