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R E F L E X I O N No. 26 |
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Compañeros de Viajes |
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Por: Héctor A. Delgado |
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¿Conoces a alguien que ha perdido completamente los deseos de luchar, que decide entregarse en los brazos del abandono y la desesperanza? ¿Has hablado con alguien que entiende que no vale la pena seguir intentando cambiar las cosas? Son muchos los que, abrazados por la impotencia deciden rendirse a la mitad del camino. Otros, en un acto extremo de desesperación han llegado al borde del precipicio para poner fin a su desdicha carrera de sinsabores. No hay que llegar tan lejos. Nunca anides en tu mente semejante idea. En este mundo hay cosas injustas: el dolor y el sufrimiento. Pero hay una realidad que trasciende tu propia desdicha (por decirlo de alguna manera): a todos nos ha tocado la misma suerte. Nadie puede decir que ha estado exento de alguna pizca de dolor o frustración. Y hasta los más poderosos y ricos enfrentan esta terrible realidad. Y son los que, a por momentos viven las vidas más miserables; los que, en ocasiones experimentan también la urgente necesidad de tener seguridad y certidumbre en medio de este mundo hostil. Pensar que una persona incrédula pueda experimentar el deseo de morir para escapar de alguna situación en particular es hasta cierto punto comprensible, pero, ¿qué nos dirías si podemos demostrarte que hasta hombres de fe (quienes han desarrollado además el ministerio profético) han deseado experimentar la muerte antes de seguir existiendo en medio de situaciones adversas? Te daremos algunos ejemplos: 1) Job, “hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal”, en medio de la angustia del sufrimiento, expresó: “Perezca el día en que nací… Sea aquel día sombrío, no lo recuerde Dios desde lo alto..., ¿Por qué no morí en el seno de mi madre, ni expiré al salir de sus entrañas? Pues ahora yo estaría muerto y reposaría, dormiría, y tendría reposo” (Job 1:1; 3:3,4,11). 2) Elías, “hombre con pasiones semejantes a las nuestras”, pero que tenía una fe admirable, expresó un día: “Basta ya, oh Señor, quita mi vida, que no soy mejor que mis padres” (Sant. 5:17; 1 Rey. 19:4). 3) Jeremías, de quien dijo Dios: “Antes de formarte en el seno te conocí, y antes que nacieras te aparté, y te designé por profeta a las naciones”, expresó un día: “Maldito el día en que nací, el día en que mi madre me dio a luz…” (Jer. 20:14). ¿Cómo explicamos esto? Podemos procurar filosofar en procura de justificar el vívido lenguaje con el que la Biblia presenta esta realidad, pero permítenos decirte algo, sólo hay una forma segura de enfrentar el sufrimiento y superarlo: con fe. Cuando lo hagamos, descubriremos que somos compañeros de viaje, pero que nos guía Aquél que fue “experimentado en quebranto” y que “experimentó la muerte en beneficio de todos” (Isa. 53: Heb. 1:9). Descubriremos que transitamos un camino que ha sido allanado y que está marcado por las huellas ensangrentadas del Príncipe Emmanuel. Bien expresó el Apóstol: “Porque esta leve y momentánea tribulación, produce una eterna gloria, que supera toda comparación” (2 Cor. 4:17). Aprendamos, pues, la lección de sumisión y de fe que triunfa sobre toda dificultad. |
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