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Él:
—Dónde está mi camisa azul?
Ella:
—No tuve tiempo de plan charla. Hoy fue un día fatal.
Él:
—Me quieres decir que no tuviste tiempo de plancharla? ¡Si estuviste
todo el día en casa!
Ella:
—Mira, Guillermo, estuve en casa todo el día, pero hoy he tenido mucho
trabajo, ¿eh?
Él:
—¿Haciendo qué? Yo trabajo fuera todo el día para que haya pan en la
mesa, mientras tú te la pasas aquí mirando novelas por la televisión.
Ella:
—¡Estás loco! ¡No tienes idea de lo que es manejar una casa, cocinar,
limpiar, lavar, planchar y encima cuidar de los niños!
Él:
—¡Palabras, puras palabras! De toda la gente que conozco, tú eres la que
tiene la vida más cómoda. Todavía tienes que aprender lo qué es trabajar
en serio.
Ella:
—¡Por supuesto! ¡Tú sí lo sabes, me imagino! Sentado en la oficina todo
el día, salvo cuando llevas a comer a los clientes a un buen restaurante
o cuando sales a jugar golf con el jefe. Después vienes por la tarde y
te pones a mirar la tele mientras yo limpio y friego la casa, ¿no? ¡Eres
sencillamente insoportable!1
Uno de los principales problemas de toda relación es la falta de
comunicación. Entendemos por ello la expresión de pensamientos y
sentimientos que puedan ser entendidos por el interlocutor.
De acuerdo con lo mencionado, el diálogo que sostenía la pareja al
comienzo indica que se estaba comunicando, sin duda, pero no como para
mejorar su relación. ¿Cómo podemos comunicarnos de manera que mejoremos
significativamente nuestras relaciones? ¿Cómo debemos hablarle a alguien
a quien amamos?
Al intentar dar respuesta a estas preguntas, muchas de nuestras
ilustraciones provendrán de la experiencia matrimonial misma, muy
probablemente la relación más importante que existe. Sin embargo, las
pautas que vamos a presentar se pueden aplicar a cualquier relación en
la cual dos personas se interesan la una por la otra. La relación entre
padres e hijos, entre novios, compañeros de pieza, o de trabajo,
miembros de iglesia y amigos íntimos. Todos conocemos a alguien por
quien preocuparnos. De modo que todos necesitamos saber cómo hablarle al
otro de manera que la buena relación se profundice. A continuación
presentamos diez pautas que pueden ayudarnos a saber cómo hablarle a
alguien a quien amamos.
1. Escucha cuidadosamente para captar tanto los pensamientos como los
sentimientos de tu interlocutor(a).
“A mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para
hablar, tardo para airarse” (Santiago 1:19). Si vamos a establecer
relaciones basadas en el amor, tenemos que convertirnos en personas
capaces de escuchar, incluso antes de saber cómo vamos a hablar. La
comunicación amorosa implica que dos mentes y dos corazones se
comprendan. Tenemos que saber a ciencia cierta lo qué está pensando el
otro y cómo se siente, para poder reaccionar de manera que la relación
se realce.
El arte de escuchar no es algo que recibimos naturalmente: hay que
aprenderlo. Primero, no interrumpas hasta que la otra persona haya
terminado de hablar. Mientras escuchamos, la tentación que nos asalta es
la de elaborar mentalmente respuestas y refutaciones. Así que
interrumpimos para introducir nuestros puntos de vista. El mensaje que
enviamos es: “Me importa más lo que yo pienso que lo que tú dices”.
Segundo, presta atención plena e indivisa a lo que está diciendo tu ser
querido. Es más difícil de lo que parece, porque es fácil distraerse y
dejar que la mente divague. Ruth Graham, la esposa del famoso
evangelista Billy Graham, ilustra lo que estamos comentando: “Con
frecuencia mi esposo está preocupado. Y es comprensible, tiene muchas
cosas que atender. Cierta vez esperábamos gente para cenar, y yo le
pregunté qué le gustaría que incluyera en el menú.
—“Ajá... —gruñó él—. Yo sabía que sólo su cuerpo estaba conmigo y decidí
divertirme un poco.
— “Se me ocurre que podríamos comenzar con una sopa de
renacuajos—empecé.
— “Ajá —me contestó.
— “Y en el jardín hay una hermosa hiedra venenosa con lo que podríamos
hacer una linda ensalada.
— “Ajá.
— “Y para el plato principal podríamos asar algunas de esas ratas del
muelle que vimos el otro día cerca del lugar donde se ahuman cecinas, y
las podríamos servir con hierbas amargas hervidas y alpiste.
— “Ajá.
— “Y como postre podríamos presentar un soufflé de barro… —el volumen de
mi voz comenzó a disminuir cuando vi que sus ojos comenzaban a ponerse
en foco.
