R E F L E X I O N   No. 48

 
   

Bueno en Gran Manera

 
   

Por: Héctor A. Delgado

 
       
   

          Se ha puesto a pensar alguna vez cuál es la causa, o las múltiples causas por la que el ser humano sufre tanta infelicidad y desdicha. Pues bien, nosotros también nos hemos planteado la misma interrogante en muchas ocasiones. En las líneas que siguen expresaremos las conclusiones a las que hemos arribado.

Nuestro mundo no ha sido siempre como lo conocemos hoy lleno de conflictos y tragedias. ¡No! Tiempo hubo cuando todo era perfecta paz y armonía. No existía en todo el universo de Dios una nota discordante. Reinaba el orden y la más completa felicidad. “Entonces Dios contempló todo lo que había hecho, y vio que era bueno en gran manera” (Gén. 1:31). Esta nota de perfección se extendía a lo más vasto y ancho de toda la creación. Pero hubo un ser que se aventuró a trastornar este orden. El profeta Ezequiel nos da una descripción asombrosa: “Tú eras el modelo de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado en hermosura… Fuiste ungido querubín grande, protector. Yo te puse en el santo monte de Dios. Allí estabas, en medio de piedras de fuego andabas” (cap. 28:12,14).

Aquella criatura ingrata pasó de la perfección de su carácter al más retorcido y vil de todos: “Perfecto eras en todos tus caminos desde el día en que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad […]  fuiste lleno de iniquidad, y pecaste” (vers. 15,16). En un acto insólito, esta criatura privilegiada se fijó en sus propios atributos y le negó la gloria a su Creador: “Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor” (vers. 17).

De la posición más elevada, este “querubín grande, poderoso” descendió a lo más bajo que un ser creado puede llegar: al reino del pecado y la iniquidad. Se desató entonces la rebelión, el carácter de Dios fue cuestionado y su forma de administrar los asuntos de su gobierno universal fue puesta en duda. El ángel privilegiado se había convertido en diablo (calumniador, acusador) y Satanás (adversario). Estos nombres definen mejor que ningún otro la deformación de carácter en la que degeneró este ingrato ser quien decidió abandonar su puesto de honor en la Corte Celestial.

En su ciega ambición, Satanás desató una rematada campaña para tomar del trono de Dios: “Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo, en lo alto, por encima de las estrellas de Dios levantaré mi trono…, Sobre las altas nubes subiré, y seré semejante al Altísimo” (Isa. 14:13,14). Para lograr esto Satanás no escatimó argumento y esfuerzo alguno, al punto que desató una gran confrontación: “Hubo una gran batalla en el cielo. Miguel y sus ángeles combatieron al dragón, y el dragón y sus ángeles combatieron; pero éstos no prevalecieron, ni se halló más lugar para ellos en el cielo” (Apoc. 12:7,8). Al ser desterrada del cielo, la rebelión se trasladó a la tierra, donde encontró el apoyo de nuestros primeros padres, quienes también se unieron a la rebelión (Gen. 2:15-17, 3:1-5).  

Desde entonces, el mundo ha sido como lo conocemos hoy, lleno de tragedias y desgracias. Y lo peor de todo es que los seres humanos hemos sido engañados con la campaña de difamación y tergiversación del carácter de Dios, y hemos creído los mismos argumentos mentirosos sobre el carácter de Dios.

Pero Dios no es un ser arbitrario, egoísta, severo o vengativo como muchos los han presentado, Él es un Padre amante y misericordioso. Está empeñado en hacernos felices, pues como nuestro Creador, sabe mejor que nadie cuales son las cosas que favorecen nuestro bien presente y eterno. Procuremos conocerlo y descubriremos que “Dios es amor” (1 Juan 4:8).

La semana que viene continuaremos con esta dramática historia.

 
       
   

Reflexión de la Semana