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Prefacio
Puesto que en el mundo no hay personas perfectas, tampoco existen los
matrimonios perfectos. Aquel que presume de no haber sido nunca tentado a
creer que su esposo o esposa es insoportable, o bien oculta la verdad, o
vive en un mundo de sueños. Por otra parte, la mayor parte de las personas
reconoce haber sido, en uno u otro momento, francamente... insoportable.
En algunas ocasiones, la característica que parece hacer tan insufrible a
uno de los cónyuges es simplemente ese elemento misterioso que podemos
llamar masculinidad o feminidad, y que tan a menudo es causa de malos
entendidos. Un sincero esfuerzo por ponerse en el lugar del otro y
comprender cómo siente y piensa el sexo opuesto, puede bastar para que la
cualidad de insoportable se "evapore", antes de que se evapore el
matrimonio.
Cuando las partes móviles de una maquinaria están en estrecho contacto, es
inevitable la fricción, haciendo imprescindible el aceite lubrificante. Un
matrimonio que carezca del sentido del humor, corre serio peligro
de ponerse al rojo vivo con facilidad.
Una pareja que acudió a mí en busca de consejo, parecía acumular
obstáculos y pronunciamientos suficientes como para hacer encallar una
docena de matrimonios. Sin embargo, eran capaces de echárselo todo a la
espalda y de reírse hasta de ellos mismos. De eso hace ya más de una
década, y me satisface comprobar que su proyecto familiar sigue adelante,
y que por toda apariencia son razonablemente felices.
No obstante, hay fricciones para las que el aceite del humor parece no ser
suficiente. Son matrimonios en los que el cociente de felicidad está
grandemente disminuido, si es que realmente se puede hablar de él. Aún
entonces, Dios tiene "buenas nuevas" sanadoras que en muchos casos, si no
en todos, traerán la deseada paz.
No se trata de algo que hacer. Cuando estamos sometidos a una
fuerte tensión emocional, tenemos grandes dificultades para asimilar el
consejo de Dios. Mucho más útil que los buenos consejos son las buenas
nuevas. Se trata, pues, de algo que creer.
Poco importa lo desesperada que la situación pueda parecer: en cualquier
punto del camino, la línea de comunicación entre tu Salvador y tú, son
siempre Buenas Nuevas.
1. El desgraciado matrimonio de Abi
No es difícil obtener consejo relativo a cómo deshacerse de un cónyuge
insoportable. Abundan los tratados sobre el divorcio. En contraste,
nuestro viaje pone la vela hacia un puerto distinto: ¿Cómo encontrar la
felicidad en un matrimonio en el que uno siente que su esposo o
esposa es menos que satisfactorio; de hecho, decididamente insoportable?
Comenzamos con la historia real y fascinante de una mujer atrapada en un
matrimonio muy probablemente peor que cualquiera de los que hayas
conocido, incluyendo el tuyo propio.
Abi poseía belleza e inteligencia. Por alguna razón, se casó con Al. Al
era inculto, rudo y pendenciero, y no tardó en resultar rematadamente
insoportable para la sensible e intuitiva Abi. Más de una mujer en su
lugar habría "hecho las maletas". Sin embargo Abi encontró su rincón en la
historia a base de resistir.
Si un encantador príncipe hubiese visitado el pueblo campesino de Abi, sin
duda alguna la habría convertido en princesa. Pero eso no ocurrió, y
parece que sus padres la empujaron a que se casara con Al. Al no debió
despertar en ella sueño alguno, pero quizá se consolara con el pensamiento
de que al fin y al cabo era un hombre fuerte... Al menos, sabía cómo ganar
dinero. Quizá papá y mamá convencieron a Abi de que ella podría cambiarlo,
o de que aprendería a quererlo. ¡No podía desaprovechar aquella ocasión!
Al era el retoño de una familia prominente, llamado a ser rico e
influyente. Con su delicadeza, Abi proporcionaría el toque de gracia al
hogar señorial. Finalmente le dijo "Sí".
Poco después de la boda, Abi estaba ya sumida en el llanto más
desesperado. Si hubiese sabido que padecía un cáncer incurable, no se
habría sentido más hundida que al darse cuenta de que estaba atada de por
vida a un perfecto loco, en lo referente a las relaciones humanas. Los
vecinos y hasta los mozos, hacían todo lo posible por evitar a Al.
Para complicar las cosas Al se dio a la bebida, y Abi aprendió pronto que
no hay problema tan grave como para no poder empeorar con el alcohol. Los
empleados podían escapar, pero ella se sentía encadenada a la cárcel del
matrimonio "hasta que la muerte nos separe". Más de una vez suspiraba por
ver prematuramente aliviado su sufrimiento de esa manera...
Como reacción a los toscos modales de Al, se fueron desarrollando en Abi
las cualidades de la gracia y la diplomacia. Aprendió a aplicar el bálsamo
que tranquilizaba las turbulentas aguas donde la mente de Al se agitaba.
La molesta partícula de arena acabó por producir la perla legendaria en el
alma de Abi. Se hizo una verdadera experta en manejar hombres incapaces de
manejarse a sí mismos. Eso abrió en su vida un nuevo y fascinante
capítulo.
Abi se aferró a una verdad poco conocida. Comprometida con la idea de que
"serán una sola carne" (Gén. 2:24), comenzó a comprender que eso
significaba que Al y ella no podían separarse, y que su felicidad
dependería de creer en ello. Empezó a ver los errores de Al como
"nuestros" errores. Si estás luchando contra el desánimo puede que esto no
te resulte particularmente consolador en un principio, pero lo cierto es
que en el proceso de enfrentar un desengaño tras otro, Abi perfeccionó su
talento y belleza de carácter.
Abi permaneció fiel a Al, confiando en que Dios, en el momento y forma en
que él juzgara oportuno, cambiaría su dolor en felicidad. Hasta el final
de su matrimonio mantuvo nítida su conciencia y propósito, luchando por la
integridad de su hogar, ganándose el aprecio de sus vecinos y sirvientes,
y al mismo tiempo labrándose un rincón distinguido en la historia femenina
de la humanidad.
El vicio de la bebida pudo finalmente con Al. Al salir de una borrachera,
cayó en una profunda depresión que vino a convertirse en desesperación,
para terminar finalmente en la muerte. En kilómetros a la redonda nadie
dudaba que "había llegado la hora" del intratable Al en la providencia del
Señor. Y aunque cueste de creer, una vez que Abi quedó libre, apareció un
príncipe y se casó con ella. Se trata de uno de los casos de los que
existe un registro más fiable en toda la historia. Puedes analizar los
detalles en la Biblia, en 1ª de Samuel 25:2 al 42.
Leemos que "aquel hombre se llamaba Nabal, y su mujer, Abigail. Aquella
mujer era de buen entendimiento y hermosa apariencia, pero el hombre era
rudo y de mala conducta" (versículo 3). Dios quiso que su historia quedara
registrada en el relato sagrado para dar ánimo a miles de personas, en
épocas futuras.
Apareció en la escena David, el legítimo heredero al trono de Israel. En
un encuentro desafortunado, Nabal trató con rudeza y desprecio al futuro
rey, y éste, enfurecido, decidió vengar el insulto recurriendo a la
violencia. De no haber sido por la intervención de Abigail, el irreflexivo
propósito de David habría perseguido su conciencia de monarca por el resto
de su vida, y bien hubiese podido arruinar su reputación de soberano justo
y compasivo. Gracias a la habilidad diplomática, destreza y tacto
exquisito que había desarrollado, Abigail salvó a David de sí mismo. El
breve e improvisado discurso de Abigail estaba cargado de elocuencia, e
hizo entrar en razón a David al señalarle cómo se mancharía su honor real
si daba rienda suelta a aquel acceso de ira. La habilidad de Abigail para
evitar esa tragedia es un hecho remarcable.
