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R E F L E X I O N No. 47 |
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Nuestra Identidad |
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Por: Héctor A. Delgado |
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Durante tres meses más de 12 millones de creyentes en todo el mundo estarán estudiando el libro de Génesis. Profundizarán aun más sus conocimientos sobre sus orígenes, razón de ser en este mundo y sus esperanzas futuras. Las grandes preguntas milenarias ¿de dónde venimos?, ¿qué hacemos aquí? y ¿hacia dónde vamos? serán una vez más evaluadas en un contexto estrictamente escriturario. Y ciertamente, estas preguntas merecen respuestas acertadas. La introducción de su folleto de estudio registra la declaración de algunos hombres de ciencia. “Cuanto más parece comprensible el universo, tanto más parece sin sentido” – expresó el físico ganador del premio Nobel en 1997. Un astrónomo, respondiendo este planteamiento, expresó: “¿Por qué debería tener sentido? ¿Qué sentido? Es sencillamente un sistema físico; ¿qué sentido hay allí?”. Y otro hombre de ciencia, en armonía con él, dijo también: “Estoy dispuesto a creer que somos desechos y restos”.1 ¿Son estas las únicas conclusiones a las que arriban los llamados hombres de “ciencia”? Para quienes vivimos arropados por un montón de circunstancias que hacen parecer la vida un continuo contradecir, esas no son buenas noticias. Pero, ¡gracias a Dios que la propuesta evolucionista de la vida no es la única que existe! Los autores de la referida Guía de Estudio se apegan “rigurosamente a los hechos científicos” y sostienen “que la evolución es tan sólo una posible interpretación de esos hechos, pero no la única, ni la más razonable. El que rechaza a Dios en sus presuposiciones, no encontrará a Dios en los hechos que interpreta. Para el que lo acepta, encontrará en los hechos un testimonio de la obra creativa de Dios”.2 Bien expresó el ateo Laurent Schwartz: “Para un creyente hay una razón de ser en el mundo, en la tierra, en la vida de los hombres sobre la tierra”.3 ¿Sólo “desechos y restos”? Los creacionistas no tienen todas las respuestas a las grandes inquietudes que nos plantea la vida sobre este alienado planeta, pero poseen una fe y una certeza que “traspasa los cielos” (Heb. 6:19), y esa fe, cuando se recibe, pues constituye un regalo divino (Efe. 2:8), proporciona un terreno sólido donde podemos edificar con seguridad nuestra frágil existencia. Talvez muchos hombres de ciencia no han podido ver a Dios en sus obras, pero los profetas sí: “Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, pienso: ¿Qué es el hombre para que lo recuerdes, y el hijo del hombre para que lo cuides?... ¡Oh Señor nuestro, cuán glorioso es tu Nombre en toda la tierra!” (Sal. 8:3,4,9). Con todo, esto sólo constituye una cara de la moneda, pues muchos hombres de ciencia sí reconocen a Dios en sus conclusiones y le sirven con humildad y reconocen con reverencia. ¡No! No somos “desechos y restos” que vagan como hojas llevadas por el viento, somos criaturas de Dios, y eso revela nuestro verdadero valor e identidad como seres humanos. ¿Alienados y en rebelión? Sí, pero ¡hijos del Rey celestial! Y estas son buenas noticias, pues existimos con un propósito y más aún, nos espera un futuro glorioso. Créelo, vale la pena.
Referencias: 1- Guía de Estudio de la Biblia para la Escuela Sabática, octubre, noviembre, diciembre, 2006, p. 2. 2- Hemes Tavera B. http://www.mensajesdeesperanza.net/Fe%20y%20Ciencia/1844.htm Las negritas son nuestras. 3- Schwartz, L. Conferencia en la Cumbre de Intelectuales Franceses, publicada en, Dios Hoy, Ed. Kairós, Barcelona, 1968, p. 24. |
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