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La gran variedad de canales diponibles a la menor presión de un botón con vídeos y filmes a los
cuales podemos acceder las veinticuatro horas y los medios visuales
en general presentan un verdadero dilema a los adventistas, pues
gran parte de ellos parecen estar en franca oposición con nuestra
fe.
La mayoría de los entretenimientos se caracterizan por la violencia,
el sexo, un estilo de vida destructivo y el materialismo rampante
Algunos adventistas responden al problema eliminando por completo la
televisión, los vídeos y los filmes por considerarlos una fuente de
corrupción.
Sin embargo, el aislarnos de los medios y de su valor potencial
pareciera ser una actitud no realista. Sin una comprensión acabada
de este tema, nuestro mensaje podría tornarse aislacionista e
irrelevante y podríamos correr el riesgo de desconectarnos de la
misma sociedad que debemos aceptar. Por supuesto, una aceptación
irrestricta y complaciente de la oferta televisiva y cinematográfica
definidamente no favorece al cristiano. ¿Sobre qué base, entonces,
podemos elegir qué ver y qué no ver?
Los medios y los valores
En primer lugar, debemos
entender cómo funcionan los medios. Demasiado a menudo, juzgamos los
medios sobre la base de sus mitos populares, sin examinar realmente
esos mitos. Resulta irónico que muchos de esos mitos son de hecho
promovidos por los medios mismos, ya que sirven a su interés.
La preocupación primordial de los medios no es estética o moral.
Aunque algunos productores tienen una agenda social o moral que
apoyar como, por ejemplo, la tolerancia a la homosexualidad o una
mayor aceptación de los enfermos de SIDA, en términos generales, los
medios no presentan conscientemente un punto de vista. La razón de
sus posturas sociales y morales generalmente uniformes se debe más
que nada a las presiones comerciales en las que se desempeñan que a
la conspiración de productores malignos.
A veces sentimos como audiencia que somos manipulados por
productores que nos imponen sus opiniones. Sin embargo, si
habláramos con ellos, veríamos que a menudo ellos sienten que
dependen de audiencias volubles, cuyos gustos y deseos intentan
constantemente entender y satisfacer. La historia de los medios está
llena de ejemplos de filmes, programas televisivos y álbumes
musicales cuyas ventas resultaron ser un fracaso. Estaban dotados de
talento popular y una producción técnica de alta calidad pero, por
alguna razón misteriosa, no lograron entusiasmar a sus audiencias.
Como la producción de programas generalmente es muy costosa, los
productores están continuamente buscando la fórmula mágica que les
garantice un rédito a sus grandes inversiones. De allí la tendencia
de crear una segunda parte de filmes exitosos. Sin embargo, los
productores todavía no han podido descubrir qué es lo que hace que
una producción resulte en un éxito o un fracaso.
Ahora que sabemos que los medios no se interesan primordialmente en
transmitir valores, necesitamos establecer de qué tratan. Antes que
nada, los filmes y la televisión son un negocio. Como negocio, su
objetivo principal es ganar dinero, lo que logran de acuerdo con el
número de espectadores; por lo tanto, intentan agradar al más amplio
espectro posible de público. En la televisión, la recaudación más
grande se lleva a cabo por medio de la publicidad. Si bien las
mediciones de audiencia son importantes, más significativas aún son
las opiniones de los publicistas. Podríamos mencionar varios
programas populares que fueron eliminados del aire porque los
publicistas consideraron que esos programas no eran un medio
adecuado para sus productos. La función principal de la televisión
es entretener pero, para los productores, es vender la atención de
la audiencia a los publicistas.
Los publicistas desean encontrar en la televisión un marco adecuado
para mostrar sus productos. Generalmente, esto significa representar
a gente de raza blanca de clase mediaalta con un nivel de consumo
más elevado que el común. El presentar personajes populares cuyo
estilo de vida es un poco superior al nuestro anima el consumismo,
que es lo que desean los publicistas. El materialismo rampante de la
televisión, y hasta cierto punto su racismo (la raza blanca
predomina) y sexismo (los hombres aparecen tres veces más en
televisión que las mujeres y generalmente tienen los puestos de
poder) son en gran medida el resultado de la necesidad de crear
programas que apoyen la publicidad.
El cine, por el contrario, no depende de las ganancias obtenidas por
la publicidad, por lo que su sistema de valores puede variar. Sin
embargo, existen dos factores que lo acercan a los valores sociales
aceptados, a saber, la necesidad de apelar a audiencias numerosas y
la colocación de un producto. Este último es una forma de publicidad
disfrazada, donde una compañía paga por recibir una cobertura
favorable y significativa de su producto. Si una marca es visible en
un filme, alguien probablemente pagó por ello. Esto sucede
especialmente en el caso de las aerolíneas, los cigarrillos y el
alcohol. De hecho, el cine tiende a enfatizar el consumismo egoísta
y apoya las actitudes racistas y sexistas.