Abigail protegió a su indigno marido, por más que éste no lo mereciera.
Asumió ella misma la culpabilidad, "¡Que caiga sobre mí el pecado!", "Te
ruego que perdones a tu sierva esta ofensa" (versículos 24 y 28). En las
ofensas de Nabal, ella vio las suyas propias, tanto como las de él: ¿no
eran los dos "una sola carne"?
La súplica de Abigail porque fuera preservada la vida de su esposo, fue
tan sincera y vehemente que logró su objetivo. Mientras ocurría todo esto,
Nabal estaba entregado sin control a la bebida. Abigail esperó a que él
recuperase la poca cordura que poseía, para referirle cuán cerca había
estado de la catástrofe. El relato continúa así: "Por la mañana, cuando ya
a Nabal se le habían pasado los efectos del vino, le contó su mujer estas
cosas; entonces se le apretó el corazón en el pecho, y se quedó como una
piedra. Diez días después, Jehová hirió a Nabal, y este murió" (versículos
37 y 38).
Una vez que Abigail hubo quedado libre, David se casó con ella (versículo
42). Lo que el futuro rey sintió por Abigail no debió ser solamente
atracción. Además, debió comprender que ella poseía lo que le ayudaría a
superar su propia debilidad.
Nabal no era sólo fastidioso; era imposible. Sin embargo, Dios tuvo una
solución para el problema de Abigail. Su desgraciado matrimonio debiera
animarnos a creer que hay esperanza de felicidad, incluso en situaciones
tan "imposibles" como esa. Y siendo así, con mucho mayor motivo al
tratarse de esa gran mayoría de situaciones que cabe calificar de
difíciles, más bien que de imposibles.
La historia de Abigail revela que Dios mismo asume la defensa de la esposa
o el esposo infeliz que se lleva la peor parte en el conflicto. Puedes
encontrar la felicidad en la fidelidad, de mil formas impredecibles. Dios
nunca ignoró ni abandonó a Abigail. Aquel para quien no pasa desapercibida
ni la caída de un pajarillo en tierra, no fue indiferente hacia Abigail y
su infeliz matrimonio. La historia quedó inmortalizada para las edades
venideras y para la eternidad. Queda inmortalizada para ti.
Sería ingenuidad el pensar que nunca vamos a gustar el dolor impuesto por
las inevitables circunstancias adversas, dentro y fuera de nosotros. Lo
que es importante es experimentar ese estado de bienestar interior, esa
conciencia de estar en paz con Dios, quien conoce cada circunstancia,
dentro y fuera de nosotros. Todo eso lo aprendió Abigail, y fue el secreto
del encanto y belleza de su carácter, asignándole un lugar honroso en el
escaparate de la Biblia.
Abigail podría ser la patrona de la Federación de las Esposas o Esposos
Infelices. Quizá te sientas en una situación más desesperada aún que la de
Abigail. No será un consuelo pequeño el saber que el Señor lo percibe y se
ocupa de tu caso.
Es bueno que sepas que tú y tu situación marital son importantes para el
Señor, y que él tiene cuidado de tu felicidad matrimonial. Será positivo
que descubramos lo que está haciendo al propósito. Su solución al problema
puede no ser tan simple como hacer desaparecer un esposo o esposa
difíciles. Puede haber una solución mucho más feliz que poner final al
matrimonio. Se trata de hacer desaparecer el factor irritante que está
causando el problema.
Lo que queremos descubrir es cómo lograrlo.
2. Magnitud del problema
Según el Tribunal de Conciliación de Los Ángeles, en Norte América se
divorcia cada año un millón de matrimonios. Otro millón de ellos se separa
sin divorciarse; y un tercer grupo imposible de cuantificar, intenta
coexistir bajo el mismo techo en un estado de "divorcio psicológico".
Millones de niños desamparados, llevados por la marea de aquí para allá,
constituyen los restos del naufragio de esos matrimonios. Cada uno de esos
niños, privado de uno de sus padres naturales, experimentará a su vez
problemas en su propio matrimonio, de forma casi inevitable. Es previsible
que la actual generación de hijos de padres divorciados sea una bomba
social de tiempo, en espera de explosionar.
Cuando el amor desaparece y se llega al divorcio, el resultado suele ser
la peor amargura que los seres humanos somos capaces de experimentar.
Es prodigiosa nuestra capacidad para cambiar. La dulzura y cortesía suelen
caracterizar a los enamorados en su fase de noviazgo, para alegría de
familiares y amigos. Pero en algún momento, en aquella pareja que tan
"perfecta" parecía, algo se seca misteriosamente desde la raíz. Ninguno de
los dos puede señalar con precisión qué hizo la diferencia.
De alguna forma, aquel Edén escondía una serpiente. Cada uno de los
cónyuges comienza a ser como papel de lija para el otro. La conversación
comienza a hacerse tensa, las palabras se convierten en hirientes y hasta
a veces en crueles. Los abrazos se hacen difíciles. Uno u otro prefiere
llegar tarde a casa. Se olvidan los aniversarios y se ignoran o evitan los
parientes del "otro". Como huracanadas tormentas de arena, las disputas
rompen el incómodo silencio. Desaparece el deseo de estar juntos. Cada uno
comienza a temer el inevitable momento en el que se ha de encontrar con el
otro. En esa atmósfera tensa, cada acto o palabra cobran un tinte
siniestro que se expresa en acusaciones y contra-acusaciones. Por entonces
el amor ha pasado, de estar agriado, a cuajar en amarga y declarada
animosidad. El viaje matrimonial llegó a su punto sin retorno por toda
apariencia, y el divorcio se vislumbra como única forma de poner fin a la
miserable situación de ambos.
No obstante, tras el naufragio, la situación puede ser aún peor que en
plena tormenta. Sólo los abogados salen ganando. Sea que el problema
consista en cómo repartir el patrimonio, los pagos periódicos, la tenencia
y custodia de los hijos, o los privilegios de visita con respecto a ellos,
suele implicar un penoso arrastrarse en interminables procesos legales.
Hay casos en los que verdaderamente falla todo, y el divorcio o la
separación es la única solución posible. El Nuevo Testamento reconoce que
existe una situación tal. Puedes verlo en Mateo 19:3-12 y en 1ª de
Corintios 7:10-15. Pero en muchos casos, en muchísimos quizá, hay una
mejor solución: aprender a vivir con un esposo o esposa insufrible, y
aprender a convertir un matrimonio infeliz en lo opuesto.
Barbara Russell Cheser, en un artículo del Reader’s Digest afirma
que en un estudio efectuado con 60 matrimonios divorciados, quedaban, al
cabo de los años, "muchos asuntos sin resolver". No sólo eso. Parte del
trauma está ocasionado por la expectativa de ver resueltos los problemas
con el divorcio, siendo que frecuentemente no hacen sino empeorar. Los
estudios han demostrado que las segundas nupcias tras un divorcio, tienen
una probabilidad mucho mayor que las primeras de terminar en otro
divorcio.
Son muy pocos los matrimonios en los que no es posible apreciar trazas de
esa cualidad de "insoportable" en uno o ambos de sus componentes. El ser
humano es imperfecto, e inevitablemente irritará a su consorte, al menos
en algunas ocasiones. El divorcio es una gran ruina, pero comienza siempre
por una pequeña grieta. Tal como expresó Alfred Tennyson:
Aquella pequeña fisura, en el violín ignorada
Apagó la música en el silencio de la nada
–Tennyson, "Merlin and Vivien"
Es posible reparar las pequeñas grietas en los violines. Nadie
despreciaría un Stradivarius por ese motivo; lo sensato es repararlo. El
motivo es, naturalmente, que ese instrumento vale una fortuna. ¿Hace falta
insistir en que tu matrimonio vale infinitamente más que el más preciado
Stradivarius?
