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R E F L E X I O N No. 11 |
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Dios También Sufre |
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Por: Héctor A. Delgado |
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El triste y patético drama de las interminables guerras (mas los atentados terroristas internos) que azotan los países de medio oriente es desesperante. Lo peor de todo es que parece no tener fin. Tampoco parece vislumbrarse una salida pacífica al problema entre estas naciones, porque el odio y las guerras no pueden generar paz y respeto por el derecho ajeno. La violencia sólo engendra violencia. De igual manera, sólo el amor despierta el amor. Pero esta no es la salida que se perfila en el futuro de estos países. Es imposible pretender la paz mientras el terrorismo y los ataques armados a personas inocentes constituyen el “pan nuestro de cada día”. Anhelamos fervientemente la paz en medio oriente y oramos al que todo lo puede para que conmueva el corazón de los líderes políticos de esas naciones y en ellos fluya la “justicia como las ondas del mar” (Isaías 48:18). Según las Escrituras “la paz” y el “reposo” de las dificultades es el resultado o fruto de “la justicia” (Isaías 32:17). Hay una dimensión sobre el drama de dolor y sufrimiento que enfrenta la humanidad que es pasado por alto con mucha frecuencia: Dios también siente nuestros dolores. Esta verdad es poco percibida porque los afectados directamente (creemos siempre) somos nosotros solamente. Nosotros enfermamos, Dios no. Nosotros morimos, Dios no. ¡Acaso Él no es Dios sobre todas las cosas! Si, es cierto, Él es Dios sobre todas las cosas, pero pasamos por alto un detalle importante: Un día, en la persona de Cristo Él compartió nuestra naturaleza, nuestras penas y dolores, Él fue hecho en “todo semejante a sus hermanos” (Hebreos 2:14-17). La siguiente cita es inspiradora: “Pocos piensan en el sufrimiento que el pecado causó a nuestro Creador. Todo el cielo sufrió con la agonía de Cristo; pero ese sufrimiento no empezó ni terminó cuando se manifestó en el seno de la humanidad. La cruz es, para nuestros sentidos entorpecidos, una revelación del dolor que, desde su comienzo, produjo el pecado en el corazón de Dios. Le causan pena toda desviación de la justicia, todo acto de crueldad, todo fracaso de la humanidad en cuanto a alcanzar su ideal..." (La Educación: 263). Dios no está sentado en su trono “allá en los cielos” mirando de lejos lo que pasa aquí abajo. ¡No! El sufrimiento de Dios es mayor que el de la raza humana completa, pues Él no unió a un solo hombre o mujer a su corazón en la encarnación, fue a toda la raza humana a quien tomó sobre sus hombros. Como dijo un reconocido escritor cristiano: “El dolor de Dios es el dolor de la raza humana, solo que multiplicado por millones de veces”. Las Escrituras nos presentan a un Dios preocupado por lo que pasa en el mundo y de manera particular en la vida de cada ser humano que vive sobre la Tierra. Todos los hombres somos sus hijos por creación (Génesis 1:26). Somos su pertenencia creámoslo o no (Salmos 100:3). Sí, Él nos compró y “no con cosas corruptibles, como oro o plata”, sino a un precio infinito: “la sangre preciosa de Cristo” (1 Pedro 1:18,19). Esto da al ser humano (no importa su nacionalidad o raza) un valor incalculable y debe motivarnos a respetar la vida de los demás por sobre todas las cosas. Quienes evaden esta verdad tendrán que dar cuenta a Dios un día (Romanos 14:12; Hebreos 4:13). Mientras las pasiones humanas se debaten y los vientos de la gran mar se agitan, el personal de Giving Hope pide a sus lectores unirse en oración por la paz mundial. Únete a nosotros y dirijamos nuestras miradas al Cielo, de donde vendrá muy pronto nuestro tierno y amante Salvador. |
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