Para los cristianos, las cosas más notables en relación con la
televisión y el cine suelen ser el sexo y la violencia, aunque a
menudo dejamos de notar el craso materialismo tan arraigado en estos
tipos de entretenimiento. La razón por la que ese materialismo no
nos ofende es que tenemos los mismos valores. Y los medios logran
influirnos especialmente cuando coinciden con nuestros valores,
porque refuerzan lo que ya creíamos sin saberlo. Cuando los medios
presentan algo objetable, solemos rechazar conscientemente esas
ideas, minimizando su impacto.
Qué mirar
Ahora que conocemos el proceso
que utilizan los medios para generar valores y hasta cierto punto la
manera en que escapa a nuestra conciencia, podemos ocuparnos de
nuestras elecciones. Inmediatamente surgen dos aspectos: ¿Qué mirar?
¿Cómo mirar? Nuestra elección debe estar complementada por una
actitud y un proceso particulares si es que queremos mantener un
sano enfoque cristiano de los medios. Creo que el “cómo” pone a
nuestra disposición una gama de medios a una interacción cristiana
positiva, sin la cual existen pocos medios recomendables para el
cristiano. El “qué” es a la vez simple e imposible de responder. A
menudo la gente quiere una lista de filmes aceptables. Eso se
parecería demasiado a lo opuesto del “Index” (la lista de libros
prohibidos por la Iglesia Católica durante y después de la Reforma).
Sin embargo, los filmes apropiados pueden definirse de manera
cualitativa y no cuantitativa. En otras palabras, pueden ser
aceptables para una persona dentro de un contexto pero inaceptables
en diferentes circunstancias. Es evidente que las diversas
personalidades responden de manera diferente a filmes y programas
particulares, como sucede con creaciones estéticas como la pintura,
la música o cualquier otra. Deben tenerse en cuenta las diferencias
de gusto como parte de la diversidad humana creada por Dios.
Entonces, ¿cómo elegir un filme o un programa?
Yo preguntaría: ¿Refleja el mundo o parte de él? ¿Nos hace más
sensibles al sufrimiento y al gozo, el dolor y el asombro? ¿Me pone
en contacto con las emociones de otro? ¿Existe un mérito estético en
su formación, calidad en sus procesos creativos, tal como la
utilización del lenguaje o la yuxtaposición de imágenes? Cada una de
estas características hace que un filme o programa sea pasible de
alcanzar una reacción cristiana positiva.
La primera pregunta (¿Refleja el mundo?) nos pide que consideremos
de qué maneras los medios nos permiten captar la condición humana.
Debo enfatizar que la condición humana presentada no necesita ser
positiva, dulce y alegre. Demasiado a menudo, los cristianos
presuponen que las representaciones del mal son inapropiadas. Ha
existido la tendencia de adoptar una visión tipo Disney del mundo,
tanto literal como metafóricamente, lo cual no creo que sea
correcto. Dios no tiene una visión falsamente romántica del mundo.
La Biblia está llena de turbadoras imágenes del mal y allí está el
secreto. Cuando la Biblia presenta el mal, lo muestra en todo su
contexto, a menudo con ganancias a corto plazo, pero siempre con
dolor a largo plazo. Los cristianos deberían rechazar los medios que
ignoran la realidad del mal y sus consecuencias. Muchos programas
son demasiado melosos, y muchos más, por el contrario, intentan
cubrir el mal con un velo de romanticismo y “glamour” al mostrar que
la mala conducta no tiene consecuencias negativas. Por lo general,
los héroes se valen de la violencia para lograr sus fines o tienen
múltiples relaciones sexuales sin sufrir el bagaje emocional que esa
conducta acarrea.
Un programa que refleja el mundo, o al menos parte de él, nos
debería poner en contacto con las experiencias de personas reales.
La comprensión de la verdadera naturaleza del mal y del bien es
valiosa para el cristiano. Nos hace más sensibles a las necesidades
de los demás y a la naturaleza del conflicto espiritual en este
planeta. Para ello, un filme no necesita ser realista. Algo parecido
sucede con las parábolas de la Biblia que, sin ser literales,
enseñan una verdad real.
La pregunta en relación con la estética es a menudo ignorada por los
cristianos. Somos responsables de desarrollar la apreciación
estética, porque es un don de Dios y un reflejo de su propio sentido
de belleza. Por lo tanto, debemos considerar lo estético de un filme
además de su dimensión ética.