Hay un Maestro Reparador que halla su mayor placer en reparar ese tipo de
fisuras. Tiene empleados que pueden auxiliar, dando consejos positivos.
Pero él mismo es la verdadera fuente de sabiduría. El primer paso es creer
que, efectivamente, ese Maestro Reparador tiene tanto el deseo como la
capacidad para solucionar tu caso. El gran Restaurador posee los remedios
y la destreza para solucionar fisuras infinitamente más complejas que
aquellas que podrían arruinar un instrumento musical.
Quizá el primer problema a resolver es comprender que el Restaurador no
nos da la espalda por el hecho de que nos hayamos buscado esos problemas
en los que nos encontramos, y que de alguna forma sabemos que merecemos. A
menudo, la sensación de culpabilidad por nuestra propia contribución al
desorden matrimonial tiene tales dimensiones en nuestra conciencia, que
nos impide creer que Dios vaya a hacer algo por nosotros. El diablo
encuentra su manera de hacernos creer que merecemos la miseria que se
amontona en nuestro camino. Sea nuestra primera lección el aprender que
podemos confiar en Dios: "Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría,
pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será
dada. Pero pida con fe, no dudando nada, porque el que duda es semejante a
la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a
otra" (Sant. 1:5 y 6). Sí, necesitamos buenas nuevas en las que creer: su
benevolencia y generosidad en perdonarnos y salvarnos del mal que
merecemos. Deja de culparte a ti mismo, a tu esposo o esposa (o
familiares), y acepta ese perdón. No hay nada que tenga un poder sanador
comparable.
Podemos recibir tantos buenos consejos como nos den, pero somos incapaces
de poner en práctica ni uno solo de ellos, si resultamos bloqueados al
suponer que Dios nos reprocha por nuestros errores pasados. Su Palabra
contiene buenas nuevas para quien busque ayuda con sinceridad.
3. La técnica para reparar un matrimonio maltrecho
El salvar un matrimonio tiene mucho más que ver con algo bueno que
creer, que con algo bueno por hacer. La energía emocional será
inexistente a menos que descubramos primeramente buenas nuevas en las que
creer, en relación con el problema. El creer en lo correcto conduce pronto
a hacer lo correcto, y los problemas comienzan a desaparecer. La razón es
que creer la auténtica verdad libera fuentes secretas de motivación en el
alma humana.
Exponemos aquí cinco verdades tan sólidas como montañas de granito. Cada
una de ellas es una buena noticia para tu matrimonio. No te van a imponer
carga alguna que esté más allá de tus fuerzas. No obstante, pudiera ser
que necesites asistencia en cuanto a creer que esas buenas nuevas son
ciertas, ya que la obsesión favorita del ser humano es detenerse en lo
negativo...
1. Dios está más preocupado que tú mismo (misma) en que el tuyo sea un
matrimonio feliz.
(a) Él mismo "inventó" el matrimonio. Si resultara ser una institución
demasiado difícil para los seres humanos, su fracaso arrojaría sombras
sobre la sabiduría y reputación de su Inventor. Unos que estaban
preocupados por los problemas matrimoniales, pidieron consejo a Jesús. Él
respondió: "¿No habéis leído que el que los hizo al principio, ‘hombre y
mujer los hizo’, y dijo: ‘Por esto el hombre dejará padre y madre, y se
unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne’? Así que no son ya más
dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó no lo separe
el hombre" (Mat. 19:4-6). Significa que hay Alguien que está obrando 24
horas al día, los siete días de la semana, a fin de que tu matrimonio sea
feliz. No impidas su labor.
(b) Cada matrimonio es tan importante para Dios, como si no existiera
ningún otro en el mundo. "¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con
todo, ni uno de ellos cae a tierra sin el permiso de vuestro Padre... no
temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos" (Mat. 10:29-31).
Cuando nuestro matrimonio amenaza con derrumbarse, nos sentimos
desesperadamente solos. Hay muy buenas nuevas en comprender que Alguien se
preocupa, puesto que una vez aceptado eso, el problema deja de ser tu
problema; es también el suyo, y puedes dejar de preguntarte:
‘Y ahora ¿qué voy a hacer?’, para comenzar a preguntarle: ‘Señor,
¿cómo puedo cooperar contigo, mientras resuelves el problema?’
2. La cualidad de insoportable no es de carácter irreversible.
A menudo, todo cuanto Dios necesita para poder convertir un matrimonio en
feliz, es la simple voluntad de uno de sus componentes en cooperar con él,
y su disposición a aceptar ciertos cambios. Dichos cambios han de ser
precisamente obra de Dios, dado que tratándose de resolver problemas de
esa envergadura, la Biblia especifica que somos "débiles" (Rom. 5:6).
Consiste básicamente en permitirle al Señor que sane el matrimonio. No se
trata de nada parecido a un pasivo "dejar hacer", o "dejar pasar". Hay
definidamente algo por hacer, pero no consiste en una obra imposible, sino
en una verdad que creer.
Si es cierto que tu cónyuge es intratable, Dios cuenta ya –al menos– con
una voluntad errada con la que tratar. En caso de que decidas añadir tu
propia actitud negativa al problema, su acción resulta grandemente
dificultada. Ni siquiera el Cielo puede salvar un matrimonio cuando ambos
cónyuges se oponen a que Dios lo salve. Pero si uno de ellos elige
cooperar con él, eso es todo cuanto Dios necesita para poder actuar.
La Biblia reconoce que los seres humanos somos capaces de contrarrestar
las buenas nuevas de Dios, si persistimos en rechazar su gracia. Pero
alienta a creer que uno de los componentes del matrimonio puede ser el
instrumento mediante el cual Dios cambie al otro. "El marido no creyente
es santificado por la mujer; y la mujer no creyente, por el marido" (1 Cor.
7:14).
La palabra santificado significa aquí "puesto en una relación
positiva con Dios, gracias a la cooperación del cónyuge creyente con él".
Dicho de otra forma, el componente que está necesitado de cambios se
beneficia de la positiva influencia del otro, cuando ese otro está
cooperando con Dios. Pero surge ahora un problema.
En la íntima relación del matrimonio cada uno llega antes o después a
conocer al otro, sin posible fingimiento o disfraz. Tu esposo o esposa
sabe perfectamente si posees la genuina abnegación. Indefectiblemente
mostraremos todo el egoísmo del que somos capaces, si es que la gracia de
Dios no nos salva de eso. Cuando tu cónyuge observa la evidencia de que el
Espíritu de Dios está obrando en ti, tendrá toda facilidad para estar
receptivo a las impresiones del Espíritu Santo. Esa es una de las formas
en las que Dios puede "santificar" al cónyuge incrédulo.
El método favorito de Dios para manifestarse, no es mediante relámpagos y
temblores de tierra, sino mediante la transformación positiva de personas
insoportables. De igual forma en que el sol derrite el bloque de hielo,
ese tipo de amor frecuentemente tiene éxito en subyugar el frío corazón
incrédulo. Como escribió Pablo: "¿Qué sabes tú, mujer, si quizá harás
salvo a tu marido? ¿O qué sabes tú, marido, si quizá harás salva a tu
mujer?" (vers. 16).
3. Quizá hay en ti actitudes erradas que han provocado la desazón en tu
cónyuge.
El cambio que Dios es capaz de producir es una excelente noticia,
especialmente si tú fuiste primariamente el culpable, ya que se trata
entonces de algo que puedes remediar si permites que Dios obre. Tu propia
transformación puede ser el medio que Dios emplee para salvar a tu esposo
o esposa. Ser salvo significa pasar de estar "ajeno de la vida de Dios por
la ignorancia... por la dureza [del] corazón", a estar reconciliado con él
(Efe. 4:18).