—
“¿Qué es eso que dijiste de ratas asadas? —preguntó”.2
Escuchar a tu esposo o tu esposa puede llegar a ser cansador, pero
dedica tiempo para concentrarte en el mensaje de tu ser amado.
Tercero, acepta que los pensamientos y sentimientos de tu ser querido
son genuinos. No lo contradigas ni lo ignores. Algunas declaraciones
como: “No te sientas así” o “No lo digas nunca más”, o “Es lo más
ridículo que jamás he oído” interrumpe tanto la conversación como la
relación misma. Por ejemplo, a la hora de la cena Roberto prueba una
cucharada de sopa y se queja diciendo: “¡La sopa está fea!” La mamá se
puede sentir tentada a decir: “No es cierto; está deliciosa”. Pero los
gustos son personales. Si a él no le gusta, nada lo convencerá. Lo que
Roberto escucha realmente es: “¡No me interesa tu opinión!” Desde luego,
esto no quiere decir que siempre estaremos de acuerdo con todo lo que
oigamos. Tenemos nuestros propios gustos. Podemos aceptar las
declaraciones y los sentimientos de los demás como sus propios
pensamientos y sentimientos. La mamá, si es sabia, dirá: “Siento que no
te guste la sopa. A mí me agrada. Puede que haya alguna otra cosa que te
guste comer”.
Cuarto, analiza el sentido del mensaje que estás recibiendo. Las
palabras pueden tener significados diferentes para distintas personas.
Es bastante fácil que el significado de una palabra se distorsione al
pasar de una persona a otra. Podemos confirmar si hemos entendido bien
el mensaje parafraseándolo: “Estás frustrado y enojado porque el jefe te
acusó injustamente de ese error ¿no es cierto?”. “Temes que nuestra
relación se perjudique si yo aparezco como demasiado amigo de Susana,
¿verdad?”. El interlocutor tiene entonces la oportunidad de confirmarle
al receptor que ha recibido bien el mensaje, o de corregir cualquier
malentendido.
2. No te apresures a hablar.
Piensa bien, piensa con cuidado. Habla de manera que la otra persona
pueda aceptar lo que tú dices.
Si escuchamos cuidadosamente eso nos ayudará a articular mejor la
respuesta. Nos ayudará a evitar la tendencia a decir lo primero que nos
viene a la cabeza sin pensarlo demasiado.
Una forma muy segura de conseguir el apoyo del interlocutor consiste en
hacernos cargo de los sentimientos expresados. Se lo puede lograr
mediante el uso de mensajes que contengan el pronombre “yo” por: (1)
describir, sin acusar a nadie, lo que se dice o se hace, aquello que
puede ser la causa del problema. (2) compartir los sentimientos que
estás experimentando, y (3) explicar por qué esta conducta te causa
problemas.
Por ejemplo, si me frustra que alguien no esté llegando a tiempo a una
cita, puedo reaccionar de dos maneras, diciendo: “Me molesta que de
nuevo estás llegando tarde. ¿Por qué no eres un poco más considerado?”,
o “Me siento mal porque llegamos tarde a esta cita porque creo que le
podemos causar inconvenientes a la persona que vamos que visitar. ¿Me
permites que arregle esto?” En realidad nadie nos puede obligar a sentir
enojo o cualquier otra emoción. Somos responsables de nuestras
emociones.
3. No conviertas en importantes las cosas que no lo son.
Nadie es perfecto. La persona a quien
tú amas probablemente tiene algunos hábitos que a ti te resultan
desagradables. Algunos tienden a exagerar esas cosas al punto de
intentar definir toda la relación mediante el uso absoluto de las
palabras
siempre
y
nunca.
“¡Siempre llegas tarde!” “Nunca me tratas con respeto”. Estas
expresiones son exageradas y probablemente sean inexactas.
Edith Shaeffler dijo una vez: “Si usted exige perfección o nada, lo que
va a conseguir es nada”. Las relaciones importantes se basan en una
comunicación honesta. No hay que exagerar los errores del otro, basta
con decir la verdad. Pero, toma nota: la verdad siempre se debe decir
con amor. El amor no es “grosero, ni egoísta; es no enojarse ni guardar
rencor” (1 Corintios 13:5, DHH). Ser plenamente honesto y al mismo
tiempo plenamente amable es la clave de la verdadera comunicación.
4. No causes frustración a tus seres amados.
Alguien podría decidir guardar silencio por una multitud de razones. Es
probable que querramos castigar al otro, o tener la esperanza de que el
problema desaparezca si se lo ignora, con la idea de que el silencio es
oro ya que le da tiempo al problema para que se resuelva solo, o creer
que el hecho de no decir nada dará buenos resultados. Ninguna de esas
razones es válida. Sólo levantan muros e impiden la comunicación.
Es importante explicar por qué te cuesta hablar en esas circunstancias.
