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R E F L E X I O N No. 21 |
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Anhelos del Alma |
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Por: Héctor A. Delgado |
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El 3 de Marzo de 1512 todo estaba listo. La carabela española de Juan Ponce de León saldría proa al norte desde la rada de San Germán, Puerto Rico. Juan Ponce de León, aguerrido conquistador salía tras la cosa más valiosa de todas, incluso más que cualquier fortuna: la Fuente Juvencia. Según se comentaba las aguas de esta fuente podían impartir la juventud y la belleza eterna a quien la bebiera. Pero lo que este aguerrido caballero encontró fue algo totalmente diferente. El 11 de septiembre estuvo frente a una costa que él creyó era una isla y le puso el nombre de la Florida. Exploró el país, pero unos pocos meses después se vio obligado a regresar frustrado sin logra el anhelado descubrimiento. Nueve años más tarde, al mando de dos carabelas y 100 hombres zarpó nuevamente tras la misma ilusión. Esta vez, al anclar en la isla, los indios lo recibieron en son de guerra. Los españoles eran heroicos, pero fueron superados por los indígenas. Los indios disparaban flechas que atravesaban incluso a los caballos de lado a lado y perforaban cualquier armadura. La derrota de los españoles fue aplastante. El mismo Ponce de León fue herido en un muslo por una flecha y poco tiempo después, Ponce de León murió fruto de esta herida. Así terminaron los días de don Ponce de León. Sus labios nunca gustaron de las milagrosas aguas de la Fuente de la Eterna Juventud (Tomando del libro El Mayor Descubrimiento, Proyecciones Espirituales de la hazaña de Colón, pp. 65,66). No es incorrecto anhelar la vida eterna, vivir una mejor vida en esta tierra, permanecer al lado de nuestros seres queridos el mayor tiempo posible, y porque no, ¡para siempre! El problema con estos deseos es que muchas veces se edifican sobre un fundamento erróneo. Y ahí está precisamente la dificultad. La Palabra de Dios es clara: “Yo soy la Verdad, y la Vida” (Juan 14:6). Separado de Cristo, los hombres solo llegan a tener, cuando mucho, vida física pasajera: "Los días de nuestra edad son setenta años, y si en los más robustos son ochenta; con todo, lo mejor de ellos es fatiga y trabajo, porque pasan aprisa, y volamos" (Salmos 90:10). El Comentario Bíblico Adventista hace la siguiente observación sobre este pasaje: "Estas palabras cobran significado especial cuando son pronunciadas por un hombre que contempla los días de su peregrinación desde el borde mismo de la muerte". Con todo, la muerte misma no constituye el fin de toda esperanza cuando se tiene fe en el Dios verdadero. "Porque yo vivo - dijo Cristo - vosotros también viviréis". Además expresó: "El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre" (Juan 11:25,26). Entonces, Vida Eterna (aquella vida que se mide solo con la vida de Dios) tendrán quienes reciban a Cristo como Salvador personal, como Señor de sus vidas. Debemos dejar que Él haga su divina voluntad en nosotros y viva plenamente su vida en nuestro guiando nuestra mente y corazón. No es posible para ningún mortal obtener plenitud de vida mientras esté viviendo una vida separado Cristo. Por lo menos, es lo enseña el mismo Cristo. Por lo tanto, debe ser absoluta verdad. Juan Ponce de León, al igual que todos los seres humanos sedientos de una mejor vida (la Vida Eterna) no tienen porque hacer temerarias aventuras, o dolorosas peregrinaciones, no tienen que mortificar sus cuerpos en procura de ser aceptado por Dios, ni con el objetivo de preparase para vivir una mejor calidad de vida. Sólo deben dejarse encontrar por el Divino Pastor, quien insistente y constantemente está buscando su oveja extraviada (que eres tu) “hasta encontrarla” (Lucas 15:4). ¿Puedes escuchar su voz, sus pasos cerca de ti? En la quietud de la noche (o la madrugada), cuando todos duermen, habla con Dios y cuéntale los anhelos de tu corazón. Te aseguro que te escuchará con tanta atención como si fueras la única persona que existiera en este mundo. No dejes de hacerlo. |
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