Eso puede ser especialmente cierto en un matrimonio en el que uno sólo de
los dos presenta una actitud reprobable, mientras que hace profesión de
cristianismo. Por supuesto, esa actitud niega su pretendido cristianismo y
deshonra a Dios haciéndolo aparecer como impotente para salvar de sí
mismas a las personas. Nada puede hacer a los seres humanos más difíciles
de soportar, que el creer tan malas nuevas como esas. Si fuiste la piedra
de tropiezo en este sentido, quizá no necesites seguir buscando cuál es la
causa de la infelicidad en tu matrimonio. Lo que uno piensa acerca de
Dios, determina el tipo de persona que finalmente es. Ello es debido a la
existencia de un sólido principio bíblico: el principio de la justicia por
la fe. Es algo tan constante como las matemáticas de "dos y dos son
cuatro".
Las Buenas Nuevas consisten en la comunicación de un mensaje de verdad
relativo a lo que Cristo efectuó y está efectuando a fin de salvarnos.
Tiene por centro su propio sacrificio en la cruz. No se trata meramente de
la esperanza de la salvación más allá de la muerte; se trata de paz,
felicidad y reconciliación, de transformación del corazón aquí y ahora.
Ver y apreciar lo anterior es a lo que la Biblia llama fe; y una fe tal
trae la justicia al corazón del creyente. Pone fin a la fuga de energía
emocional, puesto que la fe misma provee energía. "La fe.. obra por el
amor" (Gál. 5:6). La palabra "obra" es en griego energeo; de ella
derivamos nuestro término "energía"). Es así como la culpabilidad, el
temor, la desavenencia y la sospecha son desterradas del corazón.
Repitamos la idea: Todas esas buenas cosas que se supone que debemos
hacer, nos resultan imposibles de realizar a menos que creamos en aquello
que Cristo ha hecho ya por nosotros, y en lo que está haciendo ahora.
Creer malas nuevas paraliza. Creer las buenas nuevas del evangelio trae la
energía.
Un esposo o esposa incrédulo, incapaz de ver esas buenas nuevas
demostradas en la vida del otro componente, resulta privado del medio más
efectivo por el que Dios puede hacer que un cónyuge insoportable deje de
serlo. Por otro lado, al esposo o esposa incrédulo que presencia
diariamente esas "buenas nuevas" le resultará difícil ignorarlas.
4. Si hay esperanza para ti, la hay para tu esposo o esposa, puesto que
Dios hizo "uno" de vosotros dos.
El diablo está especializado en hacer creer a los matrimonios que uno y
otro son "incompatibles". Cuando se casan pueden haber sido realmente
incompatibles, pero es el plan de Dios que vengan a ser progresivamente
adecuados el uno para el otro, y cada vez más "uno", si es que no frustran
el designio de Dios para ellos. Él dijo: "Los dos serán una sola carne"
(Mat. 19:5). No dijo que los dos debieran ser una sola carne, ni
que pudieran serlo, ni tampoco que sería muy bueno que así
sucediera. No; "los dos serán una sola carne". Dicho de otro modo:
el plan de Dios consiste en hacer que personas que se creen incompatibles
(el diablo les tienta a que alberguen esos sentimientos), resulten
felizmente conjuntadas. Eso es lo que logra su gracia. Pero sucede
solamente cuando permiten que Dios lleve a cabo su plan en ellos, o lo que
suele ser equivalente, cuando dejan de oponerse a él.
Si lo que hemos dicho hasta ahora es verdad, tan ciertamente como uno de
los componentes deja de ser insoportable mediante la gracia del Salvador,
otro tanto puede suceder al otro. El mismo Dios que creó a uno, creó al
otro, y dispuso que los dos fuesen "uno". Por supuesto, Dios nunca fuerza
la voluntad de nadie, de forma que siempre es posible resistir su gracia
hasta el amargo final.
5. No resistas ese impulso de hacer o decir algo agradable a tu esposo
o esposa.
El hacer lo correcto descansa sobre el fundamento de creer lo correcto.
Pero ¿cómo encuentra uno la voluntad y energía para obrar lo correcto?
Mediante la fe. La fe sólo es verdadera cuando "obra por el amor" (Gál.
5:6). La fe permitirá que digas o hagas lo que resultará de ayuda, que
puede ser simplemente dedicar a tu esposo o esposa palabras de sincero
aprecio, hacerle algún regalo inesperado, darle a entender que su
proximidad te resulta necesaria y gratificante, o quizá realizar alguna de
esas tareas que requieren abnegación, y que sueles rehuir obstinadamente.
Hay mil formas en las que la fe puede proporcionarte la energía para lo
que parecería imposible. Ese bendito impulso es en realidad la obra del
Espíritu Santo. ¿Puedes reconocerlo? Dios está ya a la obra de salvar tu
matrimonio. ¡Hazlo! ¡Dilo! Dios hace posible que seas
diferente a como fuiste. Ese es su "oficio", -ser el Salvador.
Si tu palabra o acto de amor fueran rechazados, no reacciones con ironía.
Eso podría echarlo todo a perder, y pondría en cuestión la motivación de
tu acto o palabra amable. Acepta que la nobleza de tu propósito pueda ser
puesta a prueba, y no te desanime que así suceda. La bondad fingida no
puede funcionar, pero la genuina tiene muchas posibilidades de lograr su
objetivo. La genuina bondad no tiene otra forma de demostrar su
autenticidad, excepto al ser puesta a prueba. Las pruebas que enfrentes en
el espíritu correcto, no harán más que incrementar las posibilidades de
éxito. Si comprendes esto, los reveses inesperados no te vencerán (ver 2
Ped. 1:5).
"Bendecid a los que os maldicen y orad por los que os calumnian... como
queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con
ellos... Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es
misericordioso" (Luc. 6:28-36).
¿Funciona? En efecto. El gobierno de Dios descansa en la realidad de que
la luz es más fuerte que las tinieblas, el amor es más fuerte que el odio,
el bien más fuerte que el mal, y la gracia más poderosa que el pecado.
Así, la gracia de Dios es tan poderosa como para resolver el más grave
problema matrimonial, siempre que no resulte frustrada por una voluntad
humana obstinada en resistirla.
4. Cómo amar, cuando amar parece imposible
"¡Ha logrado matar todo el amor que le tenía!" "Me siento incapaz de
dedicarle sentimiento alguno; sencillamente soy incapaz de amarle".
Expresiones tristes como esas, caracterizadas por el oscuro tinte de la
fatalidad, parecerían hacer innecesario el resto de este capítulo. ¿Para
qué esperar que vuelva a la vida algo que murió ya?
Pero ¿es realmente imposible que reviva lo que murió?
Los griegos y romanos de antaño imaginaban el amor sexual como un dios que
disparaba flechas de pasión y "mataba" a sus víctimas, quienes no podían
evitar enamorarse. Desde el siglo primero antes de Cristo, los romanos han
venido representando a Cupido en pinturas y estatuas, inmortalizando sus
irresistibles conquistas. De resultar alcanzado por una de sus flechas,
nada podías hacer por evitar el seguro resultado.
Aunque aparentemente mucho más sofisticados, los seres humanos de hoy día
tendemos a pensar en términos muy parecidos. Solemos ver en el
enamoramiento una fatalidad tan inevitable como el atrapar un resfriado de
vez en cuando. El equivalente griego a Cupido era Eros, hijo de la diosa
Venus. Para los helenistas, el amor sexual era un dios; ¿cómo podía un
simple mortal oponerse al designio de un dios?