Usa las tres sugerencias del punto número dos. Puedes lograr una mejor
comprensión de ciertos temas, de manera que los problemas no se repetan.
5. Aprende a discrepar sin discutir.
“Echen fuera la amargura, las pasiones, los enojos, los gritos, los
insultos y toda clase de maldad” (Efesios 3:31, DHH). Dos personas jamás
estarán de acuerdo en todo. Pero cuando tú discrepes incluso con quien
amas, es posible hacerlo con calma, con consideración, concentrándote en
el problema y sin atacar a la persona.
El amor no es un sentimiento tibio y aterciopelado, aunque pueda tener
esas características. El amor surge de la decisión de preocuparse por
alguien y de promover su bienestar. Hace unos cien años el famoso
psiquiatra Harry Stack Sullivan, definió el amor de esta manera: “Cuando
la satisfacción y la seguridad de alguien llega a ser tan importante
para uno como las propias, entonces hay amor”. No siempre estará
presente el amor como sentimiento, pero podemos tomar la decisión de
obrar siempre de una manera amable.
En la obra
No
Longer Strangers, Bruce
Larson se refiere a la conversación que tuvo una vez con un amigo. “Esa
mañana, cuando le pregunté a mi amigo cómo estaba, me dijo: ‘Muy mal.
Tuve una pelea con mi esposa anoche y nos fuimos a dormir sin hablarnos,
dándonos la espalda. Pero esta mañana ella me dio un beso y me dijo;
‘Querido, te quiero mucho’. “—¿Qué le dijiste? —le pregunté
ansiosamente. “—Le dije: ‘Pues bien, yo no te quiero, no me quiero a mí
mismo, y ni siquiera a Dios. No se me ocurre alguien a quien yo quiera
en este momento. Pero te voy a decir algo: Voy a orar esta mañana, y
creo que alguna vez en un futuro cercano el Señor me enderezará, porque
él sí me ama. El me capacitará para amar de nuevo. Y cuando lo haga, te
prometo que te pondré en mi lista”.3
Nota cómo, a pesar de las expresiones negativas, este hombre en realidad
amaba a su esposa. Le estaba diciendo que se interesaba verdaderamente
por ella aunque no pudiera sentir amor. A veces eso nos ocurre a
nosotros también. Nuestra relación nos parece aburrida. En ocasiones nos
enojamos el uno con el otro. Entonces el verdadero amor se eleva por
encima de las emociones y le dice a la otra persona que en realidad nos
interesa.
6. No respondas cuando estés enojado(a).
“La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el
furor” (Proverbios 15:1). “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol
sobre vuestro enojo” (Efesios 4:26).
Edgar N. Jackson, en
The
Many Faces of Grief, ofrece
las cuatro “A” que nos ayudarán a controlar la ira, que hemos adaptado
para que se ajusten a nuestro modelo.
1.
Admítelo (a veces es
difícil hacerlo) Tenemos que responsabilizarnos de nuestras emociones.
2.
Analízalo imparcialmente.
Pregúntate: ¿Por qué estoy tan enojado? ¿Por qué estoy sufriendo esta
explosión emocional? ¿Es razonable?
3.
Actúa. Y hazlo de modo
sabio y saludable, de manera que el nivel de adrenalina se reduzca a su
nivel normal, recurriendo a caminatas, a cortar leña, a practicar algún
deporte, a ordenar los estantes, o a postergar tus sentimientos.
4.
Abandónalo, al
darte cuenta de que tu enojo no vale la pena si tomas en cuenta su costo
en estrés, y en el daño que le causa a tu relación. No podemos cambiar
lo que ya ocurrió, pero podemos decidir cómo vamos a reaccionar ante
ello.
7. Confiesa tus faltas y pide perdón.
Cuando dos personas mantienen una relación muy íntima, inevitablemente
se causarán heridas de vez en cuando. Cuando tu sabes que te
equivocaste, admítelo y pide perdón. Incluso cuando creas que tu no eres
el que ofendió, manifiesta tu pesar por el daño causado a la relación, y
ofrece hacer todo lo posible para mitigar ese daño. “Confesaos vuestras
ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados”
(Santiago 5:16). Esto es lo que hace la gente que realmente se preocupa
por los demás, para que la relación siga siendo amorosa y firme.
Y cuando alguien a quien amas confiesa su falta y te pide perdón,
concédeselo ampliamente. No intentes pensar que lo debía hacer. Una vez
que has perdonado a alguien, olvídate del asunto y no lo pongas sobre la
mesa nunca más. El repaso de los agravios del pasado impide el
desarrollo de la relación.
