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R E F L E X I O N No. 20 |
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Atemorizados |
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Por: Héctor A. Delgado |
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Según una encuesta publicada recientemente en la República Dominicana, el 22% de los dominicanos creen que la causa del terremoto que afectó gran parte del País se debió a un castigo directo de parte de Dios. Un 78% opinó en sentido contrario viéndolo como un fenómeno de la naturaleza. ¿Tuvo Dios algo que ver con este terremoto? ¿Se goza Dios con el terror y la angustia de los mortales? ¿Es justo ver a Dios a través de los lentes del panteón de dioses griegos (descritos como airados y gruñones, guerreando constantemente entre sí)? Son muchas las inquietudes que permean la mente de los dominicanos en estos momentos tan difíciles que les ha tocado vivir. El terremoto viene a ser como una especie de “colmo de los colmos”. Es cierto que la Biblia predice que en estos últimos días que nos han tocado vivir se producirían una magnitud mucho mayor de “terremotos en diferentes lugares” que en otros tiempos (Mateo 24:7). Pero la Biblia también habla de “guerras y rumores de guerras,… nación contra nación, y reino contra reino…; pestes, y hambres…” (vers. 6 y 8, ver también Isaías 19:2). Algunos terremotos que mencionan las Escrituras son causados por Dios, pero esto sucede en el contexto de los inminente juicios vindicativos del Dios de Israel (Isaías 24; Hebreos 12:26,27). Pero hay muchos terremotos que son causados por el constante deterioro de la naturaleza como fruto de la contaminación ambiental. En este caso las grandes naciones industrializadas son culpables en gran medida y no están haciendo muy todo el esfuerzo necesario para evitar esta catástrofe. Las Sagradas Escrituras dicen que Dios ha puesto a los hombres y mujeres como mayordomos de los bienes de la Tierra (Génesis 1:26) y por el uso que haya dado de estos recursos tendrán que dar cuenta a su Señor. Es lamentable decirlo, pero nunca estaremos completamente seguros mientras dure este estado actual de cosas en nuestro planeta. Mientras el pecado exista, podemos ser objetos en cualquier momento de algo terrible, como nación, familia o individuos. Nuestra única seguridad es mantenernos refugiados en la Roca eterna de los siglos. Dios es nuestro “amparo y fortaleza” (Salmos 91 y 46). Pero este estado actual de inseguridad no sólo debe ser visto como algo negativo absolutamente, el mismo nos da la oportunidad de encontrarnos con Dios y con nosotros mismos, en busca de la paz y la seguridad que nuestras almas necesitan. No somos tan fuertes como parecemos, no importa cuan grandes sean las infraestructuras que se levanten a nuestro derredor, ni cuantas riquezas amontonemos. La realidad es que somos frágiles y mortales. Meditemos en el siguiente pasaje de las Sagradas Escrituras. “Con mi alma te he deseado en la noche, y en tanto que dura el aliento de vida dentro de mi, madrugaré a buscarte; porque después que hay juicios tuyos en la tierra los habitantes del mundo aprenden justicia” (Isaías 25:9). ¿Solemne verdad? El tiempo presente es y será aun testigo de grandes acontecimientos sobrenaturales. Levantemos nuestras cabezas al cielo porque nuestra redención está cerca. |
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