La misma idea impregna el pensar musulmán. A la mujer se le exige una
modestia extremada, debido a que se asume que la contemplación de la forma
femenina, o la exhibición de parte de su cuerpo, despertará
indefectiblemente una pasión incontrolable en el hombre, que a su vez será
irresistible para la mujer. Les resulta casi inconcebible que un hombre y
una mujer, dejados solos, no terminen sexualmente implicados. Como en la
antigua Grecia o Roma, la pasión sexual se considera "divina" en el
sentido de que si te alcanzó Cupido, es inútil resistir. La elección o
voluntad de uno no tienen lugar alguno en un "amor" como ese.
El corolario es que, dado que careces de control alguno en el proceso del
enamoramiento, careces igualmente de control en el proceso inverso (el
des-enamoramiento). Es la otra cara de la moneda de Cupido, y el principio
que subyace en los matrimonios quebrantados. Pero ¿es el "amor" de Cupido
el amo y dictador de nuestras almas, de forma que no somos más que
esclavos de sus órdenes de amar, o de no amar?
La noción bíblica de amor es marcadamente diferente. La Biblia presenta el
amor como un principio. Se lo puede someter a la voluntad, o controlar, en
la medida en que el Espíritu Santo de Dios alumbra a aquel que cree en el
Salvador. Cupido puede lanzar su flecha, esperando que uno sucumba al
encaprichamiento de un amor ilícito que lo llevará a la ruina, pero la
Biblia nos enseña que podemos decir NO a ese tipo de impulsos. Cupido
puede muy bien disparar su flecha una vez que te has casado, y hacerte
creer que es inevitable que te enamores de alguien que no es tu esposo o
esposa. Los paganos creían que un encaprichamiento como ese tenía origen
divino, y por lo tanto justificaba la disolución de un matrimonio previo.
Pero el verdadero cristiano comprende que tanto él como ella pueden elegir
libremente negar esa invitación a la infidelidad, y vencerla mediante el
poder divino.
Escribió el apóstol inspirado: "La gracia de Dios se ha manifestado para
salvación a toda la humanidad, y nos enseña que, renunciando a la impiedad
y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y
piadosamente, mientras aguardamos la esperanza bienaventurada y la
manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo. Él se
dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda maldad" (Tito
2:11-14).
El negarse continuamente a caer en la tentación, ¿es una forma miserable
de vivir? No: es la única forma de vivir felizmente. No se trata de
apretar los dientes y forzarte a decir NO a las tentaciones al amor
ilícito. La Biblia especifica que la gracia de Dios "nos enseña" a
resistir la tentación. Dejamos de ser esclavos de la pasión. En Cristo
somos hombres y mujeres libres, disfrutando de nuevo del don de Dios de
ser dueños para elegir, permitiendo que nuestras emociones y caprichos
estén bajo su control. Si podemos decir NO a un amor ilícito, hemos ganado
la victoria sobre la tentación. Poco puedes imaginar cómo te alegrarás
cuando descubras que resultaste liberado de una trampa que no habría
significado mas que tu propia fosa.
Pues bien: si es posible decir NO a un amor ilícito, ¿no será posible
decir SÍ a un amor que sabes que es honroso y apropiado, un amor que Dios
te ha encargado que alimentes y cuides, aunque por el momento tu
sentimiento vaya en dirección contraria?
Cupido nada tiene que ver con Dios. Cuando tomas el compromiso de amar,
honrar y cuidar al (o a la) que será tu esposo (o esposa) hasta que la
muerte os separe, Dios espera que ames a tu pareja, y que seas feliz en
ello. Naturalmente, es posible que tu pareja falte al espíritu –y a la
letra- de ese compromiso, pero eso no te excusa de cumplir tu parte. De no
ser así, el plan de Dios para el matrimonio sería una ruina segura.
Y ahora podemos redactar así la pregunta: ¿es posible amar a un esposo o
esposa a quien sientes que no puedes amar?
La práctica totalidad de los lenguajes modernos tienen una sola palabra
para expresar la noción de amor. El griego, lenguaje en el que se escribió
el Nuevo Testamento, tenía al menos tres palabras para expresarlo en sus
diferentes acepciones: eros, philos y ágape. Eros
era el equivalente griego a Cupido, el dios de la pasión, el "amor" que
depende de la belleza o bondad del objeto amado. Ese es el equipo con el
que todos nacemos. Los paganos de antaño asumían que el eros era
divino, puesto que era una misteriosa emoción que parecía arrastrar como
una marea incontenible para cualquier barrera humana. Philos es un
nivel inferior de amor, algo así como el afecto o la afición que tenemos
por la música, el arte, etc.
Los apóstoles no dijeron jamás que Dios es eros. Juan escribió:
"Dios es ágape" (1 Juan 4:8). Ese tipo de amor es un principio, no
una pasión. Es libre y soberano, no depende de la bondad o belleza de su
objeto. Por lo tanto, es capaz de amar a quien carece de belleza, y
también al que es indigno de ese amor. "Ciertamente, apenas morirá alguno
por un justo; con todo, pudiera ser que alguno tuviera el valor de morir
por el bueno [sería la forma más elevada de eros]. Pero Dios
muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo
murió por nosotros... siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por
la muerte de su Hijo" (Rom. 5:7-10).
En contraste con el amor eros y philos, que dependen del
valor de su objeto, el ágape es el tipo de amor que crea valor en
el objeto amado. No tienes que "purificarte" antes de poder tener la
seguridad de que Dios te acepta. Su amor te crea de nuevo, te hace algo
tan precioso como el propio Hijo de Dios que se dio para tu redención.
El amor eros busca instintivamente poseer, mientras que el ágape
es un amor que da, más bien que tomar o esperar recibir alguna cosa a
cambio. Así, nuestro amor humano busca el placer para sí mismo, mientras
que el ágape procura el bienestar de los demás. El amor humano está
siempre ávido de recompensa; el ágape está dispuesto a prescindir
generosamente de ella.
El ágape es un amor que los seres humanos no podemos generar por
nosotros mismos. Es ajeno a nuestro planeta, y ha de ser "importado". Ese
amor incomparable es la revelación suprema del carácter de Dios, tal como
quedó demostrado en Cristo: "El amor [original: ágape] es de Dios.
Todo aquel que ama [ágape] es nacido de Dios y conoce a Dios. El
que no ama [ágape] no ha conocido a Dios, porque Dios es amor [ágape]...
En esto consiste el amor [ágape]: no en que nosotros hayamos amado
a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en
propiciación por nuestros pecados... Si nos amamos unos a otros, Dios
permanece en nosotros y su amor se ha perfeccionado en nosotros" (1 Juan
4:7-12).
Si un matrimonio está basado solamente sobre el amor eros, está
cautivo de los antojos y caprichos de Cupido. A sus órdenes, dejas de amar
con la misma facilidad con que te enamoraste. Pero el amor ágape
que Cristo da, estabiliza nuestro amor humano. Leemos que el ágape
"nunca deja de ser" (1 Cor. 13:8), pero los restos de naufragios que
pueblan las playas de nuestros matrimonios testifican de que nuestro amor
humano, demasiado frecuentemente dejó de ser.
Dios desea que tu matrimonio sea feliz. Es posible introducir el ágape
en tu amor conyugal, que adquiere así una grandeza antes desconocida. El
mandato del Señor, "Maridos, amad a vuestras mujeres" (Col. 3:19),
se escribió empleando una forma verbal del ágape. El amor de una
esposa debe ser igualmente enriquecido por ese ágape de origen
celestial. Lo anterior puede parecernos imposible, a menos que afrontemos
humildemente la realidad. Hemos de permitir que el don nos sea concedido
de "arriba". El apóstol exhortó: "Sed bondadosos unos con otros,
misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como también Dios os perdonó a
vosotros en Cristo. Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y
andad en amor [ágape], como también Cristo nos amó y se entregó a
sí mismo por nosotros" (Efe. 4:31 y 32; 5: 1 y 2). El cómo lograrlo está
contenido en esta expresión: "como también Cristo nos amó". Apreciar su
amor significa que comprendemos que estaríamos en nuestras tumbas, si él
no hubiera muerto por nosotros. Debemos hasta nuestra vida física actual a
su sacrificio por nosotros, sea o no que lo comprendamos o lo creamos.