8. No insistas.
“Mejor es estar en un rincón del terrado, que con una mujer rencillosa
en casa espaciosa” (Proverbios 25:24). Si alguna vez trataste de
sermonear a alguien, habrás descubierto que en esos casos tu
interlocutor se pone a la defensiva. La gente no cambia porque a alguien
se le ocurrió que debe cambiar. Lo hace cuando hay una motivación
interior. Cecil Osborne sugiere que “no podemos cambiar a alguien, ya
sea por acción franca y directa, o por medio de la manipulación”.4
“En la relación matrimonial, en lugar de atender primero
nuestras necesidades, debemos tratar de satisfacer las necesidades del
otro”.5
Si hay necesidad de cambios, una opción consiste en sentarse con la
persona en cuestión, y en forma amable, usando las tres sugerencias del
punto número dos sobre cómo usar los mensajes que tienen el pronombre
“yo” como centro, pide ayuda y sugerencias sobre cómo lograr llevar a
cabo la tarea o conseguir los cambios esperados. Si es una situación
familiar, el consejo de familia es el lugar ideal para desarrollar este
tipo de discusión.
9. Busca lo positivo.
Tal vez te molesten algunas conductas o rasgos de carácter de la otra
persona. La tendencia humana natural es criticar. Es fácil culpar al
otro por situaciones desagradables. Pero eso sencillamente no funciona.
Tendemos a creer que al señalar las faltas del otro, nos agradecerá por
la ayuda que le estamos dando y se reformará. En todo caso, lo que casi
siempre sucede es que la persona criticada se pone a la defensiva y se
encierra más en el problema. No es de ayuda para la relación el culpar
al otro. En cambio, la gente crece cuando se la confirma en lo que está
haciendo bien.
Localiza los aspectos más firmes del carácter de quien tu amas y
contribuye a afirmarlos aún más. Las relaciones familiares crecen cuando
le decimos a nuestros cónyugues, los niños o cualquier otro miembro de
la familia, porqué los amamos y cuán valiosos son para nosotros. Cuando
se dan cuenta que se los valora, actúan de manera valorable.
Elena White comenta sobre la manera en que Jesús miraba lo positivo en
los demás. “En cada ser humano discernía posibilidades infinitas. Veía a
los hombres según podrían ser transfigurados por su gracia…Al miraros
con esperanza, inspiraba espreranza. Al saludarlos con confianza,
inspiraba confianza . . . En su presencia, las almas despreciadas y
caídas se percataban de que aún eran seres humanos, y anhelaban
demostrar que eran dignas de su consideración. En más de un corazón que
parecía muerto a todas las cosas santas, se despertaban nuevos impulsos.
A más de un desesperado se presentó la posibilidad de una nueva vida”.6
10. Reconoce que la persona a quien tú amas tiene derecho a ser
diferente que tú.
Dios valora la diversidad. La vemos en toda la creación. No hay dos
personas o dos copos de nieve que sean iguales. No todos deben ser como
nosotros. Aunque somos uno, como marido y esposa o como familia, aún así
cada uno es único y diferente. Si valoramos esas diferencias, podemos
ampliar nuestra experiencia y aprender a crecer. Donde la diversidad es
respetada y la individualidad es afirmada el amor florecerá.
Repasa estos diez puntos y señala aquél o aquellos donde te gustaría
mejorar. Con la ayuda de Dios, ello contribuirá a producir un esfuerzo
combinado para desarrollar y lograr nuevas o mejores maneras de
comunicación con quienes son importantes para ti. Los psicólogos dicen
que lleva alrededor de treinta días crear un nuevo hábito. Piénsalo: en
sólo un mes puedes desarrollar nuevos, y esos viejos hábitos
desaparecerán por falta de uso.
Roger I. Dudley (Ed.D., Andrews University) es profesor emérito
de ministerio pastoral en el Seminario Teológico Adventista de la
Universidad Andrews. Margaret “Peggy” Dudley (Ph.D.), tiene licencia de
psicóloga profesional. Ambos han permanecido casados por cincuenta años.
Su segundo libro sobre matrimonio se titula
Intimate Glimpses: 29 Couples Share the Secrets of a Happy Marriage.
La obra se encuentra en proceso de publicación en Review & Herald, y
estará a disposición del público en 2003.
Notas y Referencias:
1. Las diez guías mencionadas fueron adaptadas de H. Norman Wright,
Communication: The Key to Your Marriage (Glendale, Calif.: Regal, 1974),
pp. 188, 189, pero el material es en gran medida nuestro.
2. Ruth Graham, It’s My Turn (Old Tappan, N.J.: Fleming H. Revell,
1982), p. 67.
3. Bruce Larson, No Longer Strangers (Dallas: Word Books, 1971), p. 67.
4. Cecil Osborne, Understanding Your Mate (Grand Rapids, Mich.:
Zondervan, 1970), p. 109.
5. Ibid.,
p. 141.
6. Elena G. White, La educación (Buenos Aires, Argentina: Asociación
Casa Editora Sudamericana, 1974), pp. 75-76.
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