R E F L E X I O N   No. 7

 
   

El Gran Libertador

 
   

Por: Héctor A. Delgado

 
       
   

Cuando usted enfrenta a una crisis de autoridad en la crianza de sus hijos o en su relación de pareja, ¿cómo reacciona? ¿Es más fácil inclinarse por el uso de la fuerza o la presión psicológica que por el uso de la fuerza del amor? Nuestra naturaleza humana es egocéntrica y está habitada por una fuerza o "principio" que nos impulsa constantemente hacia lo incorrecto. Dondequiera está el ser humano, está también la discordia, el egoísmo, el pecado. Con todo, hay momentos en los que cuando predomina el amor, la ternura, la quietud y la paz. Nos damos cuenta, aunque sea rápidamente, que estamos diseñados para amar y ser felices, y hacer felices a otros.

El gran apóstol Pablo expresó este dilema en las siguientes palabras: "No comprendo mi proceder; pues no pongo por obra lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso es lo que hago... Porque yo sé, que en mi, esto es en mi carne (naturaleza humana), no mora el bien; porque el querer [hacer] el bien está a mi alcance, pero no el hacerlo" (Romanos 7:15,18). Y este es el espejo en el que todos nos vemos reflejados. El Apóstol descubrió que la raíz de este problema radica en lo siguiente: "El pecado mora en mi... en mi carne, no mora el bien... veo otra ley en mis miembros, que hace guerra contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mi carne" (vers. 17,18,23). Esta "ley" o "principio de rebelión", que habita en nuestra naturaleza humana, es lo que la Biblia llama "pecado". Y el pecado es el causante de nuestras frustraciones, de nuestros problemas matrimoniales, de nuestro sentido de culpa que carcome nuestras conciencias.

            El mismo apóstol Pablo llamó a este perverso principio "cuerpo de muerte" (Romanos 7:24). Y él, desesperado, preguntó: "¿Quién me librará de todo esto?" La divina respuesta no se hizo esperar: "Por medio de Jesucristo nuestro Señor" (ver. 25). Cristo hizo claro de donde es que proviene el poder liberador del pecado, del sentido de culpabilidad y de todas nuestra frustraciones: "Si el Hijo de Dios os liberta, seréis verdaderamente libres" (Juan 8:36). Pablo reconoció esta verdad, cuando escribiendo a los cristianos de Roma, les dijo: "Gracias a Dios que, aunque erais esclavos del pecado [en todas sus formas], habéis obedecido de corazón a aquella  forma de doctrina a la cual se entregaron, y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia" (Romanos 6:17,18). La libertad que Cristo da, es plena, cabal y completa. El nuevo creyente encuentra plenitud de gozo en Cristo, y vive feliz, pues la fea "mancha" ha sido lavada y la consciencia vivificada (1 Juan 1:7; Hebreos 9:14). ¡Necesitamos ser hechos libres de este poder!

            Pero para que esta liberación del pecado tome lugar debe suceder una obra doble: 1) Debemos sentir la necesidad de un Libertador, debemos reconocer nuestra situación de esclavitud. 2) Debemos someternos al poder liberador de Cristo. “Si el Hijo de Dios os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36).

            Escucha la voz  de Dios que te dice: "En los últimos días vendrán tiempos difíciles". "La noche ya está avanzada, y se acerca la luz del día. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y vistámonos de las amas de la luz. Andemos como si fuera de día, honestamente; no en orgías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia. Sino vestíos [del manto de la justicia del] Señor Jesucristo..." (2 Timoteo 3:1; Romanos 10:12-14).

            Si eres de los que sucumben bajo la presión de tus propias debilidades, no necesitas desesperar, Jesús murió por ti y está actualmente como buen Pastor en busca de su oveja perdida. Él está haciendo todo lo posible por salvarte y liberarte de tus pecados y frustraciones. Si anhelas fervientemente ser libre, si tu corazón palpita por una mejor vida, no importa donde estés, allí estará Él para ayudarte y hacerte "verdaderamente libre". ¿Puedes creerlo? Conforme a tu fe te será hecho.

 
       
   

Reflexión de la Semana