R E F L E X I O N   No. 8

 
   

Una Cruz

 
   

Por: Héctor A. Delgado

 
       
   

En muchos países se celebra la Semana Santa o la “Semana Mayor”. Sean cuales sean sus orígenes, no podemos negar que la “Semana Santa” es una buena oportunidad para compartir con nuestros amigos nuestra fe. El personal de Giving Hope aprovecha esta oportunidad para enviar una reflexión basada en un fragmento de uno de los libros más impresionantes que se han escrito jamás: “Descubriendo la Cruz”. Una escritora cristiana dijo bajo inspiración que el mundo “necesita hoy lo mismo que mil novecientos años atrás,... una revelación de Cristo” (Ministerio de Curación, p. 102). Que el Dios Altísimo les bendiga grandemente en esta semana, que aunque será manchada por la ingratitud de muchos de nuestros hermanos, abrirá todo un mundo de posibilidades para otros. Ojalá te cuentes entre estos últimos. H. A. Delgado

 

La cruz conmueve nuestros anhelos más profundos. Sea que el hombre haga profesión o no de religión, le basta un destello del significado de la cruz para apercibirse de que algo responde en lo profundo de su ser. La verdad de la cruz pulsa extrañas cuerdas de agradecimiento, despertando melodías en el alma, que nadie más puede producir. La historia alcanzará su clímax y objetivo en el momento en que esta verdad penetre por fin la conciencia reavivada de cada persona en la tierra. Todo cristiano sabe que hay tiernos lazos que unen su alma con el Calvario, porque Aquel que murió allí le está tan cercano como si se tratase casi de él mismo. No puede haber en esta tierra simpatía tan profunda, íntima y entrañable como la simpatía por el Señor Jesús, clavado sobre aquella cruz. Eso es así porque Cristo "murió por todos, luego todos han muerto" (2 Corintios 5:15). El que busca la verdad sabe que es así, y el que procura rechazarla nunca encuentra la forma de evadir esa verdad contra la que lucha.

Creyente o no, todo el mundo conocerá finalmente el poder revelado en la cruz. "Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Juan 12:32). Podemos tomar la determinación de resistir la atracción que nuestra alma siente por Él, pero antes de que ningún hombre pueda sufrir las penas de la perdición eterna, tiene necesariamente que resistirla de forma persistente. Habiendo rechazado el amor, "los que me aborrecen, aman la muerte" (Proverbios 8:36).

El atractivo incomparable de la cruz de Cristo. ¿Qué es lo que da a la cruz de Cristo un atractivo tan irresistible para todo aquel que se detiene a contemplarla? Si su Víctima fuese meramente un fanático o un místico con la lamentable pretensión de ser divino, o bien si se tratara simplemente de un buen hombre trágicamente asesinado, su muerte no habría hecho en las generaciones posteriores una impresión más duradera que la muerte de cualquier mártir, o que el asesinato de un hombre de estado. La realidad, expresada por la propia Víctima, de ser Dios, es lo que explica la influencia imperecedera de su muerte.

Pero ¿cómo podemos estar seguros de su divinidad? ¿Es nuestra fe mera superstición? ¿Es tan fuerte nuestro deseo de recompensa eterna como para hacer que estemos dispuestos a creernos lo increíble, a fin de escapar al cruel mundo en el que aún vivimos?

Una mirada a la cruz trae más certeza de la divinidad de Jesús, que la argumentación más elaborada que quepa imaginar. Una vez que se contempla la naturaleza del amor (ágape) revelado allí, la Víctima aparece con claridad como nadie menor que el eterno Hijo de Dios. Sólo "Dios es amor" (1 Juan 4:8). El amor meramente humano jamás habría sido capaz de concebir la sublime demostración del Calvario. La calidad del amor allí manifestado es desbordante, la perfecta negación del yo, infinitamente más allá de nuestro amor calculado, centrado en el yo, que tan a menudo nos traiciona. El corazón de todo hombre queda convicto de que un amor como ese sólo puede venir de Dios, y de que la hostilidad que asesinó a la Víctima es en esencia nuestra "enemistad contra Dios" (Romanos 8:7). El amor de Jesús lleva en sí mismo el testimonio de sus credenciales divinas.

 
       
   

Reflexión de la Semana