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R E F L E X I O N No. 15 |
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Sufrimiento Divino |
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Por: Héctor A. Delgado |
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Hace poco presenciamos llenos de terror y admiración por la TV en un noticiario internacional como un padre judío imploraba piedad y cese al fuego para que su pequeño niño escondido tras sus espaldas lleno de temor no pereciera. Todo fue en vano. Pocos segundos después su cuerpecito yacía sin vida en los brazos de su impotente padre. La ira de los fanáticos había sido calmada. El “enemigo” había caído. ¡Y todo en nombre de Dios! Sabemos que es difícil creer a la luz de los actos de violencia que vemos y escuchamos a diario, que semejantes cosas ocurran si Dios verdaderamente existe. El personal de Giving Hope también ha luchado con inquietudes similares. Hace poco uno de nuestros miembros perdió su niño de cinco años ahogado, tan sólo minutos después de haber llegado a un río. Nos habíamos trasladado allí después de orar y pedir a Dios que nos permitiera tener un lindo día. ¿Curioso verdad? Y lo peor de todo es que mientras el padre luchaba con otros niños, el suyo se extraviaba, para no verlo sino hasta que lo sacaron del agua asfixiado. ¡Que irónica resulta la vida! Es como si alguien se burlara de nosotros en nuestra propia cara. ¿Dónde estaba Dios ese día? Hemos descubierto que es más seguro confiar en Cristo en medio de la tormenta, qué entender porqué nos azota. Aun en medio del dolor se pueden aprender cosas buenas. De hecho, alguien dijo una vez que debemos “aprender en la escuela del sufrimiento la antigua lección de la confianza en Dios” (Elena White, Carta 1, 1890). Esta es la mejor de todas las lecciones. ¿Es posible entender la declaración “Dios es amor” (1 Juan 4:8,16), mientras se muerde el polvo de la desesperación y el sufrimiento? El siguiente relato de la Biblia nos ayuda a entender un poco este asunto. En una ocasión en la que los israelitas rechazaron a Dios y sirvieron a “dioses extraños”, se vieron en serias dificultades (Jueces 10:6). Los Filisteos y los Amonitas “castigaron y oprimieron durante 18 años a los hijos de Israel” (vers. 8). Entonces el pueblo se volvió a Dios y le pidió que los librara de ellos, diciendo: “Hemos pecado contra ti, porque hemos abandonado a nuestro Dios, y hemos servido a otros dioses” (vers. 10). Note la respuesta divina: “Cuando fuisteis oprimidos por los egipcios, los amorreos, los amonitas, los filisteos, los de Sidón, de Amalec y de Maón, y clamasteis a mí, ¿no os libré de sus manos? Pero vosotros me habéis dejado y habéis servido a otros dioses. Por tanto, no os libraré más. Id y clamad a los dioses que habéis elegido, que ellos os libren de vuestra aflicción. Y los israelitas respondieron a Jehovah: Hemos pecado. Haz con nosotros como bien te parezca, pero líbranos en este día. Y quitaron de entre ellos los otros dioses, y sirvieron a Jehovah, quien no pudo soportar más el sufrimiento de Israel” (vers. 11-16). Leíste bien, “Jehovah... no pudo soportar más el sufrimiento de Israel”. Aunque no podamos entenderlo cabalmente, nadie ha sido afligido ni sufre más profundamente que nuestro Dios, desde que el pecado hizo su terrible y fea aparición. Tú puedes hablar del sufrimiento, pero eso sólo constituye una corta vida terrenal cargada de problemas. Pero cuánto miles de años tiene Dios mirando y luchando con estas cosas. ¿Crees que Él es indiferente a todo esto? ¿Crees que Él es como Buda, sentado meditando en lo que pasa sin hacer nada? ¡No! Él está obrando activamente para llevar esta pobre embarcación a puerto seguro. El triste drama de sufrimiento que nos agobia es temporal y está llegando a su final: “Mi pueblo habitará en una morada de paz, en habitaciones seguras y en frescos lugares de reposo” (Isaías 32:18). Tenemos una cita en aquel hermoso lugar. |
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