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R E F L E X I O N No. 35 |
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Aliento del Alma |
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Por: Héctor A. Delgado |
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Cuando se produjo la invasión Alemana a Dinamarca durante la segunda guerra mundial la fe de los cristianos de aquella ciudad fue puesta a prueba. Uno de los casos más sobresalientes fue el del escritor danés Kaj Munk. Se le prohibió orar por los cristianos perseguidos en Noruega. Munk rehusó cumplir la orden Nazi por la siguiente razón: “Me siento unido a mis hermanos noruegos – dijo él – porque son mis hermanos en la fe. Ellos luchan por ideales que yo también he jurado defender. Si por temor a los hombres me sentara como espectador pasivo, sería traidor a mi fe cristiana, a mi espíritu danés y a mi juramento de ministro de Dios”. Este es un ejemplo maravilloso de la verdadera “comunión de los santos”. Pero esta íntima relación que existe entre los “santos” de Dios abarca sólo a los vivos. “Los muertos no alabarán al Señor, ni cuantos descienden al silencio. Pero nosotros [los que vivimos] exaltaremos al Jehovah, ahora y siempre” (Sal. 115:17,18). Sólo entre los vivos, – desde el punto de vista de la Escritura – es posible que exista comunión, afinidad y relación entre los santos. Dicha comunión – hasta la mañana gloriosa de la resurrección –, es posible por medio de la oración.
En contacto con el cielo Hasta la ciencia médica ha reconocido los beneficios de la oración. Se sabe que mejora el estado de ánimo, aumenta la estima personal, trae tranquilidad mental. La oración nos ponemos en contacto con nuestro Padre Dios. En audiencia con Él, a solas, en sus brazos, encontramos libertad del temor, de la incertidumbre, de la ansiedad. Descubrimos que no está lejano, sino “cercano, a la mano”. Que no es tan misterioso como creíamos o como nos habían dicho que era, y que simpatiza tiernamente con nosotros. La oración no trae el Cielo hasta nosotros, nos eleva hacia Él. Mientras el pecado exista, tendremos que depender del vínculo de la oración que nos une, con nuestros hermanos en la fe, y con Dios, nuestro Padre. “Extiéndase y elévese el alma para que Dios pueda concedernos respirar la atmósfera celestial. Podemos mantenernos tan cerca de Dios que en cualquier prueba inesperada nuestros pensamientos se vuelvan a él tan naturalmente como la flor se vuelve al sol”. Y aún más: “Para ponernos en comunión con Dios, debemos tener algo que decirle tocante a nuestra vida real”. Por eso, “orar es el acto de abrir nuestro corazón a Dios como a un amigo” (El Camino a Cristo, pp. 92,100). No cavilemos más entre la duda y el cúmulo de problemas que nos agobia, hablemos con nuestro Padre Dios como nuestro mejor amigo. Lo necesitamos, lo sabemos. Y un día, cuando no exista el pecado, y el paraíso perdido nos haya sido devuelto, no dependeremos más de la oración, pues los redimidos “verán su rostro, y su Nombre estará en sus frentes” (Apoc. 22:3,4). Bien lo expresan las letras del Himno:
“Tan sólo el día cuando esté con Cristo en la celeste Sión, entonces me despediré feliz, de ti, dulce oración”. |
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