R E F L E X I O N   No. 37

 
   

Amor Eterno

 
   

Por: Héctor A. Delgado

 
       
   

Cuando hablamos de “amor” reconocemos que estamos ante el principio más sublime, pero menos comprendido y practicado. Si hubiéramos experimentado el verdadero amor en todas nuestras acciones, nunca habríamos conocido historias tan horrorosas y sombrías. Una de ellas, que recordamos con admiración y tristeza es la de Alejandro el Grande, quien a los 33 años había conquistado a todo el mundo de aquel entonces. Su valor para la guerra nos deja pasmado, pero su breve historia queda manchada por el triste hecho de que, aunque subyugó reinos y naciones, no pudo dominar sus bajas pasiones. Las costumbres licenciosas, depravadas y corruptas de Alejandro son bien conocidas. ¿Para qué, entonces, tanta grandeza? Bien expresa la Biblia acerca de los seres humanos y su gloria: "Toda carne es como hierba, y toda su gloria como la flor del campo, la hierba se seca y la flor se cae, cuando el aliento de Jehovah sopla en ella. Ciertamente la gente es como la hierba” (Isa. 40:6,7).

 

La otra cara de la moneda

Demos una mirada a la antigua Palestina, en el año 29 d.C., y encontraremos a un hombre (en los treinta también) con un carácter extraordinario, único. Descubrimos a Aquel que fue “despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto”, aquél de quien “escondimos el rostro…, y no lo estimamos” (Isaías 53:3). Con todo, era “el más distinguido entre diez mil” (Cantares 5:10). Allí en medio de aquella sociedad infectada por el vicio y el pecado, estaba la pureza infinita.

La vida de Jesús fue diferente a la de todos los seres humanos, porque fue una vida llena del amor más puro. Aunque algunos lo han rebajado colocándolo al lado de “maestros” supuestamente iluminados, su figura sobresale por sobre todos, como el paradigma de la perfección y el amor manifestado. “En Cristo” vino Dios a este mundo lleno de miseria y sufrimiento, colmado de sinsabores. Y vino para hacerse “compañero de viaje”, para dar una mano amiga al fatigado y sediento agente humano. Trajo esperanza, reconciliación y un torrente de esperanza. Muchos habían señalado un camino a seguir, pero Cristo se presentó como el único Camino, otros habían hablado de la verdad, pero Él dijo que era la Verdad absoluta (Juan 14:6). Mientras algunos señalaban la puerta que conduce a la iluminación del alma, Jesús se presentó así mismo de la siguiente manera: “Yo Soy la puerta. El que entre por medio de mí, será salvo… Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:9,10).

El amor es eterno, porque Dios que “es amor”, es eterno. Entonces, siempre existirá el amor verdadero. Podrá ser rechazado, atacado, menospreciado, pero siempre existirá. Y más aún, triunfará, y un día no muy lejano, reinará solo él. Mientras tanto, este amor procura ganar nuestros corazones y reconciliarnos con Dios: “Con amor eterno te he amado, por eso te atraje con bondad” (Jeremías 31:3).

Dale a estas buenas nuevas de amor un lugar en tu corazón.

 
       
   

Reflexión de la Semana