Cómo mirar
Para comenzar a responder este
importante interrogante, permíteme sugerirte algunas cosas. Recuerda
que los medios giran en torno a valores comerciales. El saberlo nos
hace más sensibles a su influencia y actúa como un freno a su
efecto. De hecho, siempre deberíamos reflexionar en el sistema
subyacente de valores de un filme determinado. A menudo, un filme
posee tanto valores superficiales como subyacentes, que pueden
oponerse entre sí. Por ejemplo, el filme reciente
El diario de Bridget Jones posee valores que a primera vista parecen
apoyar actitudes libertinas, aunque sus valores subyacentes tienen
que ver con la integridad y la identidad humanas. Con la actitud
correcta, el filme puede sensibilizarnos acerca de las situaciones
que enfrenta la gente secular de nuestros días. En forma
superficial, puede ser visto simplemente como un entretenimiento o
como una experiencia negativa. El ser conscientes de los valores de
un producto puede ayudarnos a reaccionar de manera apropiada.
También es de ayuda conocer los procesos de producción de un filme o
un programa. Por ejemplo, el conocer las técnicas básicas de
filmación puede ser una manera poderosa de entender qué métodos de
persuasión utilizan los medios. Los ángulos de filmación, la
iluminación, la edición y el sonido nos ayudan a reaccionar ante los
personajes representados. Cuanto más conozcamos los procesos,
podremos determinar mejor nuestra reacción.
He presentado este tema en el nivel universitario durante más de
diez años, y la respuesta más común que he recibido es que los
conocimientos de las técnicas de filmación producen en los alumnos
un desprecio saludable por toda la basura que solían mirar, ya que
discriminan mejor, tanto en sus elecciones como en sus reacciones.
En otras palabras, sus conocimientos trasladan el centro del filme
al espectador.
Existen otras formas de educar al espectador. Por ejemplo, la
mayoría de los filmes y programas son reseñados por la prensa.
Naturalmente, esto no necesariamente se hace desde una perspectiva
cristiana. Los reseñadores tampoco actúan siempre con justicia. A
menudo poseen una actitud elitista hacia el cine popular. Sin
embargo, las reseñas opinan acerca de la oferta actual y son una
fuente de conocimiento que capacita al espectador. Otra forma válida
de mirar filmes desde una perspectiva cristiana positiva es
discutirlos luego de verlos, analizando particularmente su sistema
de valores. Esta práctica nos ayuda a desarrollar nuestra capacidad
de comprensión, y el escuchar las posturas de los demás puede
ampliar la nuestra, sensibilizándonos en aspectos que pudimos haber
pasado por alto.
Conclusión
Permíteme concluir refiriéndome
brevemente a dos filmes recientes relativamente populares: Shrek y
Pearl Harbor. Tal vez no nos pongamos de acuerdo, pero al menos
habremos considerado el valor de los filmes.
Mi reacción a Pearl Harbor fue muy negativa. Este filme, dirigido
por expertos que se valieron de una técnica excelente, mostró
claramente los horrores de la guerra, pero en mi opinión estas
virtudes se velaban por debilidades importantes. El libreto está mal
escrito y el argumento, sobrecargado de clichés. El tratamiento de
los personajes y los temas son superficiales y fueron impulsados
mayormente por la necesidad de resolver un triángulo amoroso. En
muchos aspectos, me hizo recordar a Titanic, otro filme cuyas
maravillas técnicas ocultó fallas similares. Lo que los desmejoró
aún más fue la ilusión de mostrar algo histórico y real.
Técnicamente, tenían muchos aspectos de realidad (por ejemplo, los
barcos y los aviones parecían reales). Sin embargo, ambos usaron
esto para vender un sistema de valores sentimental y superficial.
Por el contrario, Shrek es un ejemplo de un filme irreal que se
ocupa de temas reales. Sus imágenes están generadas por una
computadora, y todo el relato es una sátira de cualquier cuento de
hadas que hayamos oído. Sin embargo, trata acerca de las relaciones
humanas de una manera que refleja las complejidades de la vida real.
Los personajes poseen valores en pugna que buscan la primacía y
deben escoger. Al final, los personajes principales optan por
relaciones basadas en la confianza y el perdón antes que las basadas
en ganancias personales o las apariencias. El punto culminante del
filme, cuando la princesa se transforma en una horrible criatura,
similar a Shrek, enfatiza que los valores verdaderamente humanos no
pueden estar basados en la mera apariencia. A pesar de un ocasional
vocabulario inapropiado, el filme es pasible de una reacción
positiva desde una perspectiva cristiana.
Daniel Reynaud (Ph.D., University of New Castle) es profesor titular
en la Faculty of Arts, Avondale College, Cooranbong, Australia, y el
autor de Media Values: Christian Perspectives on the Mass Media (Cooranbong:
Avondale Academic Press, 1999). |