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Todos pasamos por esos momentos, pero nos sobreponemos a ellos,
reflexionando y meditando en el gran amor de Dios. Debemos estar
enterados del
hecho de que nuestros sentimientos no son los que determinan nuestra
relación con Dios, sino la fe. Y la fe se proyecta más allá de lo
que vemos y sentimos. La fe se aferra a las promesas de Dios como si
fueran
una
realidad
ya
cumplida.
Medita en el siguiente pasaje: “El amor de Cristo nos apremia, al
pensar que si uno murió por todos, luego todos han muerto, y por
todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para
aquel que murió, y resucitó por ellos” (2 Cor. 5:14-15). |