Todos están infinita y eternamente en deuda con su Salvador; hasta el sol
brilla y la lluvia cae, por virtud de su sacrificio. Cada pan lleva la
estampa de esa cruz, y cada manantial la refleja. Esa es la lección que
enseña la Cena del Señor.
Al aceptar ese amor sublime comienzan a suceder cosas. Cuando nos hacemos
conscientes -aunque sea en muy escasa medida- de nuestra debilidad y de lo
insufribles que somos, de cuán indignos somos de haber recibido esa gracia
mediante la cual "Dios os perdonó a vosotros en Cristo", inmediatamente se
hace infinitamente más fácil ser "bondadosos unos con otros,
misericordiosos, perdonándoos unos a otros". Como la primavera en el
desierto azotado por la sequía, que comienza de nuevo a recibir la
vivificante agua de la estación lluviosa, profundas emociones que habían
dormido "secas" en alguna misteriosa cámara del corazón entenebrecido,
comienzan a despertar y a florecer. Brota a una renovada realidad aquello
que nos parecía definitivamente perdido en la imposibilidad. El
mandamiento, "amad a vuestras mujeres [vuestros maridos]" puede parecer
tan imposible como mover montañas, pero cuando uno comprende cómo nos ha
amado Cristo, el milagro se hace posible.
El ágape es el tipo de amor que está en armonía con la voluntad de
Dios para nosotros, y con su ley. Podemos disponer nuestra voluntad para
que reciba ese amor ágape "en Cristo" por su gracia. Eso es así
debido a que todo aquello que constituye la voluntad de Dios, es posible
por definición. Más de un matrimonio "muerto" vivirá de nuevo, al
conectarse con esa Fuente última de auténtico amor.
Pero ¿puede el ágape reavivar el amor sexual de un matrimonio
feliz, con sus insondables secretos? ¿Es posible recuperar esa "química?
5. Milagrosa recuperación del amor sexual
En su primera carta a los Corintios, Pablo les alentó a un experiencia
sexualmente rica en el matrimonio. Pablo no les dijo que ‘el hombre no
debiera tocar mujer’, tal como parecían haberle preguntado por escrito (1
Cor. 7:1). Más bien les animó al disfrute honroso de la gratificación
sexual matrimonial, en el contexto de la experiencia ennoblecedora y
enriquecedora del amor ágape, libre de egoísmo. En los versículos 3
al 5 les escribió: "El marido debe cumplir con su mujer el deber conyugal,
y asimismo la mujer con su marido. La mujer no tiene dominio sobre su
propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido dominio sobre su
propio cuerpo, sino la mujer. No os neguéis el uno al otro".
El sexo es el don de la gracia de Dios a los esposos, a quienes Dios desea
hacer "uno" para siempre. La unión sexual es la feliz intimidad precursora
de toda una vida de felicidad.
La llama del amor es tan frágil que puede fácilmente apagarse por los
errores de quienes componen el matrimonio. La culpabilidad nos puede
bloquear, lo mismo que los celos corrosivos o el resentimiento. El amor
sexual es algo de una delicadeza indescriptible. Una vez quebrantado, no
hay fuerza natural que lo componga. Así parece ser; pero aquí es donde la
gracia del Señor puede lograr lo "imposible".
Hay una situación que hace difícil, incluso para la gracia de Dios, el que
pueda rehacerse una relación marital quebrantada, y es lo que Jesús
denominó "fornicación" (porneia) en Mateo 19:9. Constituye un
terreno legítimo -aunque no obligado- para disolver una unión marital, ya
que destruye el fundamento de confianza sobre el que descansa esa unión.
Las barreras para renovar el amor sexual son generalmente emocionales.
Dios es el "admirable Consejero" (Isa. 9:6) para quien no pasa
desapercibida la caída de un pajarillo al suelo, y su cuidado infinito es
capaz de recomponer la más maltrecha de las relaciones. "Hubiera yo
desmayado, si no creyera que he de ver la bondad de Jehová en la tierra de
los vivientes. ¡Espera en Jehová! ¡Esfuérzate y aliéntese tu corazón! ¡Sí,
espera en Jehová!" (Sal. 27:13 y 14).
Aquel que se apercibe de la caída de un pajarillo, está también ocupado en
la felicidad de la vida sexual de sus hijos. Algunos parecen albergar
todavía la idea propia de la Edad Media, según la cual la práctica del
sexo es intrínsecamente vergonzante, y que Dios da la espalda a todo lo
que tiene que ver con eso. Aquel que creó las misteriosas delicias del
sexo, posee el bálsamo restaurador. Pero su restauración descansa en la
contrición.
El orgullo y la justicia propia pueden asfixiar la delicada planta del
amor tan ciertamente como el viento helado puede marchitar las flores de
primavera. ‘Has traicionado el amor. Yo soy inocente. Estás en el error, y
yo en la verdad. Mereces el infierno, y yo el cielo’. Sentimientos como
esos, muy rara vez expresados, pero tan frecuentemente acariciados en la
mente, son totalmente injustificados, puesto que "todos pecaron" (Rom.
3:23).
El verdadero registro de nuestros pecados no está en nuestra memoria
consciente, sino en el cielo, donde hay una visión mucho más penetrante
que los rayos X, capaz de ver a plena luz los recovecos más oscuros y
profundos de lo inconfesable del ser humano. Los libros del cielo recogen
los pecados que habríamos cometido, de haber tenido oportunidad.
Dios presta atención a nuestros motivos ocultos. El esposo o esposa
considerado "inocente", que nunca pudo ser acusado de infidelidad, pero
que la habría cometido al ser tentado, si las circunstancias se lo
hubieran permitido, no es inocente ante los ojos de Dios. Ambas partes,
infiel e "inocente", están necesitadas de la gracia de Dios. Y hasta que
ambos lo reconozcan, no puede tener lugar la restauración que Dios
está presto a proporcionar.
Amar a quien no es amable puede parecer una auténtica imposibilidad. Pero
ese amor-ágape es capaz de iluminar con esperanza una situación que
de otra forma estaría irremediablemente muerta. Hay poder creador en la
palabra de Dios. Él creó el mundo a partir de la nada, ya que "llama las
cosas que no son como si fueran" (Rom. 4:17). ¿Acaso no podrá hacer otro
tanto con un matrimonio "muerto"? Ciertamente puede.
Jesús tuvo un encuentro con un hombre paralítico junto al estanque de
Betesda. El sufriente había sido una ruina humana por 38 años. "Cuando
Jesús lo vio acostado y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo:
-¿Quieres ser sano?" (Juan 5:6). El hombre apenas se atrevía a decir ‘sí’.
Su respuesta fue como la nuestra cuando encontramos casi imposible creer
buenas noticias: ‘No tengo a quien me ayude. Otros los tienen, pero yo
no’. No es difícil imaginar sollozos de desesperación en su penoso
lamento.
Entonces Jesús le dijo: "Levántate, toma tu camilla y anda" (vers. 8). El
paralítico hubiera podido argumentar acerca de la imposibilidad de
obedecer esa orden. Pero eligió creer las buenas nuevas. Como
Abraham, quien "creyó en esperanza contra esperanza" (Rom. 4:18), creyó,
dando con ello fe de ser un auténtico hijo espiritual de Abraham. "Al
instante aquel hombre fue sanado, y tomó su camilla y anduvo" (vers. 9).
