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R E F L E X I O N No. 34 |
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Del Caos a la Gloria |
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Por: Héctor A. Delgado |
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El mundo vive momentos difíciles, pero también privilegiados. Tiempos existieron en los que, no se valoraron los derechos civiles y religiosos de los seres humanos (y aún ocurre en algunas culturas). Desde las antiguas monarquías, hasta la Revolución Francesa, los seres humanos no vieron plasmarse formas de gobiernos que respetaran la libertad de conciencia, de religión o ideológicas. Los ciudadanos tenían que someterse a las arrogantes legislaciones de un Estado divinizado, muchas veces influenciado por la iglesia institucionalizada. Las modernas democracias han dado al mundo (en mayor o menor grado) la bendición de los derechos humanos. Y todo gracias a la corriente ideológica de separación de la Iglesia y el Estado. Mientras estos dos poderes se mantengan separados, y dicha separación sea respetada, estaremos protegidos contra una repetición de la historia.
Un ejemplo del pasado La historia del mártir Policarpo constituye una de las más conmovedoras. Según nos informa el historiador Eusebio, cuando él estaba entrando en el Estadio escuchó una voz que le dijo: “Sé fuerte, Policarpo, y obra virilmente,...”. Luego en el Estadio, el “procónsul le preguntó al acercarse si él era Policarpo. Como confesó afirmativamente, el procónsul comenzó a persuadirlo de que negase a Cristo... ‘Jura - le dijo - y enseguida te soltaré: Di injurias contra Cristo’. Pero Policarpo le respondió: ‘Por ochenta y seis años he sido su siervo, y nunca me ha hecho mal; ¿cómo podría yo blasfemar a mi Rey quien me salvó?’ ”. Algunos nos han sugerido que no recordemos tanto este pasado tenebroso, que valoremos las oportunidades del tiempo presente. Pero no podemos y no queremos olvidar. Los hechos del pasado constituyen la evidencia de que, siempre que el poder político y el religioso se amalgaman en una sola estructura de poder, se pierde la paz y aparece la intolerancia civil y religiosa. Cuando el solio y el altar se unen, la persecución y el martirio aparecen automáticamente. Por eso no apoyamos la unión del poder político y el religioso. Es una mezcla extraña que desnaturaliza a ambos poderes. Mientras dure el tiempo debemos velar porque la actual separación entre la Iglesia y el Estado sea una realidad. Por el bien común de los pueblos debemos dar a Dios lo que es de Dios, y a César lo de Cesar. Mientras tanto oramos de la siguiente manera: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificados sea nombre, venga a nosotros tu reino…” (Mat. 6:9,10). Este es el único reino justo, el que siempre hemos anhelado. Pero estamos conscientes de que es imposible, mientras exista el actual estado de cosas, que se exista la paz verdadera en este mundo; sólo en la Era Dorada de Dios será posible: “Según su promesa, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, donde habita la justicia” (2 Ped. 3:13). Entonces, habremos pasado del Caos a la Gloria. Estas son buenas nuevas. ¡Preparemos para ese maravilloso día! |
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