R E F L E X I O N   No. 38

 
   

Amor Infinito

 
   

Por: Héctor A. Delgado

 
       
   

Hay muchas formas de expresar amor por los demás, pero sólo hay una manera de expresar verdadero amor: darse incondicionalmente. Y aquí descubrimos que el amor incondicional no es un producto de los laboratorios humanos, es de naturaleza y origen divino. En este mundo, nadie se entrega sin esperar algo a cambio. Cuando nos enamoramos, nuestros sentimientos y afectos se fijan en el ser amado, pero si no recibimos una respuesta, sencillamente nuestro amor no nacerá.

En un mensaje anterior (devocional No. 36) analizamos el significado de la palabra amor (“ágape”), y descubrimos que el amor divino supera abismalmente el amor humano. Y es así, pues la divinidad trasciende a la humanidad absolutamente: “Como es más alto el cielo que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:9).

En el ser humano nunca existirá verdadera paz hasta que el amor de Dios inunde el corazón. Tiene que haber una conquista por parte del amor ágape sobre el corazón humano y una reconciliación con ese amor. Sólo entonces, cobra significado la vida, y cambia la forma de pensar y de actuar. Es así que como llegamos a ser una nueva criatura.

Nuestra sociedad se ha vuelto un semillero de conflictos, vicio y corrupción, ya que marcha por caminos extraviados, carentes del amor de Dios. Los seres humanos (cultos e incultos) vagan cada cual por su camino, como “ovejas sin pastor”. Bien expresó el apóstol Pablo: “No hay justo, ni aun uno. No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, se echaron a perder […] con sus lenguas urden engaños […] Su boca está llena de maldición y amargura. Sus pies se apresuran a derramar sangre. Quebranto y desventura hay en sus caminos, no conocen camino de paz. No hay respeto de Dios ante sus ojos” (Romanos 3:10-18).

 

La única esperanza

La solución para la crisis existencial que enfrenta la humanidad está en conocer el amor de Dios, ese amor transformador. Cuando conocemos “la anchura y la longitud, la profundidad y la altura del amor de Cristo” realmente llegamos a “conocer ese amor que excede todo conocimiento” (Efe. 3:18,19). Cuando somos tocados por  el amor divino, quedan cubiertos los vacíos emocionales y afectivos que marcaron nuestra vida pasada. Somos redimidos de nuestras faltas y errores. Entonces, libre del sentido de culpa que ocasionaron nuestras errores, somos libres para experimentar una íntima comunión con Dios, nuestro Padre, Creador y Redentor.

Todo esto es posible porque el amor “ágape” no es “meramente una ola de emoción (tan común en nuestros días); es una deliberada convicción que resulta en una deliberada norma de vida. Es una proeza, una victoria; una conquista de la voluntad. Ágape, apela a todo el ser humano para realizarse; no sólo toma su corazón; sino también su mente y su voluntad”. Realmente, el que es tocado por el amor ágape es transformado en una nueva criatura. ¡Maravillosas buenas nuevas!

 
       
   

Reflexión de la Semana