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R E F L E X I O N No. 41 |
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Lucha Interior |
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Por: Héctor A. Delgado |
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Uno de nuestros lectores nos pregunta: “¿Por qué experimentamos un conflicto de voluntades dentro de nosotros?” Esta realidad duelista interior puede ser considerada “normal” cuando se mira a la luz de la filosofía que reclama la necesidad del bien y del mal para que exista un equilibrio perfecto. Pero, ¿puede considerarse parte de algún supuesto “equilibrio” el cúmulo de tragedias y desgracias que afronta la raza humana a nivel global? La pregunta que nos ocupa forma parte de una experiencia común que compartimos los seres humanos. Puede ser respondida desde diferentes perspectivas, pero procuraremos responderla (en nuestro breve espacio) desde una óptica que creemos coherente. Acudiremos a las Escrituras. Ellas han demostrado ser Fuente autorizada en materia de fe, ética y moral para todos los hombres y mujeres. 1) Cuando el hombre y la mujer fueron creado, eran puros y perfectos y no poseía conflicto interior para hacer la voluntad del Creador. Era amigo perfectos de Dios (Gen. 1:26). Pero su desobediencia cambió radicalmente su naturaleza y su mente. Llegó a ser un completo enemigo de Dios y un completo aliado del autor del pecado (Rom. 5:10). 2) Dios prometió poner “enemistad” entre el hombre y el autor del mal (Gén. 3:15). Desde entonces, sentimos en nuestro interior dos fuerzas opuestas que luchan por el dominio de nuestra mente. El poder de Dios para restaurarnos (sin forzar nuestra libertad de elección), y el poder del pecado para degradarnos moral y espiritualmente (Rom. 7:15,18). Esta lucha interior es señalada en las Escrituras: “Porque la carne desea contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne. Los dos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisierais” (Gál. 5:17). Pablo reconoció esta terrible realidad al decir: “Realmente, no entiendo lo que me pasa; porque no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco… Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (Rom. 7:15,19). Por esto reconoció: “Sé que en mí, esto es, en mi carne, no habita el bien. Porque tengo el querer, pero no alcanzo a efectuar lo bueno” (vers. 18). 3) Esta lucha, según la Escrituras, constituye la evidencia de que nuestra naturaleza humana, desde la entrada del pecado, está habitada por un poder extraño: “el pecado que habita en mí”, “el mal está en mí”. (Rom. 7:17,20,21). Esta fuerza, o principio que nos domina aún contra nuestra voluntad, es subyugada cuando la mente reconoce su impotencia y se arroja en los brazos de Cristo. Es lo que confesó Pablo: “Mediante Cristo Jesús, la ley del Espíritu que da vida, me ha librado de la ley del pecado y de la muerte”, “¡Gracias doy a Dios, por nuestro Señor Jesucristo!” (Rom. 8:2; 7:25). Mientras dure nuestra peregrinación en este mundo, el poder de Cristo será nuestra única seguridad contra el principio de pecado que mora en nuestra naturaleza humana. Saber que podemos ser libertados de nuestros defectos de carácter y debilidades morales constituye una de las más grandes buenas noticias de todos los tiempos. Creámosla y obtengamos libertad por medio del Hijo de Dios. |
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