Hemos hablado en lenguaje delicado de un problema más que delicado. Pero
Aquel que creó la delicadeza de los frágiles pétalos de una rosa puede
crear en ti y en tu cónyuge algo maravilloso, que va más allá del mejor de
tus sueños. Cuando lo haga, asegúrate de darle a él la gloria y recuerda
siempre que la felicidad que descubriste es un don inmerecido. Es algo
para cuya compra se requirió el sacrificio eterno de Jesús en la cruz. Sí,
el don incluye una vida de felicidad en el amor sexual.
6. Cinco verdades que pueden salvar el matrimonio
Quizá conozcas la historia del capitán de barco que durante años había
conducido su nave a través de aguas peligrosas, guiado por la brújula.
Cierto día colisionó con un fondo rocoso y se hundió. Al investigar el
naufragio se rescató y examinó detenidamente la brújula. Alguien, al
limpiarla, había dejado inadvertidamente un pequeño fragmento metálico de
la hoja de un cuchillo en una oquedad de la caja de la brújula, de forma
que la perturbación del campo magnético ocasionada fue suficiente como
para desviar el rumbo y hacer que la nave encallara en las rocas.
Más de un matrimonio naufragó debido a que uno o ambos de sus miembros
creyeron algo que desvió la brújula marital. Las creencias pueden ser
decisivas. La verdad puede salvar, y el error puede arruinar. El viaje
matrimonial es lo suficientemente importante como para asegurarse de que
cada una de las ideas que aloja nuestra mente se ajusta a la norma
autorizada de la verdad: la Palabra de Dios.
Un artículo del Reader’s Digest enumeraba "cinco mitos que pueden
hundir un matrimonio". El denominador común son las ideas equivocadas que
uno cree, y que pueden ser las responsables del fracaso
matrimonial. Cierto.
Ese axioma tiene un corolario igualmente válido: las verdades que uno
cree pueden cambiar un matrimonio amenazado, transformándolo en feliz.
Si creer falsedades puede desintegrar un matrimonio, creer verdades
inspiradas tendrá ciertamente un efecto restaurador. Ese es el principio
bíblico de la rectitud por la fe, la vislumbre más profunda de cuantas ha
conocido este mundo al respecto del funcionamiento de la naturaleza
humana.
El paganismo enseña que tu salvación depende de lo que tú hagas. Algunos
grupos de declarada vocación cristiana han tenido dificultades para captar
el genio de la gran idea expuesta en el Nuevo Testamento, consistente en
que la salvación depende de creer aquello que es verdadero (si bien las
buenas obras le son obligada consecuencia).
El esposo o esposa que jamás se dedicó a buscar con seriedad buenas cosas
en su cónyuge, puede llegar a divorciarse de él sin haberse apercibido de
que una ruda apariencia exterior puede esconder una gran mina de oro en
potencia. ¿Es posible que un cónyuge insoportable llegue a convertirse en
un tesoro? Un viejo cuento trataba de una princesa que besó a
regañadientes un feo sapo, descubriendo con sorpresa el bello príncipe que
la criatura llevaba en su seno, y que quedó en ese acto liberado de su
esclavitud. Por supuesto, no es más que un relato imaginario, pero pudiera
ser la ilustración apropiada para un principio verdadero. ¿Puede un beso-ágape
transformar un esposo o esposa-rana en un príncipe o princesa?
Las siguientes verdades que pueden salvar a un matrimonio en apuros, tiene
su origen en una fuente inagotable de verdad: la Biblia. Puede parecer
simplista la aseveración de que funcionan, pero lo hacen realmente, si se
ejerce fe y se acepta la conducción de Dios:
1. Dios fue el autor del matrimonio en el principio, y sigue juntando a
dos personas para que vengan a ser uno, allí en donde se le permite actuar.
Satanás intenta deshacer matrimonios, debido a que odia todo cuanto tenga
que ver con Dios. El Señor dio Eva a Adán, y Jesús enseñó una lección a
partir del hecho: "Lo que Dios juntó no lo separe el hombre" (Mat. 19:6).
Podemos dar por seguro que Satanás procurará que se separe, pues está
dominado por el odio destructor de todo cuanto Dios hizo. Pero la nota
tónica de la Biblia es que Cristo ha conquistado a Satanás, lo ha
"paralizado" (Heb. 2:14, el verbo traducido como "destruir", significa en
el original "paralizar"). Si podemos creer que Dios nos ha "unido" en
nuestro matrimonio, y que él es más poderoso que el diablo, mil
dificultades pueden quedar resueltas en un momento.
‘Pero mi esposo –o esposa- y yo estamos unidos en "yugo desigual",
precisamente la situación que el Señor indica que no debiera darse (2 Cor.
6:14). ¿Cómo puede estar Dios implicado en nuestra unión?’
¿Estás realmente seguro de que estáis unidos en "yugo desigual"? "¿Qué
sabes tú, mujer, si quizá harás salvo a tu marido? ¿O qué sabes tú,
marido, si quizá harás salva a tu mujer?" (1 Cor. 7:16). Lo que ahora te
parece un incrédulo puede resultar ser un magnífico hijo de Dios, de igual
forma en que la fea crisálida se convierte un día en bella mariposa. Si
finalmente tu esposo o esposa llegara a convertirse en creyente, eso
significa que Dios lo ha tenido por tal durante todo ese tiempo, ya que él
"llama las cosas que [aún] no son como si fueran" (Rom. 4:17).
Cuanto antes ponemos la fe del lado de Dios, antes puede él realizar
eficazmente su obra. Si es que buenas nuevas como esas se aplican o no a
tu matrimonio, sólo el Señor puede decírtelo, y lo hará con seguridad si
se lo pides postrado en contrición y humildad. ¡Escúchalo!
No olvides que Dios envía a menudo "dones" en envoltorios desprovistos de
atractivo. El propio Jesús nació en un establo, entre cabras y gallinas.
Vuelve a considerar una vez más el "don" que puedes estar tentado -o
tentada- a despreciar. Puede encerrar un tesoro.
‘Pero yo me divorcié y he vuelto a casarme. ¿Cuál de los dos matrimonios
he de creer que "Dios unió"?’ Por extraño que parezca, es posible que
ambos. Nuestros errores del pasado no nos privan de la gracia y conducción
de Dios, excepto que las rechacemos. El Señor dice ahora: "Vete y no
peques más" (Juan 8:11). "Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de
esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se
arrepientan" (Hech. 17:30). No intentes solucionar una equivocación
cometiendo otra. Si rompiste el corazón y la vida de una persona, no lo
hagas con los de otra.
"La casa y las riquezas son herencia de los padres, pero don de Jehová es
la mujer prudente" (Prov. 19:14). Se trata del mismo Padre celestial que
tiene cuidado del diminuto pájaro que cae al suelo. Su delicada mano está
extendida para dar vida a tu matrimonio, puesto que para él "más valéis
vosotros que muchos pajarillos" (Mat. 10:31).
Si se lo permites, Dios bendecirá tu matrimonio a pesar de los denodados
esfuerzos de Satanás por destruirlo. Esas bendiciones son el terreno sobre
el que descansa la verdadera esperanza; y cuando hay esperanza, no hay
dificultad imposible de remontar.
2. Tu esposo o esposa puede ser un diamante en bruto, esperando
solamente la acción del Maestro joyero.
Cuando opera el verdadero amor de Cristo en una persona, esta resulta
invariablemente transformada. Pablo enumera un catálogo de personajes que
era posible encontrar en Corinto: "ladrones... avaros... borrachos...
maldicientes... estafadores", incluso "fornicarios... idólatras...
adúlteros... homosexuales" (1 Cor. 6:9 y 10). A continuación añadió: "Esto
erais algunos de vosotros, pero ya habéis sido lavados... justificados en
el nombre del Señor Jesús" (vers. 11). Las buenas nuevas que Pablo les
predicó habían funcionado. Hoy no son menos eficaces. En muchos casos,
todo cuanto necesita un matrimonio en apuros es esas auténticas buenas
nuevas. El más indicado para traerlas es el esposo o esposa creyente.
3. Con frecuencia sucede que personalidades difíciles lo son debido a
un factor irritante oculto, un problema personal no resuelto que es causa
de amargura.
A menudo, su raíz es un fallo en comprender que Dios ha venido siendo un
Amigo, y no un divino enemigo. Una persona se vuelve irritable y
desagradable cuando cree que Dios está contra ella. Esa es la razón por la
que Pablo implora: "Os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios"
(2 Cor. 5:20). Más de una persona infeliz ha experimentado la paz, cuando
se produce la reconciliación en lo profundo. Hasta los chascos del oscuro
pasado comienzan a verse en una nueva perspectiva más realista y positiva,
cuando la luz de Dios alumbra esos trágicos misterios.
4. Dios ha dispuesto ciertas ventajas o recursos al alcance de todo
matrimonio, pero con frecuencia son objeto del descuido o incomprensión.
(a)
Orar juntos diariamente cementa la unión de dos corazones como ninguna
otra cosa puede hacerlo. En nuestro mundo moderno de dobles empleos y
carreras, de frenético aprovechamiento o mal-aprovechamiento de cada
minuto del día, ese hábito sencillo casi ha desaparecido, y con él una
considerable porción de estabilidad y felicidad matrimonial.
Uno de los principios cardinales del exitoso programa de los Alcohólicos
Anónimos es el reconocimiento, ante Dios y ante los semejantes, de que "no
soy capaz de controlar mi compulsión a la bebida; necesito un Poder
superior a mí". Pues bien: puedes constituir, en el ámbito de tus cuatro
paredes, tu propia "organización" de los Cónyuges Afligidos Anónimos. En
aquellos matrimonios en los que se deja a Dios aparte, falta la dimensión
espiritual. Quienes se resisten y oponen a Dios cosechan frecuentemente el
fruto de su incredulidad en trágico e innecesario sufrimiento.
Cuando él o ella tienen la entereza para reconocer al otro, o la otra: "El
problema nos supera; invitemos al Señor a que venga y bendiga nuestro
infeliz matrimonio", han comenzado ya a confrontar y superar la
situación. El Señor es un Caballero; jamás irrumpirá en tu hogar sin que
lo invites. Cuando cierta tarde dos discípulos iban andando hacia Emaús,
Jesús, tras haber resucitado, se les juntó de incógnito en el camino. Al
llegar a su casa, lo invitaron de forma más bien casual a que entrara y
quedara junto a ellos. Él hizo como que debía continuar el camino. No fue
sino hasta que "ellos lo obligaron a quedarse, diciendo: -Quédate con
nosotros, porque se hace tarde y el día ya ha declinado", cuando "entró,
pues, a quedarse con ellos" (Luc. 24:28 y 29).
Ese pequeño incidente arroja un diluvio de luz en lo que se refiere a la
relación de Dios con nosotros. Él desea realmente entrar y bendecir
nuestras familias con su grata presencia como Huésped, pero sólo si se
lo invita. Esa es la razón fundamental para arrodillarse juntos cada
día en oración. No importa lo extraño que pueda parecerte, hazlo, y cree
la verdad: Él acepta toda invitación sincera, y no desatiende tu petición,
aunque hayas tardado en formularla.
Las familias cristianas no participan del pan cotidiano sin invitar
primeramente al Huésped Invisible a la mesa. Es extremadamente raro que se
separe un matrimonio, cuando ambos buscan juntos a Dios diariamente.
Pueden amenazarles aún perplejidades y circunstancias irritantes, pero las
afrontan con una renovada fuerza interior, y se sobreponen a las
dificultades.
(b) Cuando los padres se divorcian, los hijos suelen ser los peor parados.
Si los padres reflexionaran en el hecho de que sus hijos son el producto
de su unión en matrimonio, se lo pensarían más de una vez antes de
considerar el divorcio.
Cuando un matrimonio se deshace, los hijos sienten que de alguna forma son
responsables por ello. Dependiendo de su edad, comprenden que son el
"producto" de sus padres, y razonan: ‘Si el matrimonio que me trajo a este
mundo es un fracaso, eso significa que quizá yo soy también un fracaso. No
tengo nada por qué luchar, nada que hacer’. Puede incluso albergar un
amargo sentimiento de la injusticia en la que está condenado a vivir, en
la medida en que el amor que lo produjo está condenado a morir. Esa es la
razón por la que muchos hijos de padres divorciados tienen un ínfimo
sentido de la autoestima. Es más fácil lograr el ajuste emocional cuando
se produce el fallecimiento de uno de los padres, que cuando se trata de
la muerte de la unidad matrimonial que estuvo en el origen de su misma
existencia.
El conocimiento de que los niños que crecen en un hogar feliz tienen las
mayores probabilidades de desarrollar una personalidad equilibrada y
capaz, debiera ser un poderoso incentivo para que los padres hagan todo
esfuerzo posible por lograr ese hogar feliz.
(c) Sucede en ocasiones que un esposo o esposa intratable se convierte en
flexible, cuando su cónyuge cede generosamente en un conflicto. Jesús dio
consejo sobre algo que parece ser un tema sin relación alguna con el
presente, pero que es extraordinariamente apropiado en el actual ambiente
de discordia matrimonial y sentencias judiciales de divorcio: "Ponte de
acuerdo pronto con tu adversario, entretanto que estás con él en el
camino, no sea que el adversario te entregue al juez" (Mat. 5:25).
Puede sonar extraño llamar "adversario" a un cónyuge, sin embargo en
demasiados casos es una acertada descripción de la realidad. En ese
contexto, es bien posible ganar una discusión a costa de perder un
matrimonio.
Aunque la Biblia dice: "las casadas estén sujetas a sus propios maridos"
(Efe. 5:22), "el marido es cabeza de la mujer" sólo en el sentido en que
"Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su
Salvador" (vers. 23). Cristo está lleno de gentileza y humildad. Él dijo:
"soy manso y humilde de corazón" (Mat. 11:29). Eso puede ser una lección
difícil de aprender para muchos maridos, pero si la ponen en práctica
descubrirán que a su esposa le resulta mucho más fácil estar "sujeta" a
él, y aceptarlo en su asignación como cabeza de familia.
La esposa puede deshacer mil nudos gordianos de amarga tensión cediendo en
asuntos que no comprometan sus principios morales, incluso persuadida de
poseer la razón, y de que su esposo está en el error. Algunos hombres sólo
son capaces de aprender de la forma más penosa: ...equivocándose. Si tal
resulta ser el caso, la esposa puede demostrar verdadera sabiduría si es
capaz de mantenerse en silencio, rehusando pronunciar el consabido, ‘¡Ya
te lo dije!’
5. Deja de centrar la atención en tu propia felicidad y convierte tu
matrimonio en un ministerio de amor para otros.
Más de un matrimonio es miserablemente infeliz por la simple razón de que
es una unión egoísta. El amor que trae la felicidad al matrimonio es el
tipo de amor que procura la felicidad de los otros, no sólo "del otro".
Haz lo posible por implicarte junto con tu pareja en algún tipo de
actividad de ayuda a los necesitados. Aplicaos a aligerar las cargas de
otros, y comprobaréis qué pronto resulta aligerada vuestra propia carga.
Terminaréis desencallando.
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